Jóvenes

Equipo de asesores de la pastoral juvenil del Altillo, D.F.


0. Jóvenes

Por ahí existen, por «divina» gracia, las sociedades que nos señalan como salvajes y bárbaros... entonces debemos matar nuestro «otro yo» para poder ingresar a la vida civilizada adulta. Ante esto nomás decimos: ¡Aaahhh! ¡Ohhh! ¡ja, ja, ja y más ja!

Más bien deseamos mantener nuestro origen: sin forma, desdibujado y sin contorno, confuso e indistinto, la diversidad y alteridad absolutas, lo completamente otro y lleno de posibilidades.

En una caminata corremos, al escribir una poesía pensamos y al llenar de matemáticas nuestro cerebro sentimos, por lo regular expresamos nuestras inconformidades y de qué manera, aunque más bien es siempre, si nos dicen: «Cuestiona todo», contestamos: Mmmmhh, ¿Porqué?

Las juventudes nos identificamos, conscientemente y no o al menos con algo parecido, como guardianes del caos del deseo, de la renovación de la vida, la transformación radical, lo lúdico, la sexualidad, la fecundidad creadora, la revolución, el amor.

Queremos presentar algo de lo que hemos reflexionado. Algunos están muy elevados, otros muy prácticos. Los escribimos en equipo, juntando lo que hemos vivido. Primero desde lo que nos ha tocado acompañar, luego desde lo antropológico, la fenomenología de la religión y finalmente la sicología. Sabemos que esta incompleto, y si nos equivocamos... tú dirás.

1. Los jóvenes en el mundo de hoy

Para iniciar tenemos que hacer una premisa. Las tesis que vamos a exponerles sobre la situación de los jóvenes en el mundo serán, necesariamente, muy generales y, en cuanto tales, son peligrosas. Pues en una sociedad siempre más compleja y diversificada como la nuestra, las afirmaciones universales son al mismo tiempo justificables y/o refutables por medio de fenómenos individuales, así como hay puntos que se pueden pasar por alto. Después de haber aclarado esta carencia, vamos a tratar de presentarles un marco teórico que les permita comprender la situación de la juventud hoy y las tareas que se plantean a un trabajo de pastoral juvenil. Debido al proceso de modernización que se realiza en distintas formas en cada país, y que presenta tanto oportunidades como riesgos, vemos cuatro desafíos de gran alcance para los jóvenes y para la pastoral juvenil de la Iglesia.

1. El desafío de la pobreza

La crisis de los mercados del trabajo en Asia ocupa desde hace algún tiempo los titulares de los periódicos, produciendo temores también en Europa y en los Estados Unidos. Dicha crisis, en efecto, no es solamente local, sino que repercute en la economía y en los mercados financieros en todo el mundo. Además, es como un sismógrafo que indica una crisis mundial de la sociedad trabajadora. Dicha crisis es ocasionada por una racionalización cada vez mayor de la producción de bienes y servicios, que hace superfluo o demasiado caro el trabajo humano. En un mundo globalizado, se presentarán oportunidades de trabajo allí donde haya disponibilidad de mano de obra barata, existan pocas exigencias ecológicas y prevalezcan las condiciones de inversión más favorables. En esto los países latinoamericanos son «el paraíso».

Por consiguiente, a pesar de un crecimiento económico siempre mayor y de los enormes beneficios que reciben las multinacionales, una gran parte de la población mundial se ve excluida de la vida de trabajo o debe trabajar en condiciones muy desfavorables. Se va difundiendo la idea de que yo no es posible ofrecer el pleno empleo y habrá que distribuir de otro modo el trabajo existente.

Los jóvenes, sobre todo, son los que se ven afectados por la situación de desempleo. En muchos países del «tercer mundo», millones de niños y jóvenes trabajan en condiciones degradantes para poder mantener a la propia familia. En muchos otros países, no hay trabajo para los jóvenes, o se encuentran trabajos temporales sin ningún tipo de seguridad social.

Podemos concluir que los problemas del desempleo, de la transición de la escuela al trabajo (escasez de puestos de aprendizaje y trabajo correspondiente) y de garantizarse una subsistencia, representan, para gran parte de los jóvenes en todo el mundo, uno de los principales desafíos que han de superar en su vida.

2. El desafío del «espacio vital»

Es común para nosotros ver que la iglesia se vuelve lugar de encuentro. A la pregunta sobre qué criticaban de su ciudad, los jóvenes contestaron: «¿A dónde podemos ir para reunirnos a la hora de comer, si los dueños de las tiendas nos sacan porque dicen que allí sobramos?» Otros vivimos en pequeños departamentos y algunos de espacios suburbanos viven en casas de un solo cuarto. Entre nosotros corre el chiste sobre unas casas de una compañía constructora GEO, donde la esposa le dice al otro: «mi vida, sal de la casa par que pueda entrar».

Cada uno podría presentar ejemplos semejantes, que representa una segunda problemática de gran alcance para los jóvenes. Se trata de la «expropiación del espacio». Este desafío tienen una dimensión mundial, aunque se presenta con distintos aspectos. En primer lugar, nos hallamos frente a un pecado que clama al cielo: la repartición injusta de la tierra entre los latifundistas y los campesinos. Esto anima a los jóvenes a dirigirse hacia los centros urbanos donde esperan poder vivir una vida digna de seres humanos, pero muy a menudo quedan frustrados. El problema de la «expropiación del espacio» se manifiesta, en segundo lugar, en la oleada migratoria, entre los que se incluyen muchos niños y jóvenes, en éxodo huyendo de los conflictos económicos. La problemática del espacio vital nos remite, en tercer lugar, a los innumerables niños y jóvenes que se ven obligados a vivir en la calle.

Volvamos, en fin al problema mencionado, de la falta de espacios de juego y de reunión para jóvenes. En nuestras sociedades son los adultos quienes deciden cuál ha de ser el destino de los espacios: se construyen calles, estacionamientos, aeropuertos, grandes vías de comunicación, zonas industriales, residenciales, deportivos, etc., y al mismo tiempo reina un gran olvido respecto a las necesidades de espacio de los jóvenes. Los jóvenes, más que calles y estacionamiento, necesitan zonas de juegos y de reunión para estar juntos sin tener que consumir nada, ni estar sujetos a la dirección el entrenamiento o la programación de los adultos. La necesidad de dichos espacios ha aumentado enormemente en todas partes, pero en especial en los centros urbanos, donde crece la petición de los jóvenes, de tener «cafés», exclusivos para ellos, áreas de juegos, espacios en el centro de la ciudad para sus propias actividades.

La falta de espacio vital constituye, pues, un gran problema, ya que tanto los niños como los jóvenes no pueden prescindir de la vida social. Jugando y estando con sus compañeros aprenden reglas importantes de comportamiento social. Los campos de juego sirven también de lugares de socialización entre coetáneos: cerrarlos o eliminarlos equivale a anular las posibilidades de encuentro y de desarrollo personal. Por tanto, el proceso actual, siempre más rápido y creciente, de eliminación y limitación de los espacios, no implica sólo un riesgo ecológico, sino también un peligro para la sociedad.

3. El desafío de la «crisis de la transmisión»

Con la modernidad, se produce inevitablemente un proceso de disolución de la homogeneidad cultural e ideológica. Dicho proceso progresa constantemente con ritmos e intensidades diferentes. Los sociólogos hablan de «renuncia a la tradición», definiendo así el hecho de que los hombres se alejan siempre con mayor frecuencia «de los ambientes sociales tradicionales y del control social de las Iglesias» y comienzan a concebir la vida según sus propias ideas. De situaciones e historias personales establecidas e impuestas por la sociedad, se llegan a crear y elaborar modelos de vida propios. Esto se aplica a la escuela, la profesión, el matrimonio y la familia, e incluso a la religión y a la pertenencia confesional.

Mientras más rápidas son las transformaciones sociales, y más compleja y confusa se hace la situación económica, ecológica y social, tanto menos están los adultos en condiciones de dar consejos a las jóvenes generaciones, transmitirles sus propios valores y su religión, y ofrecerles una clara orientación al respecto. Los adultos son los que tienen que aprender de los jóvenes, hoy. Pues los jóvenes son los «nativos « de la sociedad global, a la que pronto se adaptan, mientras los adultos son «inmigrantes» que necesitan ayuda para orientarse. Observando los adelantos de la electrónica y el mundo virtual de Internet, es posible darse mayor cuenta de esa revolución en el campo de las ciencias.

En tal situación se hace difícil, por tanto, la transmisión de una tradición cultural y religiosa. Se puede incluso hablar de una crisis de transmisión a escala mundial de la cultura, y, especialmente, de la religión. Es notable la disminución de la capacidad de influencia de las instituciones culturales y religiosas.

Esta crisis general de transmisión cultural y religiosa está acompañada de un proceso de estandarización cultural de la joven generación debido a las estrategias de globalización del mercado. Es notable que entre los jóvenes de todo el mundo se ha establecido una «cultura global» cuyo común denominador es la vida y la moda americana. Los adolescentes, incluso los de grupos indígenas tienden a escuchar la misma música, ven las mismas películas y vídeos, se visten de igual manera y comen y beben las mismas cosas.

4. El desafío de la «solidaridad entre las generaciones»

En nuestros países americanos, los niños y jóvenes constituyen la mayoría de la población, teniendo la agravante de que son los más pobres. Este fenómeno presenta un doble desafío.

5. ¿Qué cristianos para el siglo XXI?¿Qué tareas para la pastoral juvenil?

Leyendo en un periódico católico un artículo sobre el 15º aniversario de la denominada pastoral de los niños (Pastoral de Criança) en el Brasil, en el que se afirma que se trata de la iniciativa pastoral mejor lograda. La realizan 115.000 voluntarios en 27.000 comunidades de base y 3.000 municipios. Entre los resultados más importantes se destacan el éxito en la lucha contra la desnutrición y la mortalidad infantil y el seguimiento médico mensual de 60.000 mujeres embarazadas y de alrededor de 1.200.000 niños.

Si se adopta este tipo de pastoral —que ofrece una respuesta cristiana y eclesial a la situación de los niños y de sus padres— proyectándola a la juventud, se desprenden las siguientes tareas para la Iglesia:

  1. Un compromiso para que mejore la situación en el campo del trabajo y se haga una repartición equitativa del mismo. Es preciso, además, prestar especial atención a aquellos jóvenes que, debido a alguna discapacidad o a la discriminación social tienen menos posibilidades de trabajar.

  2. Un compromiso para que los jóvenes tengan un espacio vital adecuado. Las Iglesias tendrán que examinar, en primer lugar, si están dispuestas a poner a la disposición de los jóvenes sus propios terrenos y locales para que les sirvan de puntos de encuentro «neutros». (El concepto pedagógico del campo de juego, que practican los salesianos en sus casas, podría ser un modelo excelente en este caso). En segundo lugar, desarrollar una tarea política que consiste en intervenir en las discusiones públicas sobre la utilización de los terrenos y espacios disponibles. Los cristianos deben abogar, tanto en el ámbito nacional como internacional, para que se adjudiquen a niños y jóvenes los espacios vitales que les corresponde.

  3. La ayuda en la transmisión de la cultura y de la religión. La tarea no consiste tanto, hoy, en transmitir conocimientos religiosos, sino en sensibilizar a niños y jóvenes a la cuestión religiosa. más que programas de formación, se necesitan personas verdaderamente creyentes, comunidades realmente convincentes y un comportamiento eclesial conforme al Evangelio. El testimonio de vida, «testimonio sin palabras», suscita preguntas fundamentales y pone en marcha un proceso de evangelización. Sólo así será posible colmar la distancia que existe ahora entre las culturas juveniles y el Evangelio.

  4. La preocupación por el futuro de las nuevas generaciones, demostrada a través de un estilo de vida «perdurable», tanto de las personas como de las comunidades cristianas. Las comunidades eclesiales presenta ya buenas condiciones para fomentar el encuentro entre generaciones y para construir juntos una cultura de la solidaridad.

Para terminar, esta reflexión nos suscita tres preguntas: ¿Estamos dispuestos a escuchar la voz profética de los jóvenes? ¿Estamos dispuestos a vivir coherentemente? ¿Estamos dispuestos a comprometernos para que los jóvenes tengan un futuro de solidaridad y justicia?

2. Las transformaciones de la juventud. (Un enfoque antropológico)

1.¿Qué es la juventud?

En medida decididamente mayor que en las otras edades en que la vida de las personas se articula a lo largo del eje del tiempo, la edad juvenil es una construcción social y cultural.

Y esto porque se sitúa dentro de los márgenes movibles de la dependencia infantil y la autonomía de la edad adulta, en un período de puro cambio e inquietud en el que se hacen realidad las promesas de la adolescencia, entre inmadurez sexual y madures, entre formación y despliegue pleno de las facultades mentales, entre falta y adquisición de autoridad y poder. En este sentido, ningún límite fisiológico basta para identificar analíticamente una fase de la vida referible más bien a la determinación cultural de las sociedades humanas y al modo en que éstas tratan de identificar, poner orden y dar sentido a algo que se presenta como típicamente transitorio, es decir, caótico y confuso.

Basta observar cómo actualmente la edad juvenil se está prolongando y, por consiguiente, la transición a la edad adulta tiene lugar en tiempos cada vez más tardíos.

Además de alargarse, el tiempo de la juventud se está diferenciando netamente de la adolescencia. A este propósito conviene recordar que la adolescencia se inventó a principios de este siglo, a impulso de las transformaciones sociales y del progreso de las ciencias psicológicas y humanas en general, que han llevado a la revolución conceptual de la consideración del crecimiento humano. De hecho, en la primera mitad del siglo la adolescencia coincidía casi completamente con la edad juvenil.

Los estudios sobre el tema achacan la prolongación de la edad juvenil a los distanciamientos verificados en el confín entre el final de la juventud y la entrada en la edad adulta. En efecto, en casi todos lados se dan estos distanciamientos entre el final de los estudios y el comienzo de la vida profesional, y entre el abandono de la casa de los padres y el matrimonio, por ejemplo. Dichos distanciamientos hacen que no exista ya conexión entre estos cuatro umbrales y que al momento tradicional del fin de la adolescencia/juventud no le siga la entrada en la edad adulta, sino un período de características ambiguas que, sin embargo, se adscribe a la juventud.

2. ¿Prolongación o desaparición de la juventud?

Observando estas transformaciones desde un punto de vista no sociológico sino antropológico, uno de los interrogantes que surgen es si se trata realmente de prolongación de la juventud o de una verdadera y propia desarticulación de los límites que marcan las diferentes edades, preludio de la desaparición del ciclo de la vida humana basado en una socialización diferente de las personas según la edad y, por consiguiente, en la presencia de modelos de conducta y estilos de vida diversos, vinculados a las distintas edades que en otro tiempo acompasaban el recorrido humano desde el nacimientos a la muerte.

Este interrogante surge espontáneo ya que en la actual fase histórica, las personas tienden a comportarse según modelos que prescinden de la edad. Lo cual es patente sobre todo en la niñez y la ancianidad, hasta el punto de que en distintas partes se está abriendo camino la hipótesis de la desaparición de la infancia.

Para captar el sentido de una afirmación tan drástica y teniendo en cuenta que la infancia es un invento de finales del siglo XIX y comienzos del XX, convine pensar que en la historia social reciente, uno de los principios de la socialización consistía en el acceso gradual de los individuos a las informaciones y, por tanto, a los sistemas simbólicos del mundo social sobre la base de la edad. Por ejemplo, el niño entraba en contacto gradualmente con las informaciones, actitudes y comportamientos de su mundo; a fin de que esto se verificase ordenadamente, existía una verdadera y propia segregación de las edades. La misma organización escolar es un ejemplo de dicha segregación, orientada a que los niños de las diversas edades entraran en contacto con las informaciones y comportamientos considerados por los adultos adecuados a su edad. Esto comportaba una cuidada selección de las informaciones y comportamientos que se le proponían al niño de acuerdo con su edad.

Era garantía de la eficacia de la segregación además del comportamiento de los adultos, el hecho de que el único medio de acceder a las informaciones indirectas de que podían disponer los niños era la lectura. Ahora ya se sabe que la adquisición de una capacidad desarrollada de lectura requiere un proceso de aprendizaje que dura muchos años. Por consiguiente, bastaba que un texto estuviera escrito en un lenguaje más complejo del que podía entender normalmente un niño, para que las informaciones contenida en dicho texto fuesen inaccesibles, de hecho, al mismo niño. Además, los adultos procuraban esconder —colocándolos en una especie de segundo plano— los comportamientos considerados no aptos o que podrían menoscabar la imagen de los adultos y de las instituciones a los ojos del niño.

La televisión ha interrumpido esta segregación, puesto que los niños que la miran, independientemente de su edad y su ambiente, reciben las mismas informaciones que los adultos y, a la vez, se ponen en contacto con los comportamientos de segundo plano que antes se ocultaban cuidadosamente. Esto hace que los niños se vean obligados a realizar una evolución cognoscitiva, afectiva y social, individual y solitaria, enteramente diferente de la que hipnotizan las instancias educativas tradicionales, que se comportan como si el niño no viese la televisión.

Este hecho de que la socialización no esté ya vinculada a la edad, no incide sólo en los niños, sino igualmente en los adultos y ancianos.

Es de común conocimiento que la edad cronológica es cada vez menos indicativa del modo de vivir de la gente y que, por tanto, el reloj interior de las personas ya no es potente y constrictivo como en otros tiempos. Ello significa que es posible ser adulto infantil y niño maduro en la dinámica de la vida social.

El adulto infantil y el niño maduro

En la primera mitad del siglo XX se consideraba la infancia el período de la inocencia y por ello se la debía proteger de las realidades desagradables de la vida. Temas como la muerte, el sexo y los problemas económicos, por ejemplo, no se trataba en presencia de los niños. La diferencia de la infancia se indicaba incluso por el hecho de que los niños se vestían de distinta manera de los adultos y empleaban un lenguaje particular. Claro está que la segregación de las edades, de la que hemos hablado antes, favorecía esta situación.

En cambio, en los últimos cincuenta años, la imagen y la función de los niños ha experimentado un cambio significativo, a consecuencia del cual ha desaparecido casi la infancia entendida como período protegido de la vida. En efecto, los niños hoy parecen menos infantiles en cuanto a la manera de vestir y de hablar, y al modo de comportarse.

Paralelamente, muchos de los que se han hacho adultos en los últimos treinta años, se comportan y visten como niños no crecidos. Hoy es normal ver a adultos con zapatos tenis, jeans y camisetas con la imagen de Mickey o del pato Donald, al lado de niños vestidos con prendas de firma. A través de lo que con frecuencia se llama comportamiento informal, los adultos siguen adoptando gestos típicos de la niñez.

En lo que respecta al lenguaje, no sólo se constata la presencia de un lenguaje adulto más infantil y de un lenguaje infantil más adulto, sino también la pérdida del sentido de responsabilidad en el manejo del lenguaje de muchos adultos en presencia de los niños. Ya no es raro encontrarse con adultos que hablan en argot y dicen palabrotas delante de los niños.

En esta Babel de edades, cada vez más se trata al niño como un pequeño adulto y, en consecuencia, desaparecen las protecciones que le separaban de la dureza de la vida.

Resultado de ello es la emancipación cada vez más precoz allí donde se dan las condiciones socioeconómicas que lo consienten: en más de 20 Estados de Estados Unidos está permitido a los menores de edad emanciparse de los padres y vivir separados de ellos. Esto comporta también la asunción, en edades cada vez más tempranas, de comportamientos tales como los sexuales que estaban reservados a edades más avanzadas. Una secuela muy preocupante es la disminución de la edad de comportamientos criminales incluso muy graves. La crónica negra de estos años confirma dramáticamente dicha tendencia.

Como ya hemos anticipado, en el mismo período de tiempo los adultos han sido protagonistas de comportamientos complementarios. Los comportamientos de los adultos pertenecientes a la llamada «generación del YO», cada vez más se caracterizan por su menor disponibilidad a los hijos y, en especial, a las nuevas generaciones.

El deseo de los padres de sacrificarse por los hijos ha disminuido considerablemente, así como el de proyectar el propio futuro teniendo en cuenta las exigencias y aspiraciones de los propios hijos. Parece que en los adultos ha aparecido el egoísmo infantil, con la forma de un egoísmo generacional.

Precisamente la existencia de este cuadro levanta la sospecha de que no estamos en presencia de una prolongación de la juventud, sino de su desaparición en un conjunto magmático donde el comportamiento de las personas y no es producto de la pertenencia a una edad de la vida, sino únicamente de su subjetividad individual.

3. La individualización de la juventud

Junto a la prolongación de la juventud y al paralelo proceso de desaparición de las edades, se está produciendo un fenómeno llamado individualización de la juventud. Este proceso es producto del hecho de que en la transición a la edad adulta, los jóvenes siguen un camino cada vez más personal y subjetivo, que sólo parcialmente está relacionado con su edad anagráfica.

Pero no sólo esto. El curso de la vida ya no tiene sus raíces en la clase social, en reglas de edades o géneros, o en una pretendida normalidad. En nuestras sociedades estamos asistiendo a una «des estandarización» de la vida de hombres y mujeres, y a una diversificación de las opciones de vida. Y así la vida pasa a ser una compleja sucesión de situaciones transitorias que los individuos han de seleccionar, organizar y controlar. Cada uno debe concebirse a sí mismo como agencia planificadora de decisiones de vida. Ahora ya, a las personas se las considera responsables de la propia vida, la cual asume formas cada vez más individualizadas y también más selectivas. El nuevo reto consiste en aprovechar lo mejor posible las oportunidades del mercado, los dispositivos institucionales y la urdimbre de las relaciones sociales, para orientar de modo muy profundizado la propia trayectoria de vida.

Esto hace que en algunos hablen del fin de la condición juvenil porque, como es sabido, el término «condición» presupone la existencia en los jóvenes de una fuerte identidad colectiva, de una capacidad —igualmente consistente— de producir cultura autónoma (es decir, proyectos y modelos alternativos de hombre y de sociedad) y de una intensa propensión a la movilización social.

Al final de los años 70 y coincidiendo con el agotamiento de los movimientos colectivos del 68 y de las ideologías que los habían sustentado, hemos asistido a la evaporación lenta y gradual de la condición juvenil, de los jóvenes en cuanto universo unitario y diferente del resto de la sociedad.

De la evaporación de la condición juvenil, hoy parece que queda un conjunto de cristales esparcidos y fragmentarios, de los que cada uno representa una vivencia subjetiva y privada. En otros términos, esto significa que desde hace unos dos decenios, los jóvenes no son ya un subsistema social, dotado de fuerte protagonismo y de relevancia social, sino un simple conjunto de individuos dispersos en el océano del sistema social, incapaces o imposibilitados de asumir un rol de protagonismo social.

Como consecuencia, también los problemas que viven hoy algunos jóvenes no son ya producto de la pertenencia a una «clase social» particular, sino de su historia personal o también del recorrido existencial que los conduce a hacerse mayores.

Si la individualización por un lado libera —al menos aparentemente— a los jóvenes de los condicionamientos vinculados a su condición social de origen, por otro en cambio los hace más débiles y frágiles en la gestión de su proyecto de transición a la edad adulta.