¿Quienes fueron los actores del Sínodo? En una respuesta simple, se podría decir que fueron sus participantes. La realidad, sin embargo, es mucho más compleja, sea porque ni todos los participantes estaban investidos de la misma capacidad de intervenir y actuar, sea porque el Sínodo, como toda gran asamblea, es un microcosmos de una realidad que rebasa sus paredes y un punto de convergencia de demandas, presiones y sueños.
Inicialmente, la asamblea podía ser dividida en los participantes con derecho a voz y voto y los con derecho sólo a voz, pero no a voto. Entre estos últimos se encontraban los 62 auditores (40 hombres y 18 mujeres y los 4 delegados fraternos). Otra división es la de los delegados electos por sus propios pares en las conferencias episcopales y los demás que entraban a la asamblea por diferentes títulos. Los electos eran 136 obispos —111 en representación de las 22 conferencias episcopales que integran el CELAM1 - y otros 25 representando a Canadá (10) y Estados Unidos (15). Entre los elegidos se encontraban igualmente 6 superiores generales: cistercienses de estricta observancia, frailes menores capuchinos, carmelitas descalzos, jesuitas, estigmatinos y salesianos. Del total de la asamblea, pues, 142 eran personas elegidas. El resto de los participantes o estaban ahí ex-officio —por causa de la función que ejercen— o por nombramiento pontificio.
Entre los primeros destacan los 27 cardenales americanos (sea que se encuentren al frente de diócesis, sea que estén prestando servicios en la curia romana), los 3 metropolitanos de la iglesias católicas orientales (ucranianos de Canadá y de los Estados Unidos y bizantinos de Estados Unidos), los 24 presidentes de las conferencias episcopales del continente y el presidente del CELAM, los 10 miembros del secretariado del Sínodo de Obispos y el importante bloque de la curia romana con 25 responsables por los dicasterios. A éstos se debe añadir Mons. Cipriano Calderón, también de la curia, secretario de la CAL, de la cuota de los nombrados por el papa.
Entre los delegados por nombramiento pontificio directo se encontraban cuatro delegados fraternos2, venidos de los consejos ecuménicos y pertenecientes a iglesias evangélicas y los 58 auditores y auditrices. Se añaden a ellos los otros 21 obispos nombrados por el papa.
La suma de los miembros ex-officio y los nombrados por el papa, supera el número de los obispos directamente elegidos por las conferencias episcopales. Esto significa un desequilibrio en la composición de un sínodo, destinado a hacer eco ante la sede romana a la voz de las iglesias locales: de sus dificultades y esperanzas, de su experiencia espiritual y pastoral en la búsqueda de respuestas a los problemas y desafíos de su región y continente.
La presencia de los miembros de la curia romana podría ser vista bajo una doble luz: 1) ocasión excepcional de ponerse a la escucha de la palabra de las otras iglesias y de aprender de sus experiencias 2) manera de hacer más visible su incontenible tendencia a pronunciarse sobre todo, estrechando los espacios de libertad, creatividad y responsabilidad propia de las iglesias locales, dictando autoritativamente caminos y reglas, como en la reciente “Instrucción sobre los Laicos en la Vida de la Iglesia”.
Cuando se dio el turno de palabra libre, casi siempre las primeras intervenciones fueron del cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe o del cardenal Alfonso López Trujillo del Pontificio Consejo de las Familias. Esta forma de intervenir acababa siendo un factor de inhibición de la libertad que efectivamente el Sínodo ofrecía para que los obispos hablaran y discutieran.
En el Sínodo el protagonismo debería ser dejado a las iglesias locales, cuya voz raramente encuentra medios y ocasión de llegar hasta Roma, en vez de ocuparse el tiempo y el espacio para la repetición del pensamiento de la curia, suficientemente conocido y difundido.
Y, finalmente, un actor que se situaba al mismo tiempo al interior y arriba del Sínodo, el papa Juan Pablo II, quien convocó la asamblea y, aunque no la dirigiera, la acompañaba, sentándose cada día al lado del secretario general del Sínodo, el cardenal Jean Schotte.
Desde su lugar —a veces haciendo anotaciones, otras siguiendo con mayor atención a alguno de los oradores, rezando el rosario y hasta sucumbiendo al cansancio de las intervenciones que se sucedían— su presencia evidentemente marcaba el desarrollo del Sínodo. No se limitó a estar físicamente en el aula sinodal, pues el papa abrió el Sínodo —con la misa y la homilía en la basílica de San Pedro— tuvo la alocución de apertura y la de clausura y estuvo alerta a la asamblea o a los participantes: pedir excusas por haber llegado tarde o un gesto de deferencia especial, como cuando el pastor Walter Altmann, de la iglesia evangélica de confesión luterana de Brasil presentó su saludo en nombre del CLAI. Al momento en que volvía a su lugar, el papa pidió que lo llamaran y lo felicitó por sus palabras y lo invitó para comer en su aposento. Esta invitación a comer con él se repitió con todos los participantes. En grupos de 10 a 12 fueron recibidos por el papa para un refección común. Evidentemente, este contacto personal, tanto o más que los discursos, entra en el conjunto de los pasos de los diferentes actores de la asamblea sinodal.
En la intervención de determinados obispos o auditores había la clara conciencia de llevar un mandato venido de su iglesia o de una pastoral determinada. De los Estados Unidos, por ejemplo, vino un obispo indígena, Mons. Donald Edmond Pelotte —obispo de Gallup en Arizona, hijo de un indígena algonquín de Canadá y una madre de origen francés— particularmente preocupado por sus hermano/as de raza. Lo mismo se puede decir del obispo Toribio Ticona Porco —de Corocoro en Bolivia de origen aimara. Otros, sin ser indígenas, eran la viva imagen de esta preocupación por su rebaño formado por indígenas, como Mons. Julio Cabrera Ovalle —de Santa Cruz del Quiché en Guatemala— o de D. Erwin Kräutler —de la prelatura de Xingu en Brasil— aun siendo austríaco de nacimiento.
Entre los participantes hay otros que, por la posición que ocupan, consiguen una visibilidad especial y se hacen capaces de iniciativas poco accesibles a otros, como por ejemplo la de los que estaban encargados de la redacción del mensaje final del Sínodo.
Aquí, de nuevo cabe distinguir entre los actores que fueron escogidos directamente por la asamblea y los que fueron nombrados previamente por las autoridades del Sínodo. Desempeñaron papel importante los que fueron elegidos para coordinar y principalmente secretariar cada uno de los 12 círculos menores en que fueron divididos los participantes para las discusiones y elaboración de propuestas. Está también destinada a desempeñar un papel de relieve la comisión de 12 miembros elegida por todos, para acompañar la preparación de la exhortación postsinodal que el papa dirigirá dentro de un tiempo, comunicando el resultado final del Sínodo.
El resto de las comisiones sinodales y tareas sinodales fueron objeto de nombramientos, sin consulta a las iglesias locales o a la asamblea sinodal, causando a veces sorpresa y llevando a evidentes desequilibrios y perplejidades. Para la presidencia de la asamblea, fue escogido D. Darío Castrillón, proprefecto de la Congregación del Clero, cuando muchos pensaron en voz alta que la representatividad de D. Oscar Rodríguez Madariaga —elegido por las 22 conferencias episcopales de América Latina y del Caribe para la presidencia del CELAM— sería una selección más respetuosa de la vida institucional de las iglesias del continente. Del mismo modo que el gran organismo episcopal continental no fue tomado en cuenta, las conferencias episcopales fueron igualmente ignoradas en la selección de los otros dos presidentes. De Brasil, fue nombrado para presidir el Sínodo D. Eugenio Sales, pero no el presidente de la CNBB D. Lucas Moreira Neves; de Estados Unidos, el cardenal Roger Michael Mahony, arzobispo de Los Ángeles, pero no el presidente de la conferencia.
Este desequilibrio en los nombramientos apareció nítidamente en la selección de los auditores y auditrices: Paraguay tuvo dos, Colombia y México cuatro, Estados Unidos catorce y Brasil apenas una auditora. En esta selección, no hubo escucha de la iglesia local, ni siquiera de la conferencia episcopal.
Sería deseable que el Sínodo trabajara con el máximo posible de personas elegidas sea por las conferencias episcopales, sea posteriormente por miembros de la asamblea y a propuesta de los delegados y de los sectores que van a ser representados, previamente discutidos y no simplemente impuestos por la secretaría del Sínodo, a veces con evidente arbitrariedad e injusticia.
Actores ausentes, escasamente representados o rehusados Aun tratándose de un Sínodo de obispos, una representación más amplia del pueblo de Dios ayudaría a la asamblea a penetrar de un modo más vivo y concreto en la problemática de lo cotidiano de los cristiano/as de nuestras comunidades, en la diversidad de sus rostros, situaciones y esperanzas.
Con una asamblea constituida esencialmente por el cuerpo jerárquico de la iglesia, era de esperar que el espacio de los auditores y auditrices fuera llenado principalmente con laico/as, pero éstos eran poco más de un tercio del total: 20 (34.5%) en relación a los 38 (65.6%) religioso/as o sacerdotes diocesanos.
En una asamblea fundamentalmente masculina, era de esperar que este desequilibrio fuera compensado en el cuadro de los auditores. Pero ahí de nuevo se repitió la sobre representación masculina: apenas 18 auditrices (31%) contra 40 auditores (69%). Mientras entre los varones algunos no obispos —por ejemplo, los superiores generales de las órdenes religiosas masculinas— tenían derecho a voto, ninguna de la mujeres pudo votar. La misma regla valía para todos los laicos, tanto varones como mujeres.
Tratándose de una asamblea de cuño nítidamente pastoral vuelta hacia los desafíos que la iglesia deberá afrontar en el amanecer del nuevo milenio y para la búsqueda de los mejores medios para responder a ellos, sería normal que votaran todos los participantes, obispos o no, clérigos o no, varones y mujeres, laico/as cuyos votos, de todos modos eran tan sólo indicativos.
La ausencia de alguna categoría de cristianos fue particularmente resentida por la urgencia de la causa que representan y por el peso simbólico que tendría su presencia. Pensamos de modo particular en el vasto mundo indígena de países como México, Guatemala, Ecuador, Perú, Bolivia y en las centenas de naciones indígenas desparramadas del sur del Río Grande hasta la Tierra de Fuego, además de los territorios de los Estados Unidos y Canadá. Ellas presentan ante la iglesia el desafío de la solidaridad con sus luchas y el de la inculturación del evangelio, de las prácticas litúrgicas, de la reflexión teológica y de los ministerios. Tan sólo un indígena —Harry Lafond, miembro de la Asociación de Pueblos Aborígenes de Canadá, jefe indígena del Meskeg Lake en la provincia de Saskatchewan— fue invitado como auditor. No había ningún otro indígena que hablara por los cerca de 60 millones de hermano/as suyo/as de la vasta Amerindia, muchos de ellos comprometidos en una fascinante lucha por la recuperación de tierras, memoria, dignidad, cultura, identidad y por un diálogo entre su tradición espiritual y la tradición cristiana. Un ejemplo son las iglesias de S. Cristóbal de Las Casas (Chiapas, México), la de Santa Cruz (Quiché, Guatemala) y la de Riobamba (Ecuador) heredera de la acción pionera de Mons. Leónidas Proaño. En Santo Domingo, su presencia —aunque a veces conflictiva y sofocada, como en la negación de la asamblea para enviar un voto de felicitación a Rigoberta Menchú, indígena del Quiché, por la recepción en aquellos días del premio Nobel de la Paz— fue decisiva para delinear uno de los empeños decisivos de la IV Conferencia del Episcopado: el de una evangelización inculturada, con especial atención a los pueblos indígenas y afroamericanos.
Otro déficit notable en el Sínodo en el campo de los actores, fue la escasa presencia afroamericana. Estamos en un continente con cerca de 150 millones de descendientes de africanos que llegaron como esclavos, y han dejado una marca indeleble en la historia social, económica, cultural y humana del continente. De países como Brasil, con cerca de 70 millones de afrobrasileños no había ningún obispo negro, y tan sólo uno de Estados Unidos, los tres de Haití y otros dos más de las Antillas Menores. El aborde de la problemática afro —los desafíos que presenta como inculturación, combate al racismo, necesidad de una profunda conversión y petición de perdón, a causa de las secuelas de nuestro pasado esclavista, en el que la iglesia también estuvo implicada y comprometida— fue presentado por una laica Jacqueline E. Wilson (directora ejecutiva del Centro de los Católicos Negros de la Arquidiócesis de Washington en Estados Unidos) y por el cardenal Bernardin Gantin (prefecto de la Congregación de Obispos y originario de Benin en África). La problemática no fue suficientemente acogida y discutida en los círculos menores y acabó prácticamente desapareciendo en el complicado camino de la elaboración, votación y modificación de las propuestas sinodales.
Otras ausencias particularmente sentidas fueron las de representantes de las comunidades eclesiales de base -una de las flores más preciosas del caminar eclesial del posconcilio-, de los catequistas y delegados de la palabra, de los jóvenes y de sus movimientos, y también de determinadas pastorales que vienen marcando la vida de la iglesia en el continente (pastoral de niño/as de la calle, de la tierra, de la mujer marginada, de los indígenas y afro-americanos, de los enfermos...)
Tampoco hubo invitación alguna a los presidentes de las muchas asociaciones que hay en el continente de teólogo/as, biblistas, canonistas, historiadores, moralistas; de los consejos nacionales de laicos o de los consejos nacionales de presbíteros. Ausencias tanto más notables cuanto éstos son servicios imprescindibles para la vida de la iglesia y formas de estructurar iniciativas. La vida de la iglesia no se reduce a las estructuras diocesanas y parroquiales insuficientes para responder a los desafíos cada vez más plurales y complejos de la sociedad moderna.
Concluimos esta evaluación de los actores, llamando la atención sobre un episodio poco comentado, pero que repitió lo que ya había sucedido en la preparación de Santo Domingo. Cuando en la selección de sus representantes, el episcopado brasileño eligió como uno de sus delegado a D. Cándido Padin (miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral y encargado de los laicos, obispo emérito de la diócesis de Bauru) la secretaría del Sínodo dejó de confirmar su elección como delegado, por la razón de que era un obispo emérito. La CNBB apeló esta decisión, haciendo valer el argumento de que D. Padin desempeñaba un mandato en la dirección propia de la CNBB, como miembro de la CEP, y que era en esta calidad de responsable de uno de los principales sectores pastorales de la iglesia de Brasil, que fue elegido y no en cuanto obispo emérito de Barau. La Santa Sede aceptó el fundamento de la apelación jurídica de la CNBB, reconoció su error, y sin embargo no confirmó a D. Padin como delegado para Santo Domingo, dejando un profundo malestar entre los miembros del episcopado brasileño y del consejo nacional de laicos que veían en D. Padin su portavoz para la gran asamblea episcopal.
Esta vez el episcopado de Estados Unidos eligió como uno de sus delegados al obispo John Raphel Quinn de San Francisco, California, quien, después de renunciar al gobierno diocesano, dio una notable conferencia en Oxford sobre la reforma del servicio petrino en el seno de la iglesia, en sus relaciones con el resto del colegio episcopal y en la relación con las demás iglesias cristianas en el campo ecuménico. Su nombre no fue confirmado en la lista de los delegados norteamericanos aprobados por la Santa Sede. Es difícil no plantear la pregunta: ¿tratándose de obispos que una conferencia episcopal elige como sus delegados, no debería la Santa Sede, por respeto a la colegialidad episcopal, simplemente acoger la decisión de la conferencia episcopal, soberana para escoger aquéllos de entre sus pares que desea investir de la función de representarla ante el Sínodo?
2. Prof. George Vandervelde, del Instituto de Estudios Cristianos del Consejo Canadiense de las Iglesias; Dr Walter Altmann, pastor de la IECLB de Brasil y presidente del Consejo Latino Americano de Iglesias (CLAI); Dr. William Rusch, director de la Comisión de Fe y Constitución del Consejo Nacional de las Iglesias de Cristo en Estados Unidos, y el Rvdo. Trevor Edwards, de la Unión Bautista de Jamaica y secretario general del Consejo Caribeño de Iglesias (CCI).