Raúl Cervera
Centro de Reflexión Teológica (CRT)
En las siguientes líneas queremos ofrecer algunas observaciones a varias aportaciones "pastorales" del documento Del Encuentro con Jesucristo a la Solidaridad con Todos. Hay otros aspectos también fecundos que son tratados por otros autores o que todavía hace falta tener tomar en consideración. Aquí pretendemos un primer aborde, pues incluso los aspectos pastorales, tanto por su extensión cuanto por la calidad de muchas de sus partes, exigen una consideración más amplia y sopesada.
Los tópicos que vamos a considerar brevemente son cinco:
El destinatario de la acción eclesial.
El sujeto de dicha acción.
La fe y las culturas: encarnación y contraste.
Fe cristiana y transformación de las estructuras.
Comunidad, acción y grupalidad.
Un primer asunto que llama la atención es la firmeza con que el documento mantiene la "opción por los pobres"1. Ellos son los destinatarios privilegiados de los afanes e iniciativas de la comunidad eclesial, "los primeros destinatarios de la evangelización" (308). Pues el "amor preferencial" por ellos es "constitutivo" de la identidad y ministerio eclesiales (426).
Esta doctrina se encuentra en afinada sintonía con el magisterio latinoamericano, con el de otras regiones del planeta, y con el papal. Pero lo mismo hay que decir de la honda convicción que se manifiesta en el "magisterio" de los mismos pobres.
Ahora bien, la perspectiva que proyecta la opción de los pobres no se agota en el tópico del destinatario, como veremos en el primer apartado del siguiente número.
Podemos considerar este tema desde dos aspectos: a) el papel de los pobres; b) la participación de los laicos.
Aunque la expresión elites-masas del documento de Medellín quedó ampliamente superada en los documentos posteriores de la CELAM, en la práctica pastoral y promocional se sigue manteniendo con alguna frecuencia el elitismo cultural.
Este propone construir el nuevo modelo de iglesia y de sociedad preferentemente desde aquellos pobres que han asimilado determinados elementos de la innegable riqueza de la cultura moderna ilustrada que caracteriza a la inmensa mayoría de los "agentes de pastoral". Son las personas "claras". Los demás son elementos vacíos a los que hay que conducir o, en el mejor de los casos, ilustrar, postergando con ello la riqueza peculiar de la mentalidad simbólica de la que son portadores. Esta forma de elitismo es menos burda, pero no menos dañina que la montada sobre la distinción de clase social, que privilegia a los poderosos y a las clases medias como sujeto de la ación eclesial -elitismo de clase-.
Pues bien, los obispos mexicanos aceptan con determinación que la "religiosidad popular" configura una expresión válida de inculturación de la fe2 -"la cultura ha estado vitalizada por el cristianismo (197)- y acentúan que los pobres, su "cultura", "sabiduría" y "fe" son elementos indispensables "desde" y "con" los cuales hemos de construir la nueva sociedad3.
En este contexto notamos que hizo falta explicitar más en el texto el cometido central de los pobres en la evangelización misma, así como la relatividad histórica de los moldes religiosos propios de la cultura ilustrada, que la obliga, al igual que a los catolicismos populares, a confrontarse permanente y autocríticamente con el mensaje evangélico.
Alegra descubrir que este tema representa uno de los grandes énfasis pastorales del documento -junto con el de la proyección social del dinamismo evangélico-. En continuidad con Ecclesia in America los obispos sostienen que "la Iglesia del nuevo milenio debe mostrar un rostro laical" (181)4 y, en este contexto, lanzan una clara denuncia del "clericalismo"5.
Las mujeres no deben seguir siendo esos seres que únicamente forman parte del paisaje doméstico, sino asumir plenamente su cometido en la sociedad más amplia y en la Iglesia6. Aquí encontramos una novedosa denuncia del "machismo" eclesiástico7.
El texto insiste sobre todo en el carácter "secular" de la vocación laical, a tono con el magisterio contemporáneo. Esto nos parece útil como correctivo muy oportuno para el caso de las "asociaciones" y "movimientos" caracterizados por su proverbial reducción de la fe al ámbito de los hogares, los templos y las sacristías. Sin embargo consideramos que es necesario articular mejor en el día a día de la vida pastoral -y, por consiguiente, en la teoría pastoral- las dimensiones intra y extraeclesiales de la vocación cristiana, la relación de los laicos con los ministros ordenados, y los ámbitos privado y público -eclesial y social- de la acción eclesial.
Habría que considerar ulteriormente qué tan beneficioso sería, junto con clericalizar a los laicos o -en términos más positivos- introducir el carisma laical y conyugal en la estructura eclesiástica -el caso de los diáconos permanentes-, laicizar en cierta proporción los ministerios mismos de dirección y presidencia, lo cual significaría producir cambios fundamentales en la configuración de la ministerialidad comunitaria8.
En la dinámica de la encarnación, el evangelio sólo adquiere un rostro visible cuando se expresa a través de una cultura determinada. Se trata de la fe hecha cultura (196)9. De lo contrario se corre el peligro de repetir las desviaciones espiritualistas o escatologistas, con su característica pretensión de abjurar de toda expresión eclesial histórica -finalmente impracticable- y de prescindir de las responsabilidades sociales y políticas. Esta es una de las aportaciones pastorales que hay que agradecer al actual papado. Y este es otro de los temas pastorales al que los obispos han concedido más importancia10.
Sin embargo, el dinamismo escatológico del Reino sobrepasa a cualquier expresión histórica del mismo, civil o eclesiástica. Por ello la fe cristiana incluye un decisivo carácter "profético de anuncio y denuncia" (176). En este sentido el documento afirma con claridad que la Iglesia no es del mundo11 y que la fuerza del mensaje evangélico está allí para transfigurarlo12. En coherencia con ello, el documento se muestra inequívocamente crítico ante los dogmas neoliberales, con lo que se distancia valientemente de la prédica de la religión neocapitalista impulsada por los actuales gobernantes y demás voceros del sistema13.
En este contexto no hay que perder de vista que el olvido de la dimensión escatológica del evangelio nos puede llevar a reincidir en las antiguallas de la cristiandad, en la búsqueda indiscriminada del poder mundano y en la connivencia con jerarcas corruptos del dinero y la política.
Todo ello pide una actitud de discernimiento de toda expresión cultural, tanto cuando se trata de la cultura ilustrada, cuanto de las culturas populares y, eventualmente, de rechazo y contraste muy definido frente a toda mentalidad que ejerza alguna forma de dominación sobre los seres humanos y la naturaleza.
Por razones históricas esto último se da, de manera concentrada, en las expresiones culturales propias de los poderosos. Por ello la comunidad necesita una actitud de discreción exquisita ante todo lo que tenga que ver con estas capas dominantes. El poder sólo puede ser ejercitado evangélicamente cuando se pone realmente al servicio de los pobres y de su causa impostergable. Y esto sólo se logra desde una actitud de identificación amorosa con Jesucristo pobre y humilde, que vive y se expresa privilegiadamente a través de los postergados (123).
Como hemos ya observado, los obispos mexicanos mantienen con firmeza que una parte inalienable de la vocación cristiana es la intervención en las estructuras sociales en orden a una transformación de las mismas14.
Ante la incapacidad del modelo de desarrollo actual para responder a todas las exigencias fundamentales pata una vida digna (?), se percibe un clamor por buscar la superación de las causas estructurales de la pobreza y de la exclusión (?) (66-3o).
En este sentido se reitera una vez más que la responsabilidad terrena de los cristianos no se cumple cabalmente con el sólo despliegue de una terapéutica sintomática de la problemática social, con todo lo espectacular que pueda resultar. Las actividades únicamente dirigidas a ayudar a los pobres desde el ángulo de sus necesidades individuales -incluso con actividades promocionales- es, en realidad, asistencialismo.
Sin embargo, cuando nos preguntamos hasta dónde llega este compromiso de transformación que asume la comunidad eclesial, el documento deja entrever que se trata, sí, de incidir en el plexo que vertebra a las sociedades, pero no para superarlo e, incluso, asumir sus innegables logros en una configuración social fresca y novedosa. Se trata, más bien, de corregir las anomalías que presenta y adaptarlo a los nuevos tiempos. El blanco al que se apunta es "buscar soluciones prácticas que permitan corregir las disfunciones de nuestro actual modelo" (333). En coherencia con esta propuestas, el documento se apega, en términos generales, a la "economía de mercado"15.
Actualmente nos encontramos ante una cierta parálisis y opacidad en el campo de las propuestas sociales alternativas. En este sentido el episcopado mexicano se sitúa en un sector muy significativo de la sociedad actual al que, a todas luces, hay que tener en cuenta y con el que hay que dialogar.
Pero no podemos dejar de preguntarnos: ante el agravamiento imparable de la pobreza y la exclusión, de la trágica brecha entre pobres y ricos ¿es suficiente y proporcionado un rechazo del neoliberalismo y una operación de remozamiento de la doctrina y la práctica que sustentan a las sociedades de mercado? ¿Se puede separar el neoliberalismo de la economía de mercado, como si brotara de una ruptura cualitativa en relación con ésta y no de una mera exacerbación de sus tendencias intrínsecas? ¿Algunas de las condiciones que propone el documento para la aceptabilidad de este sistema no conllevan en realidad la necesidad de una superación radical del mismo?16 ¿Lograremos acabar con la "muerte prematura" y la exclusión de las mayorías a través de una supuesta superación del neoliberalismo y una permanencia de las sociedades de mercado?
Por otro lado ¿qué valor concedemos a la posibilidad abierta por Laborem Exercens de optar por otros modelos económicos? 17 ¿Quién dialogará desde la fe, en términos inteligibles y creíbles, con los grupos que plantean la reforma radical de las estructuras presentes?
Como una de las vertientes pastorales fundamentales, hay que agradecer a los obispos la explicitación de su alta estima por las CEBs -tan vapuleadas por ciertos sectores eclesiásticos- al considerarlas como una de las "expresiones fundamentales de la comunidad" y como "células vivas de las parroquias que están llamadas a vivir como comunidades de fe, culto y de amor", lo cual queda convalidado por el lugar que ocupan en el documento (179).
Nos alegramos también por otra de las insistencias del documento: la necesidad de articular en toda acción eclesial las clásicas dimensiones de la vida evangélica: la proclamación y reflexión sobre los contenidos de la fe "didaskalia", la práctica simbólica "leiturgía" y las expresiones sociales y políticas "koinonía y diakonía"18.
En este contexto, retomamos la conveniencia de distinguir las formas grupales en que se han ido plasmando las CEBs del hecho comunitario mismo. Las comunidades, en el sentido operativo de la expresión, pretenden aportar, entre otras cosas, métodos de agrupación dirigidos a promover formas auténticas de vida eclesial en diversos planos19. Por ello, aun en estos términos operativos y metodológicos continúan teniendo una vigencia decisiva en sitios en los que el tejido social y eclesial se encuentra seriamente afectado. Es el caso, por ejemplo, de los suburbios populares de las macrourbes.
En esta línea, el documento, a partir de la comunitariedad inherente a las localidades rurales y, sobre todo, a los grupos indígenas, señala la necesidad de "promover métodos de evangelización que (?) permitan fortalecer los lazos fraternos de la comunidad" (173)20. En estos casos, es claro, la CEB -en el sentido sustantivo del término- presenta un rostro diferente que, por lo tanto, exige métodos también diferentes.
Finalmente, la forma como los obispos valoran a los catolicismos populares nos invita a seguir profundizando en la consideración de que las CEBs, más que una oportunidad de adoctrinamiento, deben ser un espacio de encuentro y diálogo (187) de las formas populares de catolicismo -en la persona de sus portadores- con el testimonio fundante del mensaje evangélico ofrecido por las Santas Escrituras 21
1Nos 4, 10, 48, 85, 98, 103, 115, 123, 176, 192, 249, 308, 338, 426.
2Nos 105-106, 197.
3Nos 106, 106-80, 311, 344, 348, 420-426.
4Nos 112-30, 118, 145, 148, 180-181, 270, 333, 386.
5No 159.
6Nos 148, 182, 221-2º, 411-414.
7No 159.
8Empleo la palabra laicizar en un sentido amplio. Por tanto abarca desde el esfuerzo por un mayor acercamiento de la autoridad eclesial a la gente y a su vida, hasta la posibilidad de que una parte de sus miembros ejerzan las funciones de autoridad y presidencia de manera temporal, sean casados y vivan fundamentalmente de un trabajo secular.
9Cf. las citas anteriores sobre inculturación.
10Nos 18-20, 24, 75, 106-3o, 109, 186, 196, 200, 207, 229, 236.
11Nos 187 y 228.
12Nos 197, 200.
13Nos 50, 53-63, 66-3o-5o, 331-332.
14Nos 36, 47, 81, 87, 161, 381.
15Nos 323-330. "Sociedad con mercado" es una de las fórmulas que expresan las implicaciones de una alternativa al modelo de sociedad de mercado.
16"Un modelo que sostenga de manera explícita o implícita al mercado como dinamismo central del desarrollo de una país es irreal (?), inestable (?) e inmoral (?)" (327). Cf. también los números 323, 326, 328-330.
17LE 14-15.
1896, 98, 103, 106-1o, 107, 114, 126, 134, 146, 172, 176, 179. Acerca de la "pastoral social" cf. 211-222.
19Acerca de la comunitariedad cf. también los Nos 169 y 178.
20Subrayado nuestro.
21Esto no excluye que los agentes de pastoral ofrezcan también el aporte propio del magisterio de la Iglesia, la teología profesional, las ciencias sociales, etc.