Descubrir a Dios creciendo con nosotras

Construcción y deconstrucción de la imagen de Dios


Católicas por el derecho a decidir

Dios creciendo entre nosotras

1. En la narración está la palabra

1.1. Las palabras son hijas de la vida, las palabras están tejidas con nuestra propia piel. En la narración está el sentimiento, la vivencia de la otra que es la propia; el llanto ahogado; las lágrimas que todas bebemos; la emotividad que nos arrasa; la emoción que nos produce la vida. Narrar es liberar, sacar lo que por temor no sale. Narrar es desnudez, en la que habita un misterio.


1.2. Al narrar constatamos que la experiencia de Dios no es propiedad de nadie, que no hay una única manera de expresar a Dios. Narrar es un camino abierto, es decir cuéntame, platícame; es atreverse a hablar y a escuchar; es expresar a otras nuestra oración de la vida. Narrar es desplegar velas, levar anclas, zarpar y deslizarnos hacia el mar abierto del tiempo. Es viajar y encontrar islas: islas silenciosas, islas inconsolables, islas amargas y vacías, islas de hambre, islas de humillación, islas de sida. Islas de cuyas tumbas extraemos esperanzas vitales, islas de luz que nos permiten “orar desde el fondo del océano”. Somos compañeras de mar, sentimos las olas que se precipitan, llevamos con nosotras la tempestad y el corazón abierto. En el mar es imposible esconder el cuerpo, imposible esconder el alma. Narrar es como un lecho de confianza.

2. En nuestro pasado fue el gran padre

Dios, el que habitaba el último rincón de la casa; el que todo lo ve y vigila; el bueno; el que protege; el serio, sin alegría y sin sonrisa; el que quería tener a todos los santos tristes; el gran padre del sufrimiento; el del poder del dar y quitar; el de las heridas; el de la obediencia; la cárcel de nuestros cuerpos; el de la obligación de tenerlo; el observador y castigador Creía que el cáncer de mi papá era el castigo que Dios me había mandado por tener relaciones sexuales; el del temor No sé a quién le tenía más miedo si a mis hermanos, a mi papá o a Dios.

3. Fuente de nuestra esperanza y confusión

Dios, ángel que me cuida mientras mi madre se va; con quien dialogué en mi infancia; padre del niño, pequeño y desnudo Que me regalaba dulces; fiesta de primera comunión; con quien me siento querida y acompañada; diálogo cercano; quien me eligió porque me ama, sólo por ser yo; quien ha dado sentido profundo a mi vida; me pregunto ¿qué quiere de mí?; también puede sentir; me ha guiado; siento su presencia; me escucha; me hace persona; soy su obra; es presencia solidaria y de quien recibo apoyo incondicional; en la sequía sacia mi alma; cuando era una niña chiquita, me recogía y me abrazaba; espacio seguro, armonioso y amoroso.

4. Crisis y búsqueda por la ausencia del gran padre

4.1. Ahora ya no tengo diálogo con Dios, ya no me siento protegida, ya no lo encuentro en la piedra antigua; me siento vacía, como si mi espíritu quedara mirando el viento y el vacío me congelaba; es como estar frente a un misterio que no quiero penetrar. Ruptura que me ha llevado a revelarme contra él. Nos sentimos solas, estamos en la orfandad por no depender del gran otro; a veces queremos regresar porque él nos protegía y nos quitaba el tremendo esfuerzo de nuestra libertad. Dios no desea, no necesita a nadie, es perfecto, el amor para él es obligación y el compromiso una esclavitud; yo sí deseo, necesito, soy humana y el amor es libertad y elección.


4.2. En todas las narraciones nuestras esperanzas parten del dolor. Para nosotras hay que resignificar el vínculo entre Dios y el dolor porque nos pone a merced de la violencia y de las instituciones; acceder a Dios no significa sufrimiento, prueba, misión, sacrificio y aguantar; hay tragedias humanas con las que hay que dialogar, pero hay otras contra las que hay que luchar. Tenemos sufrimientos existenciales, que tienen que ver con nuestras soledades y límites humanos, pero aspirar a lo divino no significa negar nuestros límites, huir de nuestra humanidad: no siento no necesito, no deseo, no pasa nada... También el placer nos recuerda que el dolor es breve.


5. Encontrarnos, fuente de nuestras esperanzas

5.1. No queremos que Dios nos dé, sino queremos ser, porque Dios está en nosotras mismas; queremos que esté con nosotras para que vivamos como si no existiera; queremos sentirnos orgullosas de nuestra humanidad; queremos tener el valor de ser del mundo, no huir de él, no huir de nosotras mismas; queremos esperanza y no esperar de Dios nada.


5.2. Queremos vivir con voluntad, con intencionalidad, queremos un cántico a la autonomía.


5.3. Dios es la misteriosa búsqueda de nosotras mismas; es riesgo de contar y escuchar nuestra memoria; es reconocer lo que yo soy en todas ustedes, juntar los pedazos de nuestros corazones y darnos cuenta que ese es el nuestro; estamos invitadas a ser.


5.4. El punto de partida de nuestra experiencia de Dios es nuestra piel, nuestro cuerpo que es nuestra vida, huella de nuestras historias. Dios es reconciliación con nosotras mismas; está en el misterio sorprendido de la vista, del oído, del tacto, del gusto, del olfato.


5.5. Nuestra esperanza es haber aprendido a tomar en nuestras manos nuestra vida, a soltar los miedos y atrevernos a ser libres, a ser mujeres, a visibilizarnos, a decir nuestra palabra, a luchar por nosotras. Cuando tomamos decisiones dejamos a ese Dios hombre que nos invisibilizaba y nos robaba nuestros logros; hoy sabemos que lo logrado es nuestro.


5.6. Estamos encontrando nuevos sentidos y significados en nuestras vidas, y ahí habita Dios; es esa búsqueda permanente de lo que queremos con nuestra vida. Dios está en ese espacio de ternura, fuerza y vulnerabilidad; duda y desierto, compañía y soledad, silencio y ausencia.


5.8. Dios no es destino; no hay un lugar preciso a dónde llegar.

Parábola de las palabras que cuentan la vida


Aquél era un pueblo como cualquier otro, salvo por un detalle: las personas que lo habitaban tenían un amor singular por la palabra. Sus actividades cotidianas eran las de todas las personas de todos los lugares. Sin embargo, cada día, al terminar su jornada, todo el pueblo se reunía en la plaza principal para compartir lo vivido durante el día. Lo hacían en una o dos palabras, acaso llegaban a hacerlo en una frase, porque lo importante no era decir mucho, sino decir la vida. Eran palabras que habían atravesado por el cuerpo de quien las decía, no eran palabras inventadas o copiadas. Aunque con cierta frecuencia las palabras parecían repetirse, la audiencia era capaz de percibir la particularidad que en cada caso se expresaba. Todas y todos podían participar. Así, la gente llegaba con palabras saltarinas, rebosantes de risas, de aventuras, de trabajo, de sol y campo. Se compartían sueños, temores, inquietudes, inconformidades y propuestas. A veces afloraban palabras intensas, plenas, cargadas de cierta gravedad. Y en otras se decían palabras reposadas, con sabiduría acumulada. También se hablaba del dolor y de la tristeza, de la soledad... en fin, de todo lo que tiene que ver con la vida. Y mientras cada persona decía su palabra, el resto escuchaba con atención y se dejaba tocar por las palabras pronunciadas. No había palabras que no se pudieran decir, o exclusivas de algún grupo. Tampoco había personas con la intención de sobresalir. Las palabras eran propiedad común, eran del dominio público, pues. Y cada año, para la fiesta del pueblo, se montaba una exposición con las palabras favoritas y la gente de los pueblos vecinos venía a deleitarse con el trabajo presentado.

La fama del pueblo en cuestión fue creciendo. Cada vez sus fiestas eran más concurridas. Un buen día, llegó la petición de un hombre de un pueblo vecino: necesitaba que le fabricaran algunas palabras de halago para otro cuya amistad quería granjearse. Luego otro, que necesitaba palabras para adquirir fama... y así comenzaron a acumularse las solicitudes. Los habitantes pensaron que era buena idea comenzar a exportar su producciones. Convocaron a una reunión donde se decidió que, para aligerar el asunto, se dividirían el trabajo: un grupo haría palabras que tuvieran relación con lo que se ve, otro se especializaría en palabras para sentir, uno más lo haría en palabras referidas al trabajo y así por el estilo. Un grupo especial se encargaría de las palabras de sabiduría, pues es bien sabido que esas requieren de mayor dedicación. Pero, como la vida en el pueblo debía seguir, el resto de la gente se dedicaría a desarrollar, además de sus labores cotidianas, las de quienes estarían produciendo palabras de tiempo completo. En cuanto a la tradición de juntarse al final del día, quedaba suspendida temporalmente, sólo mientras se desahogaban las numerosas solicitudes. Además, se podía producir algún excedente de palabras para el consumo local. El proyecto entusiasmó a la mayoría; parecía que ahora podrían compartir con muchas personas el deleite de decir la vida.


Sin embargo, las cosas no sucedieron como se había pensado. Mientras más trabajaban quienes producían palabras, más pedidos llegaban. Las listas de palabras producidas se hacían interminables. En cuanto salía una palabra, era clasificada para su uso, incluso las destinadas para la gente del pueblo. Los grupos alcanzaron una especialización impresionante, al grado que les resultaba difícil entenderse con los demás. Y qué decir de quienes no producían palabras. Poco a poco, estas personas fueron olvidando aquellas con las que antes se deleitaban; ahora, en lugar de producir las que hablaban de su vida, se veían en la necesidad de consumir palabras hechas desde afuera. Sonaban huecas, el corazón no vibraba al escucharlas y no había tiempo para dejarse acariciar por ellas. De esta manera, se fueron dejando para los habitantes más pequeños las palabras incompletas y de poca importancia; para las mujeres sólo las que se referían al trabajo de la casa, la maternidad y la obediencia; para las personas de edad avanzada quedaron reservadas las palabras que ya nadie quería utilizar. Las palabras que hablaban del placer quedaron proscritas, por invitar a la pérdida de tiempo. Y todas las que decían la belleza y la felicidad, se reservaron para las ocasiones especiales. ¡Qué gris se fue haciendo la vida! Y no era que las cosas hubieran dejado de suceder, pero al no haber palabras que las expresaran se iban haciendo como invisibles. Quienes intentaban recuperar algo de lo que había sido en el pasado, se exponían a la persecución implacable. No eran tiempos para andar por ahí perdiéndolos. Así pasaron generaciones y generaciones sin que la situación mejorara.


Sin saber cómo ni cuándo, un día se presentó en la plaza del pueblo una mujer extraña, una abuela de muchos años. Parecía como venida de muy lejos; en su cara había una sonrisa sospechosa y sus ojos tenían un brillo peculiar. Comenzó a circular el rumor de que había escapado a una catástrofe en su pueblo natal: su gente había enmudecido; ahora sólo hablaban unos cuantos a los que nadie podía comprender. Cada mañana, desde temprano, aquella abuela se sentaba en una banca y hablaba con quien se le acercara, y hasta muy tarde se le podía ver allí esperando nuevos interlocutores. Convocaba, pero muy pocas personas acudían a su llamado. Sin embargo, no se daba por vencida.


Un grupo de mujeres decidió acercarse a indagar de qué se trataba. Sentían la urgencia de recuperar la voz y la palabra. Había tantas cosas guardadas en sus corazones, tantas ideas por expresar... quizá la extraña tuviera alguna sugerencia; después de todo, si el rumor era cierto, había logrado sobrevivir. Ella inició con una pregunta: ¿De qué quieren hablar? La pregunta no dejó de sorprender: se suponía que, al menos en principio, se trataría de escuchar. ¡Ya estaba! Querían hablar de aquel que las trascendía, de aquel que, según se decía, les ordenaba callar, de aquel que, sin embargo, ellas sentían crecer por dentro de otra manera. Querían hablar de Dios y de cómo lo pensaban, lo sentían y lo vivían... o no. Al principio, las voces titubeaban y sólo lograban emitir balbuceos, se ahogaban en dolor, salían desde muy hondo, en momentos hasta con rabia; pero también pudieron percibir destellos de esperanza, de sentido, de comunión, de vida. Fue sorprendente encontrarse absortas escuchando sus propias palabras y cada una se sentía hablar en voz de las otras. Todas hablaron, incluso la abuela. ¡Eran tan diferentes y tenían tanto en común! Era como si entre todas lograran construir un diamante; cada una aportaba una faceta única, insustituible, pero que necesitaba de las otras para cobrar sentido. Hablaron mucho, muchas veces; aún siguen hablando y desean no volver a callar. Más aun, desean contaminar con la palabra que dice la vida a todo su pueblo. Y hablar de Dios y de la libertad, de la muerte y la soledad, de la esperanza y los deseos, de las mentiras y las negaciones... hablar, en fin, de todas las cosas que desde hace tanto tiempo no pueden decir. Y desempolvar las palabras que sus abuelas tuvieron que callar y, si es necesario (que por supuesto lo es) inventar nuevas palabras que digan todas las realidades que, a fuerza de ser silenciadas, parece como que no existen. Ya empiezan, como levadura que fermenta la masa, a compartirlo con otras y otros, soñando que llegue el día en que nadie tenga que permanecer en silencio, hasta que nuevamente todas y todos nos sentemos en la plaza del pueblo para compartir la vida hecha palabras.


[Reflexiones de Luz María Estrada, Carmen Marañón, Laura Villalobos, Rosa María Mendoza, Adriana Vázquez, Nishni Quetzal, Guillermina Plascencia, Rocío Magdaleno, Laura Manrique, Graciela Tapia, Bertha Vallejo, Victoria López, Alma Rosa Boletello, Maritza Rodríguez, Norma Escamilla y Luis del Valle.

Versión final del cuento «Dios creciendo entre nosotras» elaborada por Guadalupe Cruz.

Versión final del cuento «Parábola de las palabras» que cuentan la vida elaborada por Laura Figueroa.]