El propósito de este trabajo es señalar que existen alternativas a la mundialización bajo bandera neoliberal y plantear la necesidad de una discusión y acción ante los posibles escenarios futuros de una mundialización neoliberal sin ninguna otra salida. Existe, nos parece, la posibilidad histórica de construir una mundialización sin neoliberalismo, aunque el pensamiento y la acción en torno a ello son muy escasos en la actualidad. Una buena excepción en la discusión aquí son Amin, 1996 ; Engelhard, 1996; Nell, 1996; Roustang, Laville, Mothé y Perret, 1996.
La teoría neoliberal es el paradigma dominante y tiende a erigirse cada vez más como un dogma teológico (Engelhard, 1996: 550) . Ante esta posición dogmática beligerante difícilmente se erigen otros paradigmas en la teoría económica. Como consecuencia de su dogmatismo la corriente dominante se enceguese, lo que la hace cada vez menos capaz de visualizar las contradicciones y, por ende, su propio fin. También cabe pensar y, quizá con más razón, que al no existir posibilidades de revincular la inversión con el capital productivo, el neoliberalismo tiende a enceguecerse.
Existen diferentes entradas para analizar la ceguera de la teoría neoliberal para entender su propio derrumbe. Hemos escogido una que explica, en primer lugar, el carácter necesariamente transitorio del neoliberalismo, o sea, que explica su propio entrabamiento en un callejón sin salida. En segundo lugar, este enfoque nos brinda capacidad analítica para dibujar escenarios futuros. En tercer lugar, nos permite construir a partir de un nuevo paradigma, arrojar luz sobre alternativas posibles. Entre estas alternativas se cuenta la mundialización sin exclusión. El presente artículo es entonces no sólo de carácter teórico, sino al mismo tiempo eminentemente político.
La discusión en torno al trabajo productivo y al improductivo constituirá el eje central de nuestro análisis. Nos permitirá analizar críticamente el proceso de mundialización que se orienta, bajo la bandera neoliberal, hacia el trabajo improductivo y con ello al entrabamiento en un callejón sin salida por su dinámica interna. La lógica neoliberal tiende a fortalecer la inversión improductiva. De ahí la necesidad de una regulación económica para hacer retornar la inversión hacia la esfera productiva. La dificultad de lograr este cambio bajo el neoliberalismo nos brindará una pista muy importante para anticipar escenarios futuros. A la vez, nos dará cierta fuerza analítica para arrojar luz sobre posibles alternativas y cómo construirlas.
A partir del concepto de trabajo productivo e improductivo se desarrollan dos ejes. El primero parte de la maximización de la ganancia privada y apunta a la eficiencia económica, y está bien reflejado en la actual economía formal. El segundo parte de la reproducción de la sociedad como un todo y apunta a la vitalidad del sistema y la parte sustancial de la economía, concebida por el padre de ésta (Smith, 1975) . El primer eje nos permite analizar la lógica interna del neoliberalismo; el segundo nos hace entender mejor la creciente necesidad de una regulación económica a nivel mundial.
En otros términos, el trabajo productivo y el improductivo pueden ser analizados desde dos ángulos posibles: por su forma y por su contenido. Por su forma, o relación social vigente, el trabajo productivo y el improductivo se conciben desde la óptica del capital individual. Aquí el trabajo productivo se define a partir de la relación capitalista. Aunque se equivocaron al pensar que sólo el trabajo agrícola es productivo, los fisiócratas postularon la idea correcta de que desde el punto de vista capitalista es productivo el trabajo que crea plusvalía (Quesnay, 1958). Adam Smith llegó en este punto al corazón mismo de la materia al definir el trabajo productivo como aquel que se intercambia de manera directa por capital, es decir apunta expresamente a la relación social (Smith, 1975).
Para los neoclásicos y los neoliberales ésta es por excelencia la única forma posible de ver el trabajo productivo y el improductivo.
La discusión acerca del tema ha perdido toda relevancia entre ellos. Todo trabajo, monetarizado o no, que se realiza fuera de esta relación social, termina siendo denominado improductivo y puede ser visto hasta como una relación no natural de trabajo, es decir como una relación perversa. De este modo, los neoliberales verán como perversa cualquier actividad realizada por el Estado que pueda ser emprendida con ganancia por la empresa privada. Con ello consideran como suprema la relación social existente y, por tanto, eterna. Al ver las cosas por su forma como la manera natural de encarar a éstas, los neoclásicos no consiguen distinguir el trabajo productivo del improductivo desde el punto de vista del contenido o sustancia.
Es precisamente desde esta visión neoliberal que parece no importar en qué esfera se invierta: en sectores productivos o improductivos por su contenido. Todo trabajo que se intercambia directamente por capital es productivo, sin importar la sustancia del trabajo. Es justo ahí donde se hace imposible entender cómo la sociedad actual se estanca. Cuando todo se rige de forma cada vez más exclusiva por la empresa privada en busca de la maximización de la ganancia, la eficiencia a nivel micro sumada conduce a un desarrollo siempre más estancado a nivel de la totalidad si las inversiones se hacen más improductivas por su contenido. La eficiencia no genera vitalidad en el sistema, sino que más bien tiende a destruirla. Ella amenaza la naturaleza, la vida humana y, en última instancia, la vida misma del propio sistema.
Desde el punto de vista del contenido, esto es con abstracción de la relación social bajo la cual se realiza, el trabajo vivo o materializado que se realiza sobre la forma social misma del régimen de producción vigente no crea riqueza. Este trabajo implica un costo falso de la producción que se costea mediante la redistribución de la riqueza existente (Marx, 1971: II, 125128) . Sólo es productivo por el contenido aquel trabajo que genera un valor de uso material o no, sin importar la relación social bajo la cual se efectúe. Que esta riqueza, en la sociedad que vivimos, nos aparezca básicamente bajo la forma de mercancía y a menudo en una relación de capital trabajo, no tiene importancia aquí (Ibid.: I, 55.190).
A partir de las dos entradas ya señaladas para analizar el trabajo productivo, podemos construir una matriz para interpretar las diferentes combinaciones de eficiencia y vitalidad. Hoy nos cuesta mucho interpretar al trabajo productivo más allá de la forma. Estamos acostumbrados a ver las cosas desde la perspectiva de la forma social dominante. Debido a ello apenas contamos como productivo en nuestra contabilidad social aquel trabajo que adquiere al menos una expresión monetaria. Todo trabajo realizado sobre el contenido y que no se expresa monetariamente, como es el caso de una buena cuota del trabajo doméstico por ejemplo, la contabilidad social no lo toma en cuenta por más que contribuya a la reproducción sobrevivencia, es decir, a la vitalidad.
Todo trabajo sobre la forma (comercio, banca, seguros, bolsa de valores, etc.), realizado bajo la forma dominante, con frecuencia supone un beneficio más elevado que la ganancia obtenida en el propio sector productivo. Este trabajo improductivo, visto por la forma social dominante, es el más lucrativo de cualquier trabajo actual.
Sin embargo, por más ganancia que se obtenga en un trabajo especulativo, sus inversiones y gastos pertenecen a los llamados costos falsos (faux frais) de la producción. Lo anterior quiere decir que una inversión ascendente en este sector redunda en una creciente redistribución de la riqueza existente y una consecuente dinámica estancada de la economía (Marx, 1974: I, 244.254).
Partiendo de la categoría de trabajo productivo e improductivo por el contenido podemos hacer análisis históricos sobre la renta improductiva en la transición del feudalismo al capitalismo (Dierckxsens, 1979: 91117) ; sobre el estancamiento económico en la antigüedad, tal como hemos hecho en estudios anteriores acerca del Imperio Romano, los aztecas o las culturas antiguas asiáticas (Dierckxsens, 1983) ; o acerca de la conclusión de la Guerra Fría y la desintegración del bloque soviético (Dierckxsens, 1992; 1994); pero también sobre la pérdida de vitalidad de la economía mundial bajo el neoliberalismo (Dierckxsens, 1997). Ahora nos interesa sobre todo dibujar escenarios futuros a partir de un entrabamiento del neoliberalismo en un callejón sin salida, producto de su gran inclinación hacia el trabajo improductivo, y contribuir a construir alternativas.
Desde finales de los años sesenta y principios de los setenta, la economía mundial bajó su ritmo de crecimiento. Este hecho coincidió con la crisis petrolera. Hoy, ya casi nadie atribuye esa desaceleración en el crecimiento económico a esa crisis. En la actualidad, afirma Engelhard (1996: 61), se adscribe esa pérdida de dinámica principalmente al creciente costo de la innovación que ya se vislumbraba cuando estalló la crisis petrolera y se agudizó a posteriori.
La innovación pierde su razón de ser en el capitalismo cuando no contribuye a elevar la tasa de beneficio. Si para conseguir un determinado porcentaje de aumento en la productividad del trabajo se incrementa más que proporcionalmente el costo de la innovación, la tasa de beneficio tiende a descender (Colin, 1994; Engelhard 1996: 63s.). El ascendente costo de la innovación, más allá de los aumentos en la productividad, es consecuencia de la misma carrera competitiva. La propia competencia obliga a depreciar a un ritmo creciente, o sea a innovar en forma cada vez más acelerada, con lo que acrecienta los costos de la innovación. La productividad del trabajo crece con más dificultad que el ritmo del aumento del costo de la innovación. El resultado de una tasa de beneficio decreciente en la esfera productiva es el estímulo a la fuga de capitales hacia sectores improductivos.
Al huir de los sectores productivos, la acumulación no se basa ya en la valorización real del capital. El pastel tiende a perder su ritmo de crecimiento. Y cuando el pastel no crece, la acumulación sólo es posible por una concentración progresiva de la riqueza ya existente y mediante apuestas a futuro. El monetarismo, o la proclamación de la acumulación puramente monetaria, brinda en esencia la posibilidad de una acumulación de “capital desempleado” que deja de ocupar al trabajo (productivo) con base en apuestas sobre una explotación más intensa de ese trabajo en el futuro. El capital acumula riqueza en forma monetaria sin una correspondiente explotación del trabajo en la esfera productiva. Al no ocupar por un tiempo al trabajo, le hace la guerra por medio de una política de flexibilización que culmina en una progresiva concentración de la riqueza ya existente.
Desde la década de los setenta, con la huída de las inversiones hacia esferas improductivas el pastel mundial de la riqueza no sólo tiende a crecer a menor ritmo, sino que además, al ser repartido, tiene que remunerar una magnitud mayor de inversión improductiva. De este modo disminuye la ganancia media del capital social. En este contexto de una ganancia media en descenso estalla una Guerra Económica Mundial por el propio mercado. El eje de esta guerra apunta a lograr inversiones que fortalezcan las posiciones competitivas en el mercado. La estrategia consiste en acaparar una parte creciente del mercado y de la riqueza ya existentes, en vez de fomentar su crecimiento mediante inversiones en áreas productivas que generen riqueza nueva. En este contexto hay que comprender la política de fusiones y adquisiciones que constituyen el grueso de las inversiones en el mundo actual.
Esta política de adquisiciones y fusiones aumenta las expectativas de que los más fuertes en este mundo podrán triunfar. Esta expectativa se expresa en la bolsa de valores, donde se cotizan las empresas más fuertes. La apuesta a las acciones de las empresas más fuertes eleva la cotización de esas acciones cada vez más de prisa. Estas apuestas no se realizan con dineros atesorados, esto es con riqueza existente. Una pirámide invertida de crédito construida a través de los años permite elevar las cotizaciones muy allá de los valores reales del mercado. Esta alza refleja la apuesta a ganancias futuras, es decir, alimenta la especulación a futuro.
Estas apuestas a las transnacionales ganadoras en las bolsas de valores y el crédito que implica, avanzan mucho más de prisa que el crecimiento económico estancado o el de las ganancias reales que generan esas transnacionales. Una parte creciente de las ganancias se obtienen nominalmente por las cotizaciones siempre más alejadas de la economía real. Conforme crece la espiral del crédito la acumulación se vuelve más virtual y tarde o temprano, de no darse una revinculación de la inversión con la producción, ocurrirá un colapso financiero.
Desde octubre de 1997 un ciclón financiero recorre el mundo, causando nerviosismo en las principales bolsas de valores al anunciar la posibilidad cada vez más concreta de un crac mundial de envergadura. El día 27 de octubre el principal indicador de la bolsa de Nueva York cayó 554 puntos, la mayor caída en puntos de su historia, en una sesión acortada para atajar el desplome desatado en Wall Street por la crisis financiera y monetaria en Asia.
Al descender el Dow Jones 554 puntos, o sea un 7,2%, alcanzó su nivel más bajo desde comienzos de mayo pasado, un 16% por debajo de su nivel máximo alcanzado en agosto. Para dar una idea de la importancia del suceso digamos que en el llamado “lunes negro” de 1987 este índice cayó un 22,6%, el mayor desplome de la historia de Wall Street, y que en 1929 el mismo índice se hundió un 40% en tres semanas. En esa ocasión más de la mitad de las sociedades de inversión financiera desaparecieron en semanas, y los ahorradores perdieron el 90% del valor nominal al que se creían acreedores (Aglieta, 1979: 319321) . Este escenario, nada imposible de volver a presentarse, significaría el hundimiento de la casa neoliberal sin claridad alguna acerca de los escenarios futuros.
Los temores de este nerviosismo financiero, en apariencia, se originan en la crisis monetaria en el sudeste asiático. El colapso del importante mercado bursátil de Hong Kong, el jueves 23 de octubre, se debió a que el Gobierno intentó defenderse de los ataques especulativos contra el dólar de Hong Kong, fijado a la par del dólar estadounidense. La debacle se inició cuando el Gobierno elevó las tasas de interés para defender la divisa. Esto porque grandes especuladores como Georges Soros, junto con inversionistas institucionales, para especular contra una moneda piden a crédito miles de millones de dólares en esa moneda local, compran con este dinero virtual otras divisas y así crean presión para una devaluación. Una vez que la moneda local es devaluada la recompran a un valor depreciado y obtienen una ganancia multimillonaria.
Para evitar ese tipo de juegos, los gobiernos locales procuran encarecer el crédito con el aumento de las tasas de interés. El efecto sobre los mercados bursátiles no se hace esperar. Como los especuladores de la bolsa trabajan con (una pirámide invertida de) crédito a corto plazo, las cotizaciones en la bolsa de valores son muy susceptibles a cambios en las tasas de interés. El índice del mercado bursátil de Hong Kong reaccionó ante la fuerte alza de las tasas de interés con una venta masiva de acciones. Como consecuencia la bolsa cayó en un solo día un 10,4%, con un desplome acumulado del 23% en menos de una semana (Harper, 1997: 36A).
La crisis monetaria en Asia comenzó antes de Hong Kong, con un ataque en apariencia aislado contra la moneda tailandesa. Los especuladores financieros tomaron como blanco a Tailandia, país que estaba alertado acerca de una devaluación por el deterioro de su balanza de pagos. Desde el mes de julio Tailandia no tuvo reservas internacionales y no pudo defender su moneda, la que en cuatro meses se devaluó de 25 a 40 bath frente al dólar estadounidense (SapfordDermottWilliams, 1997: B5) . Similar situación se dio en Malasia, que fue otra víctima (Clairmont, 1997: 16). Al tiempo que la balanza comercial se deterioraba, el crédito en ese país creció en los últimos tres años en un 30% anual, alcanzando el 160% del PIB (Economic Review, 1997: 32). Finalmente, el 17 de noviembre el Banco Central de Corea del Sur dejó de defender al won que pasó de 900, a mediados de octubre, a 1.130 frente al dólar estadounidense en menos de un mes (SapfordDermottWilliams, 1997: B5).
Cuando estalló la crisis monetaria de los países asiáticos, Estados Unidos (EE. UU.) no los ayudó como sí lo hizo con México durante su crisis monetaria de 199495. Y es que a EE. UU. le convenía la crisis en esa región de Asia para poder “enjaular” a los “tigres” por medio de políticas de ajuste estructural y mecanismos de control vía el Fondo Monetario Internacional (FMI), y así penetrar sus mercados tan protegidos (Sender, 1997: 69) . Uno tras otro de los países del bloque de los tigres ha tenido que pedir auxilio al FMI, el cual condiciona sus préstamos a la exigencia de una mayor apertura a las inversiones externas. Japón, como principal financiero en la región, se vio afectado recientemente. El índice Nikkei 225 bajó un 20% entre el 1º de agosto y el 1º de noviembre, y el índice Nikkei de banca lo hizo en un 30% (SapfordDermottWilliams, 1997: B5).
La crisis financiera en Asia no la podemos entender como un hecho aislado, sino como parte de la Guerra Económica Mundial por un mercado donde no quepan todas las transnacionales. En términos de Engelhard (1997), la Tercera Guerra Mundial ya comenzó. Las armas son cada vez más de carácter económico, pero muy letales. Cada vez menos se necesita ocupar territorios para conseguir subyugar naciones enteras. Con ese ataque al sistema financiero en Asia, Occidente, y EE. UU. en particular, arriesgaron una ampliación de la crisis financiera al mundo entero. El desplome en el mercado bursátil podría haber causado una reacción en cadena con el espectro de una devaluación caótica de muchas divisas. Esas armas financieras tienen, al igual que la armas atómicas, una fuerza autodestructora potencial muy grande.
En América Latina se vive una tensa situación financiera y bursátil. En la semana del 24 al 30 de octubre las bolsas de valores de Brasil y Argentina cerraron con pérdidas del 23,3 y el 19,6% respectivamente. En especial, la situación de Brasil es preocupante. Con déficit importantes en materia fiscal y comercial y una tasa de cambio sobrevaluada, el país se perfilaba como la siguiente víctima de los especuladores. Brasil recibe fuertes inversiones directas desde Europa y EE. UU., y con ello creía poder poner ciertas condiciones al ALCA. Es posible que el ataque al real pueda ser entendido como una advertencia a Brasil. Una devaluación del real, sin embargo, pondría a Argentina, importante socio comercial brasileño, bajo inmensa presión y comprometería la estabilidad cambiaria de otros países latinoamericanos (Semana, 3. XI. 1997: 5862).
Ante el posible ataque a las divisas latinoamericanas, Brasil incrementó preventivamente sus tasas de interés. La bolsa brasileña reaccionó con una tendencia a la baja que no ha terminado. Se ha expandido de este modo la inestabilidad financiera a nivel internacional, que es a lo que más temen los inversionistas (Greg, 1997: 25A) . Estas crisis financieras cada vez menos aisladas pueden afectar, en última instancia, a los mayores mercados financieros y causar un pánico bursátil mundial al estilo del de 1929.
Actualmente no hay manera de enfrentarse a las olas especulativas contra las monedas, ni siquiera las de los países grandes (MartinSchumann, 1996: 107) . Se han perdido todos los controles monetarios sobre el capital privado y especulativo, ya que las reservas de los especuladores resultan ilimitadas a la par de las reservas internacionales oficiales. La causa esencial de la crisis especulativa no reside en Asia o América Latina ni en algunos especuladores sin escrúpulos, sino en la Guerra Económica Mundial que estalló entre grandes transnacionales por un mercado mundial que se expande cada vez menos.
En un mercado que no se expande queda de manifiesto que no hay lugar para todos, ni siquiera para todas las transnacionales. La estrategia que resulta de ello consiste en fomentar posiciones competitivas mediante fusiones y adquisiciones para acaparar la mayor parte del mercado existente. Si un mercado, como ocurría con el del sudeste asiático, se protege contra esa inversión externa, las armas económicas financieras desestabilizan las monedas y crean una guerra de Occidente contra Oriente. Se occidentaliza y se estaduniza la globalización, pero a la vez se resta dinamismo al continente asiático, tan dinámico en la economía mundial. Las apuestas a los ganadores se harán más en Occidente que en Oriente, no obstante la elasticidad de la concentración de capital disminuye siempre más, y con ello las expectativas. El crac mundial puede posponerse, aunque no evitarse.
Un crac mundial pondría en cuestionamiento a la economía neoliberal al sacudirla en sus cimientos. Una primera pregunta que nos hacemos es cuán evitable es un eventual crac económico. Si bien existen perspectivas de que la bolsa de valores puede recuperarse en el corto plazo por medio de ciertas medidas que señalaremos, su sostenimiento en el largo plazo será más difícil. El Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI), en proceso de negociación, podría dar otro respiro al neoliberalismo. El AMI regulará disposiciones acerca de las inversiones extranjeras (directas y de cartera) a nivel mundial, las cuales contemplan el derecho de la repatriación integral de los beneficios y el derecho de cualquier transnacional de diferir de un Estado ante ese organismo internacional (Le Monde Diplomatique, mayo 1997: 10). Con eso los Estadosnación pierden toda autodeterminación sobre la conducción de la economía de su país y se agranda el espacio de la concentración de capital para las transnacionales por un tiempo más. Esta medida no resuelve el problema en esencia, sino que apenas pospone la amenaza de un crac, profundizando aún más su efecto.
En el momento que estalle una crisis mundial se liberarán fuertes energías subjetivas. En un mundo de exclusión progresiva donde quepan cada vez menos, la lucha por la inclusión se acentuará con fuerza en una depresión económica. Una de las tendencias más temibles en esta depresión será la lucha masiva por la inclusión a costa de los demás. Al haber gozado de más derechos como ciudadanos en el pasado, sobre todo entre los ciudadanos del Norte habrá sectores que sientan tener más derecho a ser incluidos. De forma que al ver peligrar su inclusión estos sectores tenderán a reivindicarla, aunque sea a costa de los demás. Bajo la bandera de una lucha de inclusión a costa de todo está en peligro la democracia (Schlesinger, 1997: 212) , y este peligro se torna hoy más concreto.
Una lucha masiva de inclusión a costa de otros bajo una bandera nacionalista, es decir un neofascismo, no representa a estas alturas del milenio una salida para los intereses de las transnacionales. Para poder cubrir los intereses transnacionales, la escala de la lucha por la inclusión ha de traspasar las fronteras nacionales. El nacionalismo como tal, entonces, ya no representa una bandera unificadora que pueda brindar una salida al capital transnacional. Una lucha de civilizaciones, en cambio, sí es capaz de brindar esa cobertura de intereses. La cultura occidental amenazada por una cultura oriental en ascenso, se traducirá en una lucha de las civilizaciones, como nos la presenta Huntington (1993: 2729; 1996). Este conflicto, que ya comenzó con el bombardeo financiero de las monedas asiáticas, pudiera radicalizarse a partir de un colapso financiero mundial.
Un neofascismo planetario de esta índole constituye un escenario posible y, como reacción ultra defensiva, tampoco la más remota. No obstante, así como la Segunda Guerra Mundial y el fascismo de ese entonces no brindaron una solución a la crisis de vitalidad de la economía, tampoco un neofascismo solucionará tal crisis a nivel planetario. Unicamente es posible salir de una crisis de una economía que ha perdido su vitalidad, si retornamos a priorizar la totalidad antes de pretender salvar las partes. Este planteamiento sólo podrá hacerse mediante una regulación económica a nivel mundial.
Al reivindicar una mundialización sin neoliberalismo, sin embargo, no necesariamente se plantea todavía una alternativa que parta del Bien Común planetario. El cambio de valores de un eje que parte de los intereses particulares hacia otro que apunta hacia la vitalidad de la totalidad, no resulta tan fácil ya que exige un fuerte cambio de valores.
La conciencia de que una salida neofascista no brindará solución a la crisis tiene un buen precedente histórico. Sólo que el pánico que se gesta en una depresión puede enceguecer mucho. Al tomarse conciencia de las limitaciones de un conflicto mundial, es probable que se busque aquella regulación económica orientada a conciliar los intereses privados de las transnacionales con el logro de la vitalidad, entendida ésta básicamente como un crecimiento con inclusión. Esto se podría pretender alcanzarlo por medio de una demanda agregada y una política de empleo a nivel mundial. De este modo se buscaría perpetuar la acumulación privada sin supeditarla al Bien Común planetario. Sería una forma de neokeynesianismo a nivel planetario que requeriría una especie de Estadomundo regulador.
Ese neokeynesianismo planetario tendría como gran tarea la de regular la economíamundo donde operan las transnacionales. Pero esta tarea no puede corresponder a ningún Estadonación, pues requiere una regulación mundial. Existe una creciente discusión para regular la especulación (Nell, 1996; MartinSchumann, 1996), lo que constituye ya un síntoma saludable. No obstante, una discusión más allá de la especulación acerca de una regulación mundial, es todavía muy escasa (Petrella, 1996 .; Roustamg, 1996 ; FitoussiRosanvallon, 1996) En nuestra opinión, una intervención neokeynesiana de corte planetario difícilmente se perfilará como una solución viable. Por la intervención de una especie de Estadomundo se podrá conseguir establecer una demanda agregada con una política de empleo a nivel planetario. Sin embargo, la asignación de los recursos es muy difícil que se regule mediante el mercado bajo el régimen de la maximización de la ganancia.
Ello porque al perseguir las empresas individuales la mayor eficiencia posible en el uso de los recursos, tienden a invertir en tecnología, con lo que crean a nivel del sistema una capacidad instalada ociosa cada vez mayor. Una demanda agregada por medio de una regulación mundial que estimulara el desarrollo de la tecnología, no haría más que reforzar esta tendencia a una capacidad ociosa creciente. No es suficiente con garantizar la escala de la demanda, es igualmente importante definir su composición (Nell, 1996: 61s.).
Una capacidad ociosa es como una riqueza creada en un ciclo y que apenas en parte se emplea en el ciclo siguiente, reduciéndose la relación entre la masa de ganancia obtenida y el capital invertido. La tasa de beneficio tiende a bajar. Esa baja de la ganancia se acentúa aún más por otra tendencia: que la tecnología se deprecia con más velocidad que la de los avances en la productividad obtenida. Para solucionar la tendencia a la tasa de beneficio descendente se requiere una mano visible que regule la depreciación y la inversión. Esta intervención es posible si se introduce simultáneamente en el mundo entero. Una depreciación regulada a nivel mundial brindaría una nueva potencialidad al desarrollo tecnológico, con una mayor conservación de los recursos naturales y con capacidad de atender necesidades de poblaciones desatendidas. Esta regulación, no obstante, representaría una intromisión directa en la propia lógica de acumulación, cuya dinámica apuntaría hacia la vitalidad del sistema como un todo. Con ello la mano visible subordinaría a la invisible, tocando la esencia misma del capitalismo. Sólo es posible tocar esa esencia a nivel planetario.
Esta supeditación de la lógica del capital a una mano visible a nivel mundial podría resultar de un intento de regulación económica neokeynesiana a nivel planetario. Pronto quedaría clara la necesidad de una intromisión en la lógica misma del capital. Esa intromisión modificaría cualitativamente a la economía capitalista, la cambiaría en su esencia. En nuestra opinión, cualquier regulación futura significará necesariamente ese salto cualitativo en las propias relaciones de producción. Nuestro argumento básico es que no existe una posibilidad real de hacer que las inversiones retornen hacia la esfera productiva, sin esa intromisión en la lógica del capital. En otras palabras, las fuerzas productivas han llegado al límite de su potencial de desarrollo bajo la relación capitalista. Es ante esa perspectiva que surge con tanta dificultad otro paradigma, y que el neoliberalismo se encierra en un dogmatismo sin salida.
Ante este escenario, los sectores progresistas están ante el verdadero reto histórico de ocupar el espacio que se presentará para construir una nueva sociedad orientada por el Bien Común a escala planetaria. Podemos caracterizar este esfuerzo como una mundialización desde abajo. Sin embargo, los sectores progresistas están igual de mal preparados para encarar una mundialización que parta del Bien Común a nivel planetario. Este proceso supone una discusión que apenas se vislumbra (Petrella, 1996; Amin, 1997; Laville, 1997 ; Caillé, 1997 ; Huizer, 1996).
La búsqueda de la vitalidad de la economía mundial será a costa de la eficiencia, lo que constituye un cambio de eje en la orientación económica hacia el Bien Común (Engelhard, 1996). Este cambio de eje implicará un cambio de valores, una nueva ética donde lo particular y lo privado se supeditarán al Bien Común planetario. La economía será reconcebida en su aspecto sustantivo y reproductivo, y cada vez imperará menos la eficiencia de la economía formal.
Cuando los intereses privados sumados (en busca de la máxima ganancia) conduzcan al Mal Común de la propia economía mediante una gran depresión, se revelará de forma dramática la necesidad de una organización mundial capaz de supeditar los intereses de las transnacionales al Bien Común planetario. Este Bien Común planetario no es la simple suma de los bienes comunes de diferentes pueblos, sectores, naciones o regiones mundiales, sino que los bienes comunes más particulares se derivan de la vitalidad a nivel de la totalidad. El Bien Común sólo puede ser definido a partir de la totalidad, y esa totalidad hoy sólo puede ser planteada en el plano planetario.
Partiendo de la reproducción de la totalidad con vitalidad se define la vitalidad de todas las partes, y no al revés. La búsqueda de la vitalidad de cada una de las partes sumadas no conduce a la vitalidad del todo y de este modo, en última instancia, tampoco a la de las partes.
Un proceso de mundialización que parte del Bien Común planetario enfoca la reproducción de la vida humana y natural como punto de partida. Esta reproducción no está supeditada a la lógica de la eficiencia de las partes. La eficiencia de las partes conduce en última instancia a la exclusión y al derroche de recursos a nivel de la totalidad, o sea, a la ineficiencia a nivel de la totalidad. La eficiencia a nivel de la totalidad consistiría en trabajar con la plenitud de los recursos humanos y naturales, sin derroche o exclusión a nivel del sistema como un todo y sin necesidad de lograr la máxima eficiencia a nivel de las partes (Nell, 1996: 97).
Esta óptica, en vez de generar un espacio menor de autodeterminación, brinda, en principio, el espacio para fomentarlo. Las ventajas competitivas asfixian cualquier intento descentralizado de desarrollo. Una regulación que parta del Bien Común y de la vitalidad de la totalidad, ofrece la posibilidad de la sobrevivencia de la ineficiencia a nivel particular sin supeditación. En vez de conducir al poder centralizador, brinda así el espacio para gestar un desarrollo nivelador.
El cambio del eje de la eficiencia al de la vitalidad implica siempre un riesgo de centralización del poder. El recuerdo del socialismo real nos da razones claras de esa centralización del poder. El socialismo real nació como una reacción radical al mercado total.
Como respuesta histórica ello significó la sustitución radical del mercado total por el plan total. En vez de otorgar la razón absoluta al mercado se la otorgó al plan, o más bien al partido que lo define. El cambio del eje de la eficiencia del mercado al plan en el socialismo real, partió de la socialización formal y radical de la propiedad privada desembocando así necesariamente en la totalización del plan. El trabajo (improductivo) de la burocracia en esa totalización del plan tendió a desarrollarse más de prisa que la propia productividad del trabajo minando, de este modo, la eficiencia a nivel de la totalidad.
Planteado a nivel mundial, este proceso de supeditación del mercado al Bien Común puede ser gradual y real. No hace falta la socialización de la propiedad formal para supeditar la economía al Bien Común, ésta más bien la dificulta. Un proceso de mundialización que parta del Bien Común planetario, en forma gradual y real brindará el mejor espacio para instaurar un proceso de mundialización desde abajo y para abajo, esto es, con la mayor participación democrática. La solidaridad a nivel de la totalidad dará la vitalidad que se precisa para subordinar la competitividad de las partes individuales. El Estadomundo que se requiere, entonces, es un Estado solidario.
La mundialización desde abajo que apunta al Bien Común de la humanidad, constituye una utopía que permite y supone la participación popular. No obstante, los sectores populares se hallan más desarticulados que en décadas pasadas. En medio de la flexibilización de la fuerza de trabajo a nivel mundial y, sobre todo entre la fuerza de trabajo no calificada, la organización del trabajo mediante el sindicalismo ha perdido mucha de su fuerza. La mundialización del mercado de trabajo mundializó la sustitución de la fuerza de trabajo. El consecuente repliegue organizativo de los trabajadores lo podemos ver, sin embargo, como punto de inflexión hacia una nueva era organizativa. Se está gestando lentamente una reestructuración de los sindicatos a escala mundial. Ya no basta organizarse a nivel nacional, sino que es preciso estructurar redes alrededor de las transnacionales, estén donde estén, en el Norte y el Sur. El sindicalismo no ha muerto, sino que se están dando las condiciones objetivas para que alrededor del eje de la inversión transnacional se estructure una ciudadanía mundial solidaria capaz de pedir cuentas a las transnacionales.
El nuevo sindicalismo necesita una visión menos corporativa y más solidaria, con alianzas con movimientos de consumidores, de derechos humanos, etc. Esto supone articular las diferentes luchas de identidad, a menudo fragmentadas (de mujeres, ecologistas, minorías étnicas), en torno de una utopía que encara el Bien Común planetario. Con el desarrollo de una ética solidaria pueden rearticularse muchas de las fuerzas sociales para la construcción de un mundo donde quepan todos y todo, incluyendo a la naturaleza.
Ante este escenario, el presente artículo no puede ser sino polémico. En un mundo de exclusión progresiva donde quepamos cada vez menos, una de las tendencias más temibles es una lucha por la inclusión a costa de otros. Todos podemos ser ciudadanos de este mismo mundo con identidades y derechos, pero ante la exclusión progresiva surgen fuerzas (xenofobia, racismo, etc.) que reclaman tener más derechos que otros a caber en este mundo. Un neoliberalismo en un callejón sin salida puede liberar energías retenidas que creen un espacio para un neofascismo a nivel planetario. Huntington (1996) alude con claridad, y no precisamente con preocupación por la humanidad en su conjunto, a este posible neofascismo. El conflicto que prevé ya no lo concibe bajo una bandera nacional (la globalización ha ido demasiado lejos como para que una nación abandere los intereses del gran capital transnacional), sino como respuesta de una cultura amenazada (Occidente) por otra (Oriente).