Enrique Maza
Periodista
Dice la sabiduría de Israel:
«Del Dios del conocimiento procede todo ser y todo acontecer, y antes de que entren en la existencia, él estableció todo su plan. Cuando vienen en conformidad con su determinación y de acuerdo con el plan de su gloria, cumplen su tarea y nada hay que cambiar».
Dice el libro de los Proverbios:
«La prudencia del hombre domina su ira y su gloria es pasar sobre una ofensa. Antes de la gloria hay humildad. Más vale el hombre paciente que el héroe, el dueño de sí que el conquistador de ciudades. El sabio escala la ciudad de los fuertes y derriba la fortaleza en que confían. Más vale un hombre sabio que uno fuerte, un hombre de ciencia que un forzudo. Borracho y glotón se empobrecen y el sopor se vestirá de harapos. Los sabios atesoran conocimiento. Las intenciones del honrado son equidad, las tácticas de los malvados son traidoras.
Los hebreos llamaban sabiduría al arte de vivir, al arte de ser humano, en correspondencia con el plan que Dios tuvo al crear al hombre, según lo describe la Biblia. Relacionaban la sabiduría y lo humano, la sabiduría de ser humano, con el proyecto de Dios. Contraponían la sensatez y la necedad, la honradez y la maldad. Las dotes naturales de inteligencia y perspicacia, los conocimientos adquiridos, la destreza en el obrar, forman parte de la sensatez. La integridad, la justicia y la inocencia forman parte de la honradez. Dios está presente en lo sabio y en lo ético. La sabiduría practicada por el hombre es una respuesta a la confrontación de la fe. En la sabiduría, que es una forma de fe en Dios, el hombre crea el campo de la reflexión, de la que van a partir su conducta y su vida, su forma de vivir. La fe y la confianza en Dios y en sus ordenamientos son condición previa para el mantenimiento y la rectitud de la vida. El hombre hará bien en no destruirse a sí mismo, en confiar en la fuerza del bien y en guardarse del desorden, si quiere colaborar con la preservación de la condición humana.
En la sabiduría, el hombre se busca a sí mismo y toma su causa y su desarrollo en sus propias manos. En la cadena de situaciones conflictivas que es la vida humana, el hombre debe esforzarse por conocer y hacer lo que es justo en cada caso. No se trata sólo de lograr un conocimiento, sino de conseguir una totalidad, una actitud de conjunto, una formación que se traduzca en una manera de ser. En una palabra, sus esfuerzos buscan el bien de la humanidad dentro del ámbito que Dios le otorga. Son esfuerzos del hombre, por más que se cobijen bajo la sombra de Dios, porque Dios hace y deja a los hombres libres. Es el hombre el que debe trazar su curso. Para eso es necesario extender y dilatar el corazón y la mente, como tarea y presupuesto de la condición humana y del arte de vivir humanamente.
Los romanos, por su parte, llamaban humánitas a la índole de lo humano, a la condición de ser humano, a la forma de ser humano, al arte de comportarse y de relacionarse humanamente; pero no referían la humánitas al proyecto de Dios, sino al proyecto del hombre y de su vida en comunidad: sensatez, prudencia, velar por los intereses del prójimo, magnanimidad, amistad, sabiduría de vivir, buen trato, mansedumbre. Principalmente, la simpatía que el hombre siente por sus semejantes, «porque la fuerza de la humanidad es grande», como dice Cicerón. Es imposible, implica Cicerón, sentir simpatía por los semejantes, sin que esa simpatía conduzca al trato y al amor. No se puede ser duro, indiferente o cruel con aquellos por los que se tiene simpatía.
El amor, la compasión, la simpatía por los semejantes nacen de lo humano y se van convirtiendo en principios y en actitudes que hacen amable y compartible la existencia, y suavizan el sufrimiento propio y ajeno.
Humánitas es el conjunto de cualidades que da una buena educación, cualidades que huyen de la rusticidad y de la grosería, del descuido en el trato y de la desatención. Es urbanidad. Es el conjunto de cualidades de esa condición humana que los romanos llamaron humánitas y que los hebreos de la misma época llamaron sabiduría. Eso es lo que constituye el humanismo.
El renacimiento en Italia, siglos XIV y XV, consideró que la Edad Media fue un tiempo de oscuridad y de barbarie, y que era necesario retornar al ideal clásico de humanidad y de cultura, para adoptarlo como modelo. Nació la fiebre de los clásicos grecolatinos. Cuando el siglo XIX quiso calificar ese movimiento, le llamó humanismo. Y ese es el significado de la palabra que ha prevalecido hasta nuestros días y que la Compañía de Jesús perpetuó en su sistema de estudios.
Humánitas, entonces, empezó a significar otra cosa: restauración, renacimiento, rehabilitación del hombre natural, tal como se había mostrado en la historia, civil o socialmente, en sus formas más elevadas, sobre todo de las épocas clásicas grecolatinas. Fue una nueva valoración del hombre y de su obrar mundano y civil.
Los hebreos sometieron lo humano al plan de Dios. Los grecorromanos prescindieron de Dios y cultivaron lo humano. La Edad Media volvió a someter lo humano a lo divino, el hombre se sometió a Dios y el pensamiento humano se sometió a la revelación. El Renacimiento, por el contrario, subordinó lo divino a lo humano, y resucitó la libertad romana, que consistía en la condición y en los derechos del hombre libre, acorde con los designios de la oligarquía económica que reinaba en Italia. Y exaltaron la riqueza hasta convertirla en el eje de la educación. Sobre la riqueza, como valor central, se afirmó la pedagogía de la nueva índole humana. Esta fue la trampa del humanismo. Fue manejado por las elites, que le dieron forma de elitismo socioeconómico y cultural. Al proclamar los derechos del hombre libre, los redujeron a los derechos individuales, de los que muchos no estaban al alcance de las clases pobres, y excluyeron los derechos laborales, políticos, comunitarios, étnicos y de grupos minoritarios.
Esta especie de humanismo, además de satisfacer los intereses de la elite, afectó la vida de muchas ciudades europeas y modificó su ordenación cultural. El descubrimiento de Platón produjo efectos duraderos en la religión, en la ética, en la literatura y en las artes. Se inició un profundo cambio idealista de las humanidades y se abrió el horizonte a una nueva doctrina de la revelación y a una búsqueda para hacer coincidir el conocimiento divino y el conocimiento natural. Se abrió el camino a la interpretación griega del pensamiento hebreo y del significado bíblico.
He querido mencionar el humanismo del Renacimiento, porque llegó hasta nuestros días, sobre todo en la educación de los jesuitas, en su aspecto cultural y educativo, y en el individualismo de los derechos humanos aplicables en el aspecto social y en la convivencia. No fue esa la única concepción de humanismo. Surgieron otras, por ejemplo, en el siglo de oro español, en la revolución francesa, en los enciclopedistas, en el marxismo, en el existencialismo. No es mi propósito detenerme ni recorrer siquiera todas las concepciones de humanismo, laicas, profanas, positivistas, evolucionistas, civiles, biológico-médicas, desde que el humanismo dejó de ser la humánitas, el arte de ser humano, y pasó a ser institución, sistema, esquema filosófico o proyecto socioeconómico-político, como en los mundos capitalista y neoliberal.
Quiero centrarme en las concepciones originales hebrea y grecolatina, y partir de ellas, para analizar nuestro tiempo y pensar en nuestro futuro.
El humanismo hebreo y grecolatino significaba vivir humanamente, en humanización. Era el arte de vivir en continua mejoría humana y en equilibrio de relaciones con uno mismo y con los demás. Implicaba, por tanto, un concepto de ser humano, derivado de la fe y del plan de Dios, para los hebreos; derivado de la civilidad republicana, para los romanos y los griegos. En consecuencia, el humanismo se fundamenta en lo que es ser hombre y se pregunta quién es el hombre, qué significa ser hombre y existir como hombre, ser una expresión histórica del ser humano. Por supuesto, las respuestas hebrea y grecolatina fueron diferentes, como son diferentes nuestras respuestas actuales.
Quiero acercarme desde ahí a ese maravilloso misterio del hombre, siempre limitado y siempre abierto a una mayor grandeza, más allá de sí mismo. El hombre, hecho a imagen de Dios, que es amor, fue hecho también de amor. Así lo define la Biblia, como relación, como amor que se relaciona. Así lo definen también las ciencias modernas del hombre, aunque no lo defina así la filosofía aristotélica, que lo parte en dos elementos separables, cuerpo y alma, y lo define como animal racional. El amor es la norma suprema de conducta, en un continuo proceso de crecimiento y en el hambre perpetua del infinito que espera. El humanismo es lo humano, y lo humano es el amor que conduce y que norma la vida y las relaciones del hombre.
La humánitas planteaba el sentido del hombre, su plenitud, su índole, su condición humana, su comportamiento ante los demás. La sabiduría de Israel planteaba eso mismo, pero en el marco de su fe, como valor del hombre a los ojos de Dios y como amor a los demás en la fraternidad humana, que sería el verdadero humanismo, no en cuanto sistema de pensamiento, sino en cuanto relación viva y actuante que determina el contenido ético del hombre y de su existencia. La libertad del hombre no es su autonomía frente a Dios, sino la expansión de su amor en la tarea que Dios le dio para que la desarrolle en plenitud a partir de su propia responsabilidad. Es autonomía de actuación y de desarrollo de su naturaleza humana. Y, por eso, es rechazo de toda religiosidad que reprima, mutile o comprima su condición humana y su libertad responsable frente a su comunidad y frente a la naturaleza en su conjunto, porque todo el universo le fue dado al hombre para que lo ordenara, lo desarrollara y lo gobernara con su inteligencia y con su acción.
El hombre sólo puede desarrollar su condición humana en la relación y en el diálogo con el tú del otro y en la integración social. El hombre depende de la realidad social, en la que existe y en la que se relaciona. Esa realidad nos obliga a vivir lo terreno, a hacer terrenas nuestras vidas y nuestras relaciones. No estamos viviendo en el cielo. De ahí que el humanismo cristiano debe mantenerse en el realismo de la humanidad como se da en la tierra, para que no se convierta en pura ideología.
La historia, para el cristiano, es siempre autocrítica, y se consolida aquí, en esta historia particular que vivimos y que debemos criticar indefinidamente, como debemos autocriticarnos en nuestra realización humana e histórica. La historia del hombre ha estado y estará siempre en crisis. Por eso, la crítica y la autocrítica son parte del humanismo cristiano, en cuanto es la búsqueda interminable de la humanidad del hombre y de la armonía de la sociedad.
En ese sentido, el Concilio Vaticano II, en su Constitución Gaudium et Spes, dice que «el hombre universal se desvanece más y más cada día, pero incumbe a cada hombre el deber de conservar su papel de persona humana integral, en la que descuellan los valores de la inteligencia, de la voluntad, de la conciencia y de la fraternidad». Lo importante, dice, es que no «se descuide el profundo interrogante sobre el sentido de la cultura y de la ciencia para la persona humana». «Somos testigos de que nace un nuevo humanismo, en el que el hombre queda definido principalmente por su responsabilidad hacia sus hermanos y ante la historia.« «El humanismo exclusivo es un humanismo inhumano».
Y esto nos lleva al inmenso reto del humanismo ante el nuevo milenio. El humanismo verdadero tiene que ver necesariamente con el amor, porque el amor pertenece a la esencia misma de la persona. Sin amor no hay vida humana.
Hoy el amor del hombre se hunde en el hervor de nuestra sociedad angustiada y empobrecida, en los conflictos internacionales, en la competencia económica, en la carrera nuclear, en la técnica, en la lucha por sobrevivir, en la guerra, en la enemistad, en la marcha hacia la humanidad planetaria, en las rivalidades humanas, en la exclusión de miles de millones de seres humanos reducidos a la miseria y a una sobrevivencia precaria; en la ilusión de una humanidad distinta, posiblemente proyectada hacia el espacio, hacia su expansión por todo el universo.
Pero hemos vivido un siglo de crueldades y de muerte sin igual. Decía William Golding, escritor y premio Nobel: «No puedo dejar de pensar que este ha sido el siglo más violento en la historia humana». Isaiah Berlin, filósofo: «Lo recuerdo como el siglo más terrible de la historia occidental». Yehudi Menuhin, músico, violinista: «Si tuviera que resumir el siglo XX, diría que despertó las mayores esperanzas que haya concebido nunca la humanidad, y destruyó todas las ilusiones y todos los ideales».
Demos una vista de pájaro, por incompleta que sea, a los grandes acontecimientos del siglo: la primera guerra mundial, la revolución bolchevique y el nacimiento de la Unión Soviética, el triunfo de Mao, la segunda guerra mundial, la guerra de Corea, la guerra de Vietnam, la conquista del espacio, el colapso de la URSS, la globalización de la economía. El estalinismo y el archipiélago Gulag, la purga de cerca de tres millones de personas asesinadas por Stalin. El colapso de la URSS en 1991. El siglo había empezado con la primera guerra mundial y con el nacimiento de la Unión Soviética y terminaba con la guerra de las galaxias y con el hundimiento del sistema y del imperio comunistas.
Durante la primera guerra mundial, además de la guerra química, el reacomodo de las potencias europeas y del capitalismo mundial. Después, el derrumbamiento del imperio británico y las interminables guerras de independencia en África y en Asia, India, Filipinas, Malasia, Indonesia. La guerra de Argelia contra Francia. La guerra de India, Pakistán y Bangladesh. La guerra y la hambruna en el Cuerno de África. El genocidio de Biafra. Las guerras de Rodesia contra Inglaterra, de Mozambique contra Portugal, de Angola contra Sudáfrica. Las guerras de los saharahuíes en Marruecos, de Tangañika, de Chad y de Sudán. La guerra por el Canal de Suez. La guerra prolongada de Mao Tsedong en China, su Revolución Cultural y la formación de Taiwán con el ejército de Chiang Kaishek. Los bombardeos secretos de Laos y de Camboya. La guerra de Timor. Los regímenes comunistas de Europa Oriental, con toda su represión interna: Polonia, Hungría, Yugoslavia, Rumania, Albania. Los levantamientos aplastados de Alemania Oriental, de Polonia, de Hungría y de la Primavera de Praga en Checoslovaquia. La guerra de la URSS y de China en las márgenes del río Usuri. La guerra civil española. Las guerras interétnicas africanas, las hambrunas, la dictadura de Idi Amín que echaba a los cocodrilos a sus enemigos políticos. Las bombas atómicas y Auschwitz, que inauguraron en la historia de la humanidad, una categoría inédita de la muerte, impensable antes del siglo XX y que sigue siendo incompensable. Las guerras de los judíos y de los árabes y de los palestinos. El terrorismo palestino, los secuestros de aviones, las bombas en los aeropuertos. La guerra del petróleo. Los movimientos de liberación nacional. Las revoluciones y las guerrillas de Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Bolivia, Colombia, y las innumerables intervenciones armadas de Estados Unidos en América Latina. La revolución musulmana de Jomeini en Irán y su guerra con Irak. Los misiles de Cuba. Los incidentes bélicos de Kemoy y Matsu. La guerra de la Unión Soviética en Afganistán. La guerra de la creación de Israel. La guerra de los siete días, el Yom Kipur y la guerra continuada con los países árabes. La guerra de Libia y Muamar Kadafi. Los bombardeos de Libia por Ronald Reagan.
Las dictaduras militares y las revoluciones latinoamericanas, la tortura generalizada y científica, la sevicia contra las víctimas, las desapariciones, el robo de recién nacidos de los presos políticos, el exterminio de los adversarios: Nicaragua Argentina, Chile, Brasil, Uruguay, Perú. El exilio de latinoamericanos. La guerra del futbol entre Guatemala y El Salvador. La guerra de las Malvinas. Las invasiones de Panamá y de Granada. La guerrilla y el narcotráfico en Colombia. La pobreza de América Latina y la concentración impresionante de la riqueza. El terrorismo por todo el mundo. La violencia callejera, la delincuencia sin freno, el narcotráfico, la expoliación de tierras campesinas, la exclusión, el despojo y el desamparo de los indígenas, los millones de migrantes, exiliados, refugiados. La guerra de los Balcanes y el exterminio étnico en Sarajevo por los racistas serbios. La crisis de Bosnia. Los bombardeos de Irak y de Kosovo. Vietnam y los horrores de la experimentación de armamentos y de la defoliación. Los exterminios de Pol Pot en Camboya. La discriminación y las luchas raciales en Estados Unidos, en la Alemania nazi, en el Medio Oriente, en Israel, en Sudáfrica.
La venta de armas por todo el mundo. La miseria de una tercera parte de la humanidad, los encarcelamientos arbitrarios, la trata de blancas, el robo de niños y la extirpación de sus órganos para trasplantes, el secuestro de niñas para venderlas en los burdeles, las mafias del dinero, del poder, de la droga, del sexo, del contrabando, del crimen, de la usura. Los soldados de fortuna que se venden al mejor postor. El desempleo que, junto con la guerra, con la tortura y con los exterminios de todas clases, ha sido la enfermedad más extendida, más insidiosa y más destructiva de nuestra generación. El abismo económico que dio origen a las guerras y a las revoluciones mundiales. La represión, la censura, los asesinatos de periodistas. Al Capone y la mafia de Estados Unidos. Los asesinatos de narcotraficantes. La gran depresión de 1929, las luchas por un sindicalismo justo y por los derechos laborales, la lucha por el voto, por los derechos y por la igualdad de la mujer, los movimientos estudiantiles en todo el mundo.
Nuestro siglo fue marcado por la Guerra Fría, -en la que nos habíamos acostumbrado a verlo todo bajo el prisma de los opuestos, capitalismo y socialismo, Norte y Sur, como alternativas mutuamente excluyentes-, y sus consecuencias económico-bélicas. El nuestro fue un siglo de guerras de religión cuyo rasgo principal es la intolerancia.
Habría que añadir todas las cosas que se me hayan perdido en la memoria para este recuento desordenado e incompleto de recuerdos de lo que nos ha tocado vivir. La memoria es corta y tiende a sepultar el pasado que hiere.
Y llegamos a México. Las que aquí resaltan como realidades sobresalientes de este siglo son la huelga de Cananea, la Revolución Mexicana, las luchas intestinas de los revolucionarios y sus asesinatos correspondientes: Carranza, Zapata, Villa, Madero, Obregón, Calles, la Constitución del 17, las incursiones carrancistas, zapatistas y villistas, el alzamiento cristero y su guerra contra el régimen, el asesinato de Obregón, la fundación del Partido de la Revolución Mexicana, Cárdenas, la expulsión de Calles, la expropiación petrolera, el reparto agrario, la educación laica, el movimiento obrero, el asesinato de Trostky. La construcción paulatina del México moderno, la corrupción de Miguel Alemán, el nacimiento de Televisa, la represión de médicos, de electricistas y de ferrocarrileros bajo López Mateos, Fidel Velázquez y el sindicalismo oficial, los grandes muralistas y el encarcelamiento de Siqueiros, el Partido Comunista Mexicano, el movimiento estudiantil y la masacre de estudiantes en el 68, la masacre estudiantil del jueves de Corpus del 71, el terremoto del 85, la quiebra de México con la caída de los precios del petróleo, la caída del sistema en la elección de Salinas, el Tratado de Libre Comercio y la implantación del neoliberalismo, los asesinatos de Posadas, de Colosio, de Ruiz Massieu, el fraude bancario para financiar la campaña de Zedillo y de Madrazo, la crisis de los bancos, el rescate bancario y el Fobaproa, los innumerables fraudes electorales, el levantamiento zapatista, el Ejército Popular Revolucionario, la tortura, las masacres de campesinos, la lucha por la tierra, los asesinatos de opositores políticos.
El fondo de todos estos acontecimientos, lo que realmente significó este siglo para México fue la concentración del poder y la falta de democracia; la concentración de la riqueza, la pobreza extrema de 30 millones de mexicanos y la pobreza de otros 20 millones; el despojo de la tierra. La corrupción inaudita del sistema, es decir, de los poderosos y de los ricos, de los políticos y de los banqueros, de los financieros y de los empresarios, de los legisladores y de los jueces, de los partidos políticos, de los militares y de los policías, acompañada del cinismo de la impunidad corporativa. Todo esto llevó al empobrecimiento masivo de la población mexicana, que es la violación más profunda y total de los derechos humanos, porque es la cancelación del desarrollo para millones, que equivale a la cancelación de todos los derechos humanos unidos y en conjunto. Se cancelan todos con el solo plumazo del empobrecimiento. De ahí brotan el infantilismo, la dejadez, la inacción, la pasividad y la carencia de civismo y de civilidad del pueblo de México.
Esta desapropiación resignada del pueblo mexicano, este desposeerse del dominio de lo propio, de su patria, de su destino, de sus bienes, de su propio desarrollo pleno como seres humanos, es consecuencia no solamente del despojo, sino de una infantilización artificial y sostenida que deliberadamente han causado los autoritarismos sucesivos que lo han gobernado y que le han impuesto leyes que no tienen que ver con su idiosincrasia: el imperio azteca, la colonia española, el imperio de Iturbide, la dictadura grotesca de Antonio López de Santa Anna, el imperio de Maximiliano, la dictadura de Porfirio Díaz, la dictadura del PRI, el sistema político actual, la Iglesia. Y los medios de comunicación, que sólo han sido por muchos años instrumentos corruptos de indoctrinación y de manipulación, para el dominio del poder y para la concentración de las riquezas.
La concentración del poder le ha impedido al pueblo del México la participación política y la democracia, la autodeterminación y, consecuentemente, el crecimiento como nación. La concentración del dinero y la corrupción lo han precipitado en la pobreza, en la ignorancia, en la falta de educación, en la insalubridad y en la enfermedad, en el desempleo, en la desnutrición, y le han impedido crecer como personas, como familias, como comunidades. El autoritarismo religioso le ha cancelado la propia conciencia, le ha impedido su crecimiento espiritual y lo ha hecho dependiente desde lo más profundo de su ser, que es su propia conciencia y su relación con Dios. Los medios de comunicación le han pervertido sus valores, le han banalizado su vida, sus relaciones y su amor, y le han proporcionado un contacto continuo con la violencia, con el desenfreno sexual y matrimonial, con la superficialidad de los sentimientos, con la chabacanería y con la grosería de vivir.
En cualquier país que se respete y que tenga dignidad, el escándalo del Fobaproa hubiera causado la renuncia del Presidente para abajo y el enjuiciamiento de decenas de personas que, en este país, son impunes y se dan el lujo de considerarse respetables.
La Coparmex, Confederación Patronal de la República Mexicana, reconoció que la crisis económica y la inflación crearon una generación de familias que sufren penurias por los bajos ingresos, por el subempleo y por el desempleo; una generación de hogares rotos por el ingreso familiar irregular, de padres y madres que se ven absorbidos por uno o por varios trabajos. Se redujo el nivel de vida de los mexicanos, se dañó la estructura familiar, se desajustó la trama social. Millones de mexicanos emigran a las grandes ciudades y a Estados Unidos, en busca de un bienestar que México les niega, y dejan pueblos abandonados, pueblos de mujeres y de niños. Los niños de la calle en nuestras ciudades son miles, la drogadicción avanza, la inseguridad pública se vuelve insoportable, la violencia callejera, la delincuencia juvenil y adulta, la mendicidad, la desnutrición y la desescolarización crecen cada día.
El costo fiscal del rescate bancario llega casi a 900,000 millones de pesos, que se diga y que se sepa. El pueblo ya empobrecido tendrá que pagar 80 centavos de cada uno de esos pesos que enriquecieron a muchos banqueros ineptos o corruptos que, junto con los políticos, se protegen detrás del secreto bancario por lo mucho que tienen que esconder.
La realidad actual de México es de patología social y de caos económico. La riqueza se concentra de una manera insultante, impúdica. La pobreza se extiende y se profundiza. La convivencia se hace muy difícil. El auge material, que podría abrir esperanzas para todos, deja de hecho a multitudes en la pobreza, sin posibilidad de participar en la construcción del destino común; amenaza la identidad cultural, y destruye los recursos naturales. Sectores muy amplios de población han quedado excluidos de los beneficios sociales y económicos, de la supuesta modernización de la economía, de un mínimo bienestar humano: alimentación, salud, escuela, vivienda, empleo, salario digno.
El mercado, de ser un instrumento útil y hasta necesario para elevar y mejorar la oferta y reducir los precios, se ha convertido en el medio, el método y el fin que gobierna las relaciones de los seres humanos. En consecuencia, se ha perdido la solidaridad. La delincuencia y la violencia callejeras son ya cotidianas y múltiples. Aumentan de modo alarmante el crimen en las alturas -político, económico-financiero, policial, judicial y militar-, y el crimen del fuero común: narcotráfico, trata de blancas, secuestros, robo de bancos, despojos de tierras, robo de niños y tráfico de órganos, represión policíaca y militar, tráfico de humanos, asesinatos, etc.
El modelo económico neoliberal impuesto -dice un comunicado de los provinciales jesuitas de América Latina- hace del crecimiento económico la sola razón de la economía. La plenitud de hombres y mujeres pasa a segundo plano. Restringe la intervención del Estado hasta despojarlo de sus responsabilidades sociales. Abre las fronteras a capitales, mercancías y flujos financieros. Deja sin protección a los productores más pequeños y más débiles. Recorta drásticamente la inversión social por el pago de la deuda externa. Subordina la hacienda pública al ajuste de las variables económicas, como si de ahí se siguiera todo bien común: presupuesto fiscal equilibrado, reducción de la inflación, balanza de pagos estable. Elimina la legislación que protege a los obreros, para favorecer la inversión. Libera de impuestos y de obligaciones a los grupos poderosos. Pone la política al servicio de la economía, pero impone controles políticos y sociales para garantizar la hegemonía del mercado libre.
El gobierno quiere dar una solución policíaca y militar a los problemas graves. La represión del poder es cada vez mayor y autojustificada: contra la libertad, contra la pobreza, contra la disidencia, contra la protesta, contra la diferencia, contra toda autonomía, contra cualquier insumisión.
Se han deteriorado nuestras identidades colectivas, como la obrera, la campesina, la indígena, la clasemediera. Los ricos y los poderosos, cada grupo a su modo, se refugian en la ignorancia estratégica, en sus carros blindados, en sus torres custodiadas, en sus escoltas, en su ceguera deliberada, en su ideología conveniente y justificativa, en la religión que justifica el poder y el dinero, en la ética del individualismo.
El modelo neoliberal, que ya lleva 17 años, ha trastocado las relaciones sociales, económicas, culturales, religiosas, morales, artísticas, intelectuales; y las concepciones mismas de hombre, de sociedad, de religión, de ética, de trabajo, de eficiencia laboral, de productividad, de relaciones comerciales, de valores.
A los tres presidentes que implantaron el neoliberalismo en México pero, sobre todo, a Salinas y a Zedillo, ni siquiera les pasó por la cabeza el cambio profundo que su modelo produciría en la idiosincrasia del mexicano y en nuestra identidad nacional. Al contrario, se esforzaron por desmantelar la identidad nacional y las identidades colectivas, sobre todo de los grupos que se oponen a su política: sindicatos obreros, organizaciones campesinas, movimientos indígenas, cooperativas, colonos, estudiantes, pequeños empresarios, todos los que resisten, todos aquellos a los que el gobierno no puede cooptar.
Individualismo posesivo, eficientismo productivo, ética de la ganancia, sobrevivencia y derechos del más fuerte; exclusión de los débiles, de los pobres, de los que carecen de educación, de los que son y quieren ser diferentes, de los que no son integrables.
Concepción del ser humano que delimita la grandeza del hombre y de la mujer a la capacidad de generar ingresos monetarios, que exacerba el individualismo y la carrera por ganar y poseer, que atenta contra la integridad de la creación, que desata la codicia, la corrupción y la violencia, y, al generalizase en los grupos sociales, destruye la comunidad.
Orden de valores en el que priva la libertad individual, para acceder al consumo de satisfacciones y placeres; que legitima, entre otras cosas, la droga y el erotismo. Libertad que rechaza la interferencia del Estado en la iniciativa privada, que se opone a planes sociales, que desconoce la virtud de la solidaridad y que sólo acepta las leyes del mercado.
Gracias al dominio sobre los medios de comunicación de masas, rompe las raíces de identidad de culturas locales, que no tienen poder para comunicar su mensaje. Sin dialogar con el pueblo, lo considera como obstáculo y como peligro para sus intereses.
Esta concepción considera normal que nazcan y mueran en la miseria millones de hombres, mujeres y niños, incapaces de generar ingresos para comprar una calidad humana de vida. Por eso, los gobiernos y las sociedades no experimentan el escándalo frente al hambre y la incertidumbre de multitudes desesperanzadas y perplejas por los excesos de los que usan, sin pensar en los demás, los recursos de la sociedad y de la naturaleza.
La inequidad, la miseria y la corrupción, que son los tres grandes motivos del descontento general, están presentes, y en no pocos aspectos se han agravado.
Aspectos comunes en nuestra sociedad: la inestabilidad de las familias, las múltiples y crecientes formas de violencia, la discriminación contra la mujer, la destrucción del medio ambiente, la manipulación de los individuos por los medios de comunicación, el hostigamiento al campesinado y a las comunidades indígenas, el crecimiento de ciudades inhóspitas, la pérdida de legitimidad y de credibilidad del gobierno y de los partidos políticos, la corrupción de los dirigentes, la privatización del Estado por grupos con poder económico, la pérdida de gobernabilidad del aparato estatal, la penetración de consumos alienantes como droga y pornografía, la complejidad de procesos de secularización y de búsquedas espirituales que prescinden del compromiso comunitario y de la práctica de la solidaridad y de la justicia.
La modernización neoliberal ha provocado rupturas en nuestra identidad nacional y, consecuentemente, el miedo y el pánico, la desconfianza y el desaliento, la desesperanza y la violencia. Gran parte de la población está marginada, no tiene sentido de pertenencia y busca salidas individuales desesperadas, como la migración a Estados Unidos, la delincuencia y la agresión, el robo, la prostitución, la drogadicción y el narcotráfico.
Poderosos y ricos no quieren captar el vínculo entre el modelo que promueven, la crisis que provocan y el crimen que derivan. ¿Cuántos crímenes, cuánta violencia, cuánta miseria, cuánta desesperación y cuántas muertes se necesitan todavía para que ricos, poderosos y gobernantes caigan en la cuenta de que sus fortunas, sus decisiones, el modelo que imponen, la injusticia que generan son la causa del caos en que estamos inmersos?
Un ejemplo, la tortilla. El consumo de maíz ha caído de manera importante en los últimos años. Pero el precio de la tortilla ha subido, en los últimos cinco años, 336%. Pero la tortilla es el alimento principal de una gran parte de la población: aporta la mitad de las calorías y una tercera parte de las proteínas diarias de los sectores más pobres, que constituyen más de la mitad de la población.
El consumo de tortilla ha caído más del 20%, por el aumento del precio, por los desequilibrios graves que se han causado en el sector agrícola y alimentario, por la desaparición de los subsidios, por la importación indiscriminada de granos, por la corrupción y el desmantelamiento de Conasupo y por el desplome del poder adquisitivo de los salarios. Sólo en este sexenio, cayó 24%.
Para millones de mexicanos, la tortilla se ha vuelto inaccesible. Se enfrentan a la amenaza del hambre, de la enfermedad, de la desnutrición y del bajo desempeño físico y mental. El empobrecimiento del país ha alcanzado proporciones infrahumanas, la acumulación de la riqueza ha alcanzado proporciones inhumanas. Las consecuencias posibles son: estallidos sociales cada vez más numerosos y más violentos en el futuro y un país policíaco y militarizado.
El gobierno -sobre todo Miguel de la Madrid, Carlos Salinas y Ernesto Zedillo- han hecho mucho por aumentar y extender la miseria y el hambre del pueblo. Pero destinan cientos de miles de millones de pesos para rescatar una banca ineficiente y corrupta. Con la salvedad de que diez de esos banqueros beneficiados controlan las 26 empresas más importantes del país, con activos superiores a más de un millón de millones de pesos (alrededor de 100,000 millones de dólares), que equivalen al 30% del Producto Interno Bruto de la nación. Ellos son los beneficiarios del rescate bancario del Fobaproa, que tendremos que pagar todos los mexicanos, entre ellos los sectores empobrecidos, por obra y gracia del PAN y del PRI. Todo esto implica una exaltación, por no llamarla entronización, del individualismo, que es condición indispensable del modelo económico neoliberal, sin el cual no puede prosperar ni permanecer.
El individualismo encierra una importancia excesiva del individuo, o de grupos particulares, a costa y con menoscabo de la vinculación con la comunidad. Realza al individuo y reduce a la comunidad a un conglomerado de seres individuales, hasta quitarle su carácter de unión, de totalidad, de unidad. La comunidad deja de existir como comunidad, y se convierte en un montón de entes individuales, sin lazos de unión, de amor, de responsabilidad mutua de unos por otros, de justicia, de generosidad, de tolerancia. Triunfa el más fuerte. El que puede más se agandaya lo que pertenece a todos.
El derecho y la libertad del individuo debería tener su límite tanto en obligaciones internas con la comunidad, como en el derecho y en la libertad del otro. Pero el individualismo pasa por encima del derecho de los demás, de la libertad de los otros y de sus propias obligaciones comunitarias. Establece, por tanto, una violación generalizada de los derechos humanos, como realidad siempre presente y operante. Los más fuertes devoran a los más débiles y los despojan de su derecho esencial a una parte de los bienes sociales, a un bienestar de vida y a la satisfacción de las necesidades esenciales del hombre: alimentación, familia, vivienda, salud, empleo, educación, vida humana. Aparecen entonces el ejercicio despótico e irresponsable del poder y la privatización de las riquezas comunes. Dinero que se acumula y poder que lo protege, van juntos y constituyen la violación institucionalizada de los derechos humanos. Una gran violación de todos los derechos humanos, en conjunto y de una vez, al reducir a la mayoría a una vida infrahumana. Todo bajo apariencias de democracia, de libertad, de igualdad de derechos, de estado protector del bien común.
Por supuesto, el neoliberalismo -institucionalización económica y política del individualismo y de sus consecuencias- produce cambios profundos en los valores, en la cultura, en la manera de ser, en las relaciones humanas y sociales, en la religión y en la vida de los pueblos y de las naciones que no vivían el modelo neoliberal. Esto es lo que no han querido ver los presidentes de México. O lo han visto y lo imponen, disfrazado de modernización, para beneficio de los privilegiados y para muerte de los pobres que estorban. Eso es el neoliberalismo y eso es lo que implica la globalización de la economía bajo el modelo neoliberal.
Es necesario decir que la Iglesia ha caído también en este juego. Y es lógico, porque en la iglesia católica -y en las iglesias, en general- hay una exacerbación del poder, en violación de la libertad de los otros, considerados meramente súbditos, y hay una fuga de los valores evangélicos, centrados en el amor, en la justicia y en el respeto al otro. La religión se ha convertido en la sumisión a las autoridades eclesiásticas, en la asistencia a ritos vacíos, en la ignorancia de la doctrina, en el asentimiento a dogmas ininteligibles, en el cumplimiento de ciertas normas de conducta y en la desobediencia clandestina y convenenciera a las normas morales que disgustan individualmente. La fe se ha vuelto individual, no comunitaria; vertical, no horizontal. Dios es secundario. El evangelio es un simple adorno litúrgico que se oye lejanamente los domingos en misa, y no sirve para nada más. La misma autoridad eclesiástica lo ha desvalorado. Lo que importa es la obediencia a la autoridad en turno, no la obediencia al plan de Dios revelado en el evangelio. La libertad religiosa no existe en la Iglesia. Tampoco existe la libertad de pensamiento, de investigación y de expresión.
Y en la Iglesia, como en toda institución de poder centralizado, la violación a los derechos humanos es constante y es, inclusive, por ley, como demuestran las leyes canónicas sobre la censura, que violan el derecho inalienable de libre expresión. El dogma y la ortodoxia, el mando y la autoridad han sustituido a la libertad de los hijos de Dios y al amor como mandato supremo y único. El individualismo y la ortodoxia sobre la comunidad y el amor a los hermanos. La religión privatizada.
El siglo XX mexicano se ha distinguido precisamente por esto, por la violación de los derechos humanos y constitucionales de la mayoría, de los derechos revolucionarios por los que el pueblo luchó y que readquirió con su sangre. La vivencia, la vigencia, el respeto y la posibilidad de vivir y de compartir esos derechos humanos es precisamente el humanismo, la esencia misma del humanismo y del arte de vivir humana y cristianamente.
Si algo tiene que ser el siglo XXI es la restauración del humanismo, la lucha por reconquistar los derechos humanos y constitucionales de todos los mexicanos y especialmente de aquellos a los que se les han negado durante un siglo. Hay quien dice que el siglo XXI, si ha de significar algo para México, debe empezar con otra revolución, para readquirir esos derechos que a todo mexicano corresponden por el hecho de ser humano.
Esta visión de México no es amarillista, es trágica. La Comisión Económica para América Latina, Cepal, la ha visto con claridad: las políticas oficiales dirigidas al campo mexicano han dejado un resultado negativo en el empleo, en los salarios y en el ingreso familiar. La pobreza rural se ha elevado y hay un deterioro social y productivo en el campo. La modificación de las leyes agrarias y el proyecto estatal de modernización del campo han causado altos costos sociales y reproducido la pobreza rural en el corto plazo y aumentado el flujo migratorio fuera del país y hacia los mercados laborales internos.
Uno de los fenómenos característicos y extraños del siglo XX es la destrucción del pasado, de los mecanismos sociales que vinculan la experiencia contemporánea del individuo con la de generaciones anteriores. Jóvenes, mujeres y hombres, crecen en un presente permanente, sin relación orgánica con el pasado del que proceden los tiempos que viven. Para los mexicanos, ese pasado acabó de desintegrarse en los años ochenta, conforme se iba despedazando la URSS y se iba armando el neoliberalismo mexicano. El problema es comprender. No es probable que quien haya vivido durante este siglo pueda abstenerse de hacer y de expresar un juicio. Lo difícil es comprender.
Pero también en los años ochenta, a raíz del terremoto del 85, y más tarde por el levantamiento zapatista en el 94, nacieron las Organizaciones No Gubernamentales, las ONG, y se transformaron en actores importantes de la vida nacional. Fueron notables su papel en la defensa de los derechos humanos, su búsqueda de una solución pacífica al conflicto chiapaneco, su capacidad para fines humanitarios, su impacto en la conciencia nacional con respecto a temas importantes -como la migración, los niños de la calle, la violación de derechos-, su capacidad para crear canales informales de información, su importancia crítica en la vida pública. Se convirtieron en la conciencia de la sociedad. Incidieron, sobre todo, en el terreno de la opinión pública. Pero tienen que decidir un día su papel en la política. Ese es el futuro que no acaban de resolver.
No sabemos cómo será el siglo XXI, ignoramos lo que va a ocurrir y menos aún imaginamos el tercer milenio. Lo que sabemos es que en los años noventa está terminando una etapa de la historia y que esa etapa le dará forma a la otra historia que viene. Y lo que sabemos también es que los últimos 25 años de este siglo fueron una era de descomposición, de incertidumbre, de crisis y, para muchas zonas del mundo, de catástrofe, como ha pasado en África y en lo que queda de Yugoslavia.
Es obvio que hubo otros acontecimientos notables y positivos que han puesto su marca en el siglo, sobre todo el desarrollo impresionante de la tecnología, que ha dado cauce al avance la humanidad, desde los viajes a la luna y la medicina moderna, hasta los microchips, la computadora e Internet. Por desgracia, esos avances y muchos otros vuelven a concentrarse en los privilegiados y ahondan la distancia entre las elites y las masas. Los pobres no tienen acceso, ya no digamos a Internet y a la computadora, ni siquiera a la educación básica y muchos ni a la alfabetización. Esa es la diferencia que nuestro siglo ha aumentado a cifras enormes. Ahí está la trampa de los derechos humanos.
Queda, pues, la pregunta ante la entrada del próximo milenio: ¿hay esperanza? ¿qué esperanza? La esperanza es como la respiración. Cuando no se puede respirar, viene la angustia. Cuando no se tiene esperanza, invade la angustia, viene la parálisis de la expansión espiritual, por un sentimiento de la nada, por el sinsentido de la vida. Esa es la tentación ante un siglo como el nuestro: falta un abastecimiento de esperanza sobre el destino de la humanidad. ¿Cómo hemos podido llegar a esto? ¿Vamos a seguir así, y así es como todo tiene que ser? ¿Qué es entonces la esperanza?
La esperanza es la presencia del futuro, es una forma de existir en la cual está presente el futuro. Hay dos maneras de esperar el futuro. Una positiva y otra negativa. La positiva es la esperanza. La negativa es la angustia. Tanto en una como en otra, se espera pasivamente el futuro. Sea con esperanza, sea con angustia, uno espera el futuro. Sin hacer nada. Lo que traiga el futuro. Positiva o negativa, es una espera pasiva.
Pero también hay una manera activa de esperar el futuro. Se planifica, se proyecta, se prepara, se organiza el futuro. El hombre se comporta creando su futuro.
Un ejemplo. Un matrimonio tiene hijos. No espera pasivamente, con esperanza o con angustia, lo que el futuro les depare a sus hijos, lo que vaya a ser de ellos en el futuro. Por el contrario, educa a sus hijos, los forma, los prepara, les desarrolla sus cualidades y su libertad, su capacidad de decisión y de acción, su comprensión de la vida y del mundo. La esperanza se hizo activa. De algún modo, el futuro ya no es futuro, ya se hizo presente. Y, como es obvio, se hizo presente por el amor. La esperanza activa es fruto del amor que construye el futuro, que no deja que el futuro sorprenda al hombre y le llegue sin más, sino que se apodera del futuro con anticipación y, por lo menos, en parte. Camina hacia el futuro, lo va modelando. El que prepara su futuro no se angustia fácilmente.
Pero tampoco puede sentirse señor de su destino. El hombre moderno ha creído que puede dominar su futuro en totalidad, como si lo programara en una computadora. Los padres que prepararon el futuro de su hijo, que prepararon a su hijo para el futuro, tienen que detenerse ante el misterio de la libertad de su hijo, de las circunstancias imprevisibles que enfrentará, como enfermedades, accidentes, desviaciones, caídas morales, caminos equivocados, errores fatales. El aprendizaje de la vida que se asume a solas y que nadie puede suplir. El poder y la libertad sobre el futuro son, finalmente, muy limitados. Dependen de factores que no están en nuestras manos, que están más allá de nuestro poder. Esos factores son, primero, la naturaleza misma y, segundo, los demás.
Todos sabemos que dependemos de la naturaleza. Un terremoto, por ejemplo, una inundación, una tormenta que precipita un avión de pasajeros, un cáncer, un infarto, una leucemia, un síndrome de down, una carretera mojada y resbalosa. El esfuerzo humano por dominar la naturaleza es lo que llamamos técnica, que avanza, pero que todavía no llega. Cuando domina la lepra, aparece el cáncer y, cuando va aprendiendo a enfrentar el cáncer, aparece el sida. Y así vamos. Los avances de la tecnología son asombrosos, pero todavía no pueden alimentar a toda la humanidad, ni vencer todas las enfermedades, ni dominar todos los fenómenos naturales.
Pero aunque avance la técnica y logre un automóvil perfecto, no puede impedir que lo maneje un borracho o que el conductor tenga un desmayo. Constantemente nos amenaza el peligro que viene del otro: el asalto callejero, la imprudencia propia y ajena, la maldad, la envidia, el odio, la maledicencia y tantas cosas más.
De ahí vienen dos tendencias modernas. Una es apartar en lo posible la amenaza del otro. Se hace por la fuerza. Es lo que de manera global hace Estados Unidos, convertido en policía universal para reducir por la fuerza al otro amenazante. Es la solución policíaca y militar contra los demás que, de una manera o de otra, copiamos todos los países. Fue la solución de Pinochet en Chile contra la amenaza de la izquierda. Fue la solución de todas las dictaduras militares latinoamericanas. Fue la solución de Díaz Ordaz en el 68 mexicano y fue la solución de Luis Echeverría en el 71 mexicano. Es la solución de Estados Unidos en su frontera con México y de México en su frontera con Guatemala. Es la solución de Zedillo en Chiapas contra la amenaza de los pobres y de los indígenas. Y es la solución de Estados Unidos en Kosovo, como lo fue en Irak. Fue la solución de los soviéticos en Afganistán y de los rusos en Chechenia.
Así nacen los conceptos increíblemente inmorales, pero increíblemente aceptados, de la guerra humanitaria, del asesinato en favor de la vida, de la brutalidad policíaca y militar para la paz social. Así es como se asesina a los niños en la frontera para resguardar la seguridad nacional. Y así es como los hombres han llevado tan lejos su dominio de la naturaleza, que se les ha hecho fácil exterminarla y exterminarse unos a otros.
Ahí radica buena parte de su agitación actual, de su desgracia y de su angustia. Pero de una angustia tal, que llega a la dimensión del fracaso individual, nacional y mundial. Muchas conductas actuales son conductas de fracaso, porque han fracasado su vida espiritual, su vida afectiva y sus relaciones. Lo curioso es que la conducta de los pobres y de los explotados no entraña comportamientos de fracaso.
Lo cantaba Dom Pedro Casaldáliga, obispo de Sao Félix do Araguaia, en el Mato Grosso de Brasil, en la descripción que hace de la conducta de los pobres:
«Seremos otra vez un pueblo libre.
Con almendrados ojos
veremos nuevamente la hermosura.
Veremos los quetzales caseramente nuestros.
Cruzaremos los cerros prohibidos, hermanos,
en continua oleada de paz y fértil canto.
Cerraremos la herida de la impuesta frontera.
Barreremos, por fin, del calendario
tantos días nefastos.
Sabias manos capaces
de darle al mundo opaco luces de artesanía,
tejeremos la vida de colores,
trenzaremos la historia de sorpresas diarias,
trabajadas en paz y con justicia
por el telar del pueblo.»
En cambio, es de fracaso la conducta de los pudientes, de los técnicos y de los tecnócratas, preocupados por la positividad y por la eficacia, sin darse cuenta, en el espíritu orgulloso de su realismo, de que se hacen cómplices y artífices de un orden de cosas que los reduce y los robotiza a ellos mismos. Son fracasados afectivos. Son la clase dominante, prisionera del conflicto interno que resulta de esa supuesta victoria suya, que se permiten regalarse en una bandeja de buena conciencia que se les evapora día con día.
El único modo de apartar la amenaza humana, la amenaza del otro, es el amor. La esperanza es fruto del amor. Y esto nos devuelve al humanismo, en su más profunda expresión humana y cristiana y al Evangelio en su más profunda significación cristiana y humana, que conservan en nuestro espíritu y en nuestros corazones la voluntad de lucidez, la nitidez del entendimiento, el sentimiento de la grandeza del hombre, de su origen, de su destino, de su dignidad, de la humanidad de sus relaciones y de la profundidad de su amor, cuyas condiciones son la justicia y el respeto del otro, de su diferencia y de sus derechos. Ahí está la síntesis de nuestro siglo, en la violación constante, despiadada y cínica de los derechos del hombre, tanto individuales como colectivos. Es el caso de los indígenas de Chiapas y de su grito y su lucha por sus derechos comunitarios y étnicos.
Dice la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas:
«Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana;
«Considerando que el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la condición de la humanidad, y que se ha proclamado, como la aspiración más elevada del hombre, el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencia;
«Considerando esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión.«
Y las Naciones Unidas proclamaron la lista de los derechos humanos que se obligaban a respetar, defender y promover. Pero el nuestro fue el siglo de la violación sistemática de todos esos derechos, a una escala todavía incomprensible, inhumana, sádica. Los derechos humanos individuales y colectivos, de clase y de etnia, comunitarios y raciales, se violaron con ferocidad: sólo hay que recordar Auschwitz, Gulag, Hiroshima, Nagasaki y las dictaduras latinoamericanas.
Desde el libro de Génesis, parece que toda la creación de Dios resultó un fracaso. El mundo de la naturaleza y el mundo del hombre llevan consigo el sello de la inseguridad radical y están atravesados de fallas. Dios dice varias veces que se arrepiente de haber creado al hombre y corre el riesgo de perder a sus criaturas. Pierde a Adán y a Eva y tiene que expulsarlos del paraíso. Pierde a Abel en la muerte y a Caín en el destierro. Pierde el mundo, que aniquila con el diluvio. Tiene que destruir Sodoma y Gomorra porque no encuentra ni un solo justo en ellas y pierde a Lot en la tragedia. Pierde a una generación entera en el desierto. Pierde a Moisés en la desobediencia. Pierde a Israel en el exilio. Y así habría que recorrer esa historia en cada una de sus etapas, para captar la generosidad del proyecto divino y la distancia dramática entre la intención de Dios y su fracaso.
Los hombres toman sus iniciativas. Adán opta por la cobardía; Caín, por la violencia; Noé, por la indiferencia; la generación de la Torre de Babel, por la rebelión; la generación del desierto, por la debilidad y por la mezquindad; las dinastías reales, por la indolencia y por la traición. Por el otro lado, los patriarcas optan por la fe, Moisés opta por la responsabilidad, David opta por la fidelidad y los profetas optan por la justicia.
Pero todo eso integrado en la incertidumbre. Los profetas le dicen a Dios: «Ya basta, bórrame de tu libro, déjame morir», cuando el valor y la responsabilidad fracasan lamentablemente. Pero las dos puertas de la historia, la entrada y la salida, siempre quedan abiertas. El fracaso es inherente al maravilloso libro del Éxodo. Basta recordar a los muertos del desierto. Los que salieron de Egipto no fueran los que entraron a la tierra de Canaán. En la historia y en la vida, nadie puede franquear la línea divisoria que traza la muerte. Pero hay algo grande en aquellos hombres, su desinterés ético, el servicio por amor. Dice Job: «Aunque Dios me mate, espero en él». Servían a Dios con un desinterés absoluto. Y ahí se detenía el fracaso. Ese era el fracaso del fracaso. Ese desinterés ético hace germinar la esperanza. «Aunque Dios me mate, espero en él.»
Ahí se da el encuentro paradójico e inseparable del fracaso y de la esperanza. Pero del fracaso ha brotado la esperanza, una esperanza plenamente humana, almacenada para el día de la liberación de nuestra angustia. Como la esperanza de Jeremías que, en el hundimiento caótico del mundo, ve surgir un sueño, un incesante retorno hacia el futuro, una esperanza que es un desafío, porque en la raíz del fracaso está la libertad del hombre.
Dios introdujo la incertidumbre en el mundo cuando hizo al hombre libre y, por tanto, imprevisible. El hombre es la improvisación hecha carne y hecha historia, que puede hacer fracasar definitivamente el plan creador del hombre, como en Auschwitz, en Hiroshima, en Gulag, en Pinochet. La libertad del hombre es la línea divisoria de las aguas de la creación: las aguas de Dios y las aguas del hombre viven su propia vida.
Dios dijo, al final de la creación: «Hagamos al hombre». Pero ¿a quién se lo dice, si no hay nadie a quien se lo diga? Según la tradición judía, se lo dice al mismo hombre que está a punto de salir de sus manos y que es el único que puede cooperar con Dios en hacer al hombre a su imagen y semejanza. Dios le dice: juntos tú y yo hagamos al hombre según el proyecto divino. Y se funda para siempre la libertad del hombre convertido en compañero de Dios. Las fases sucesivas y dramáticas de la historia del hombre son las etapas del aprendizaje de su libertad.
Dios tomó el riesgo de hacer al hombre libre, radicalmente libre, hasta el punto en que el hombre y la libertad constituyen una sola cosa, con todas las consecuencias que eso entraña y que hemos vivido en la inmensa tragedia del siglo XX. Es la libertad que se tiene que constituir en hábito real y concreto, que tiene que habitar en el hombre y acompañar su pensamiento, su pasión y su historia. Que el hombre sólo quede determinado por una sola ley, la de ser libre.
Pero esa libertad puede desbordarse, y la hemos visto y experimentado en su desbordamiento, y puede romper barreras y explotar. Puede amenazar con destruir la creación de Dios y su plan. Por eso, Dios no dice solamente «hagamos al hombre», sino «hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza». Y Dios es amor. Por eso, en la concepción bíblica, el hombre es amor, es relación y relación de amor. Y el amor es el guardagujas de su libertad.
Aquí es donde llegamos otra vez del fracaso a la esperanza, de la esperanza al desafío y al riesgo de la libertad, de la libertad a su contenido supremo, el amor. Ya llegamos, finalmente, al humanismo. Pero al humanismo aquí y ahora, al humanismo terrestre que es tarea histórica, que es relación y servicio de amor y desinterés ético.
Tendrá que ser el siglo de los derechos humanos, como expresión de ese servicio de amor y de respeto, para hacer al hombre en cooperación con Dios. Lo que este siglo ha negado, cuando se dedicó a matar al hombre, en la realidad más inexorable de la palabra, fueron los derechos del hombre, empezando por su derecho a la vida, por su derecho a ser diferente y a ser libre.
Dice Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen; hombre, coopera conmigo para hacer al hombre. Humanismo y siglo XXI. Será la decisión de nuestra libertad. Será lo que nosotros queramos hacer del hombre, rotos como estamos entre nuestros sueños maravillosos y nuestras terribles pesadillas.