Terribles destrucciones - Muere Digna -
Vida digna en esperanza



Luis G. del Valle

Teólogo del CRT

Digna Ochoa-Los esperanzados contra toda esperanza

José Saramago

Claro es José Saramago en su exposición de tantas masacres y destrucciones hechas por humanos en detrimento de vidas, sobre todo, y haberes de otros humanos. Describe muchas de ellas y luego las condensa así:


El horror, escondido como un animal inmundo, esperó a que saliésemos de la estupefacción para saltarnos a la garganta. El horror dijo por primera vez 'aquí estoy' cuando aquellas personas se lanzaron al vacío como si acabasen de escoger una muerte que fuese suya. Ahora, el horror aparecerá a cada instante al remover una piedra, un trozo de pared, una chapa de aluminio retorcida, y será una cabeza irreconocible, un brazo, una pierna, un abdomen deshecho, un tórax aplastado. Pero hasta esto mismo es repetitivo y monótono, en cierto modo ya conocido por las imágenes que nos llegaron de aquella Ruanda-de-un-millón-de-muertos, de aquel Vietnam cocido a napalm, de aquellas ejecuciones en estadios llenos de gente, de aquellos linchamientos y apaleamientos, de aquellos soldados iraquíes sepultados vivos bajo toneladas de arena, de aquellas bombas atómicas que arrasaron y calcinaron Hiroshima y Nagasaki, de aquellos crematorios nazis vomitando cenizas, de aquellos camiones para retirar cadáveres como si se tratase de basura. Siempre tendremos que morir de algo, pero ya se ha perdido la cuenta de los seres humanos muertos de las peores maneras que los humanos han sido capaces de inventar.


Es contundente en su reflexión sobre lo criminal y absurdo que es matar en nombre de Dios:


Una de ellas, la más criminal, la más absurda, la que más ofende a la simple razón, es aquella que, desde el principio de los tiempos y de las civilizaciones, manda matar en nombre de Dios. Ya se ha dicho que las religiones, todas ellas, sin excepción, nunca han servido para aproximar y congraciar a los hombres; que, por el contrario, han sido y siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas, de monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la miserable historia humana.


Y con toda razón se niega a reconocer a Dios allí y hace un reclamo muy serio y muy fuerte a quienes han utilizado a Dios para fundamentar en él su poder y su derecho a torturar y matar.


Durante siglos, la Inquisición fue, también, como hoy los talibán, una organización terrorista dedicada a interpretar perversamente textos sagrados que deberían merecer el respeto de quien en ellos decía creer. Un monstruoso connubio pactado entre la Religión y el Estado contra la libertad de conciencia y contra el más humano de los derechos: el derecho a decir no, el derecho a la herejía, el derecho a escoger otra cosa, que sólo eso es lo que la palabra herejía significa.


Y, con todo, Dios es inocente. Inocente como algo que no existe, que no ha existido ni existirá nunca, inocente de haber creado un universo entero para colocar en él seres capaces de cometer los mayores crímenes para luego justificarlos diciendo que son celebraciones de su poder y de su gloria, mientras los muertos se van acumulando, estos de las torres gemelas de Nueva York, y todos los demás que, en nombre de un Dios convertido en asesino por la voluntad y por la acción de los hombres, han cubierto e insisten en cubrir de terror y sangre las páginas de la Historia.


Ese Dios que comunica y justifica el poder de matar no es. Existe como creación de los poderosos que quieren justificar el poder del dinero y de la sujeción, en ese ídolo que crean para su provecho y para que todos los demás se les sometan. Un ídolo que también aceptan los que son sometidos y dominados por esos poderes. Lo aceptan por miedo a quedarse sin un sistema de vida. Prefieren someterse a los poderes que caer en el caos de ningún sistema. Creen que no hay más cultura que la que los poderes han construido. No quieren estar bajo el dominio de «las fuerzas del mal» y se tragan el discurso de los poderosos que afirman luchar contra esas fuerzas. Aunque esos poderes los dominen también a ellos. Y aceptan que ya no hay de otra, que la historia ha llegado a su final.


Pero Dios es; es el que ve por la vida, no el que aterroriza con su poder. El que comunica a los humanos su vida que es amar en gratuidad y libertad. El poder religioso y político condenó a muerte y ajustició a Jesús. Y a nombre de Dios, porque Jesús blasfemó contra él ¿Cómo se atrevió a decir que por encima de sus leyes y justicia estaba la justicia de Dios que pone la ley (el sábado) al servicio del hombre y no al hombre al servicio de la ley, de la ley de los escribas y fariseos, de la ley de los poderosos, aunque digan que se fundamenta en Dios?


San Marcos escribe (7,6 ss) : «El les respondió: 'Bien profetizó Isaías de ustedes, hipócritas, según está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto ya que enseñan doctrinas que sólo son propias de hombres. Dejando el precepto de Dios, se aferran a la tradición de los hombres' Les decía también: 'Qué bien violan el mandamiento de Dios para conservar su tradición!... Si uno dice a su padre o a su madre: 'declaro Corbán es decir ofrenda  todo aquello con que yo pudiera ayudarte', ya no le dejan hacer nada por su padre y por su madre, anulando así la Palabra de Dios por su tradición que se han transmitido: y hacen muchas cosas semejantes a estas.»


En nombre de la justicia infinita se bombardea al pueblo afgano porque sus jefes de facto no entregaron al sospechoso del ataque a las torres gemelas, aunque «colateralmente» se mate a civiles no importa cuántos, no importa si son mujeres o niños. Una tradición es que los Estados Unidos son el pueblo escogido para que su justicia y su democracia se comunique a todos los pueblos. Otra tradición es que por el honor de Dios se mate a los infieles incluso en acción suicida. Y el precepto de Dios es que nos amemos los unos a los otros como Él nos ama. Que cuidemos del desprotegido: el huérfano, la viuda, el extranjero. Que los ciegos vean, los cojos anden, los leprosos queden limpios, los muertos resuciten y los pobres reciban la buena noticia de que Dios los ama.


Saramago es un mago. La segunda parte de su apellido nos lo dice. Un mago como aquellos que en el oriente vieron una estrella, supieron interpretar el signo y buscaron al rey de los judíos. Herodes, el rey, se sobresalta, porque él es el rey, el del poder. ¿Hay por ahí un rey, un niño indefenso? Y ya que los magos no se lo descubren, manda matar a los inocentes, a todo niño de dos años para abajo. El mago de oriente, el mago de afuera, el que no es de la fe de los judíos, ve con claridad y lo dice y lo proclama. El verdadero Rey es un niño pobre e indefenso. El rey de Judea mata porque es el poderoso que no tolera otro poder. Sara-mago, el rey-mago, el que no es de la fe, el que viene de fuera, el que ve con claridad, el que no apoya el poder de Herodes.


¿Y qué vemos en Jesús? Clavado en la cruz exclama «Dios mío ¿por qué me has abandonado?» Éste es su grito final según san Mateo y San Marcos. Y según San Lucas es: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu». Y muere bajo el poder de Poncio Pilatos instigado por el poder religioso. Y se desata una nueva esperanza porque Jesús vive glorificado por su Padre y vive en las comunidades, y en la historia humana. Una esperanza que no entra con estrépito, que no se impone con poder, que crece como el grano de mostaza, que está en la vida digna de tantos. El ansia libertaria, el deseo de compartir, la vida de fraternidad son realidades presentes en los pueblos y en las personas en un mundo dominado y avasallado por los poderes que fácilmente convierten su vocación de servicio universal en cultivar los propios y egoístas intereses con el poder que adquirieron y del que se apropian.


El Dios de Jesús no lo bajó de la cruz, no lo libró de la muerte, no busca ajusticiar a los que ajusticiaron a su Hijo Jesús. Quiere que se conviertan y vivan. Jesús vino para que todos, verdaderamente todos, tengamos la vida plena, la vida verdadera, la vida que es amar en gratuidad y libertad; la vida que es paz, justicia, gozo, la vida que no es temor. Su obra, su enseñanza, su compromiso fue comunicar y vivir la cercanía de Dios en que vivimos pues nos hizo sus hijos. Fue comunicar y vivir la hermandad humana. Rechazó la tradición religiosa según la cual a Dios accedemos por la ley y rituales de pureza. La ley y los rituales de los puritanos según los cuales sólo su ideología y sólo sus costumbres y rituales son de Dios. Jesús criticó abiertamente la hipocresía de sabios y de jefes. Previó que esto lo llevaría a la muerte y a pesar del temor caminó resueltamente a Jerusalén donde fue crucificado, muerto y sepultado para seguir luego viviendo la vida que ya era suya y nos comunicaba y comunica, pues ni los trabajos, ni las amenazas, ni la muerte misma arrebatan el amor que siempre construye.


Lo de Jesús, sucedido en los principios de la nueva era cristiana es arquetípico para todos los tiempos. Volvemos a encontrar en tantos mártires, conocidos y no conocidos, el mismo proceso: se va entregando la vida por amor en el ver por los demás; y los poderes no lo toleran, y amenazan y matan si la amenaza no acalla el clamor de justicia, de verdad, de paz, de amor.


Digna Ochoa

Digna Ochoa es nuestra última ¡ojalá última! mártir de la lucha por los derechos humanos. Deberíamos convivir en el goce de la dignidad de ser personas humanas referidas como tales a convivir y compartir, completarnos y estimularnos a crecer en interacción entre iguales. Deberíamos no tener que luchar por nuestros derechos humanos, porque simplemente viviéramos nuestra realidad de ser humanos.


Pero no. Vivimos con la necesidad de defender nuestros derechos humanos, porque hay quienes simplemente se aprovechan o abusan de los demás. No comparten, sino barren para adentro. No se asocian con otros, sino uncen a su pequeña y egoísta asociación a mayorías sin derechos y con obligaciones. Vivimos en la necesidad de pelear por el derecho a trabajar bajo condiciones dignas, al sustento familiar con espacios de ocio, a una habitación digna, a un ambiente digno, a un cuidar de la tierra y los recursos naturales dignamente, a una convivencia digna, a una vida en la alegría del que no teme.


Nació Digna. Ése fue su nombre, y en su nombre llevó su vocación, su misión: Ser digna de la vida que recibió y trabajar porque todos seamos dignos de la vida que hemos recibido. Y ella escogió el camino de la abogada litigante como profesión y hacerse religiosa dominica como estado de vida. El litigio es para algunos un ejercicio fascinante porque es el reto de ganarle a otro. Para otros, sin encontrarle gusto propiamente, es un medio de hacerse de dinero, en una forma «honesta». Honesta entre comillas: si defienden causas justas, con medios honrados y con una ganancia correspondiente a las condiciones humanas de los involucrados en el litigio.


Y Digna litigó dignamente. Sus causas fueron (y aún son) no sólo justas, sino promotoras de la dignidad humana por medio de la defensa de los derechos humanos conculcados por las mismas autoridades, que son las que deberían tutelarlos y deberían más en el fondo promover la vida digna de todos.


Sus medios fueron honrados. Por su vocación humana realizada en ella en el cristianismo y en el estado de vida del cristianismo de ser hermana dominica por varios años. Congruente, digna de sí misma también en la profesión que eligió. La tentación no es leve. Sabemos de muchos litigantes que con tranquilidad se arreglan con los jueces o con la parte contraria o cambian los hechos y a través de eso hacen fortunas. Sus medios fueron concordes con su dignidad humana y con la dignidad humana de sus defendidos y de la causa misma común de ellas con los demás compañeros del Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro y de los demás centros y grupos de la misma causa.


Y peligrosamente caminó por la senda de los Derechos humanos. Quizá no se han dado cuenta todos los que han emprendido este camino que viven en peligro. Quizá este artero asesinato les ha puesto ante la realidad de que ser promotor de la dignidad humana en la forma concreta de tocar intereses de poderosos que han atropellado el derecho a la vida digna y por tanto el derecho a vivir, a habitar, a comer, a convivir, a trabajar, a disfrutar de sus propiedades, a ser como se es, a organizarse al propio modo, es una vida peligrosamente amenazada. Todos los defensores y promotores de la vida digna, de los derechos humanos, están en la mira de los que quieren vida digna sólo para sí, o para su grupo. Y con eso ya su vida no es digna. Aquellos están en la mira, y con un poco que se muevan les lanzarán el disparo.


Digna se movió mucho, inteligentemente, certeramente, con la razón en la mano y en el corazón. Y recibió el disparo en la cabeza; y otro previo en una pierna. Su vida quedó tronchada. Su esperanza termina con su vida. ¿Termina? ¿Terminó la esperanza de Jesús cuando reclamó a su Padre que lo hubiera abandonado? ¿Terminó cuando se entregó a sus manos? Quienes la mataron piensan que con el terror que siembran se detenga la promoción y defensa de los derechos humanos. En ellos prosigue la esperanza de Digna y de tantos otros que han sido asesinados por lo mismo que ella. Ellos no piden venganza. Piden justicia, la justicia que debe ir reconciliando consigo y con Dios a quienes como Caín asesinan al hermano. Y el primer paso es la verdad. Que se esclarezca el crimen. Hay poderosos intereses para que no suceda. Es bien posible que no se esclarezca o que no se esclarezca del todo; que no se desenmarañe toda la red tejida contra ella. Aún así la esperanza de las gentes simples y de los que luchan por la dignidad y derechos a una vida digna en lo individual y en lo colectivo prosigue, porque no está puesta en los poderes de este mundo.


Muchas han sido las manifestaciones públicas de organismos de derechos humanos y de personas que piden el esclarecimiento del asesinato. Y en eso también expresan que la esperanza de muchos está viva y se alimenta a pesar del miedo, que no dejan de causar quienes no se tientan la ropa para matar.


La esperanza de Digna no está puesta (sí, en presente) en los poderes a los que enfrentó. Está en ese mismo enfrentarse. En el resistir siendo excluido, considerado desechable. Desde allí se camina al encuentro del Dios de los pobres, del que se manifestó en un niño que nace en una cueva porque no había otro lugar para él.


Y la esperanza vivida y testimoniada señeramente por Digna, es también una realidad cotidiana, callada, verdaderamente centro de muchas vidas individuales y grupales.


La primera y fuerte impresión ante el asesinato de los profetas es de desilusión. Así lo expresaron los discípulos de Jesús en su camino a Emaús. Le dicen al desconocido (que era Jesús mismo) que ellos esperaban que Jesús de Nazaret, profeta poderoso en obras y en palabras, sería el que liberaría a Israel. Pero ya habían pasado tres días desde que fue condenado a muerte y crucificado. Y Jesús les hace ver que ése ha sido el camino de Dios. Y que la esperanza prosigue y es aún mayor. (Ver el texto en Lc. 24, 13-35) porque Jesús verdaderamente vive.


Esperábamos que Digna sacara los casos de defensa de derechos humanos que elaboraba. Pero fue asesinada. La esperanza prosigue a la manera de Jesús.


Ante la fuerza de los poderes que van quitando la esperanza de los más débiles y por eso excluidos, decimos como los discípulos que esperábamos su liberación. Pero de verdad son excluidos, puestos en condiciones de ir perdiendo la vida digna. Y todo parece perdido. Y sin embargo esos excluidos siguen viviendo y siguen manteniendo la esperanza. Y son ellos los que comunican la esperanza a otros que supuestamente se han preparado más. Y en ellos está la resistencia a tanto poder y dominio en su vida y acción diarias. En medio y a pesar de las presiones de los poderes dominantes mantienen su esperanza, sus pequeñas grandes esperanzas.

Pequeñas grandes esperanzas

Durante todo este año varios grupos examinaron y reflexionaron sobre sus fuentes y motivos de esperanza. Grupos unidos por diversas razones y situaciones. Fueron convocados como grupos que mantienen la esperanza de que este mundo tiene remedio para los pobres, a pesar y en medio de grandes fuerzas y poderes que los excluyen. Este mundo cada vez más está siendo organizado por unos pocos que han ido acaparando todos los poderes, sobre todo el poder del dinero y el de someter a los demás a sus intereses. Quien se somete puede vivir con lujo, con bienestar o precariamente según funcionen en su sistema. Los que no, quedan fuera, dejados a sus recursos que cada vez más les son arrebatados.


Y a pesar de todo en muchos grupos persiste la esperanza para los pobres. El encuentro que se realizó fue pequeño. Trece grupos. ¿Cuántos hay en el país? Grupos que mantienen la esperanza son muchísimos a lo que podemos juzgar por la resistencia de tantos indígenas y no indígenas. Los primeros nos dieron una gran lección de dignidad cuando se presentaron en el Congreso, y ahora con su silencio luego que se aprobó una ley que los mantiene en calidad de objeto.

La fuente de la esperanza de esos grupos están en ellos mismos. En saberse dignos de la vida que Dios comunica a todos. Con ella se puede persistir en la propia vida con los propios modos y formas. La consistencia del propio modo de ser está en uno mismo, no en los sistemas que se imponen de fuera. Y por eso se puede resistir a ellos. El entorno no sólo es difícil, sino hostil, pero eso mismo es un acicate para la propia esperanza.


La esperanza está y se cultiva en el incluir a los demás. Más que tolerancia, verdadera inclusión dialogal. Y en el saberse recibidos e incluidos por otros. Por otros débiles y pequeños como ellos mismos. Creen más en la fuerza del amor que en la del poder, por más que ésta aparezca como terrible. Creen más en los otros rostros cercanos que en las fuerzas ciegas y sin rostro. Si aman a Dios amándose todos unos a otros sin excluir a nadie, será más fuerte el amor que el poder y que el odio mismo.


La esperanza da valor para denunciar la injusticia, desenmascarar a los injustos, a los violentos, a los que mienten con sus palabras y con sus obras y a ir quitando también las propias injusticias, violencias y mentiras.


La esperanza hace mirar al futuro y empezar a vivirlo ya hoy, a pesar de que el presente esté tempestuoso. La esperanza se asienta al fondo y expulsa el miedo hacia lo superficial, mientras que el poder se asienta sobre el temor como en su base.


La esperanza está en el compartir: dar y recibir gratis. Quien no tiene esperanza quiere acumular siempre más al mismo tiempo que pierde lo que es. Acumula porque no confía más que en sus tesoros y pierde la alegría del compartir, la alegría de ser hermano entre los hermanos.


La esperanza va renaciendo conforma vamos desconstruyendo la imagen de Dios que los poderosos han construido para montar en ella su dominio, e ir construyendo la del verdadero Dios que hemos recibido en la buena nueva de ser todos sus hijos amados, como lo es Jesús.


Con éstas y parecidas reflexiones los grupos salieron del encuentro animados a seguir viviendo y trabajando con más ánimo, con más alegría en sus pequeños ambientes y con la esperanza de que lo global vaya siendo permeado y cuestionado por el amor, ausente en los grandes poderes del dinero y del dominio.