Evangelizar desde las vivencias actuales de los jóvenes

 

Jesús Vergara Aceves

Guadalajara, Jal., México

 

“Ustedes tienen una imaginación mucho más rica…

Hay algo que ha surgido de ustedes que asombra,

que transforma, que reniega de todo lo que ha

hecho de nuestra sociedad lo que ella es.

Se trata de lo que yo llamaría

la expansión del campo de lo posible.

No renuncien a eso”.

Jean Paul Sartre

 

Estas palabras de J.P. Sartre enuncian varios elementos de lo que pienso sobre los jóvenes, y que quisiera compartir con los lectores.

 

i. CARACTERÍSTICAS DE LOS JÓVENES ACTUALES

 

Corre como eslogan la expresión: “Ya terminó la época de cambios. Ahora estamos ante un cambio de época” o, en la expresión de Sartre, hace ya medio siglo. “la expansión del campo de lo posible”... Efectivamente: es una expansión notable del desarrollo histórico.

Los jóvenes tienen delante una tarea gigantesca, en la expansión de la historia. ¿Cuáles son sus recursos? Les comparto mis impresiones que he ido conservando a lo largo de estos años, Son solo impresiones, sin pretensión científica ni de certeza alguna.

  1. Los jóvenes no tienen confianza ni en sí ni en los otros,  sino un hondo escepticismo ante los paradigmas tan racionalistas de la sociedad actual; ante sus proyectos y ante sus valores. Se sienten engañados, defraudados.
  2. Se aíslan y encierran en las cabañas de “Tobi”. Son en éstas, muy instintivos y reactivos  a los usos y costumbres de esta sociedad. Con razón. Hay que atender a los porqués de su vestimenta, de su habla y muletillas tan obsesivamente repetidas, a sus inestabilidades emocionales, aficiones y apegos. No aceptan la mínima frustración. ¡Es lo último que nos queda! Parecen decirme.
  3. Individualmente viven en incomunicación y soledad. Viven el momento presente, por no decir que sólo sienten el presente, cerrados al pasado tan negado y al futuro tan incierto. Desilusionados, sin esperanza de algo nuevo y promisorio.
  4. Menos dados a compromisos afectivos, dada su inestabilidad. Sin ilusiones intelectuales ni creativas, en general. Muy reactivos a los valores éticos y religiosos. Con razón: Son de tradiciones del pasado que no se actualizaron a tiempo.

Esta experiencia acumulada llegó a  una iluminación confirmatoria mayor, decidí buscar a los jóvenes en su mayor lozanía y decidí ir a donde ellos están más a su gusto y su aire: a un “antro”. “Me compuse en ese lugar”, como diría S. Ignacio, con todo respeto y reverencia, por entrar un poco más a la intimidad sagrada de estos hijos de Dios tan llenos de misterio. Procuré observar con todo respeto y sin prejuicio alguno. Fue una experiencia espiritual muy honda. Pongo por escrito mis vivencias más significativas:

Invito a los lectores a entrar conmigo a esta experiencia de palpar el misterio desnudo y doloroso del interior de los jóvenes. Se atisba algo de de su drama y soledad, de sus riquezas y posibilidades de renovación del mundo. Se lo aseguro.

1.      Lo primero que me llamó la atención fue el estruendo de la música: un sonido tan alto que a los viejos, particularmente, llega a ser casi insoportable. Le pregunte al joven que me acompañaba, ¿porqué el volumen tan alto de la música?  Su respuesta me descubrió un filón muy rico: “para que podamos sentirla”. Entonces me dije: sus sentidos están sobresaturados; lo ordinario ya no lo oyen.

2.      Luego me llamó la atención el contraste entre la oscuridad y los reflectores multicolores tan fuertes. Volví a preguntarle a mi amigo: ¿Por qué  el contraste entre oscuridad y luz tan variada e intensa? Adivinaba la respuesta. Me confirmó: “para que podamos ver”. Mi sospecha se confirmó: necesitan mayor intensidad y contraste entre oscuridad y luz. ¿No estará pasándoles, me preguntaba, algo semejante con los que se inician en la droga? ¿necesitan droga para sentir más y poder olvidad o enfrentar la realidad que tienen delante? ¿No en la pendiente de aumentar más los sentido, como la dosis, para acallar su propia realidad ineludible?

3.      Sobre esta primera impresión empecé a cavilar: ¿no será que quieren cubrir su vida a base de sentir más y más intensamente las sensaciones a las que más se aferran como a anclas de salvación? ¿Cómo ayudarles a hacer el paso hacia el conociendo y la reflexión, a la decisión y la libertad?

Esta primera constatación me ha llevado a sencillos pero agudos cuestionamientos, sobre la base de la realidad de los jóvenes a los que queremos como son, que sean lo que deben ser y, en ese contexto, poder anunciarles libremente, en la morada interior misma de su entorno, la Verdad que nos hace Libres, la Libertad Evangélica.

1.      En todo caso, la juventud tiene que empezar por reconstruirse de nuevo, a partir de donde está: en medio de un violento registro de sus sentidos y percepción, porque en la vida ordinaria, ya están bastante insensibles. Ya no puede seguir aumentando la intensidad de los sentidos. Les llevará a la destrucción. Desde ahí, hay que invitarlos a espacios de silencio y tranquilidad para poder pensar y decidir libremente.

2.      La alterada percepción de los “antros” lo intenta en un aspecto: los atrae porque toca sus vivencias más íntimas: alcanza a revivirles una interioridad mortecina: Necesitan  sonidos y luces que les sacudan su interior y los hagan percibir lo “nuevo”  La nueva creatura empieza por sentir lo nuevo, para luego entenderlo en realidad y sopesar lo que vale.

3.      Al penetrar en la música y el baile, afloran los nuevos sentimientos y fuertes emociones. Se pasan horas y horas interminables, recreándose interiormente con bailes muy “sin chiste”, que los reaniman, porque los hacen volver a sentirse en su misma intimidad. Primera conquista que los saca de la alineación más fuerte.

4.      Esta primera reconstrucción de sí, ha de extenderla el joven  a su vida ordinaria y abrirla sentimental y emotivamente a su familia, amistades  y parientes de otras generaciones.  Segunda conquista, emotiva e interpersonal, Es la apertura mayor a un verdadero TÚ, emotivo y amoroso que empieza a fortalecer más al individuo porque lo lleva a un NOSOTROS. Sin embargo esta conquista es más difícil que la anterior: Pero es necesaria para que el joven sobreviva y se recree con la “nueva expansión del campo de lo posible”. 

5.      Ambas conquistas han de animarles a ir a las aulas, a una tercera y más difícil: renunciar al escepticismo y al desahucio del  futuro, para reconquistar la fuerza de la razón y abocetar  los diseños de su futuro, el que ellos han de transformar en realidad. Así se toma consciencia del presente en el proceso histórico. Mantenerse siempre en el presente. No es válido agazaparse, por miedo, en el pasado. Esta conquista es esencial a la evangelización y a toda conversión religiosa sólida. Si no hay apertura a la razón, la religiosidad se atrofia en rutinas de mitos y ritos que se convierten en magia y superstición. Siempre es necesaria la razón del sentido común. Ayuda mucho, además, un mayor cultivo de la razón  teológica, siempre al servicio de la fe y nunca su sustituta.

6.      Cuarta, última y más  difícil conquista: la propia existencia. Volvemos al “conócete a ti mismo”, de la alta tradición socrática. Se trata de una conquista: el señorío de sí, la gran decisión de “LO QUE HOMBRE QUIERE” (S. Ignacio de Loyola).  Ya no solo es el paso del sentirse a sí mismo ni de la apertura emotiva al otro y al universo entero por medio de la razón. Se trata de la última conquista: lo valioso de la propia vida y de la de los otros. Es la conquista de la propia libertad, al escoger entre el desprendimiento de lo dañino y la elección de lo que conducirá a su plena libertad. En otras palabras: su plena transformación afectiva, ética, y religiosa.

7.      Sólo entonces termina el trabajo previo a la madurez evangélica auténtica; inculturarnos a fondo en el nuevo mundo que se está creando.

8.      Hay que vivir con los jóvenes y en el encuentro transpersonal, darles el Evangelio que los evangelizadores llevamos en el corazón.  Sin esta entrega (tradición) no hay evangelización auténtica.

9.      Ya no se puede evangelizar, proclamando desde el campanario del pasado, una doctrina, ortodoxa sí, pero no plenamente vivida. ¿De qué sirve una orto-doxia predicada, si no está respaldada por una orto-práxis vivida?

 

Este breve itinerario promisorio que “el antro” nos ha mostrado, queda confirmado por la pedagogía de los Ejercicios Espirituales de S. Ignacio.

 

II. PRINCIPIOS PARA EVANGELIZAR LO QUE VALE LA PENA ANUNCIAR Y VIVIR.

A. Prioridades de la persona que va a  ser evangelizada.

   El evangelizando mismo, es el eje de toda evangelización. El Verbo “se encaró por nosotros los hombres y por nuestra salvación”. El evangelizando es llevado por el Espíritu en el camino de salvación: el Señor Jesús, en todos los Misterios de su vida terrenal. Es cierto, además, que se necesita siempre del evangelizador y de programas de evangelización, pero siempre al servicio del catecúmeno.

   Igualmente, el evangelizando es el eje de toda evangelización. Todo hombre, lo sabemos por la fe, lleva dentro de sí la dinámica de la gracia para ser Cuerpo de Cristo. Tiene que ser evangelizado desde dentro de sí, por el Espíritu Santo que le interpreta a todo el Cuerpo, lo que  ha oído de la Palabra que fue anunciada en la Iglesia.´ Pero, de nuevo, una palabra vivida en el interior de la comunidad: tanto del que anuncia el evangelio, palabra viva, como del que la recibe para incorporarse a ella. No se vale anunciar lo que no se intenta vivir.

   Ahora paso a dar los principios evangelizadores de S. Ignacio. Espero que los evangelizadores, en su proclamación de la Buena Nueva, puedan aplicar estos principios desde lo vivido por ellos, y anunciemos a los jóvenes la Palabra viva, para que se haga vida en ellos.

   De la visión evangelizadora de S. Ignacio, recogemos cuatro prioridades muy concretas:

1)      prioridad de la actividad del evangelizando.

2)      prioridad de actividad desde lo más hondo de su conciencia, asistida por el Espíritu Santo,

3)        prioridad de su apertura al Misterio de Fe, y

4)       prioridad del MÁS,  de la actividad siempre auto- trascendente del Amor de Dios en nosotros.

Veámoslos más ampliamente:

1.      Prioridad de la actividad del evangelizando, de realizar su propio proyecto cristiano (de creer en el Señor Jesús), existencial, concreto y libre. Esa actividad no es sólo el conocimiento de una determinada teología, sino el sentir, gustar, creer, vivir y decidir libremente en la fe, desde el interior, movido por el Espíritu (EE n.1-4).  La debilidad de la carne humana anida también en el corazón. Hay que discernir ambas voces para apartarse del mal y seguir la voz del Espíritu por el camino que es Jesús.  

2.      Prioridad activa interior: se entiende como la actividad desde lo interior, desde lo más hondo de la conciencia. Es decir, en términos filosóficos, desde la auto conciencia, desde la realización plena y creativa de la propia existencia. (EE. n. 2 y 3). Este saber  existencial va más allá del simple saber nocional, que no satisface del todo porque no baja al conocimiento y compromiso en libertad de la propia existencia.

3.      Prioridad de la trascendencia, de la apertura al misterio inagotable de la propia existencia en Cristo Jesús. (EE n. 3). Hay dos expresiones que plastifican esto que estoy queriendo expresar. En el mundo religioso, San Agustín dejó una frase inmortal: “Nos hiciste, Señor, para ti, e inquieto está nuestro corazón, hasta que no descanse en ti”. Esa inquietud del corazón, el filósofo francés, Roger Garaudy, la expresó en el “diálogo Cristianos y Marxistas”, hace ya años: “Ambos, Cristianos y Marxistas, tenemos sed de un mismo infinito pero lo que para unos es presencia, para otros es ausencia”.

4.      Prioridad de la imparable expansión dinámica a más: a  más conocer. más decidir y más amar de la propia existencia (EE n.5).  El lema de los jesuitas es el “A la mayor gloria de Dios”. El mismo S. Ignacio lo traduce al lenguaje trascendental:”lo que más conduce al fin para el que el hombre es creado”.

B. Principios sobre el acompañamiento personal del evangelizador

   Modernamente diríamos que se trata de la actividad del evangelizador, en la evangelización personalizada, centrada en el evangelizando, como ya dijimos.

1.      Una buena evangelización se muestra, por paradójica que parezca, por la facilidad y gusto  con que el evangelizando pronto se activa desarrollando en sí su auto-conciencia libre que le permite escuchar la voz del Espíritu (EE n 5). Lo fácil es  correcto, “easy is right”, no sólo vale para la economía: también para la evangelización. La razón de fondo es que se ha abierto, en la aceptación de sí mismo, a encontrarse en su interior con el Espíritu, que le habla en lo más íntimo de su intimidad, a veces con truenos y relámpagos y, a veces, con brisa suave y silenciosa. Descubre también que la intimidad de su corazón es un campo de batalla, entre dos banderas en eterna batalla: la del Espíritu y la del mal, del pecado. El evangelizando puede advertir y entender ambas estrategias y cuáles son las inmediatas cosas por conquistar.

2.      El acompañamiento ha de ser continuo, sin adoctrinar en nada previo, que no tome en cuenta el encuentro consigo mismo –siempre en el presente, sin huir al pasado o al futuro-, y el crecimiento propio del evangelizando. Ha de partir, su acompañante, del conocimiento de los logros y dificultades en la evangelización, que el evangelizando le vaya comunicando, para discernirlas y, luego, señalarle algunos modos aptos para continuar. Y cuando el educando ya está en proceso de desarrollo, prevenirlo con ayuda ante las posibles dificultades que vaya a encontrar.

3.      El acompañamiento siempre se sitúa, dentro del misterio de la fe,  en la actividad actual del evangelizando, sin imponer prejuicios o diagnósticos del pasado ni anticipos de futuro. En el proceso del evangelizando, la disciplina es cambiante  y se adapta a ayudarle al educando  en su creatividad y crecimiento.

4.      El evangelizador ha de tener constantemente presente el objetivo de respetar y favorecer siempre la dinámica interior que va imprimiendo el Espíritu Santo en el interior de cada evangelizando.

5.      La excelencia de la evangelización consiste, pues,  en intuir lo que el Espíritu pida al evangelizando, para no exigirle otra cosa. Los programas evangelizadores son para las personas, y no al revés.

C. Principios sobre el educando en su vida social

1.      La evangelización cristiana es siempre comunitaria. Nunca individualista.

2.      Se da continuidad perfecta desde la Prioridad absoluta de la dinámica del interior del evangelizando hasta el nivel comunitario, social y universal. No hagas a otro lo que no quieras para ti: Hay que respetar igualmente la actividad, el interior, el sentido del misterio de cada uno y su propia dinámica siempre mayor. En esta base nace el diálogo democrático, sobre todo en torno a los valores asumidos paulatinamente por los miembros de la comunidad o sociedad.

3.      La visión ignaciana enseña a formar comunidades y sociedades cada vez más fuertes, a partir del consenso en torno a los valores, especialmente en la dinámica interior, personal y social. Esta dinámica interior personal pide respeto completo a las dinámicas de los otros: desde la sociedad conyugal hasta la internacional. Sobre la base de respeto mutuo se finca el diálogo democrático de profundidad de valores, para fortalecer los consensos sociales y robustecer el tejido de una sociedad fuerte, capaz de fortalecer su autoridad y convertirse en verdadera soberanía nacional e internacional. La dinámica social se abre sin límites a todo el género humano, para buscar una sociedad mundial nueva, siempre abierta a un futuro mejor.  Esta actitud de apertura y diálogo respeta la diversidad de valores y de culturas, tiende a tirar puentes transculturales y unir lo diferente, sin destruir los perfiles propios de la diversidad mundial.

4.      Su fuerza es de profundidad creativa, sin dejarse apresurar por los “inmediatismos” de falsa eficiencia. Esta formación personalizada se orienta a formar los dirigentes que más favorezcan el respeto de esta orientación y dinamicen el logro de esta sociedad nueva.  Formar dirigentes no significa formar élites de grupos poderosos y ricos que opriman a los demás. Al contrario: sea cualquiera su extracción social, el verdadero dirigente lo será por la fuerza social de su acción, no para favorecer grupos divididos, sino para unir, en  los valores, la sociedad misma, de manera que sepa controlar y someter, por los valores y derechos humanos,  a los grupos de poder.