10 mujeres escribe teología

Navarro Mercedes



Verbo Divino, Estella, (1a: 1993, 2a: 1998)

Hace algunas décadas se comenzó a hablar de nuevos sujetos que irrumpían en la sociedad y en la iglesia; después —expresándose con mayor exactitud— se reconoció que varios de esos grupos ya tenían mucho tiempo actuando conforme a sus anhelos e intereses, pero que no eran reconocidos como tales. Más recientemente se habla de cambio de paradigmas en teología y algunos prefieren formularlo como nuevos sujetos en teología; y paralelamente se precisa que lo nuevo no consiste tanto en que comiencen a hacer teología, sino en que ahora sí es reconocida. Uno de esos grupos o sectores sociales es el de las mujeres. De diversas maneras van teniendo una mayor participación y más significativa tanto en variados ámbitos sociales como de la iglesia. Y más en particular están produciendo teología de una forma relevante.



En nuestro continente, en particular en los ambientes de comunidades eclesiales de base, desde los 80 se reconocen distintos tipos de teología, más en concreto se habla de teología popular, pastoral y profesional o académica. Y, aunque se trata de valorarlas todas por igual como aportes de diversa índole, suele persistir —más o menos explícitamente— una como clasificación de niveles que le otorga mayor calidad y seriedad a la académica. Mientras se da esa discusión, o por lo menos variedad de opiniones, hay un número creciente de mujeres que está accediendo a la teología académica. De ello ya hace varios lustros en Europa y también en Estados Unidos, y últimamente también en América Latina y en los otros continentes del llamado tercer mundo.



Por otra parte, no toda la teología elaborada por mujeres tiene el mismo enfoque. Ya es muy común aceptar que no es posible pretender un conocimiento completamente objetivo, científicamente neutro; sino que todo conocimiento tiene influjos subjetivos, y que es mejor ser consciente de ello y reconocerlo. Así la mayoría de las teólogas —pero no todas— adoptan expresamente una óptica desde su condición de mujeres. Óptica que no es simplemente femenina, sino feminista, en el sentido que pretende denunciar y/o corregir todas las elaboraciones teológicas impregnadas de un enfoque «patriarcal o machista», es decir, no sólo masculino, sino discriminador y opresor de las mujeres y de lo femenino. En un comienzo prevalecía simplemente la denuncia acompañada del señalamiento de que era necesario llevar a cabo una reelaboración desde la perspectiva de las mujeres que es diferente. Cada vez contamos con avances en esa reelaboración.



Hay aspectos que son comunes a todas las mujeres, pero hay también diferencias significativas entre las mujeres de diverso continente, cultura o clase social. Las teólogas latinoamericanas —presentadas más en detalle en dos artículos de este número por Pilar Aquino y María Clara Bingemer— suelen conocer la producción de las primermundistas, al menos la más destacada. En cambio éstas discuten y dialogan preferentemente con autoras y autores de sus mismos países, hablando de las mujeres en general sin mucha conciencia de la diversidad de circunstancias en otras culturas y clases sociales.



Viniendo al particular del libro que reseño, la bibliografía que citan nueve de las autoras es preferentemente europea o norteamericana; Elisa Estévez —también española, pero residente en Guatemala— incluye más significativamente obras latinoamericanas. Y Mercedes Navarro reconoce expresamente que «es necesario precisar, una vez más, que esta reflexión está enmarcada en un contexto de primer mundo, occidental y de raza blanca» (p 285)



Todas las 10 autoras son españolas, cuentan —por lo menos— con un título universitario, siete desarrollan trabajo académico en ese nivel, dos tienen pastoral con grupos y una es escritora. De cuatro de ellas se indica a qué congregación religiosa pertenece, supongo que las otras seis son laicas. La mayoría pertenece a la Asociación de Teólogas Españolas. Cada una desarrolla una de las siguientes voces seleccionadas para ofrecer este aporte desde las teólogas: biblia, Cristo, Dios, esperanza, iglesia, mujer, oración, pecado, sacerdocio y sacramentos. A continuación presento como muestras los artículos sobre Dios, Cristo, iglesia y pecado.



Esperanza Bautista (licenciada en derecho y también en teología) escribe el artículo sobre Dios. Presenta la dificultad que encuentra una mujer que desea hablar sobre Dios desde una perspectiva femenina porque en el lenguaje más común parece que no hay lugar para ello; pero profundiza más en la dificultad común a varones y mujeres para elaborar una reflexión conveniente sobre Dios, gratuito, trascendente e infinito. En efecto, existe el peligro continuo de no hablar del Dios verdadero sino de un ídolo. Este peligro, muchas veces olvidado, lo advierte toda la tradición teológica: cuando, a partir de nuestras experiencias y categorías limitadas, afirmamos algo sobre Dios hemos de cuidar de no absolutizarlo y de complementarlo con otros aspectos debidamente ubicados. Esta advertencia general lleva a la autora a descubrir lo que tiene de idolátrico una idea de Dios que exclusiviza sus rasgos masculinos. No que esos rasgos no expresen algo que de alguna manera corresponde a Dios, sino que al exclusivizarlos parcializan, distorsionan la imagen del Dios verdadero. Y lo peor es que, con base en esa imagen distorsionada en la que dios es reflejo del varón, se justifica la discriminación y la opresión que las mujeres padecen en la sociedad y en la iglesia. Eso mismo ha sucedido con el símbolo empleado por Jesús de Dios como padre: lo paterno ha sido interpretado de un modo patriarcal desde la experiencia tanto judía como pagana en el sentido de autoridad autoritaria y de poder impositivo y opresor. Y si esas características no siempre se aplican expresamente a Dios, sí se transfieren a sus representantes en la tierra y se usa para justificar no sólo el dominio del varón sobre la mujer sino en general de los fuertes sobre los débiles. Una idolatría semejante se cometería si se concibiera a Dios con ideas exclusivamente femeninas. Para superarlo es necesario utilizar —desde la experiencia histórica de marginación, pobreza y sufrimiento— un enfoque de inspiración evangélica de inclusividad, reciprocidad, igualdad y liberación. Y concluye:



«... se vuelve la mujer hacia la comunidad y su experiencia de Dios se hace también, además de una experiencia de fe, de libertad y de misericordia, una experiencia comunitaria. Ahora Dios viene a ser conocido como el misterio único de ser persona humana, como aquel que quiere la vida y no la muerte, como el Dios de Jesús que está de parte de los pobres, de los marginados, de las mujeres...»(129)

María Pilar de Miguel (licenciada en teología) elabora un muy bien logrado artículo sobre Cristo tanto en su tratamiento mismo como en sus referencias bibliográficas. Empieza recogiendo la pregunta de si puede un salvador masculino tener significado para las mujeres y luego reconoce que hay dos grupos más numerosos de mujeres a quienes esa pregunta no les interesa unas porque implícitamente han respondido que sí y lo viven con tranquilidad y otras porque han decidido romper vínculos con la iglesia. Antes de responder la pregunta recorre el proceso de patriarcalización de la imagen de Cristo que culmina dando al ser varón de Jesús un carácter no sólo de contingencia histórica sino ontológico, por diversos influjos filosóficos y culturales que consideran que el auténtico ser humano es el varón y que la mujer es una realización complementaria de segundo orden, de ahí la conclusión de que al encarnarse el Logos de Dios, ontológicamente tenía que hacerlo en un varón.



«La clave para la superación de esta dificultad está, según Ma. Clara Bingemer, en el reencuentro con el Jesús de los evangelios. Un hombre que vivió una especial alianza y sintonía con las mujeres de su tiempo, que fundó una comunidad e inauguró un estilo de vida donde ellas eran bienvenidas y tenían sus lugar. Un hombre que además vivió él mismo una integración profunda y armónica entre su ‘animus’ y su ‘anima, entro lo masculino y lo femenino, que componía su humanidad. Esa antropología integrada e integradora que Jesús proclama y que vive nos da pie para afirmar que la cristología es el fin del patriarcalismo» (70)

Luego hace un ilustrativo recorrido sintético del trato de Jesús con las mujeres en el evangelio de Marcos resaltando su profundo significado liberador en el contexto judío de sometimiento de la mujer. Complementa su aporte con un interesante enfoque antropológico multipolar en el que hace ver que el ser humano tiene muchas dimensiones (corporales, anímicas, sociales, ecológicas...) que —vividas en interdependencia y mutualidad— ofrecen un mejor marco para ubicar la relación mujer-varón superando un dualismo que reduce a la mujer a lo privado y lo pasivo.



Después reasume las distorsiones patriarcales de la figura de Cristo y presenta más en detalle las posturas de Elizabeth A. Johnson, M. C. Bingemer, Mary Daly, Rosemary Radford e Ivone Gebara para ampliar los elementos básicos de solución ya señalados.



Elisa Estévez (licenciada en ciencias bíblicas) nos ofrece un sugerente artículo sobre la iglesia referido a los escritos del NT y a la realidad actual de la situación de la mujer. Recupera estudios recientes que nos ayudan a conocer y ubicar las diversas tendencias dentro de la iglesia en la época subapostólica, centrándose en la tradición paulina y en la del discípulo amado:



«Las pastorales resuelven los problemas de la nueva etapa acentuando todas aquellas categorías que aseguran la estabilidad y la continuidad, la ortodoxia y la autoridad. Reflejan un proceso muy fuerte de institucionalización de la iglesia, donde categorías como apostolicidad, sucesión, oficio magisterial y reinterpretación de la tradición se convierten en clave de discernimiento del ser y misión de la iglesia... En cambio la tradición del discípulo amado acentúa la importancia del amor como característica de los seguidores y seguidoras de Jesús, que se constituyen en comunidad de creyentes por la fe en él. La vinculación con el señor Jesús es la única garantía de fidelidad» (169-170)

Del énfasis de las pastorales se sigue una iglesia jerárquica en la que prevalecen los pastores sobre los fieles en general y más sobre las mujeres; del enfoque juanino brota una comunidad más igualitaria donde también las mujeres pueden tener una participación y aportes relevantes. Esta se encuentra en mayor consonancia con la práctica misma de Jesús que no sólo llamó discípulos sino también discípulas en su seguimiento:



«Caminar detrás de las huellas del Maestro (Lc 8, 1-3) amarle por encima del miedo (Lc 23, 27) manifestarse como seguidoras de él, incluso en el lugar en el que lo estaban matando (Jn 19,25) ver al Señor vivo antes que los mismos apóstoles (Mc 16,9) las acredita como sujetos capaces y dignos de ser copartícipes a todos los niveles en la misión de la iglesia» (177)

Luego muestra cómo la tradición del mismo Pablo presenta a las mujeres abiertas a la palabra creadora, generadoras de comunidad, participando en los ministerios profético, diaconal y misionero, y también padeciendo la persecución.



Viniendo a la realidad de América Latina señala que la lucha por la liberación de las mujeres está unida a la de todo el pueblo por la justicia económica, política y cultural, y recalca que aunque en los sectores populares (en particular el campesino y el indígena) sufren la opresión tanto varones como mujeres, ellas llevan siempre la peor parte. Destaca como desafíos a la iglesia en estos ámbitos acompañar a las mujeres que se han comprometido en esa lucha de liberación y servicio, y también ofrecerles una adecuada formación teológica.



Mercedes Navarro (doctora en psicología y licenciada en ciencias bíblicas) reflexiona sobre el pecado desde un enfoque más ético que antropológico. Incluye opiniones de la filosofía feminista con un carácter —que ella misma reconoce— más crítico que sistemático. Critica por masculina una concepción de pecado que acentúa los aspectos de autoafirmación del hombre, desorden de la sensualidad y sentimiento de culpa; y aclara que en la mujer lo que muchas veces se encuentra es una autodenegación destructiva, una afectividad más centrada en las relaciones profundas que en los impulsos y una culpabilidad excesiva. Y luego reconoce en nota (269) que el concepto de pecado que critica ya ha sido modificado por la «moral cristiana de los últimos tiempos» que recupera —siguiendo a Jesús— la centralidad del amor; pero , insiste, ese concepto sigue presente en muchos ámbitos eclesiales. Algo semejante habría que notar sobre su crítica a la idea de virtud con énfasis en la humildad y la castidad; que han sido fuentes de opresión para la mujer. También desde la experiencia y la psicología de la mujer advierte que en la manera de entender el amor no hay que insistir tan sólo en el desinterés de la entrega, sino que es necesaria también la autoafirmación que impida caer en una abnegación esclavizante y destructiva.



Ante la acusación de que la mujer tiene menor conciencia y sentido ético por no ser tan sensible a las exigencias de la justicia (más bien impersonales), acude a estudios psicológicos para destacar la preferencia que da la mujer al sentido de responsabilidad y atención («cuidado» «care», en inglés) más personales. No se trata, pues, de un carencia; sino de un estilo diferente. Y lo ilustra con algunos ejemplos interesantes tomados de la biblia.



Pone de relieve también otras características como la adecuada integración entre la afectividad, la entrega, el servicio, la libertad, la gratuidad del amor, y la búsqueda de la felicidad que son una aporte de la perspectiva feminista, que otros autores han descubierto y desarrollado desde la óptica de varios sectores marginados y oprimidos.



Reseña: Sebastián Mier