AL MISMO TIEMPO EN TEXCATEPEC Y EN NUEVA YORK La migración de los pueblos indígenas de la Sierra Madre Oriental. Alfredo Zepeda Octubre de 2004
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Los Comienzos
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Hace dos décadas décadas que los poblanos de la mixteca , con sus vecinos de Oaxaca se han movilizado hacia Nueva York , hasta ir transformando sigilosamente la isla de Manhattan en Manhatitlán . En efecto, hasta principios de los años ochentas no se notaba en la Gran Manzana la presencia de la piel del color de la tierra de los mexicanos. Los boricuas habían llegado en enorme contingente desde los primeros años de la pos guerra, a la mitad del siglo. Transformaron la fisonomía demográfica de Harlem , al norte de la isla y tendieron el puente al Bronx , para ser los primeros en la fila de los fanáticos de los Yanquis , los mulos del barrio de Fordham . El estatuto de “estado libre asociado” de Puerto Rico facilitó un tránsito continuo para hacerse cargo de la construcción del bosque de los rascacielos que forestó el espacio cobijado por el río Hudson . La película West Side Story es el testimonio más famoso del primer choque migratorio de dos orígenes y dos culturas, la angla y la latina, con todo el rejuego de sus discriminaciones. El drama de los Capuletos y los Montesco encontraron su metáfora contemporánea del amor y el odio en el escenario violento de las bandas fundacionales. En los sesentas siguieron los Dominicanos , después de la guerra en la que intervino el gobierno de los Estados Unidos para dejar plantada la dictadura de Balaguer. Estos ocuparon de plano el Bronx , donde algunas calles llevan el nombre de sus próceres. Pasaron también al otro lado del río para participar en los nuevos poblamientos como el de Newark , y como los boricuas, se abrieron el paso a codazos por las veredas sinuosas del empleo. El nudo de su presencia es indiscutible en la confluencia de la Tercera avenida y la calle 149, entrecruzados con las marquetas y las tiendas de gorras y camisetas de los chinos. |
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La movilización de los pueblos indígenas.
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En cuanto a los pueblos indígenas, está muy documentada la implantación migratoria de los mixtecos y zapotecos de Oaxaca (Ver. Jonathan Fox y Gaspar Rivera Salgado. Indigenous Mexican Migrants in the United States. Universidad de California at San Diego. 2004). Los mixtecos igual se fueron a trabajar a los campos de San Quintín en Baja California que a las cosechas de la uva al Sur de San José y luego a las fábricas de chips en el Silicon Valley de California, como si fueran tres siglos después a repoblar con sangre originaria las devastaciones demográficas de Fray Junípero Serra. Con los zapotecos de la Sierra de Juárez son los inventores de las organizaciones de enlace internacional de base entre dos países, con la creación del FIOB (Frente Indígena Oaxaqueño Binacional), al comenzar los noventas, para reunir muchas iniciativas de defensa ante la proliferada violación de sus derechos en los años anteriores, en el norte de la Baja y en el sur de la Alta California.
Los otomíes del Valle del Mezquital, al oeste de Hidalgo, son los porfiados habitantes de esa zona árida, dueños allí desde los últimos tres milenios, ahora lugar tan olvidado como manoseado por los gobiernos en turno. Ellos fueron los diseñadores de Teotihuacan y de la Tula Xicocotitla de los toltecas, las ciudades modelo de los primeros mil años después de Cristo. Son los co -creadores de la religión mesoamericana que presidió Quetzalcoatl , tan antigua como el Hinduismo y el Budismo; soñaron y construyeron las pirámides del Sol y de la Luna a imagen y semejanza de los cerros fundadores de la humanidad, para guardar el agua, los vientos y la memoria de los dioses del orígen , en el abrigo de los espacios intocables. Los ñuhú de esos altiplanos comenzaron a emigrar hace 23 años, cuando en 1982 se cayó el precio del petróleo y se agotó el milagro mexicano, para asentarse en la bahía de Tampa en la península de Florida, donde sus albañiles participaron en la construcción de la ciudad de Clearwater . De allí establecieron un polo estable de referencia con las comunidades de San Nicolás, Ixmiquilpan , El Cardonal, el Tephe y Orizabita . En las cañadas de Hidalgo, que se cuatrapean con las montañas de Veracruz en la misma Sierra Madre Oriental, la caída de los precios del café, a principios de los noventa, empujó a los Ñuhú de San Gregorio y San Lorenzo Axiotepec a buscar alternativas para la sobrevivencia en Carolina del Norte, primero en los campos de tabaco y luego en las fábricas de Charlote y Rock Hill. |
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La fiebre de la migración en la sierra de Veracruz.
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En la sierra de Veracruz, la fiebre de la emigración entre los indígenas otomíes comenzó apenas hace nueve años, cuando Proceso, el Checho Téllez se apareció en la comunidad de regreso de Nueva York , tras diez meses en los que no se sabía de él. Alguien, en Tlachichilco le había pasado el teléfono de un coyote de Tijuana, sin la clave lada. El se fue hasta Huayacocotla la investigó y llamó después de mucho dudar, porque nunca había ido más lejos de San Juan de los Lagos, cuando la fiesta de la Sanjuanita el 15 de Agosto. Pidió hablar con el Tony . Casi en seguida lo tuvo en la línea, mas pronto de lo que hubiera pensado. Le llegó el susto y pensó colgar, pero después de las tres primeras frase , ya el Tony le decía: “pregúntale a Beto Rivera cómo llegar y te espero en ocho días. Van a ser 15 mil, y te pongo en Nueva York . Los jóvenes de la comunidad Ñuhú de Amaxac se juntaban a escuchar por la tarde sus historias acerca de los barrios del Queens . En ese lugar, un griego llegado de Ermoupoli , ahora dueño del restaurant Neptune , solicitaba gente para lavar los platos y limpiar los pisos. “Nada más allí es fácil conseguir chamba, porque contratan a más de cincuenta. Es grandísimo. Y como ese, otro montón de restaurantes en cadena, de los Griegos, que tienen controlado todo alrededor de donde termina la línea siete del metro.” Abundaban los trabajos y aquello estaba lleno de poblanos, colombianos, guerrerenses, chiapanecos, ecuatorianos. También otros que les dicen indianos y los de Bangladesh . Allí, al oriente de Manhattan , ya acababan a llegar los de la cabecera vecina de Tlachichilco a tejer los adornos en las florerías de la calle 30 y a aprender de meseros en los bares y en los mostradores de fast food del vecindario de Astoria , al norte de Queensborough . Al principio, el contacto para el paso de la frontera era solo el Tony , el coyote de Tijuana. Basta juntar un grupo de cuatro o cinco y hablarle por teléfono. El Tony es jefe de una banda de polleros que ya se encargan de cruzar a la gente por la línea. El cobro es de 1600 dólares por la pasada, con todo y boleto de avión de San Diego al aeropuerto de La Guardia en Nueva York . Después conocieron a otros como a la Panchita, quien cobra más pero es más segura para pasar sin caminar mucho. Pero la pasada de la frontera comenzó a complicarse con la Operación Guardián. En Tijuana la migra reforzó los obstáculos con tres cercas, una de ellas fabricada con las planchas de acero, mismas que había instalado el ejército en los desiertos de Kuwait para hacer pistas de aterrizaje, cuando la guerra del Golfo Pérsico. Ricardo Barrón ya tardó veinte días en pasar, después de seis intentos. Una de esas veces lo descubrió la Border Patrol en la parte trasera de un Pontiac , escondido debajo de las enaguas de una mujer gorda que el pollero contrató para intentar pasado por la línea. No le quedó más que caminar dos días por el desierto, ocultarse en los breñales, meterse luego en un trailer atiborrado con doscientos mojados y llegar así hasta Los Ángeles, entre el vapor de los sudores y con la ropa enlodada, para tomar por fin el avión hasta Newark , cerca de Nueva York . |
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Primero los menos pobres y los mestizos
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No son los más pobres los que comienzan la corriente de la emigración en las zonas de salida. Esta norma se cumplió puntualmente en Texcatepec. Antes que los otomíes, los primeros en salir por el Cerro Chato, para encontrar la ruta de fueron los mestizos de El Encinal, de donde el Checho se llevó a sus hermanos y luego luego se sumaron algunos de El Papatlar. En el auricular del teléfono de Tierra Colorada, el único cercano a tres horas a pie, se escuchaba la voz del Tony : "Vénganse en el avión de México a Tijuana; el boleto cuesta dos mil quinientos pesos. Del aeropuerto tomen el taxi al hotel Don Juan y allí los espero". Lo más importante es tener un amigo o pariente entre los que ya trabajan del otro lado, en Nueva York , para que envíen el pago del coyote por Western Union cuando ya se está a salvo de la migra en la casa de seguridad instalada en San Diego. Pronto comenzaron a llegar las noticias de las primeras tandas de mojados. Trabajos hay. Casi todos en los restaurantes, lavando cacerolas, limpiando las mesas y entregando delivres de comidas a domicilio. El restaurant Neptune contrató a los primeros tres; otros se acomodaron en la pizzería Lambrini y algunos más en la marqueta de los chinos de la Ditmars avenue del mismo barrio de Astoria . |
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Los primeros ñuhú.
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Meses después se animaron los Ñuhú de El Pericón. Ellos habían estado masticando pausadamente las pláticas de Rey Sanantonio Gómez, uno de los primeros otomíes que aprendieron los pasos de los Téllez y de los hijos de Jacinto Barrón. Bajo los cedros blancos, por la vereda del cerro del Brujo escuchaban fascinados: En el Bronx , al norte de Manhattan un dominicano recibía mojados para trabajar en la pizzería Del Valle, por la Melrose avenida. Bernardino Femando y su primo Leonardo se arriesgaron al viaje, y sorprendieron a la comunidad cuando llegó el aviso de su llegada apenas cinco días después de que los vieron bajar por el sombrío del Lindero y atravesar por el río Vinazco. No sólo había trabajo en los restaurantes, también en los carwash de la Avenida Courtland , un poco al sur de los enormes condominios habitados por la población afroamericana , los negros del Bronx . Allí se pueden trabajar los dos turnos de doce horas, día y noche. Veinte, treinta de cada comunidad, a veces más de cien como en Tzicatlán, los jóvenes indígenas forman grupos de cinco a quince, para volar a Sonora. Allí indagan por las rutas de Mexicali, Nogales, Altar, Sonoíta y Agua Prieta las mejores posibilidades de paso hacia Phoenix, la primera meta a salvo de la patrulla fronteriza, guiados por los polleros de Martín Orozco y Jorge Mendoza. Luego siguen las vueltas al aeropuerto para colarse en el vuelo a Newark por los huecos que de repente deja la vigilancia de la migra. Los inspectores de la Border Patrol extendieron razzias intermitentes en el aeropuerto Kennedy, para interceptar también las llegadas. A Marcos Antonio lo detuvieron once veces en tres semanas en la línea de Mexicali. Por fin, entrenado como está a subir laderas y bajar cañadas en la sierra, logró cruzar desiertos y lomeríos para conectar con la camioneta del pollero y llegar a Tucson , junto con una parvada de treinta, entre guerrerenses y veracruzanos. (Ver: Erich Krauss y Alex Pacheco. En La Línea. Plaza y Janés . 2004). Con todo, el éxodo no se detuvo. Pronto los otomíes y tepehuas de Tzicatlán y Agua Fría se sumaron al movimiento emigratorio y descubrieron nuevas rutas y contactos. En Nogales opera la Panchita, una coyota muy organizada y segura, porque tiene arreglos con las autoridades del otro lado. Como muchos otros de Texcatepec, Eucario Guzmán y su hermano Julio tomaron el avión de Hermosillo, allí se treparon al autobús para Cananea y luego cambiaron al taxi hasta Nogales. La Panchita mandó a sus polleros a encontrarlos al hotel Paraíso y en dos días ya estaban en Phoenix, Arizona. Allí hubo cambio de planes porque la patrulla estaba checando el aeropuerto. El pollero optó por el autobús. Se subieron al Greyhound junto con otros cinco de Zontecomatlán. y emprendieron la peregrinación hasta Manhattan , tres días con sus noches, rodeando por Las Vegas, Salt Lake City , Chicago y Pennsylvania . Al poco, los otomíes de El Pericón ya tenían rentados dos apartamentos en la calle 157 del Bronx . Se reparten la renta entre ocho, de a cien dólares por cabeza, más otro tanto para el pago compartido de la comida y el teléfono. Beto Mariano entra al lavado de los carros a las seis de la mañana y Adán Reyes lo releva a las seis de la tarde. Comparten los sudores con un par de poblanos, con otro de Pachuca y con un salvadoreño. Cepillan interiores con la aspiradora, secan los cristales, los faros, limpian las llantas. Los carros mismos van marcando el ritmo del trabajo, remolcados por una cadena entre dos rieles, en medio de los chorros de agua reciclada. El pago es a 3.75 la hora; 250 dólares a la semana, más lo que se junta en la caja de las propinas. "Para eso va uno allá, -dice Toño Ángeles, el de El Zapotal-, para buscar lo que aquí no se halla, ¿pues qué?, pues los mentados billetes verdes. Pedro Rodríguez, el dominicano dueño del restaurant Unity en Harlem , le paga a Diego Hernández en una hora lo que este ganaba en todo el día chapeando rastrojos en Ayotuxtla. Pero esa cantidad es la mitad de lo que recibe en el mismo Nueva York un trabajador con papeles. Diego se levanta a las siete, amontona ropa sucia, encarga el pago del gas a sus compañeros, se lava de prisa y sale, sin tomar café, con el ansia de llegar a tiempo. Cinco minutos tarde y le descuentan tres dólares. Vienen las doce horas de lavar platos, salir en bicicleta, entregar delivres a contra reloj, limpiar mesas, enjuagar lechugas, relevar a los demás empleados en la máquina de hacer café. Así, sin tregua, cada día. Celerino Herculano recuerda que en los últimos meses del año sólo descansó tres días: el día del torky (del guajolote), que llaman día de gracias, el día de crismas y el del año nuevo. En los primeros años la mayor parte de los emigrantes de Texcatepec son jóvenes solteros o con poco tiempo de casados, De cada comunidad ya han salido entre diez y cincuenta En Tzicatlán suman 150 los que en seis años han optado por el camino del norte. De Ayotuxtla, que tardaron en masticar la decisión de salir a Nueva York , ya salieron cerca de 200. El ciclo de estancia comenzó siendo de entre ocho y dieciséis meses, pero progresivamente va creciendo. En las primeras doce semanas todo el trabajo es para reintegrar el préstamo para el pago del coyote. “Ahora estoy trabajando para mi coyote. Ya luego trabajaré para mí” |
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Las mujeres
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Las mujeres otomíes no se han sumado al movimiento migratorio, sino como excepción que confirma la regla. Las razones son múltiples: Más de la mitad de ellas hablan el ñuhú y no han necesitado el español para comunicarse en sus comunidades. Además, en esta etapa primera de la emigración, los jóvenes no pueden sino vivir sino en grupos en un mismo apartamento para compartir el pago de la renta, y resulta imposible para una mujer convivir sola con los hombres a menos que todos sean parientes cercanos. Robertina Marín Carlos, tal vez fue la primera, porque casó con Benito Hernández, mestizo de El Papatlar, el primero que descubrió el Nebraska Steak House al sur de Manhattan , cerca de donde parten los botes de turismo a visitar la estatua de la libertad. En el apartamento del Bronx viven con dos hermanos de él, y otros dos de la comunidad que ya encontraron pareja con muchachas de Atlixco , Puebla. Las mujeres permanecen como raíz de la comunidad. Las suegras cuidan de sus nueras en el seno de la familia extensa. Todas viven colgadas de la espera de noticias de los ausentes y piensan todo el tiempo en la llegada de las remesas para pagar los peones de la siembra del maíz, del chapeo de los potreros. En los últimos años, conforme van llegando los apoyos del municipio para la construcción de la vivienda de block , los subsidios en dólares se hacen necesarios para completar lo que a los beneficiarios les corresponde aportar: arena, mano de obra, ventanas, y uno o varios cuartos adicionales. Las mujeres dominaron rápidamente, por la fuerza de la necesidad, el manejo de todo el procedimiento de compra de materiales, desde los establecimientos de materiales de Llano de Enmedio , a cuatro o cinco horas de la comunidad. En Amaxac ellas son ya la tercera parte de la asamblea comunal, en el lugar de los hombres. Desde cuándo aprendieron el camino a Telecom telégrafos de Huayacocotla para recibir los giros y el de Tulancingo para retirar los depósitos enviados por Faster Envíos, por Elektra . Ya son comunes las aperturas de cuenta y los ahorros a plazo fijo en Bancomer y Banamex . Radio Huayacocotla, la radiodifusora indígena local, apoyada desde siempre por Fomento Cultural y Educativo, trasmite más de veinte mensajes diarios, entre complacencias de huapangos solicitados desde Nueva York y recados a las familias: "Se avisa a Norberta Fernando que vaya a recibir llamada de Estados Unidos en la caseta telefónica de Tlachichilco a las diez de la mañana, de parte de su esposo Rey Bonilla”. La radio se ha constituido en un enlace indispensable para el puente instantáneo de la comunicación con los migrantes , en progresión ascendente, y más en la medida en que aumenta el número de teléfonos comunes en las casetas de las comunidades. La ubicación en los barrios de Nueva York ya se va definiendo. La mayoría de los otomíes viven en el barrio de Astoria , en Queens . Pero los de Pericón, Ayotuxtla y Pie de la Cuesta se concentran en el Bronx , por la calle 140, en los apartamentos de esos viejos edificios con el color ocre del abandono. Pero otros, más confiados en su habilidad para caminar entre los surcos se van a buscar los empleadores en New Jersey y en los llanos de Pennsilvania para cosechar jitomate y plantar legumbres junto con oaxaqueños, chiapanecos y nicaragüenses. |
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Los tomates de la ira.
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En Bridgeton , New Jersey hay cientos de trabajadores que cubren todo el ciclo del cultivo del tomate llamado uva y de otras subespecies, desde la siembra y el arreglo de los arriates en primavera y verano, hasta el trabajo en las empacadoras cuando ya cala las heladas del invierno. Viven en casas abandonadas para otros usos o construidas por los propios capataces. Estos son una suerte de subcontratistas, encargados de toda la responsabilidad del personal. Los italianos, dueños de estas agroindustrias son parte de la clase dirigente en esta pequeña ciudad. Les siguen los africanos, luego los portorriqueños y hasta abajo los mexicanos, mayoría de ellos indígenas de Veracruz, Puebla y Chiapas. Los capataces se los reparten por lugares de origen para poder organizarlos mejor conforme a sus costumbres semejantes. Los otomíes de la sierra se agrupan con un contratista que llegó de Guanajuato, meses después de la Ley Simpson Rodino, quien como cientos de miles de otros lograron su residencia a base de testigos amigos, tuvieran o no la antigüedad requerida. Él junto con su esposa, es el único enlace para todo lo que los trabajadores necesitan: Les llevan café y atole en la mañana, organizan la comida de la tarde, los llevan al hospital cuando se enferman y los asesoran en todos los detalles necesarios para vivir protegidos de las autoridades migratorias y administrativas. Todos los trabajadores de ese valle, a cuarenta minutos al este de Filadelfia están obligados a obtener credencial de identificación falsa, y esta se vende a sesenta dólares a campo abierto. Porque es necesaria para cobrar en el banco los cheques del salario y así cotizar los impuestos. Eso obviamente lo sabe la migra, los patrones italianos, los funcionarios gubernamentales y los del banco. Todos ellos coludidos en un sistema ilegal, que permite pagar salarios por abajo del mínimo a los indocumentados, subsidiar la agricultura con el sudor indígena, y cobrar los impuestos sin ofender al fisco. Paradójicamente, allí los únicos actores no ilegales son los indocumentados, quienes simplemente ejercen su derecho al trabajo honesto. Todo esto sucede en las narices de William Penn , el fundador del Estado Puritano, cuya estatua se erige en la cúspide de la torre del City Hall de Filadelfia Algunos se animan más allá de Washington, en Carolina del Norte, donde confluyen con los otomíes hidalguenses de Huehuetla y Tenango de Doria, en las empacadoras de pollos. Hasta allá se fue Teódulo Marín buscando el salario de siete dólares la hora. Gana lo mismo que lavando platos en Queens , pero en semana inglesa de cuarenta horas.
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Como una llave de agua.
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La emigración empezó a formar parte de la vida de las comunidades otomíes de la sierra de Veracruz y el tema cotidiano de las conversaciones. Los domingos, día de plaza en Tlachichilco, los familiares de los mojados se amontonan alrededor de del teléfono público, esperando las llamadas de Nueva York . La caseta de Tzicatlán acumula ya ocho mil pesos al mes en telefonazos al otro lado. El TLC, que abrió las puertas sin reserva alguna a la chatarra electrónica y al maíz amarillo de Illinois, paradójicamente levantó los muros al paso de la gente y a la vez incitó a los desposeídos a brincar las bardas y a cruzar desiertos. La emigración, dicen los demógrafos, es como una llave de agua que se abre poco a poco: El chorro sigue el curso de las primeras gotas. La apertura de esta nueva zona de emigración confirma la hipótesis con toda fidelidad, y más que los caminos de California, Oregon , Texas y Chicago ya fueron trillados por las antiguas oleadas. Es de recordarse que a fines de los años cuarentas en tiempos del Presidente Adolfo Ruiz Cortínez se abrió el programa de los “braceros” que inauguró el éxodo formal del siglo veinte hacia Texas y los campos de California en el auge de aquellos estados y la ampliación del crecimiento económico hacia el oeste de la Unión Norteamericana. Los otomíes, nahuas y huastecos ya se aprendieron la ruta de Nueva York . Con todo, el chorro salpica cada vez más y los destinos tienden a diversificarse. Sus pasos van a seguir marcando los caminos hacia el norte, como acostumbran desde antiguo ampliar las veredas en la sierra. Como si la firma del tratado de libre tránsito de mercancías, que no de trabajadores hubiera sido una señal de salida, desde 1994 el éxodo silencioso de los hombres de la sierra y huasteca no cesa de crecer, con el sólo límite del tamaño de cada comunidad, desde el río Vinazco, y los torrentes del Chiflón hasta el otro lado del Bravo y hasta Nueva York . A los otomíes de Papatlar, Amaxac, Ayotuxtla, Tzicatlán, Pié de la Cuesta y Texcatepec, jóvenes solteros y casados de las comunidades nahuas de Agua Fría, Soledad, Apetlaco, y tepehuas de Cintilan, Mirador, La Mina y el Coyol, se sumaron para juntarse allá en el sur del Bronx y en el norte de Queens , en el barrio de Astoria.
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El nueve once.
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Desde el 11 de Septiembre, cuando el derrumbe de las Torres Gemelas sacudió todo el país del norte, todos los controles se endurecieron. No hubo regresos masivos de los emigrantes de la sierra, Los otomíes aguardaron atentos a todo lo que los pudiera afectar. “Aquí hay guerra”, avisaban los primeros telefonazos, pero todos estamos bien. La red de comunicación entre Manhattan y Queens funcionó con fluidez y en horas ya todos sabían dónde estaba cada quien. A los pocos días anunciaron: “La guerra ya se fue para otro lado. A todos los soldados ya los mandaron a Afganistán”. Del edificio de la calle 153 y la Courtland los muchachos de Tzicatlán salían cautelosos, sacando la vuelta a policías y ambulancias. Se acabó el trabajo en los restaurantes de la ahora llamada zona cero. El Nebraska Steak House , de la calle seis cerró las puertas; igual el Grammerci , cerca de Union Square . Los carwash del lado oeste continuaron funcionando las 24 horas, allí donde se alternan los de Ayotuxtla en turnos de doce. Aunque la vida en Nueva York siguió, como sigue la vida por más muertes que la sacudan, la economía de la cotidianidad sufrió un golpe incuestionable. El miedo se apoderó de los habitantes y paralizó el bullicio de las calles. La sensación de inseguridad vació los restaurantes que se alinean en el primer piso de los rascacielos. La paranoia fue creciendo con las invasiones de Afganistán y luego mucho más con la absurda guerra contra Irak. Ahora los guardianes de los edificios impiden la entrada a la entrega de los delivres y complican la operación de los trabajos. En los meses siguientes las salidas de las comunidades se frenaron. Pero ya para Enero de este año, pasada la fiesta del Xantolo y Navidad, la corriente de emigrantes hacia el norte volvió a engrosar su curso. En el paso de la frontera se estrechó la vigilancia, ahora con el pretexto de pescar terroristas. Hay que caminar más horas desde la línea hasta conectar con la primera camioneta del pollero. “Se tardan más, pero todos están pasando”, dicen en Pie de la Cuesta. También el pago para el coyote aumentó a 2500 dólares, o más. Se terminó también la posibilidad de viajar en avión en el interior de Estados Unidos. Antes no se necesitaba identificación para hacerlo. Sin la visa y el pasaporte, que nadie tiene, no se puede pensar siquiera en entrar al el aeropuerto de Phoenix. El trámite del regreso a México permanece más libre, como parte de las reglas del juego. Ahora, con todo hay que mostrar credencial de elector o acta de nacimiento y constancia del consulado con foto. El consulado de Nueva York ha inventado un expediente llamado Acta de presunción de Nacionalidad, basado en un interrogatorio de certeza moral del origen del solicitante. Ninguno de los jóvenes se ha muerto en las arenas de Arizona, acostumbrados como están a remontar barrancas y a trepar las montañas de la sierra. “Eso sí –platican los últimos que se fueron de Chila Enríquez- hemos visto a gentes tiradas debajo de los huizaches , y después supimos que allí murieron”. Con el repunte del éxodo, los agiotistas también han sacado provecho sin mover un dedo. No ajustan los parientes en Nueva York que apoyen para el pago del coyote. Los emigrantes recurren a los prestamistas de Tlachichilco, que cobran diez por ciento de rédito mensual. Jesús Aquino, tepehua de la comunidad de Chintipán acabó pagando 45,000 pesos por su pasada, después de un año de trabajo en el restaurant Zodiac . Al año y medio ha juntado apenas otro tanto. O sea que la mitad de lo que ha conseguido ahorrar se lo repartieron entre el coyote y la familia Ríos, la de la tienda de Tlachi .
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Los salarios congelados y el reparto de la gente
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Y los salarios tampoco aumentan, más bien tienden a reducirse. Los griegos dueños de los restaurantes de Queens argumentan que el negocio está a la baja. Los nahuas de Agua Fría siguen ganando los mismos 300 dólares a la semana, como hace cinco años, lavando platos en el Neptune , con todo y las propinas de los delivres a domicilio. Chucho Reyes, de Amaxac, ya se fastidió: “Nada más termino de hacer mi casa con los dólares que le mando a Josefina y me regreso a mi comunidad para quedarme”. Muchos empiezan a repartirse de Nueva York a Conneticut , a New Jersey. Dicen que está mejor allá en Carolina del Norte, en las empacadoras de pollos, y de allí tal vez hay que ir a cortar naranjas a la Florida en la temporada. Con todo, los muchachos de Texcatepec, que han escogido el trabajo de peones de albañil, aprovecharon que el descanso coincide los domingos para organizar su equipo de fut bol . El Deportivo Veracruz ya se inscribió en la solemne Liga Interamericana de Soccer , con su uniforme de rayas blancas y negras. El 28 de Julio jugaron su primer partido en los campos deportivos de la isla de Randal , a la mitad del río entre Queens y Manhattan . El juego lo perdieron cinco a uno con el Skate , de los poblanos de Acatlán de Osorio. “Ganamos o perdemos o empatamos, pero con el juego nos animamos y estamos organizados como se acostumbra allá en Texca”, comenta Joaquín Apolonio . Allí, entre la multitud de jugadores que se juntan en los campos de Randal , un poco se borra la nostalgia por la sierra, entre la música de merengue a todo volumen que prenden las familias de los beisbolistas dominicanos, y los puestos de tamales de la mixteca , los tacos de Cuetzalan , y las picaditas de Colombia. En tanto, las comunidades del pueblo Ñuhú aprenden también a integrar en su vida y en la costumbre colectiva estas andanzas. Este es un nuevo episodio del centenario tema de la resistencia indígena. Resistir pues, para no desbaratarse con el éxodo, y para aprender, poco a poco, cómo se vive al mismo tiempo en Texcatepec y en Nueva York . La migración va a seguir en medio de estos desarrollos desiguales, neoliberalismos arteros y planes Puebla Panamá. Y los indígenas de la sierra seguirán resistiendo para que la comunidad no se desbarate y para ir construyendo pedazos de autonomía aquí y entre los edificios color ladrillo del abigarrado Harlem . |
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