PRINCIPALES RESULTADOS DEL SÍNODO

Marcio Fabri Dos Anjos
Teólogo de Brasil

Mirado a partir de los objetivos oficiales, el Sínodo para América tuvo buen éxito. Las respuestas dadas por las conferencias episcopales al cuestionario de los Lineamenta fueron los primeros frutos y elogios recogidos por la comisión de preparación. A partir de ahí se hizo el Instrumentum Laboris que estimuló la reflexión y sirvió de esquema general para que los obispos presentaran, durante el Sínodo, sus intervenciones y propuestas. Estas fueron elaboradas y reunidas en un elenco, dentro de los plazos previstos. Esto significa que el Sínodo cumplió su tarea principal, la de ofrecer elementos de consulta para el papa, sobre la iglesia en América. Y dejó, al final, un mensaje de esperanza, para los “hermanos y hermanas, de América y del mundo”, en tiempo de tantos desafíos para la fe y la evangelización.

Pero más allá de estos resultados oficialmente esperados, hay naturalmente otros que merecen una observación. Los obispos, en contraste con una llegada sin grandes expectativas, parecen llevar, en general, en su equipaje de regreso, una buena dosis de optimismo. Algunos hechos contribuyeron particularmente para ello. Fue creciendo, durante el Sínodo la sensación de libertad para que cada obispo hablara sobre lo que sentía como dificultad o problema; fueron siendo tocados los desafíos antiguos y nuevos, eclesiales y especialmente sociales, que la mayoría tienen en sus diferentes contextos; naturalmente se evidenció la fe y la solicitud que presiden sus preocupaciones y su misión de pastores de la iglesia; renovaron su identidad común en la misión evangelizadora y misionera; y pudieron, así, vislumbrar también varios campos de trabajo conjunto para el ejercicio del episcopado en América.

Como en otros Sínodos los obispos crecieron en términos “afectivos”. Pero ¿cuáles son los resultados en términos “efectivos”? El encuentro de esta pequeña parcela del episcopado de las Américas fue saludado como el primer encuentro oficial de ámbito continental. Quedaron explícitas dos grandes áreas de desafíos comunes para trabajos conjuntos: el área social, y su correspondiente área pastoral. Y quedó asimismo plantado el deseo de la “colegialidad pastoral” efectiva.

Cuando se trató de pensar en mediaciones concretas para realizar este deseo, se sugirió primero una “comisión interamericana postsinodal” para llevar adelante las exigencias de la relación que se esbozaba.

Pero luego se propuso dinamizar los organismos ya existentes, en vez de crear una “comisión” que podía terminar en otra burocracia más. Por detrás de esto, sin embargo el Sínodo tocó veladamente el CELAM (Consejo Episcopal de América Latina) y la CAL (Comisión pontificia para América Latina) organismos eclesiales ya existentes. ¿No podría el CELAM, que fue prácticamente dejado de lado en el proceso de preparación del Sínodo, ser un dinamizador importante de las relaciones eclesiales en el continente americano? ¿Y cuál es el papel de la CAL en esta perspectiva de ampliar relaciones entre el episcopado? ¿Por qué América Latina es el único episcopado que tiene una comisión pontificia que lo monitoree? Las preguntas se multiplican, especialmente cuando los problemas no son explicitados. Algunos dan la voz de alerta sobre la necesidad urgente de defender el CELAM, en este nuevo contexto postsinodal. Otros apuntan la necesidad de algún cambio en sus estatutos, y también en los procedimientos de la propia CAL.

Los muchos indicios de tensión que encierran estos organismos, nos llevan a otro capítulo muy importante. Se trata de las estructuras eclesiásticas, o en otros términos, del “modelo de iglesia” por donde pasan la evangelización, la colegialidad y las relaciones norte-sur, que el papa había apuntado como cuestiones claves para este Sínodo.

Sabemos que los modelos tienen una sustentación teológica teórica y una práctica correspondiente que interactúa con ella. Es de esperar encontrar en un Sínodo las diferencias de modelo, tanto en su referencial teórico como en sus prácticas correspondientes. Y hasta se puede afirmar que las diferencias son por sí mismas una de las razones para que haya un Sínodo, pues si no existieran, habría menos necesidad de una búsqueda de caminos en común.

Y ¿qué resultó del Sínodo en este sentido? La estructura general propuesta para los trabajos, centrada sobre el encuentro con Jesús Cristo vivo, camino de conversión, comunión y solidaridad, se prestaba muy bien para recoger al mismo tiempo referenciales teóricos y prácticas eclesiales. Y realmente los obispos se manifestaron según sus diferentes experiencias y tendencias. Pero no parece que las divergencias hayan sido trabajadas. Por lo demás, el propio método del Sínodo no estaba dirigido a desarrollar el diálogo entre los obispos, sino a recoger sugerencias y propuestas en cada una de las áreas, en vistas a una exhortación apostólica posterior.

Este hecho parece importante para hablar de los resultados del Sínodo. Es importante porque de esta manera todas las sugerencias dadas serán procesadas o catalizadas conforme a un modelo hegemónico sobre el cúal no se discutió y sobre el cúal, de hecho, poco se trató. Los obispos pudieron manifestar sus preocupaciones y problemas; sus carencias pastorales y sus deseos de solución; mencionar algunos referenciales teóricos y muchas propuestas pastorales. Pero el encaminamiento de todo desemboca en un modelo establecido que condiciona la misma lectura de los desafíos pastorales y de sus posibles soluciones. El mensaje final del Sínodo revela en parte este modelo de iglesia.

La clausura del Sínodo presenta por tanto resultados variados y deja algunas preguntas sobre las perspectivas futuras. Un documento pontificio presentará, sin duda, caminos para la iglesia en el continente americano, tal vez se establezca algún organismo o se emprenda una nueva iniciativa para dinamizar específicamente la relación entre las iglesias locales del continente. ¿Tendrán CELAM y CAL otra configuración y nueva forma de actuar? ¿Va a dialogar la iglesia un poco más sobre el papel de las conferencias episcopales, el lugar de las iglesias particulares y los componentes principales de la colegialidad? ¿O quedará este asunto para ser tratado, a su modo, en el Sínodo de 1999, sobre “el obispo: servidor del evangelio de Jesús Cristo para esperanza del mundo”? ¿Cómo va la iglesia a adaptar sus estructuras para ser portadora de buenas noticias en estos nuevos tiempos?

Junto a las soluciones de cuño más oficial va el dinamismo de las relaciones interpersonales con las que se construye también la vida eclesial. Los obispos que vuelven a sus diócesis llevan la esperanza de poder intensificar las relaciones y la mutua ayuda, con espíritu misionero. ¿Serán ellos un fermento suficiente para llevar adelante la exhortación sobre la colegialidad episcopal en las Américas? Estas preguntas no expresan una duda, sino que desean enfatizar algunos desafíos que el Sínodo desencadena. Este Sínodo no está destinado a tener resultados aislados, pues forma parte de un conjunto con otros Sínodos y de todo un esfuerzo de iglesia que busca dar respuestas a la altura de los desafíos del nuevo milenio que se aproxima. Delante de tantos signos de vitalidad de las iglesias, no cabe el pesimismo. Viendo la complejidad de los signos que traen los nuevos tiempos, es bueno agradecer a Dios por el nuevo aliento que significó el Sínodo. Pero también es preciso reconocer con humildad y realismo los puntos aún oscuros y las tareas que el Sínodo no alcanzó a tratar.


[Traducido del original en portugués por Sebastián Mier]