Instituciones desafiadas.

Subjetividades juveniles: territorios en reconfiguración

 

 

 

Rossana Reguillo

Antropóloga, especialista en culturas urbanas y colectivos  juveniles latinoamericanos. Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO)

 

 

El sustantivo se forma por acumulación de adjetivos.

Jorge Luis Borges

 

 

La pregunta en torno a los jóvenes adquiere en los horizontes latinoamericanos un carácter de urgencia. Los procesos de exclusión crecientes, en el contexto de un feroz neoliberalismo global, están condenando a la pobreza y a la “inviabilidad” a millones de jóvenes. Hoy sabemos, por ejemplo, que en el mundo hay 88 millones de jóvenes sin empleo, lo que representa el 47% en el total del desempleo y que la probabilidad de no tener trabajo es de 3,8% para los jóvenes de los países en desarrollo.[1]

A partir de la segunda mitad de los ochenta, los datos empezaron a cambiar, primero de manera imperceptible hasta que, a finales de la década de los noventa, las evidencias eran incontestables: el 27% de los pobres en Latinoamérica son jóvenes y son también jóvenes el 23% de los extremadamente pobres. En números absolutos, en el año 2002 en la región había 58 millones de jóvenes pobres (7.600.000 más que en 1990), de los cuales 21.200.000 eran pobres extremos o indigentes (800.000 más con respecto a 1990). Argentina, Brasil, Colombia, El Salvador y México presentan una incidencia del 50% en relación con los jóvenes en condiciones de pobreza, problema que se agudizó de manera alarmante en Argentina y Venezuela (CEPAL, 2004).
Entre los jóvenes de 15 a 19 años, el 14,3% de ellos trabaja y estudia, el 20,3% sólo trabaja, el 47,2% sólo estudia y el 18,2% no estudia ni trabaja. Entre los que van de los 20 a los 24 años, el 10,6% trabaja y estudia, el 48,1% sólo trabaja, el 14,6% sólo estudia y el 26,8% no estudia ni trabaja. Y, lo que constituye un dato pasmoso, la CEPAL documenta que un 46,4% de los jóvenes de 20 a 24 años en la región no tiene ingresos.
El 80% de los jóvenes urbanos provienen de hogares donde los padres cuentan con un capital escolar insuficiente para acceder al bienestar, lo que tiende a reproducir las desigualdades y la exclusión educativa. Se dice que “las oportunidades educativas quedan determinadas por el patrón de desigualdades prevaleciente en la generación anterior” (CEPAL, 2004, p. 176). La diferenciación por niveles socioeconómicos es clave y se agudiza cuanto mayor sea el nivel educativo: por ejemplo, mientras que en el Gran Buenos Aires la diferencia entre la cobertura de la educación primaria para jóvenes de 15 a 29 años de edad, entre el sector más pobre y el sector más rico, era en el año 2002 de un 10%; la diferencia en la cobertura de la educación secundaria era del orden del 40% (con aproximadamente un 17% de cobertura para el sector más pobre y un 75% para el sector más rico), situación que se reproduce en México, se agrava en Brasil y El Salvador y mejora ligeramente en Colombia. 

Y especialmente en el caso de México, a partir de la Encuesta Nacional de Juventud (2006), hemos podido detectar claramente la configuración de dos juventudes, de dos países, de desigualdades profundas en la llamada “condición juvenil”. La primera, a la que, siguiendo a Néstor García Canclini (2004), quisiera llamar “desconectada y desigual”: una juventud con escaso o nulo acceso a servicios de salud (el 49,8% de los jóvenes no tienen acceso a ningún servicio de salud), ni garantías laborales (el 71,8% no contaron con un contrato en su primer trabajo), informatizada, cuyos reclamos se inscriben en una lógica absolutamente estructural, aspiraciones elementales de justicia social y bienestar. La segunda es aquella juventud bien ubicada en relación con la conectividad y el acceso a satisfactores fundamentales como educación, empleo, salud. ¿Dos Méxicos, dos juventudes? Los datos parecen confirmarlo y señalar la dramática brecha que se abre entre unos y otros. Esta situación se complejiza ante la constatación del desfase, generalizado, entre los temores y críticas de los jóvenes y la poca posibilidad de acción que tienen en la esfera pública. El desinterés en “la política” y el desconcierto frente a “lo político” manifestado por la mayoría de los jóvenes, aunque pueda leerse de manera transversal, es decir, como una situación común a todos los jóvenes, tiene sin embargo implicaciones distintas para unos y para otros. Sus preocupaciones y aspiraciones parecen no encontrar ámbitos institucionales de expresión o canalización, lo que no es una consideración menor, porque esta ausencia de “representación” de la voz juvenil implica para los más desprotegidos y desfavorecidos una carencia de mecanismos institucionales que favorezcan y garanticen su incorporación social. Lo que quiero enfatizar es que la desesperanza y el descrédito compartidos por muchos jóvenes tienen alcances y rostros distintos según qué lugar se ocupe en la estructura social.

Y podríamos seguir documentando la crisis pero, más allá del dato estadístico, la dimensión estructural se constituye en plataforma, marco, límite, lógica y frontera en la construcción de las biografías juveniles. De manera especial hay que señalar la profunda relación entre esta situación estructural y el protagonismo creciente de muchos jóvenes en el escenario de violencias sincopadas y caóticas que, a su vez, provocan respuestas sociales e institucionales de carácter cada vez más inmediatista y autoritario, lo que deriva en una demonización de los jóvenes, especialmente de los sectores populares. 
En este escenario hay tres ejes, dimensiones o factores, que no es posible eludir en cualquier intento –serio– de pensar las subjetividades juveniles, sus procesos de construcción identitaria y sus posicionamientos frente al mundo: 
 
a) los procesos de precarización e informalización de las dinámicas, circuitos e imaginarios juveniles;
b)                el repliegue del Estado social y el fortalecimiento del Estado punitivo; 
c) el descrédito de las instituciones modernas –como la escuela y los partidos políticos, los sindicatos, las “empresas”–, como garantes de la incorporación, de socializaciones “exitosas”. 
 
Estas dimensiones se encuentran ampliamente documentadas por distintos instrumentos, tanto cuantitativos como cualitativos, y su impacto en la construcción de identidades juveniles tiene repercusiones diferenciales según el lugar que los jóvenes ocupan en la estructura social. 
Dada la gravedad de la situación que enfrentan millones de jóvenes que habitan en las zonas de exclusión, agudizadas por el capitalismo tardío, voy a centrar mi análisis y reflexiones en estos jóvenes. 
 

 

Biografías emergentes

 

“La frenética búsqueda de identidad no es un residuo de los tiempos de la preglobalización, aún no totalmente extirpado, pero destinado a extinguirse conforme progrese la globalización” dice Bauman (2001, p. 175) y, bien al contrario, añade es “el efecto secundario y el subproducto de la combinación de las presiones globalizadoras e individualizadoras”. Y de manera absolutamente contundente, concluye: “Las guerras de identificación son un vástago legítimo y compañero natural de la globalización y, lejos de detenerla, le engrasan las ruedas”.

Quisiera referirme justamente en lo que Bauman llama la “frenética búsqueda” de la identidad en tiempos globales, porque esta perspectiva permite, me parece, trascender algunas visiones culturalistas con las que tiende a ser pensada la identidad, visiones cuyo principal problema es el de concebir la identidad como una cuestión supraestructural desvinculada de las posiciones objetivas de los actores sociales, un “plus” que añade “valor” a estos actores. Y, por otro lado, rompe con aquellas visiones positivistas que tienden a pensar la identidad como una “excrescencia”, como un lastre que debía ser liberado por la modernidad. Por el contrario, la perspectiva que me interesa sostener es que la identidad social no puede entenderse ni analizarse al margen de las condiciones objetivas que la hacen posible y, aunque sea deseable deshacerse del pesado fardo intelectual que nos han legado distintas esencializaciones de la identidad, ella se constituye en un horizonte, marco, dispositivo clave para entender las transformaciones que se están operando en la escena social y su relación con las dimensiones subjetivas a través de las cuales los jóvenes dotan de sentido a la realidad.

Muchas de las biografías de jóvenes que viven una búsqueda de identidad “alternativa” en medio de la pobreza y la exclusión, están atravesadas por la ausencia de instituciones “tradicionales”, ¿normales?, aceptadas. En estos jóvenes hay un abandono temprano de la escuela, por crisis económica, por una “opción por la violencia” o porque la familia es incapaz de sostener al joven en esta institución. Hay un profundo desencanto frente a las “ofertas” sociales y lo que resulta diferente son las “salidas” que los jóvenes buscan y encuentran a un problema que deja de ser individual cuando, en los colectivos de refugio, se topan con muchos y muchas como ellos, expulsados, exilados, prófugos de la precariedad.

Pero quizás lo más significativo es que emergen en el contexto del neoliberalismo predador y del agotamiento de las respuestas institucionales es, lo que quisiera llamar, la aceleración de la desafiliación y su rostro político, la desinstitucionalización. Es decir, no vale o no es pertinente acudir a la explicación psicologista o biopolítica que tendería a encontrar en estos jóvenes o bien el quiebre de la identidad individual o bien el hecho de ser portador de “genes defectuosos”. El problema es mucho más complejo y es estructural. Estos jóvenes “hablan” a muchos otros, a una diversidad de identidades que colapsan en el circuito aceitado de lo considerado normal o aceptable pero que buscan más allá de esos límites estrategias de sobrevivencia.

El vacío de lo público genera una tendencia –especialmente en los sectores menos favorecidos– a irse desvinculando de instituciones, asociaciones, pactos sociales, normas de civilidad, normas ciudadanas. Ello provoca, por un lado, una respuesta muy caótica, sincopada y, por otro, formas organizativas que tienden a una altísima regulación –no siempre simbólica– y que precisamente al ofrecer y garantizar un “programa” claro, reglas simples –por más duras que sean–, objetivos nítidos y, sobre todo, una opción de futuro, se configuran en alternativas seductoras y deseables. Me refiero con esta última a la creciente adscripción juvenil a las sectas, a las neoiglesias, al retorno y reconfiguración de las bandas, clikas o pandillas juveniles, al crimen organizado, donde se destaca principalmente el narcotráfico.

Por ejemplo, podríamos citar aquí el caso de la escuela en relación al narcotráfico. En un contexto en que la escuela se ha ido convirtiendo en rehén de los discursos de la “comodificación” y de la competitividad y que, al mismo tiempo, sigue reproduciendo su discurso de “único” mecanismo para la movilidad social a costa del esfuerzo personal y de la entrega sin condiciones a sus propuestas, el narco atisba el horizonte, se “hace cargo” de la crisis y promete llegar más rápido, a menor esfuerzo.

En México, por ejemplo, la ENJ (Encuesta Nacional de Juventud) 2005 (Reguillo, 2006) mostró que un 42,4% de los jóvenes dejaron los estudios por tener que trabajar; mientras que el 29,0% dice haberlo hecho porque ya “no les gustaba estudiar”; y apenas un 17,0% señalaron, como razón, la finalización de sus estudios; en un dato digno de ser tomado en cuenta, sabemos que un 12,1% de los jóvenes dejaron de estudiar “porque sus padres ya no lo permitieron”. Llama la atención el porcentaje tan importante (57,5%) que en el rango de edad que va de los 12 a 14 años señala como razón para abandonar los estudios el “ya no me gustaba estudiar”. Ello estaría indicando, con las precauciones que hay que tener en relación con el modo en que los jóvenes contestan una encuesta, que más allá de las dificultades estructurales, la escuela se muestra cada vez menos capaz de interesar y retener a los jóvenes.

A estos datos hay que añadir el hecho del peso de las decisiones familiares en las jóvenes. Por ejemplo, citando la misma encuesta, encontramos que la decisión de que el joven entrara a trabajar corresponde en un 48.2% a la familia, mientras que la decisión autónoma del joven representa el 25.6%. Si desagregamos los datos por “pertenencias” socioeconómicas, los números se vuelven elocuentes: mientras que un 57.1% de los jóvenes de los estratos medios-altos toman esta decisión por sí mismos, el porcentaje de los que lo hacen en los sectores más desfavorecidos representa el 22%. Esto significa que la posición en la estructura social tiene un papel determinante en la autonomización de los sujetos juveniles.

Muchos jóvenes se ven obligados a sumarse tempranamente a los circuitos “productivos”, en algunos, todavía en los ámbitos “formales” pero terriblemente precarizados; muchos, una vez expulsados de la dinámica formal, optan por los circuitos ilegales e informalizados. Lo que quisiera enfatizar entonces es la doble problemática que esto representa para la escuela. Por un lado, es claro que ella no está al margen de los contextos precarizados y que su escasa capacidad de interpelar los imaginarios juveniles en torno a las “ventajas” de la escuela no puede reducirse a una “falla” atribuible directamente a la propia institución; por más esfuerzos que se hagan en atribuir la responsabilidad a la escuela, la disminución de los PIB latinoamericanos destinados al rubro educación marca un límite claro. De todos modos, esto no debe significar un abandono de la crítica a la escuela, ni una justificación de sus propias contradicciones y agotamiento. Pero, por otro lado, y quizás de manera más dramática, el mecanismo bi-dimensional que se establecía entre la familia y la escuela, como espacios de continuidad en la atribución de “valor” a la formación, está colapsado y hoy entran en escena “nuevos” discursos, como el de las industrias culturales y su enorme capacidad de diversificar y desregular las ofertas de adscripción identitaria o el caso del ya citado narcotráfico. Es decir, los factores que expulsan a los jóvenes de la escuela y del trabajo producen un “vacío” de sentido, de legitimidad, de dirección, que es llenado rápidamente por discursos, imaginarios y prácticas difíciles de contrarrestar desde los discursos tradicionales.

A ello se suma lo que algunos autores (como Bauman, Beck o Giddens) han venido llamando la “precariedad biográfica del yo”, concepto cuya utilidad reside en señalar la enorme responsabilidad que se está depositando en los individuos (en los jóvenes) a contravía de las instituciones. Hay en la atmósfera una lógica instalada que tiende a “culpabilizar” a los sujetos individuales de la precariedad de sus propias vidas. En mi propia investigación he podido constatar cómo jóvenes de diversos estratos sociales, asumen, como carencia propia, como problema de “aspecto”, de “estilo”, de “disposiciones” y de “capital”, las dificultades para insertarse –incorporarse– a la sociedad.

Muchos jóvenes asumen con pasmosa aceptación “su” fracaso escolar, “su” imposibilidad de acceder a los circuitos formales del mercado, “su” precaria condición, en primera persona del singular.

Precarización y contingencia (“nada a largo plazo”)

 

Esta asunción en primera persona de la situación que experimentan, encuentra su contrarrelato en los felices cantos a la flexibilización laboral.

En su extraordinario libro La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo (2000), Richard Sennet señala que el signo más tangible del cambio en las maneras de organizar el tiempo y, en especial, el tiempo del trabajo, es el lema “nada a largo plazo”. 
Esta expresión, utilizada por ejemplo en ATT, condensa y metaforiza la envergadura de las transformaciones que hoy enfrentan las nuevas generaciones. Sabemos que las trayectorias y las biografías estables ya no son posibles en un mundo que asume que todo es contingente. La cuestión estriba en indagar qué tan precaria puede devenir la contingencia y cuál es el impacto de estas “eventualidades azarosas” para los jóvenes. 
“Nada a largo plazo” puede representar una bandera que en principio, resultaría liberadora, impugnadora de la “jaula de hierro” weberiana, siempre y cuando esa expresión sea “voluntaria”, es decir, asumida como decisión propia. Lamentablemente, todos los indicadores señalan que la erosión del “largo plazo” –al que quisiera entender aquí, como el pacto que establece un individuo con la sociedad para garantizar su inserción e incorporación a la dinámica social– es una consecuencia no buscada y derivada de las tensiones y transformaciones de la nueva sociedad del trabajo. 
Desempleo, subempleo, informalidad, trabajo precario, temporal, representan el horizonte para numerosos jóvenes que ven mermadas sus posibilidades de ser incluidos en la sociedad. Según datos de la CEPAL (2004), el trabajo informal urbano pasó del 43%, en 1990, al 48,4%, en 1999, y sigue aumentando. Por su parte, la OIT señala que aproximadamente el 85% de todas las nuevas oportunidades de empleo en el mundo se crean en la economía informal. La cuestión es preguntarse si estos datos sostienen el imaginario de una sociedad “liberada” o el de una sociedad que no logra resolver la inclusión de sus nuevos miembros. Queda claro, a través de los indicadores, que la exclusión creciente de las nuevas generaciones de la dinámica productiva no se refiere a una liberación social sino, por el contrario, indica que cada vez más este eslogan del “nada a largo plazo” obtura la mirada crítica sobre la exclusión creciente. 
A finales de la década de los setenta, la exclusión –como concepto– nombraba a aquellos que quedaban por fuera de la dinámica social en función de “desventajas personales”, es decir, la exclusión “calificaba” al individuo en su relación con la sociedad.[2] La trampa de este uso –que persiste hoy en ciertos sectores– salta a la vista, como he tratado de mostrar. 
No hay manera de eludir que la exclusión debiera calificar a la sociedad como un sistema sociotécnico que expulsa hacia los márgenes, que gestiona la desincorporación o la “desafiliación” mediante los mecanismos de la llamada “flexibilización”. En 1993, la tasa de desempleo juvenil era en la región del 12,4%; en el año 2003, esta misma tasa era del 16,6%, con una variación porcentual del 33,9% (OIT, 2004).

En este contexto cabe preguntarse cuál es el papel que está jugando la familia. Todos los datos apuntan a que, para los jóvenes principalmente, ella se ha convertido aceleradamente en espacio de contención de la crisis.

En México, en la ENJ 2005, ya citada, los jóvenes fueron interrogados sobre los espacios y relaciones más importantes. A nivel nacional, la encuesta muestra que los tres ámbitos más importantes para los jóvenes los constituyen la familia (87,0%), el trabajo (66,2%) y la escuela (61,4%), esta última con una diferencia mínima porcentual en relación con la pareja (60,8%).

Pero, por otra parte, si se interroga sobre aquellos ámbitos o esferas que proveen de mayor satisfacción a los jóvenes, resulta interesante observar (tomando los valores máximos, es decir, muy satisfechos) que la familia se convierte en la institución más elegida (46,8%), seguida muy de lejos por la escuela (25,7%) y la pareja o el novio (23,1%). Mientras que lo que menos satisfacción genera es la propia situación económica (13,4%) y el trabajo (14,7%).

Hay que resaltar aquí que los grados de satisfacción en relación con la familia, alcanzan su mayor porcentaje entre los jóvenes de los estratos más favorecidos, mientras que resulta menos satisfactoria para los jóvenes de las localidades semiurbanas y los más pobres, lo que no deja de resultar problemático en tanto que para estos jóvenes la familia es un referente fundamental. La distancia declarada entre la importancia que los jóvenes otorgan a la familia y la satisfacción que dicen experimentar, muestra un desajuste que obliga a problematizar ciertas visiones romantizadas que ven en la familia el “último reducto” frente a la crisis. Indudablemente, ella está jugando un papel central pero es importante interrogar este papel de manera multidimensional.

Los indicadores disponibles muestran que cada vez más la edad de salida del hogar se está posponiendo y sabemos que, por ejemplo, en México, el 84% de los jóvenes de 12 a 29 años de edad contribuyen económicamente al sostenimiento de su casa parental. No es un dato menor. Por otro lado, la investigación etnográfica me permite afirmar que se está produciendo un retorno “medieval” a la familia como unidad empresarial de producción para la subsistencia, en tanto se ha convertido en un núcleo laboral, muchas veces alrededor de una misma actividad informal, en la que participan todos los miembros de la familia, desde los adultos hasta los niños.

No es posible entonces asumir una posición de superioridad moral frente a las vidas de tantos jóvenes que, a mi juicio, metaforizan de una manera extrema el malestar profundo y la crisis de fondo que sacude el piso en el que muchos, miles, millones de jóvenes en la región están configurando sus identidades.

Me pregunto, en este mismo sentido, una cuestión que me persigue desde hace varios años: ¿cuánta exterioridad le cabe a la escuela?, lo que podría traducirse en la pregunta por la posibilidad y especialmente la capacidad de la escuela para hacerse cargo de los efectos sistémicos del modelo de desarrollo sociopolítico y económico-cultural asumido.

 

Desafíos

Si algo caracteriza a los colectivos juveniles insertos en procesos de exclusión y de marginación es su capacidad para transformar el estigma en emblema (Reguillo, 1991), es decir, hacer operar con signo contrario las calificaciones negativas que les son imputadas. Por ejemplo, la dramatización extrema de algunos constitutivos identitarios como el lenguaje corporal o la transformación a valencia positiva del consumo de drogas como prueba de “virilidad” y desafío, la opción por la violencia como marca de prestigio.

Todos estos elementos apuntan a una inversión simultáneamente lúdica y dramática de los valores socialmente dominantes. Resulta fundamental, no obstante, analizarlos en su arraigo empírico, lo que permite captar los diferentes planos de expresión y comprender, con rigor, las múltiples articulaciones que están dando forma a las configuraciones identitarias de los jóvenes en su ineludible vinculación con el resto social.

Es imprescindible añadir un “nuevo” frente de desigualdades que se está traduciendo en diferenciaciones identitarias (y no al revés), que es el de la eufemísticamente llamada “brecha digital”, que está condenando a un importante número de jóvenes a formas de exclusión cultural.[3]

Como una hipótesis interpretativa me gustaría terminar planteando, a modo de conclusión, que en el momento actual, estamos frente a dos juventudes: los “desconectados y desiguales” (parafraseando a García Canclini) que, pese a su desencanto, tienden a refugiarse en las certezas que arroja el grupo familiar y la comunidad, y a mostrarse más confiados en lo que podría llamarse el “capital humano”; y los favorecidos y ya incorporados, que parecen fundamentar sus certezas en los beneficios que aporta la conexión al mundo globalizado. La diferencia se vuelve evidente: soportes privados, contingentes, informales, frente a soportes “institucionalizados” y regulados.

Los jóvenes no están “fuera” de lo social: sus formas de adscripción identitaria, sus representaciones, sus anhelos, sus sueños, sus cuerpos, se construyen y se configuran en el “contacto” con una sociedad de la que también forman parte. Dijo Bourdieu que “la juventud no es más que una palabra”, lamentablemente los signos contemporáneos parecen indicar que ese “sustantivo”, como lo llamaría Borges, se convierte aceleradamente en la acumulación de adjetivos excluyentes.

 

   

 

 



[1] Consultar Tendencias mundiales del empleo juvenil, Ginebra, OIT, 2004.

[2] Véase el interesante análisis sobre las transformaciones de la noción de exclusión que desarrollan Boltansky y Chiapello, en El nuevo espíritu del capitalismo, 2002.

[3] En México, el 77% de los jóvenes de estrato medio/alto poseen computadora, mientras que entre los de estratos socioeconómicos muy bajos la cifra es del 0,5% a nivel nacional; los jóvenes con acceso privado a Internet son el 20,2%, cifra que baja a 5,7% en el estrato bajo y a 0,4% en el muy bajo.