¿Diálogo inter-religioso o intra-religioso?
José María Vigil
Servicios Koinonía
Las
dificultades religiosas en la convivencia mundial
Hans Küng popularizó el pensamiento de Gandhi: «En el mundo no habrá paz, si no hay paz entre las
religiones». Y lo aplicó al diálogo interreligioso: «No habrá paz entre las
religiones si no hay diálogo entre las religiones».
Hoy no lo duda
nadie. El mundo no está en paz. Hay muchas guerras pequeñas, locales. Pero hay
también, sobre todo, conflictos entre grandes sectores de la humanidad, entre
grandes bloques culturales. Y estos conflictos culturales son a la vez
religiosos: cada bloque, cada cultura, tiene su religión propia, que le
inspira, le fortalece y a veces hasta se implica explícitamente en el
conflicto. Los grandes conflictos culturales actuales tienen un gran componente
religioso. En un lado, justifican –o son complacientes con- la dominación, la
hegemonía, la superioridad, la propia riqueza... En otro, condenan la
dominación, alientan la rebeldía, instan a librar una guerra santa de
liberación.
De hecho, bien
lo sabemos: no ha habido prácticamente en la historia una sola guerra en la que
no se hayan involucrado las religiones de los pueblos beligerantes. Y no podría
ser de otro modo, porque los contendientes no son solo sujetos económicos o
políticos... sino humanos, y por tanto religiosos. Es lógico que su religión
acompañe a esos pueblos en una situación tan difícil como la guerra. Lo
«normal» es que, en cada guerra, en ambas partes contendientes, el respectivo
Dios, o la respectiva religión justifique la lucha, tranquilice la conciencia,
bendiga los cañones, dé moral y fuerza, prometa la gloria a los mártires. Es
sabido: se lucha mejor cuando la propia causa es reconocida como la voluntad de
Dios, y «se mata mejor en nombre de Dios».
Hoy, a la
altura del tercer milenio, en una sociedad que conoce mucho mejor su historia,
y que es testigo por primera vez de la convivencia de todas las religiones en
el mundo globalizado, esta perspectiva se nos hace increíble: no es posible que
Dios se haga presente en las dos partes en conflicto y bendiga sus armas y sus
luchas. Ya no es inteligible. La verdad no puede estar de ambos lados de la
guerra. Alguna de las religiones beligerantes –o todas- se equivocan
palmariamente. No nos importa que estén muy convencidas, ni que apelen a sus
Sagradas Escrituras reveladas e infalibles, o que se remitan a la misión que
Dios les ha encomendado de salvar el mundo o de salvar su propia dignidad...
Efectivamente,
es urgente el diálogo de civilizaciones, pero no solo en una dimensión
laicamente cultural, sino también en la dimensión religiosa, porque, como
decimos, las religiones están detrás de los conflictos, y siempre los
acompañan. Mientras no se reconozcan mutuamente y se reconcilien las
religiones, no habrá paz en el mundo.
De acuerdo,
deben dialogar las religiones. Pero veamos: no es nada fácil el diálogo entre
ellas...
Las
dificultades en el diálogo entre las religiones
Las religiones,
las que hoy conocemos como «grandes religiones mundiales» llevan entre 3 y 5
mil años conviviendo en este planeta, aunque hayan estado la mayor parte del
tiempo prácticamente aisladas. Pero hoy día ya llevan un buen tiempo
conociéndose, sin que hasta la fecha hayan realmente dialogado. A pesar de las
muchas iniciativas en ese sentido, todavía no hay una instancia o plataforma
común aceptada para el diálogo entre las religiones. Todavía no han sido
capaces de sentarse en un «concilio» universal, o algo parecido, para colaborar
entusiastas en el objetivo que comparten todas, que es salvar la Humanidad.
En realidad no
hay diálogo verdadero, profundo, fecundo, entre las religiones. Hay buenas
formas, relaciones diplomáticas, acuerdos... pero «diálogo religioso»,
concreto, que llegue a acuerdos sobre Dios, sobre teología, sobre el valor
religioso que unas se conceden a otras, sobre la posibilidad de un armisticio
que declare prohibido el proselitismo de unas sobre las otras... de este
diálogo religioso real, no hay nada. ¿Por qué?
Porque
prácticamente todas las religiones arrastran concepciones y prejuicios
ancestrales propias de tiempos de aislacionismo cultural, que hoy resultan
incompatibles con el diálogo interreligioso. Por ejemplo:
-Casi todas las
religiones han vivido los pasados milenios desconociendo a las demás, sin
relaciones, sin reflexión sobre el significado religioso de la pluralidad de
religiones. Esa herencia cristalizó dentro de las religiones, y no es fácil
retirarla.
-Algunas
religiones (no una, ni dos...) se consideran todavía actualmente, «la única
religión verdadera», frente a la cual las demás son falsas.
-Otras se
consideran, si no «la única», sí «la mejor», frente a la cual las demás son
inferiores, y están llamadas a ser completadas por ella.
-Muchas
religiones se tienen por la única religión salvífica,
por lo que consideran a los miembros de otras religiones como paganos,
infieles, no creyentes, necesitados de la salvación que ellas aportan.
-Muchas
religiones (no una ni dos) consideran tener «la revelación», la única
revelación, frente a la cual los textos sagrados de las demás religiones son
sólo «literatura religiosa», venerable quizá, pero no Palabra de Dios.
-Algunas
religiones interpretan sus Escrituras con un fundamentalismo literal en los
temas sociopolítico-económicos que les interesan, como cuando el sector judío
ultra-ortodoxo ligado al poder político del Estado de Israel reivindica para su
país los mismos límites geográficos que figuran en la Biblia, porque habrían
sido dados por Dios a sus padres para siempre.
-Muchas
religiones (no una ni dos) consideran que son «el Pueblo de Dios», «el pueblo
elegido», que, como tal, tiene una misión de ser la luz de los pueblos, la
antorcha que ilumine a los seres humanos de este planeta.
-No pocas
religiones tienen conciencia de una misión universal, de conquista del mundo,
para «convertir» a todos pueblos a la propia religión –tal vez incluso a la
propia cultura-, para que el mundo entero acabe siendo de una única religión,
la propia.
-Algunas
religiones, aunque no lo dicen explícitamente, lo piensan un tanto inconscientemente:
se identifican con la comunidad humana que tiene el «destino manifiesto» de
dirigir el mundo, la más capacitada moral y humanamente para imponer la paz con
su hegemonía social y política, como instrumento de Dios en favor del mundo. De
hecho, grandes imperios con justificación religiosa los ha habido por decenas
en la historia.
Todas estas
convicciones que albergan en su corazón y en su teología tantas religiones
hacen que un diálogo interreligioso verdadero –más allá de los simples
acuerdos, diplomacias...- sea, hoy por hoy, prácticamente imposible. Quien cree
que tiene en exclusiva –sólo él- la verdad, y la verdad plena, y que los demás
no la tienen, o sólo participan de ella parcialmente, no puede dialogar
religiosamente, aunque se siente a la mesa de diálogo muy educadamente; está
incapacitado para «dialogar», que significa hablar y escuchar atentamente,
dispuesto a aprender y/o corregir eventualmente.
Sobre
todo dificultades teológicas
Obviamente, las
religiones –me refiero principalmente a las «instituciones», también tienen
intereses (económicos, de influencia sobre los poderes sociales y políticos, de
base social, de prestigio y de hegemonía...), intereses que les afectan y les
pueden nublar mucho la cabeza a la hora de «razonar» y dialogar. Pero, dada la
naturaleza de la religión, más aún que esos intereses les afectan sus ideas:
sus Sagradas Escrituras, sus dogmas, sus creencias, sus «mitos»... su
«teología» en una palabra. Hoy día, aun cuando una religión no tuviera
intereses «materiales» ante una situación determinada, probablemente seguiría
teniendo en su teología graves impedimentos para dialogar, como los que hemos
citado más arriba.
El diálogo
entre las religiones no sólo es cuestión de voluntad política, sino de
viabilidad ideológica. Hay ideas, hay teologías, que imposibilitan el diálogo.
Como
recordábamos, todas las religiones han vivido miles de años en el aislamiento
cultural y religioso. Su «patrimonio simbólico» ha sido elaborado en ese
contexto, y por eso lleva huellas indelebles de pensamiento exclusivista,
absoluto, único. La creencia de que sólo «nuestra religión es la verdadera», no
es algo que hayamos dicho los cristianos, sino que lo han dicho prácticamente
casi todas las religiones de la actualidad y de la historia. Es obvio que en
eso las religiones todas no están en lo cierto. Cabe deducir que,
probablemente, ese error común no ha sido una casualidad, sino un fenómeno
natural, un espejismo epistemológico que la situación de aislamiento les ha
deparado. Importa por tanto reconocer la voz de Dios que nos habla en los
acontecimientos de la evolución del mundo, ahora que la ampliación del
conocimiento de la que disfrutamos nos permite ver que cometimos ese error. Es
Dios mismo quien ahora nos permite corregir errores de perspectiva que ahora
gozosamente podemos descubrir.
Lo mismo se
puede pensar de varias de las otras afirmaciones que las religiones hacen, que
hemos enumerado más arriba como obstáculos al diálogo religioso.
«Teología
del pluralismo»
Pues bien, ese
conjunto de afirmaciones y pensamientos que dificultan el diálogo
interreligioso son lo que se suele llamar «teología del pluralismo religioso»,
es decir, la reflexión teológica que una religión se hace acerca del
significado de la pluralidad de religiones. Es la visión de conjunto con la que
una religión se responde a preguntas como: ¿por qué hay muchas religiones y no
una sola, como parecería que Dios hubiera tenido que haber propiciado? ¿Somos
la única religión querida por Dios, o también han sido queridas las otras?
¿Sólo nuestra religión salva? ¿Los creyentes de otras religiones, se salvan por
sus religiones o a pesar de sus religiones? ¿Es inferior o incompleta la
salvación que Dios otorga a las personas y los pueblos de otra religión que la
nuestra? ¿Ha condicionado Dios la plenitud religiosa de la humanidad a la
integración de todos los pueblos y religiones en la nuestra? ¿Es mala la «hierodiversidad» (diversidad de lo religioso) o es un
reflejo del multiforme e inabarcable misterio divino? ¿Tenemos nosotros –y solo
nosotros- la verdad, y toda la verdad, o también las otras religiones pueden
enseñarnos algo de la verdad?
Estas preguntas
que formarían como un guión para el desarrollo de una «teología del
pluralismo», nos pueden parecer preguntas nuevas, muy pocas veces afrontadas
antiguamente. Nos pueden parecer también desafiantes, porque cuestionan cosas
que siempre «se habían dado por supuestas». Antes estuvieron presentes pero solo
implícitamente, y las respuestas a esas preguntas también eran implícitas,
«dadas por supuesto». Fueron respuestas elaboradas en un contexto de
aislamiento y de religión única. En la nueva situación del mundo, en la que las
religiones conviven diaria, cercana e inevitablemente, aquellas respuestas
exclusivistas, aquella «teología del pluralismo religioso» exclusivista, ya no
es de recibo.
Tres
paradigmas
Teología
«exclusivista» -expliquémoslo telegráficamente, porque ya es muy conocido- es
aquella que considera que extra nos, nulla salus, fuera de nuestra religión no hay salvación. Las
demás religiones no serían verdaderas, ni salvíficas,
sino meramente humanas, no sobrenaturales. En esta posición han estado las
religiones, mayoritariamente, durante milenios; concretamente, el cristianismo
ha estado ahí 1960 años, hasta el Concilio Vaticano II. Es el paradigma
exclusivista.
Cuando salta a
los ojos que este exclusivismo no es aceptable para el pensamiento humano
evolucionado, aparece la posición «inclusivista»: ya
no se excluye radicalmente a los demás, sino que se les mantiene en segundo
plano mediante el mecanismo de «incluirlos» en la propia religión. O sea: ya no
se afirma que fuera de la propia religión no haya salvación alguna...; sí, se
reconoce que hay retazos, medios dispersos y no plenos de salvación, pero de
una salvación que es precisamente la nuestra. Las demás religiones estarían
viviendo de sobras, restos, excedentes de la salvación que Dios nos otorgó a
nosotros... La salvación que los otros tienen, es nuestra: «incluimos» su
religión en la nuestra. Les llamamos –por ejemplo- «cristianos anónimos», y su
destino no es otro que abandonar sus religiones e incorporarse a la nuestra
(terminar de incluirse en ella). Es el paradigma inclusivista.
Y lo que ocurre
en el mundo de hoy es que a más y más personas les parece descubrir que no hay
una religión única, absoluta, superior, de la cual todas las demás participaran
inclusivamente, sino que todas las religiones son, de alguna manera, respuestas
humanas –divinamente motivadas- al inabarcable misterio divino, todas
diferentes, pero todas también válidas, a su modo. Es como una nueva
percepción, una intuición, una forma de ver que se impone, a esta altura de la
curvatura de la historia universal. No es una nueva teoría, creada por algún
teólogo genial. Es una percepción cultural, un nuevo paradigma, de nuestro
tiempo, de esta nueva hora de mundialización. Es un
nuevo escalón epistemológico, un nuevo planteamiento de base, un axioma
indemostrable pero que se muestra capaz de sustituir con ventaja a los viejos
postulados. Y desde este nuevo planteamiento epistemológico es desde donde
surge la posición de una teología del pluralismo religioso «pluralista», es
decir, una teología –y una religión- más allá de las posiciones exclusivista e inclusivista.
Tal teología
está por formular, es una intuición nueva, pero podríamos decir tentativamente
que se orienta hacia una compatibilización del
patrimonio simbólico de la religión con estas nuevas «evidencias» que a la
humanidad le parece estar experimentando. Se trata de releer las religiones,
profundizando en su capital simbólico para encontrar una reinterpretación de
las mismas que, siendo profundamente fiel, no implique minusvaloración
de las demás religiones.
No es
la primera vez
Estos cambios
de paradigma, que conllevan la reinterpretación de toda una religión, no es la
primera vez que se vayan a hacer... Todas las religiones –también el
cristianismo- los han hecho muchas veces, aunque tendamos a olvidarlo.
-Todas las
religiones fraguaron dentro de un contexto patriarcalista;
hoy tienen que releer todas aquellas afirmaciones, para arrancar y abandonar
aquel patriarcalismo a veces incrustado hasta en el
corazón mismo de los «dogmas» más centrales;
-Muchas
religiones fraguaron con una estructura verticalista
y autoritaria, principalmente la Iglesia Católica que, histórica y literalmente
es heredera del Imperio Romano, sin que se haya desprendido finalmente de ese
lastre; es obvio que tiene que «releer» desde el paradigma obvio actualmente,
de la horizontalidad social, de la participación, la democracia, la superación
del Antiguo Régimen, los derechos humanos, la superación de la cristiandad y de
la alianza con el poder...
Hoy son
bastantes los paradigmas nuevos que se acumulan a la espera de que las
religiones se confronten con ellos, si no quieren exigir a sus fieles la
esquizofrenia mental de vivir en el mundo de hoy y practicar religiones
ancladas en el lenguaje cultural de épocas que ya sólo resisten en sus templos.
No hay por tanto por qué asustarse, al contrario, hay que llenarse de valor
para cumplir esta misión histórica.
Teología
del pluralismo para la paz del mundo
Es fácil ver
que aquellos tres paradigmas de teología del pluralismo religioso, harán
comportarse a las religiones que los adopten de muy diferente manera, tanto en
el diálogo con las otras religiones, como en su posición ante los conflictos
“religioso-culturales” del mundo actual.
Las religiones
que se hallen todavía en el paradigma exclusivista (como el que tuvimos los
cristianos hasta la mitad del siglo XX), pensarán que la población del mundo
que no las adopta es «infiel» a Dios, es gente réproba, que causa la ira de
Dios, y se sentirán llamadas a luchar por la conversión de esos infieles para
someterlos a la ley única de Dios, ante la que no caben secularidad,
democracia, derechos humanos... inventos todos estos del Maligno. Flaca ayuda
para la paz mundial.
Las religiones
instaladas en el inclusivismo adoptarán una posición
más tolerante, porque el reconocimiento de la presencia de Dios fuera de ellas
mismas reclama su respeto y su tolerancia, pero sin hacerles olvidar nunca que
esas masas humanas están llamadas por Dios a incorporarse a la única religión
superior, la que «finalizará el mundo», por lo que deben mantener en alto el
banderín exclusivo de la verdad, el reclamo de la unicidad y el esfuerzo
misionero constante para convertir al mundo, para reducir el actual pluralismo
religioso a la unidad de una humanidad que sea «un solo rebaño y un solo
pastor». Colaborarán con las demás religiones solo hasta cierto punto, porque
no se sienten una religión más, y es posible que reclamen la hegemonía y el
privilegio que corresponde a la religión superior y única.
Las religiones
que se hayan adentrado por el paradigma pluralista se sentirán en un planteamiento
bien diferente de lo que ha sido el tradicional (no en vano el cambio profundo
de paradigma no es el que se da entre exclusivismo e inclusivismo,
sino entre éstos y el pluralismo). Si, como plantea el paradigma pluralista,
todas las religiones están llamadas a seguir siendo ellas, pero aceptando esa
evidencia paradigmática actual de que Dios ama a todos los seres humanos, a
todas las religiones, y por medio de todas ellas se comunica con el alma de sus
pueblos, asumirán convencidamente la obviedad de la necesidad de la
cooperación, en pie de igualdad, para salvar a la Humanidad, como «la gran
misión de Dios dada a todas las religiones». Y la disponibilidad para compartir
con las demás religiones, dando y recibiendo, aprendiendo incluso de la inabarcable
experiencia ajena de Dios que en el mundo se manifiesta.
¿Diálogo
interreligioso o diálogo intrarreligioso?
A esta altura
de lo que vamos diciendo creo que es clara la conclusión: el diálogo
interreligioso es muy importante, pero, en este momento de la historia de las
religiones, es más importante todavía el «intradiálogo».
Hay que dialogar ya con las demás religiones, pero sobre todo, previamente, hay
que dialogar con nosotros mismos. Hay que sacar del subconsciente y de la implicitud la teología del pluralismo que recibimos en
herencia (normalmente exclusivista e inclusivista), y
afrontar explícitamente preguntas como aquellas que más arriba formulábamos, y
darles una respuesta crítica, sin contentarnos con repetir lo que hace
cincuenta años nos dijeron. El mundo ha cambiado, sobre todo «epistemológicamente», o sea, en el modo de conocer, y
muchos de aquellos supuestos, axiomas, postulados subyacentes al modo de pensar
religioso exclusivista que estuvo en vigor durante miles de años,
desaparecieron. Es necesario dar respuestas nuevas a aquellas preguntas,
respuestas que no conlleven la implicación de la superioridad absoluta de una
religión sobre las demás, o la satanización del pluralismo religioso, o la
justificación de hegemonías culturales o étnicas...
Es muy
importante dialogar interreligiosamente, sí. El
futuro del mundo, su paz, pasa por ese diálogo. Pero para que ese diálogo
interreligioso sea posible y fecundo, los dialogantes deberán participar con
una mentalidad pluralista. No puede dialogar realmente quien está en un
paradigma exclusivista. Tampoco está en las mejores condiciones para dialogar
quien está instalado en el paradigma inclusivista.
«Sólo será fecundo el diálogo entre las religiones –sería una cláusula a añadir
al famoso pensamiento de Gandhi-Küng-
si éstas se adentran por los caminos de la teología pluralista. No habrá paz en
el mundo si las religiones no adoptan una visión pluralista». Y esto no podrá
llegar a ser realidad, si las religiones no dialogan consigo mismas -«intradiálogo»- sobre todos estos temas; si no instauran en
su seno un proceso de reflexión, catequización a sus bases, reformulación de su
patrimonio simbólico por parte de sus teólogos.
Dialogar dentro
de cada religión, subir a la conciencia explícita y someter a crítica su
teología del pluralismo religioso, profundizar en su estudio, y corregir las
correspondientes posiciones, es tal vez la urgencia mayor en esta hora. Más el
diálogo intra-religioso que el inter-religioso.
Éste no será fecundo –tal vez ni siquiera viable- sin aquél.
La experiencia
dice que cuando este cambio de mentalidad se propone debidamente al pueblo,
éste reacciona favorablemente en la mayor parte de los casos. Entienden
enseguida que es «lógico» y «necesario» y hasta «inevitable», este cambio de
actitud... Quienes reaccionan negativamente son los «profesionales» religiosos,
los que tienen intereses en conservar el sistema tal cual está, o quienes no
logran desprenderse de una visión fundamentalista (de una interpretación
vertical y literalista de la revelación, por
ejemplo), en todas las religiones.
La teología del
pluralismo religioso y el «intradiálogo» son también
una forma de «teología de la liberación», en el sentido de que es una tarea
teológica que también pretende «liberar» a la humanidad de prejuicios, de
paradigmas superados que le impiden avanzar hacia un futuro armonioso de paz y
justicia con la cooperación de todas las religiones. «Porque estaba encerrado
mentalmente en el fundamentalismo, y me ayudaste a abrir la mente y la fe», se
dirá también en el juicio de las naciones. El ser humano no necesita sólo
liberación de las opresiones económicas, sino de toda opresión, también de la
opresión ideológica, fundamentalista, que le dificulta vivir en una dimensión
más amplia, liberada y cooperativa. Hacemos teología del pluralismo, no por
curiosidad especulativa, sino como praxis histórica de liberación.
Junto a la
teología pluralista, está, claro es, la espiritualidad pluralista, y ésta es,
con frecuencia, un camino todavía más suave, para nuestro pueblo, de cara a
acceder a una visión pluralista integral.
No habrá paz en
el mundo mientras no haya teología pluralista en las religiones, y no habrá
teología pluralista en ellas mientras no lleven a cabo una intensa campaña de «intradiálogo religioso».