José
Comblin
Teólogo, Brasil
La teología cristiana tradicional no manifiesta interés por la ciudad. No es que la ciudad no sea importante en el cristianismo, pero es que la teología depende de los instrumentos intelectuales contemporáneos por un lado, y, por otro lado, de las grandes orientaciones espirituales de una época.
Ahora bien, en la Biblia la ciudad ocupa un lugar central y el paso del campo a la ciudad es una imagen de primera importancia en la revelación del reino de Dios. Sin embargo, en el mundo romano en que el cristianismo entró, el tema de la antigua «polis» griega o de la «civitas» romana ya había perdido relevancia. La filosofía estoica y la misma estructura política del Imperio orientaron la atención hacia la totalidad del mundo, el universo. El Emperador ya no era sencillamente el gobernador de la ciudad de Roma, era la cabeza del universo. Por eso los temas de la ciudad fueron trasladados hacia la tierra entera: el mundo es una gran ciudad. Entonces, la patrística no hizo comentarios sobre la ciudad y no dio valor al mensaje bíblico sobre la ciudad. Ejemplo típico es S. Agustín que trata de la ciudad de Dios para hablar del mundo entero, y traslada los temas bíblicos para la tierra entera.
La teología medieval empezó en la dependencia total de los Santos Padres sobre todo de San Agustín, hasta que Sto. Tomás al fin de la vida descubrió la traducción latina de la Política de Aristóteles hecha por su colega Guillermo de Moerbeke. Se interesó mucho y empezó un comentario que probablemente publicó en 1272. Ahora bien, Aristóteles parte de la ideología de la realidad de la ciudad griega. Para él el ser humano es un zoön politikon, es decir, un animal de ciudad. Toda su teoría del gobierno se refiere a la ciudad y el aspecto material de la ciudad le interesa mucho.
Ésta es una primera observación al respecto de la ciudad. En la ciudad el ser humano se manifiesta en su realidad corporal. En general, los filósofos toman como objeto de sus estudios el ser humano en sí, el hombre abstracto, o la esencia del hombre en sí, como persona aislada e más bien como espíritu. El hombre de la filosofía occidental es un hombre suelto en el aire, sin raíces en la tierra. Ahora bien la humanidad enraizada en la tierra es la ciudad. A partir de la ciudad se construye una antropología concreta, corporal, material, libre de los espiritualismos que tanto marcaron el pensamiento occidental.
La escuela tomista mantuvo la tradición del maestro y trasmitió la teología tomista de la ciudad. Esta estaba muy limitada y se concentraba en los aspectos más exteriores de la ciudad o del gobierno de la ciudad, pero era un comienzo.
La teología tomista de la ciudad es interesante en América porque ella presidió a la construcción de las ciudades en la conquista española. Pues, los reyes de España impusieron la construcción de ciudades en los países conquistados como señales visibles de su poder. En América la ciudad significa poder español. El Reglamento de 1523 de Carlos V sobre la construcción de ciudades estaba directamente inspirado en la teología tomista1. Fue completado mas tarde por Felipe II en 1573 en la Instrucción sobre nuevos descubrimientos y poblaciones. Felipe II fue el último monarca medieval, el último que todavía consultaba a los teólogos. Quiso fundar ciudades tomistas. Cuando Pedro de Valdivia fundó el 12 de febrero de 1541 la ciudad de Santiago, escribió al rey una carta en que explicaba que el sitio de Santiago correspondía exactamente a las exigencias de la teología tomista. Esta carta está ahora grabada en una piedra situada a los pies del cerro Santa Lucia en Santiago.
En realidad, la teología tomista no era tan profunda en esta materia. Siguiendo a Aristóteles ella busca sobre todo las mejores condiciones de local, e inspirada en el arquitecto romano Vitruvio propone el plan en forma de damero, generalmente con manzanas cuadradas y con una plaza aproximadamente en el centro de la ciudad2. Era el plan típico de los campamentos militares de las legiones romanas, el más apto para los movimientos de las tropas. Era exactamente lo más conveniente en las nuevas ciudades americanas destinadas a marcar en medio de indígenas hostiles el dominio del rey de España. La ciudad de la conquista era un campo militar en primer lugar.
Desde el advenimiento de la modernidad, la teología cristiana dejó de preocuparse por el mundo exterior, se dedicó a la controversia con los protestantes o las supuestas infiltraciones protestantes en la Iglesia. Después de los protestantes vinieron los liberales deístas y los socialistas ateos: no había tiempo para contemplar la ciudad.
En el siglo XIX, aparecen las grandes concentraciones industriales con masas obreras indiferentes y hostiles a la Iglesia católica. Por eso, el clero católico empezó a considerar que la ciudad era el mayor peligro: la ciudad era el símbolo de la descristianización. Nació otra apologética, ahora en contra de la ciudad moderna con la ilusión de detener la migración hacia las ciudades. La ciudad no se estudiaba en sí misma. Basta con saber que era la entrada del infierno. Nada de eso podía interesar la teología.
Fue a principios del siglo XX que los problemas pastorales de la gran ciudad empezaron a preocupar al clero. Se dieron cuenta de que la parroquia urbana no solucionaba el problema de la evangelización de la ciudad. De allí una importante literatura sobre la parroquia urbana y su renovación3.
Para ayudar a la pastoral apareció una sociología religiosa urbana que se desarrolló sobre todo después de 1950 en Francia, Bélgica, Alemania, Austria4. En América latina el primer congreso de pastoral urbana se reunió en Barueri, cerca de San Paulo en 19655. En general no hubo interés muy grande. En cuanto a la teología el interés fue menor todavía. Sucede que una teología de la ciudad no está en el programa de estudios del seminario. Por consiguiente, nadie estudia esta materia. No tuve muchos seguidores cuando publiqué mi teología de la ciudad en Paris en 1968. Sin embargo no se puede construir una pastoral seria, ni una política seria de la ciudad sin una teología.
Nuestro punto de partida y fuente principal será la Biblia. Al lado de la Biblia la realidad urbana actual.
La historia de la salvación comienza en el campo, en el jardín de Edén, y termina en la ciudad de la Nueva Jerusalén. Por supuesto esta larga historia tiene significado. La humanidad comienza en su estado más sencillo, y termina en su plena realización que es la ciudad. La ciudad pertenece al ser humano, es parte de su ser, parte de su naturaleza. El ser humano está destinado a vivir en la ciudad. ¿Por que? Es lo que trataremos de saber.
¿Que es lo que revela la Nueva Jerusalén, realización completa de la humanidad? El libro del Apocalipsis es muy explicito y dice muchas cosas.
«Ésta es la morada de Dios entre los hombres. Pondrá su morada entre ellos y serán su pueblo y él, Dios con ellos, será su Dios» (Apoc. 21,3)6. Aquí la palabra que llama la atención es el «pueblo». Desde el comienzo Dios piensa en un pueblo. No mira a la humanidad como colección de individuos, sino como pueblo. Este concepto de pueblo es como la síntesis de toda la revelación bíblica. El pueblo es una unión de personas libres e iguales, todos hermanos y hermanas, colaborando todos juntos en la plena realización de lo que son, el pueblo. El pueblo está presente en la construcción colectiva de sí mismo. Tiene su finalidad en sí mismo. Es la plenitud de la humanidad. Ahora bien, el pueblo está en la ciudad, es la ciudad, o la ciudad es el cuerpo del pueblo, la realización de la voluntad de Dios en la creación y la redención.
La ciudad es punto de llegada de una larga peregrinación de las naciones: «Las naciones caminarán a su luz, y los reyes de la tierra irán a llevarle su esplendor... y traerán a ella el esplendor y los tesoros de las naciones» (Apoc 21,24.26). La cita es de Is. 60. Las naciones son las potencias de este mundo que vencieron, dominaron, humillaron al pueblo de Dios. Esta peregrinación de las naciones que vienen a traer todos sus tesoros --lo que habían robado de Israel -- es la señal de la justicia de Dios. La nueva ciudad es lugar de la justicia recuperada.
Al mismo tiempo al termino de la peregrinación, las naciones se encuentran reunidas. Ellas no se reúnen por sí mismas: son reunidas por su incorporación en la nueva ciudad del pueblo de Dios.
El pueblo reunido en la ciudad es la alianza de las doce tribus de Israel. El pueblo de Israel no se hizo por la voluntad de un rey, y por eso no permanece unido por la fuerza de un rey. Desde el comienzo fue una alianza de doce tribus, una alianza voluntaria. Israel es un pueblo que se mantiene unido por la voluntad de sus miembros, es un pueblo que se hace por si mismo, sin ser dominado por ningún jefe: Dios bendice y consagra esa alianza7. Este fue el fundamento de la democracia.
Muchas señales recuerdan a las Doce tribus: «doce puertas; e sobre las puertas, doce Ángeles y nombres que son los de las doce tribus de Israel... La muralla de la ciudad se asienta sobre doce piedras, que llevan los nombres de los doce Apóstoles del Cordero» (Apoc. 21,12-14) No hay ningún rey en la ciudad.
También no hay ningún templo: «No vi ningún templo en ella porque el Señor Dios todo-poderoso, y el Cordero, es su templo»(Apoc 21,22) No hay templo porque Dios está inmediatamente presente. No se necesita ninguna mediación religiosa. Si no hay templo, tampoco hay sacerdotes, tampoco hay sacrificios. La presencia de Dios es inmediata (Apoc 22,1-5) Recapitulando, en la ciudad ideal hay pueblo, justicia, sin poder político, sin poder religioso. Dios está presente en todo y de El brota la Vida (Apoc 22,1)La ciudad ideal esta nunca va a existir aquí. Sin embargo ella muestra adonde vamos caminando, y por lo tanto tiene valor de señal para la vida presente en nuestra peregrinación terrestre. Tiene valor para las ciudades actuales.
Sin embargo la Biblia muestra también una figura opuesta de la ciudad. Hay en el mundo actual una ciudad del mal, opuesta al pueblo de Dios. «La Gran ciudad que simbólicamente se llama Sodoma o Egipto, allí donde también su Señor fue crucificado.» (Apoc 11,8) Si todo lo bueno se encarna en una ciudad, todo lo malo también.
Esta Gran ciudad es descrita como la Babilonia de los profetas8 en los capítulos 17 y 18. Esta Babilonia es sin duda Roma9, que el autor prefiere no nombrar para no llamar la atención de los defensores de Roma. En Roma se reúnen todos los vicios que los profetas habían denunciado en Sodoma, no Egipto o en Babilonia: la idolatría (llamada prostitución) que es la deificación de obras humanas, sobre todo del poder humano, la avaricia y el orgullo de la riqueza, la dominación sobre las naciones, en dos palabras, corrupción de la religión y corrupción de la política.
No todos los autores del Nuevo Testamento fueron tan severos para con Roma. Pablo enseña que hay que aceptar el Imperio para poder trabajar en él ( Rom 13,1-7) Jesús no parece haber buscado el conflicto con Roma: sus adversarios son las autoridades de Israel. Pablo desea pasar por Roma, más bien por la importancia de la colonia judaica que allí está; su viaje por Roma será solo de paso en vista del viaje a España (Rom 15,22-28)
En realidad, Pablo no estaba interesado en Roma. Lo que quería era llamar a todos los pueblos para el pueblo de Dios en la inminencia del advenimiento del reino de Dios. El autor del Apocalipsis fue testigo de las primeras persecuciones del Imperio y tiene por objeto de su profecía el Imperio romano. Lo ve concentrado en la ciudad de Roma. Todos los vicios están concentrados en una ciudad, Roma. Además, las maldiciones del autor del Apocalipsis anuncian las acusaciones formales de S. Agustín en contra de Roma.
Es importante notar que el Apocalipsis identifica también la antigua Jerusalén con Roma: las dos ciudades tiene algo en común. Ambas persiguen y matan a los profetas. Jesús ya había denunciado a Jerusalén que mata a los profetas (Mt 23,33-39) Jesús condenó a los sacerdotes que corrompen el templo (Mt 21,12-13; 23-27), haciendo de él un lugar de acumulación de riqueza, y condenó a los jefes que dominan al pueblo (Mt 23,1-12) Por eso Jesús anuncia la destrucción de Jerusalén (Mt 24,1-3), así como el Apocalipsis anuncia la destrucción de Roma.
Por allí podemos ver que la marcha de la humanidad a la ciudad puede orientarse hacia la nueva Jerusalén o hacia la antigua que es igual a Roma y merece todos los anatemas proféticos en contra de Babilonia. La humanidad tendrá que escoger entre las dos ciudades. Y sabrá que la misma ciudad de Dios en este mundo puede transformarse en una Roma.
La Tradición antigua no nos proporciona consideraciones teóricas sobre la ciudad, pero solo una indicación practica. Desde las cartas de Pablo los cristianos se reúnen en Iglesias locales en la ciudad. En la misma ciudad hay diversas comunidades, pero todas juntas tienen conciencia de formar una sola comunidad en función de la ciudad. El modelo paulino de Iglesia se organizó a partir de la ciudad. Este modelo prevaleció. La pastoral del campo se estableció siempre más alrededor de las ciudades. En esa forma, la Iglesia cristiana es una gran federación de ciudades. El concilio de Nicea estableció que habría un obispo en cada ciudad --civitas o polis-- y esto no se mantuvo más tarde por las destrucciones de las ciudades en la Alta Edad Media.
Cuando reaparecieron las ciudades nuevas, no hubo preocupación de fundar obispados en cada ciudad. La fundación de un obispado era dispendiosa y dependía habitualmente de una autoridad civil. Quedaron pocos obispados para muchas ciudades. Hasta ahora los obispos son nombrados para una ciudad, como recuerdo del pasado. En realidad las diócesis son actualmente puras circunscripciones administrativas, regiones y no ciudades. Pero los nombres son testigos de la tradición antigua. Lo normal es que la Iglesia universal exista en ciudades, cada cual autónoma salvo los lazos de la comunión. Esto nos llevaría a una revisión de la organización administrativa en función de la ciudad. El nuevo código no hizo absolutamente nada en ese sentido: ignora la ciudad; lo más probable es que los redactores del nuevo código ni siquiera imaginaron que podría haber un problema. Para ellos la ciudad no existía, solo existían diócesis y las diócesis son fundadas a partir de problemas administrativos, sin ninguna consideración de la ciudad.
Gran parte de la sociología urbana del siglo XX se dedicó a estudiar la mentalidad urbana como diferente de la mentalidad rural. No será nuestra preocupación la subjetividad del habitante de la ciudad. El objeto de nuestras reflexiones es la ciudad como objeto, como cuerpo material del pueblo.
Si consideramos los dos mil años de la historia cristiana ¿cual habría sido el influjo inconsciente del cristianismo en las ciudades? Ahora bien, desde el primer siglo de nuestra era, las ciudades han pasado por varios modelos. No nos interesa aquí hacer toda la historia del desarrollo de las ciudades para juzgar cada modelo. Solo queremos destacar algunos hechos típicos en lo que se refiere al cristianismo.
América latina era, para los conquistadores, como una tierra vacía que había que ocupar. La fundación de ciudades fue la gran señal de ocupación del país por los conquistadores, lo que explica la gran importancia dada al ritual de fundación. Las primeras ciudades fueron principalmente ciudades de afirmación del poder político y del poder militar. Por ejemplo los españoles fundaron Lima para enfrentar y desafiar Cuzco, la metrópoli de los Incas. Más tarde en las ciudades más importantes empezó a organizarse una vida urbana más elaborada, hasta superar el lujo de la vida urbana de la metrópoli: es lo que cuentan los cronistas sobre la vida urbana en Potosí, por ejemplo.
José Luis Romero clasifica los modelos de ciudad que aparecieron en la historia latinoamericana después de la conquista. Llegan primero las ciudades hidalgas, después, las ciudades criollas, las ciudades patricias, las ciudades burguesas y finalmente las ciudades masificadas del siglo XX. Están organizadas sucesivamente en función de la clase social dominante: primero, los hidalgos, dueños de tierras que crean en la ciudad una vida semejante a la vida en las cortes principescas. Después la ciudad se desarrolla en función del comercio, después, en función de las nuevas elites gobernantes de la independencia, y después, de las nuevas burguesías capitalistas que aparecen a mediados del siglo XIX. En las ciudades hidalgas nació el modo de ser y el estilo barroco que condicionó tanto la vida urbana aún en las fases ulteriores: vida artificial, festiva, extrovertida, de espectáculos, desfiles, procesiones y grandes ceremonias religiosas10.
La cultura barroca es esencialmente festiva. Todo es oportunidad de fiesta, y, puesto que las elites no trabajan, viven en función de las fiestas11. Esto nos lleva a contemplar la parte de la Iglesia en las fiestas de la ciudad barroca, papel que subsistirá hasta hace poco.
Desde el comienzo, las grandes Ordenes religiosas llegaron a América enviadas por los reyes que les concedieron tierras inmensas y también les construyeron conventos enormes dentro de las ciudades. No son excepcionales los conventos que ocupan dos cuadras enteras. Gran parte del territorio de las ciudades pertenecía a los conventos de Franciscanos, Dominicos, Jesuitas, Mercedarios, Agustinos y Carmelitas. En muchas ciudades todas estas Ordenes tienen conventos, y casi siempre por lo menos 4 o 5 de ellas.
Felipe II les quitó el permiso para hacer misiones en el campo. Tuvieron que permanecer en sus conventos. ¿Que hacen cien o doscientos frailes en un convento todo el día cuando ya cantaron el oficio divino? En gran parte preparan o celebran fiestas. Su papel es decorativo: son y dan el espectáculo.
En ciudades abstractas, en las que no se trabaja, tampoco ellos trabajan. Trabajan para ellos los esclavos del campo y de las minas. La ciudad colonial no es productiva, salvo en la construcción: es consumista del trabajo realizado en el campo. Esas son ciudades puramente explotadoras y este carácter todavía se mantiene hasta hoy en regiones antiguas y poco desarrolladas.
Por supuesto los conventos también hacen buenas obras. Ofrecen limosnas y ayudas a los miserables, los enfermos, los lisiados, los excluidos del sistema, pero no hay proporción entre los servicios que prestan y el consumo que representan, por ejemplo en sus magníficas construcciones o en sus fiestas.
Exteriormente, esas ciudades aparecen como muy «católicas», porque están llenas de símbolos religiosos. Gran parte de los edificios son sagrados y gran parte de la población es hecha de frailes o de sacerdotes seculares, pero no se puede decir que hayan sido ciudades realmente cristianas. De ninguna manera pudieron reformar la sociedad de manera más cristiana, porque no podían tocar en nada del sistema colonial, y tampoco del sistema pos-colonial. El mensaje del clero y de los frailes era de puro espiritualismo sin repercusión en la condición ni de los esclavos, ni de los indígenas, ni de los trabajadores mestizos del campo o de la ciudad.
Los reyes dieron mucho apoyo al clero y a los frailes porque sabían que el clero era su mayor apoyo. Sospechaban que los grandes propietarios estaban más interesados en su propio poder que en el poder del rey. Sospechaban que vendría un día en el que los terratenientes pedirían la independencia justamente para ser los únicos dueños de sí mismos y de sus tierras. El rey quería equilibrar el poder de los grandes locales con el poder de la Iglesia. Por eso, al lado de las mansiones de los hidalgos, se edificaron los suntuosos conventos.
¿En dónde, en la historia de las ciudades, podemos encontrar una inspiración cristiana? Creo que especialmente y casi únicamente en las ciudades medievales construidas entre el siglo XI y XIII como ciudades de trabajadores manuales, de profesiones artesanales. Estas ciudades, de las que muchas lograron el status de Comunas, conquistaron privilegios y libertades. Lograron emanciparse del dominio de los nobles o de los obispos y abades. Lograron gobernarse por sí mismas.
Estas ciudades estaban basadas esencialmente en las corporaciones de trabajadores manuales o comerciantes que formaron primero asociaciones religiosas y después civiles y lograron administrar la ciudad. Allá la ciudad era del mismo pueblo. Era ciudad de trabajo y no de placer o de pura fiesta. No faltaban las fiestas, pero eran el descanso del trabajo y no eran la sustancia de la vida12.
En las ciudades medievales, los frailes se instalaron y muchas veces tuvieron un papel importante en la mentalización y en el proceso de maduración política de los trabajadores. Ayudaron para salvar lo específico de la ciudad que era la igualdad, la lucha contra el poder económico y el poder político, el auto-gobierno. En las Comunas está el origen de la democracia del mundo occidental. Hubo formación de un pueblo: el pueblo de Dios engendró al pueblo terrestre, provisional, pero real, camino hacia la última ciudad. En América latina nunca hubo movimiento comunal en las ciudades: no se aprendió la democracia en las ciudades. Al revés las ciudades eran el reflejo de las clases dominantes, y enseñaron la sumisión, tanto cuanto el campo.
Cada ciudad tiene una personalidad que le viene de la historia. Al principio hay una geografía: la presencia de ríos, montañas, florestas. Las ciudades son llanas como las ciudades de la conquista española o montañosas como las ciudades de la conquista portuguesa. Tienen lluvias o sequías, vientos, terremotos, temblores, inundaciones.
Cada ciudad tiene una fundación: en América la fundación siempre es conocida y tiene significado. Muchas veces la fundación ya atribuye a una ciudad un destino. Después de la fundación la historia va cambiando los destinos. Cada ciudad tiene su historia; tiene una historia hecha de su función económica, de su relación con el poder político, con el poder cultural. Tiene una historia que viene de los cataclismos naturales o de las guerras y revoluciones. Esta es la gran historia. Hay también la historia diaria: de la estructura de la ciudad nace un relacionamiento con ella: lo que se ve, se siente, se escucha de ella, lo que se entiende y se conoce, todo eso hace la personalidad. Cada habitante tiene su historia particular de la ciudad, la historia de sus amores, ilusiones o desilusiones.
En las inmensas megalópolis contemporáneas, ya no hay personalidad. En las periferias, la gente no conoce la ciudad, conoce solo su barrio y su lugar de trabajo y el campo de fútbol. No conocen la historia de la ciudad. No sienten su personalidad porque esta desapareció o solo se mencionan en los libros de historia. Una vez que dominan las carreteras y los parkings de automóviles, que las habitaciones se acumulan una al lado de la otra, por miles y millones sin carácter, sin belleza, sin arquitectura, sin forma, ya la ciudad perdió su personalidad y es difícil que la persona se identifique con ella con afecto, con orgullo. Es difícil que se dedique o se sacrifique por el bien de su ciudad. Una ciudad sin personalidad no despierta el patriotismo local. Así son las grandes ciudades de Estados Unidos imitadas ahora en América latina: ciudades sin carácter, sin referencias, sin belleza, sin historia: ciudades que son máquinas de dormir, comer, estudiar, trabajar, enfermarse, máquinas de sobrevivir y nada más: hace falta el vivir. Salvar la personalidad de las ciudades.
Dicen los urbanistas: lo que hace la personalidad material de una ciudad son tres elementos: la plaza, los ejes, los monumentos.
Las plazas son los lugares de encuentro. Son los lugares de los acontecimientos históricos, son los lugares de las manifestaciones populares, de las revoluciones. A las plazas están asociadas las memorias de los grandes acontecimientos de la historia de la ciudad. Las plazas son testigos del pasado, pero también libertad para el futuro: allá podremos ir para expresar la libertad.
Después de las plazas están los grandes ejes que dirigen hacia las plazas o los lugares significativos de la ciudad. Los Champs Elysées en Paris, el Paseo de la Reforma en México, la Avenida Nueve de Julio en Buenos Aires, el Alameda en Santiago son referencias: cada ciudadano se sitúa en relación a estos ejes que permiten una visión racional de la ciudad. Sin ellos todo parece caos y nadie saben en donde está. Así sucede por ejemplo en São Paulo, en donde las avenidas no llevan a ninguna parte y son autopistas en medio de la ciudad.
En tercer lugar están los monumentos. Entre ellos los palacios de gobierno, las iglesias, los grandes edificios administrativos. Según el tipo, la arquitectura, la ubicación de estos edificios se manifiesta lo que es la ciudad. Nueva York, São Paulo son plazas financieras: los bancos son los monumentos principales. Allá reina el dinero, es un mensaje orgulloso, implacable, que engendra relaciones sociales de tipo agresivo y egoísta.
No hay solo edificios, sino también los arcos, las puertas, las columnas, las estatuas, pero también los jardines. Los monumentos son una lección permanente: de arte y belleza, de virtud cívica y de trabajo. Los antiguos que todos los días pasaban al lado o delante de la catedral, del palacio de gobierno, de los monumentos, de los edificios artísticos, recibían una lección de arte y belleza todos los días. Comparen con las muchedumbres que viven en los barrios miserables de las megalópolis contemporáneas: ¡qué espectáculo¡
Las ciudades fueron, son, y tendrán que ser como una síntesis, una exposición permanente del trabajo humano. Por eso muestran para que sirve el trabajo humano en una ciudad determinada: si sirve para la gloria de una élite, o si sirve para el bien del pueblo. La misma ciudad como espectáculo, es una lección de ética: sea para condenar la falta de ética, sea para reconocer las virtudes de la sociedad urbana. En ese caso, tendrá que mostrar el trabajo al servicio de toda la comunidad.
Llegamos a las grandes megalópolis contemporáneas, sobre todo, las de América latina, aunque muchos problemas de ellas ya estén presentes en el Primer Mundo, sobre todo en Estados Unidos13.
Los inmensos problemas de las ciudades latinoamericanas ya fueron expuestos muchas veces14 y están en la experiencia nuestra de cada día. No voy a insistir porque no hay nada que decir. Que desaparezcan lo mas pronto que sea posible. Lo que quisiera decir es que, aún en tales condiciones, aún en las peores condiciones de habitación, insalubridad, violencia, inseguridad, falta de privacidad, deficiencias de transportes, y todo lo demás, la gente organiza la vida. Tratan de sobrevivir y lo logran. Logran crear lazos humanos. Las mujeres salvan un mínimo de cultura y civilización, plantan árboles o flores, pintan un muro o una ventana, arreglan la favela miserable, humanizan un local deshumano. Con mucho sacrificio, mucho sufrimiento, muchas angustias, pero lo logran15.
Ante los inmensos problemas de las grandes ciudades del siglo XX aparecieron proyectos y utopías de ciudades ideales. Nació el urbanismo y nació una nueva arquitectura relacionada con el urbanismo. En todas las Universidades hay una Escuela de Urbanismo y en todas las Escuelas de arquitectura el urbanismo es una de las disciplinas necesarias. ¿Cómo decir en pocas palabras el juicio que se merece el urbanismo ese del siglo XX16? Por supuesto cada escuela critica la anterior. Sin embargo las experiencias de ciudades nuevas son muy útiles: por lo menos permiten tomar conciencia de lo que es realmente importante en una ciudad.
Planeación: ¿para qué la ciudad?
El nombre más famoso del siglo fue sin duda alguna el de Le Corbusier, autor de innumerables proyectos e creador de ciudades nuevas que hizo escuela e tuvo repercusiones casi en todas las grandes ciudades del mundo17. Su proyecto más famoso fue el de la «Ville radieuse» hecho para Moscú en 1935, pero no fue aplicado.
El pensamiento de Le Corbusier es complejo, pero consta de algunos grandes principios. El primero es que la ciudad debe estar en medio del campo, una ciudad verde. Por eso las ciudades son hechas de conjuntos en forma de torres de departamentos en medio de un gran jardín. Son edificios de 10, 20, 40 pisos en medio de la verdura. Allí viven cientos de familias en cada conjunto. El segundo principio es la separación entre las funciones urbanas en diversos sectores. En la «Ville radieuse» hay un centro cívico, con zona de estudio, una zona de negocios, una zona de transporte, una zona de hoteles y embajadas, una de residencias, una de industrias, una de servicios y una de industrias pesadas. Se proyecta un gran sistema de transporte rápido para llevar a los habitantes a todas estas zonas.
Negativamente hay una idea clave: suprimir la calle como gran obstáculo a la circulación. Esta ciudad es hecha para que los ciudadanos puedan ejercer diversas funciones y pasar con facilidad de una función para otra.
Casi todos los arquitectos quisieron hacer de una ciudad nueva una oportunidad para experimentar todas las nuevas tecnologías posibilitadas por la invención de nuevos materiales de construcción. La ciudad es un laboratorio para experimenta nuevas tecnologías.
En cuanto a los urbanistas, el problema del carro particular y de la circulación domina su pensamiento. La ciudad será hecha para los automóviles más que para los seres humanos.
La realización más completa de tal concepción es Brasilia, cuya construcción iniciada en 1958 se concluyó en 1960. Fue una empresa gigantesca18.
Brasilia manifiesta todos las ventajas y todos los defectos de las ciudades-utopías. En primer lugar fue una ciudad hecha para 500.000 habitantes y ya son 2 millones. No se había previsto que los cientos de miles de trabajadores que construyeron la ciudad, se quedarían una vez las obras terminadas. Se quedaron y no había nada previsto para ellos. Por eso nacieron ciudades periféricas que presentan todos los problemas de las periferias de las megalópolis. La ciudad nueva es la ciudad para una minoría, la de los privilegiados que trabajan en la administración.
Brasilia como la «Ville radieuse» de Le Corbusier no tiene calles, no tiene ejes salvo para automóviles, no tiene monumentos. Es una ciudad construida en función del individuo. En la «Ville radieuse» el individuo está aislado. Vive en un conjunto hecho para aislarse de los vecinos, solitario, anónimo. Sale de coche, solo, para ir a cumplir funciones que siempre lo dejan solo. Está al lado de otros, pero todos están solos, solitarios. En la ciudad esa no hay participación en el gobierno. No está prevista ninguna democracia popular. No hay lugar de reunión popular.
En la practica la gente inventó lugares de reunión, pero a pesar de la ciudad. Han ocupado espacios verdes para hacer sus manifestaciones publicas. Pero no es lo mismo. No hay la resonancia que hay en la plaza de una ciudad tradicional. Es verdad que los fundadores de Brasilia querían justamente apartarse del pueblo y evitar manifestaciones públicas cerca del poder.
Los proyectos han tomado como postulado el individualismo capitalista que conquistó el mundo e hicieron una ciudad en función del individualismo.
En contra, afirmanos que la ciudad desde siempre, en virtud de su vocación y su destino, es lugar de relaciones humanas. Su vocación es acercar a las personas, multiplicar facilidades para los diálogos, los intercambios, los debates, las discusiones. La ciudad se encuentra en las deliberaciones y la participación del mayor numero posible en el mayor numero posible de asuntos. La ciudad es el soporte material de la relación humana y debe ser hecha para facilitar todas las relaciones humanas: por eso la calle y la plaza son tan importantes. En la calle las personas se encuentran, encuentran un comercio de calle, encuentran a sus vecinos y a personas desconocidas. En la plaza más aún. Encuentran conocidos, forman amistades, comunican. Jamás los encuentros virtuales por la red electrónica podrán reemplazar el contacto directo, material.
La «Ville radieuse» es hecha para individuos que no tienen ni un minuto para perder. Ahora bien la ciudad existe no solo para trabajar, sino también para conversar. En la practica el modelo utópico de ciudad supone que todos tienen coche y nunca caminan, porque no hay donde caminar.
Los críticos actuales quieren rever los postulados de las utopías del siglo XX. Quieren volver a un vida comunitaria. Las utopías y sus fracasos humanos recuerdan que las ciudades han nacido por el afán de libertad para que todos tengan más oportunidad de conquistar su libertad en la libertad colectiva.
Ahora bien, no hay tradición latinoamericana en ese sentido. Hasta ahora los representantes de la Iglesia no se han interesado. No creen que tengan alguna responsabilidad en la falta de libertad ciudadana, en la falta de deseo de libertad y de sentido social suficiente para buscar la libertad colectiva. La libertad es comunitaria: existe cuando hay gobierno del pueblo para el pueblo, o sea, gobierno controlado por el pueblo, por medio de leyes no impuestas por una autoridad superior, sino votadas por la colectividad por acuerdo mutuo. Tienen la convicción que solo hay una libertad colectiva y no individual: la libertad está en la comunicación, en la colaboración entre todos, en las discusiones, los conflictos, los acuerdos, las decisiones tomadas por toda la comunidad. La vocación de la ciudad es la libertad: ella es la condición material de la libertad, que es la libertad de un pueblo o no es libertad real.
Es posible19, aunque, a largo plazo, que ellas tengan que ser reemplazadas por constelaciones de ciudades menores. Desde ahora la población de São Paulo está emigrando hacia las ciudades del interior del Estado cuyas condiciones humanas son mucho mejores. Pero, esta evolución será lenta, y, mientras tanto, algo se puede hacer como lo muestran por ejemplo las alcaldías del PT en Brasil.
En primer lugar, hay que invertir la política actual que consistió en apartar siempre más las unas de las otras las diversas funciones de la ciudad: residencia, trabajo, comercio, escuelas, hospitales, servicios administrativos o sociales, para evitar los viajes muy largos dentro de la ciudad. Cuando un obrero debe viajar 2 horas en bus para llegar a su trabajo, la ciudad es un fracaso total.
El ideal sería que cada uno pueda irse a todas las funciones caminando y el coche sea reservado para viajes fuera de la ciudad. Que el centro de la ciudad quede libre de medios de transporte y abierto para los peatones, esto ya es doctrina común. Hay que realizar una dispersión tanto de las industrias, como del comercio, de las escuelas de todos los grados y todo lo demás.
Se trata de descentralizar la ciudad dando la mayor autonomía a los barrios. Que los ciudadanos tengan todo lo necesario en los barrios. Y que los barrios tengan autonomía política, con autoridades elegidas. Tengan administración propia y policía propia, de tal modo que se pueda organizar localmente una vida comunitaria: presupuesto comunitario, discusión previa de los proyectos y leyes. Que los ciudadanos se hagan más responsables. No habrá policía eficiente si no es organizada y asumida por los mismos ciudadanos. En total, una democracia de barrio en vista de la humanización de todo el barrio. La experiencia muestra que aún en la pobreza se puede mejorar las condiciones de vida con la colaboración de todos. La ciudad es la verdadera democracia en un mundo en el que la macro-política escapa casi totalmente al control de los ciudadanos.
En una etapa ulterior la nación tendrá que funcionar como federación de ciudades de tal suerte que los representantes de la nación sean los representantes de las ciudades y no de ideologías abstractas. Los partidos políticos son partidos de irresponsables porque nunca se someten al juicio de la población. Las elecciones no son control publico porque son un juego de publicidad. Pero en los barrios la gente podrá saber mejor quién es quién.
El mayor peligro de las grandes ciudades es la emigración de los ricos. En este momento los ricos están construyendo en Brasil ciudades-fortalezas que son paraísos lejos del infierno. Son las «Alphaville», del nombre del primer conjunto creado cerca de São Paulo. Son ciudades cercadas por un muro con servicios de seguridad máxima. Nadie entra sin credenciales. Dentro, están todas la maravillas que la tecnología moderna es capaz de inventar. Hay de todo, de tal suerte que no hay obligación de salir de la ciudad para nada. Los más ricos ni siquiera van a conocer los problemas de las carreteras, porque van a su oficina en helicóptero. Allá no entra ningún pobre, salvo las empleadas domésticas, no entra ningún ladrón. Solo logran entrar las drogas, por supuesto.
Dentro de las «Alphavilles» la gente se siente feliz; nadie incomoda, no hay suciedad, todo es impecable. Se puede ignorar completamente todo lo que es la gran ciudad. Ahora bien con la emigración de los ricos, las ciudades están sicológicamente abandonadas. Las autoridades ya no tienen motivación para preocuparse: los poderosos están felices y ya no sienten los efectos negativos de la megalópolis. Al mismo tiempo las administraciones urbanas quedan pobres, porque ya no hay ricos para pagar impuestos o para alimentar el comercio de la ciudad.
Este fue el camino escogido por las elites norteamericanas aunque habitualmente no cercan de muros sus paraísos, no los necesitan. Entonces aparecen dos modelos de ciudad que son los extremos contrarios y se ignoran mutuamente. La ciudad que era espacio de unión, es ahora símbolo de la falta de unión. Todo se hace con la complacencia de las autoridades que entregan el territorio nacional a los que pueden pagar.
¿Qué pasa con la Iglesia en medio de esta evolución de la ciudad? En la práctica la tentación es grande de adaptarse a esa situación: la Iglesia encuentra las mejores condiciones en los barrios residenciales ofreciendo a las burguesías los bienes espirituales que desean: fiestas mundanas, culto refinado, discursos optimistas, consuelo espiritual. Es lo que un autor protestante llamaba el cautiverio suburbano de las Iglesias20. De hecho se multiplican las parroquias en zonas burguesas y en el mundo popular hay parroquias inmensas atendidas por un solo sacerdote. Es la plena realización de lo que J.B. Metz llamaba la religión burguesa.
Hasta el momento la Iglesia católica ignora la ciudad y no le interesa conocerla. Pues, no dedica a la ciudad ningún recurso: ni un sacerdote, ni un peso. Para saber lo que interesa a la Iglesia, es sencillo: basta saber a donde van los pesos. Sucede que la estructura de la Iglesia está establecida en función de la administración de las comunidades existentes. La Iglesia tiene dos regímenes posibles: la administración y la misión. Actualmente la Iglesia ha escogido la administración de las masas católicas que permanecen fieles. Administra los sacramentos, la catequesis y los servicios religiosos que esa población pide. Si habla de evangelización, es pura retórica, porque en realidad la evangelización no interesa a nadie y por eso las diócesis no mantienen a ningún sacerdote, ningún agente de pastoral para la evangelización.
El régimen de administración consta de parroquias y diócesis, escuelas, colegios, Universidades, y otros servicios. Dentro de ese régimen la ciudad es pura contingencia sin importancia. Que la parroquia sea urbana o rural no hace diferencia: su tarea es igual.
Sin embargo, en la actualidad algunos empiezan a quedar preocupados porque en las ciudades el numero de fieles practicantes disminuye y los convertidos a otras religiones aumentan. Los pentecostales multiplican sus iglesias y conquistan una parte creciente de la población. En lugar de ser mayoritaria, en varias áreas la Iglesia católica ya es minoritaria. Es la hora de la evangelización. El problema es que la Iglesia católica no tiene ninguna experiencia de la evangelización. Nunca más ha hecho eso desde el siglo IV. Hay personas que buscaron la evangelización pero fueron marginadas y sus lecciones han desaparecido porque nadie les dio valor. En materia de evangelización, hay que aprenderlo todo.
Una evangelización cristiana no puede ser puramente individual. No puede limitarse a hacer conversiones individuales. Su finalidad es crear el pueblo de Dios en nuevos espacios humanos o culturales. Para eso tiene que evangelizar la ciudad como ciudad, o sea como relación entre miles y millones de personas, como pueblo libre y fraterno.
Una Iglesia en régimen de misión estaría organizada en función del mundo exterior, no en función de sí misma. En primer lugar la Iglesia debe mirar la ciudad como conjunto. Al frente está un obispo con un consejo pastoral que no administra las parroquias, sino que trata de entender la ciudad, de escoger los puntos de presencia y elaborar los mensajes cristianos para la ciudad en cada momento de su historia presente. En el centro de la ciudad está el corazón de la Iglesia local, que trata de comprender espiritualmente las señales de los tiempos en una ciudad determinada. Es algo bien diferente de una Curia cuya función es administrar. Claro que este centro se multiplica creando un centro menor en cada barrio. En la base están innumerables grupos misioneros espontáneos y libres de 20 a 50 personas en donde se celebran los sacramentos, se hace la oración y el discernimiento espiritual, preparando la acción misionera. Al lado, hay innumerables grupos de evangelizadores dentro de cada sector de la vida urbana, desde los sectores de trabajo hasta los sectores de diversión sin olvidar el sector de la comunicación, el más importante hoy en día. Esa cosas ya existen en parte pero no son lo principal, son funciones laterales, marginales que se imponen por la situación social pero no ocupan las energías principales de la Iglesia. Se trata de realizar un cambio de prioridades, manteniendo la administración de las comunidades actuales, pero como función lateral y marginal, al revés de lo que sucede en la actualidad. Por ejemplo, la administración puede entregarse casi toda a ministros inferiores, y que los sacerdotes se dediquen solo al fortalecimiento y valorización de la ciudadanía y de las ciudades como espacio democrático, el «Forum de Autoridades Locales por la Inclusión Social» defiende e propone:
Que reconozcamos el derecho de la ciudadanía a los nuevos espacios públicos surgidos de los procesos de la urbanización. Se trata de socializar la condición del ciudadano, de crear las condiciones culturales para que la población socialmente menos integrada viva la ciudadanía y tenga acceso al conjunto de la misma.
Que las autoridades locales asuman el compromiso de, juntamente con la participación directa y democrática de la ciudadanía, promover políticas que combaten la crisis de la vivienda, la precariedad de los servicios urbanos, la pobreza que afecta partes significativas de la población y los fenómenos de exclusión social y marginación que niegan los derechos ciudadanos. Esto lograría una mayor y más justa redistribución de los recursos públicos, implicando un adecuado reparto del presupuesto público entre los gobiernos centrales y locales de tal manera que las ciudades tengan las condiciones para proveer las necesidades de infraestructura y servicios públicos para sus poblaciones.
Las políticas sociales, necesarias en las ciudades, son parte decisiva de la políticas de protección de los derechos humanos. Las autoridades locales asumen el compromiso de promover y potenciar estas políticas, velando por los intereses de las personas mas desfavorecidas y vulnerables.
Que las autoridades locales, a partir de sus acciones de gobierno, asuman el compromiso de desenvolver programas que tengan la creación de empleos, combatiendo el desempleo y la precariedad de las condiciones de trabajo, que también ofrezcan iniciativas de nuevas fuentes de trabajo.
Que reconozcamos el importante papel de las ciudades en la era de la globalización como un instrumento de regulación de la lógica implacable del mercado. En esta linea es importante reforzar y construir redes citadinas en todo el planeta que permitan a las ciudades intervenir en programas de cooperación descentralizada y solidaria.
Que reconozcamos la importancia de la relación ciudad-campo, y defendamos la protección y promoción de las políticas agrarias necesarias para el desarrollo económico y social sustentable para las ciudades saludables.
Que promovamos el reconocimiento del derecho de las ciudades y de sus gobiernos democráticos de participar en la vida política, económica y cultural internacional. En este sentido, es importante potencializar la alianza local y las uniones y colaboraciones directas entre ciudades.
Que defendamos el derecho de las ciudades de tener su propia voz al participar en los organismos internacionales. Será importante avanzar en la formulación de una nueva declaración de los derechos y deberes de la ciudadanía que permita construir una cultura común de todos los ciudadanos y ciudadanas.
Que defendamos la necesidad de colaboración estrecha entre las entidades locales como las organizaciones no gubernamentales para potenciar iniciativas internacionales que refuercen los derechos ciudadanos.
Las ciudades locales son un instrumento importante para detener los procesos de exclusión, para desarrollar políticas de inclusión social y dar respuestas a los problemas de la ciudadanía. Constituyen un marco decisivo para promover y consolidar procesos de una democracia participativa y de control público sobre el Estado, que puedan ser generadores de consciencia citadina solidaria. La ciudades constituyen un espacio fundamental para restablecer la esperanza de construir un mundo más justo y humano.
1Cf. Francisco A . Encina, Resumen de la Historia de Chile, t. I, 9a ed., Santiago, 1953, p. 48-50. Así suena el reglamento de Carlos V : »...cuando hagan la plantas del lugar, repártanla por sus plazas, calles y solares a cordel y regla, comenzando desde la plaza mayor y sacando desde ella las calles a las puertas y caminos principales, y dejando tanto compás abierto, que aunque la población vaya en gran crecimiento, se pueda siempre proseguir y dilatar en la misma forma. Procuren tener el água cerca, y que se pueda conducir al pueblo y heredades..., y los materiales necesarios para edificios, tierras de valor, cultura y pasto, con que excusarán el mucho trabajo y costas que se siguen de la distancia. No elijan sitios para poblar en lugares muy altos, por la molestia de los vientos y dificultades del servicio y acarreo, ni en lugares muy bajos, porque suelen ser enfermos; fúndense en los medianamente levantados, que gocen descubiertos los vientos del norte y mediodia; y si hubiere de tener sierras o cuestas, sean por la parte de levante y poniente ..., haciendo observación de lo que más convenga a la salud y accidentes que se puedan ofrecer; y en caso dcxe edificar en la ribera de algún rio, dispongan la población de forma que saliendo el sol dé primero en el puebl.o que en el agua»
2Cf. José Luis Romero, Latinoamérica : las ciudades y las ideas, Siglo XXI, México, 1976, p. 62.
3Cf. Casiano Floristán, La parroquia comunidad eucaristica, Marova, Madrid, 1964; Union des Oeuvres Catholiques de France, Urbanisation et pastorale, Fleurus, Paris, 1967.
4Cf. J. Chelini, La Ciudad y la Iglesia, Estela, Barcelona, 1960; Fr. Houtart e J.Remy, Milieu urbain et communauté chrétienne, Mame, Tours, 1968; Österreichische Seelsorgeinstitut, Kirche in der Stadt, 2 t., Herder, Wien, 1967; Norbert Greinacher, Die Kirche in der Städtischen Gesellschaft, Grünewald, Mainz, 1966.
5Cf. el fasc. 86-87 de la revista chilena Pastoral popular , 1965 que ofrece un informe completo sobre el congreso.
6La cita es de Ez 37,27. La nueva Jerusalém es la realización de las profecias.
7Ver la alianza en el libro de Josué, 4,1-9.
8Sobre todo Jer 51 y Ez 27-28
9Cf. Pierre Prigent, L'Apocalypse de saint Jean, Delachaux & Nestlé, Lausane, 1981, p. 252-277; Eugênio Corsini, O Apocalipse de são João, Ed. Paul., São Paulo, p. 311-335.
10Cf. José Luis Romero, Latinoamérica : las ciudades y las ideas, Siglo XXI, México, 1976
11Cf. Sergio Miceli, A elite eclesiástica brasileira, Rio de Janeiro, 1988, p. 123-150.
12Hay naturalmente una literatura inmensa sobre las ciudades medievales. Como introducción, cf. Arthur Korn, La Historia construye la Ciudad, Eudeba, Buenos Aires, 1963, p. 62-73; Lewis Mumford, La cité à travers l'histoire, Seuil, Paris ,1964, p. 312-437
13Cf. Varios, La metropoli en la vida moderna, 4 tomos, Buenos Aires, 1957; Marina Heck, (org.), Grandes metropolis de América latina, FCE, São Paulo, 1993
14Cf. Milton Santos, A cidade nos países subdesenvolvidos, Civilização brasileira, Rio de Janeiro, 1965; José Luis Romero, Latinoamerica : las ciudades y las ideas, siglo XXII, 1976, p. 319-389
15Basta recordar las obras de Oscar Lewis que toda via son actuales aunque que los problemas de hoy sean peores que los de entonces. Cf. Larissa A . de Lomnitz, Cómo sobreviven los marginados, Siglo XXI, México, 1975; Lucia Maria M. Bógus e Luiz Eduardo W. Wanderley (org.), A luta pela cidade em São Paulo, Cortez, São Paulo, 1992; Prefeitura de São Paulo, População de rua, quem é, como vive, como é vista, São Paulo, 1992.
16Cf. Françoise Choay, L'urbanisme. Utopies et réalités, Seuil, Paris, 1965.
17Cf. Oeuvres complètes 1910-1960, Zurich, 1960; Le Corbusier, La charte d' Athènes, 1943; Manière de penser l'urbanisme, Paris, 1946.
18James Holston, A cidade modernista. Uma crítica de Brasilia e sua utopia, Companhia das Letras, São Paulo,1993.
19Cf. La resolución del Forum de Autoridades locales por la Inclusión social realizado en Porto Alegre de 26 a 27 de enero de 2001 dentro del cuadro del Forum social Mundial. Ver en la revista Caros amigos, ed. 8 de março de 2001, p. 2. Texto anexo.
20Gibson Winter, The suburban captivity of the churches, Doubleday, New York, 1961.