San
Francisco de Asís y el
Diálogo
Inter-religioso
Fr. Efrén Balleño Sánchez, OFM
Provincia del Santo Evangelio
(México)
Ecumenismo y diálogo
interreligioso son términos muy usados por los cristianos en las últimas
décadas[1];
pero, hablar de acercamiento entre las iglesias cristianas o de diálogo con los
que no son cristianos en tiempos de Francisco de Asís resulta anacrónico. El
acontecimiento más cercano al santo de Asís en este terreno es el llamado cisma
de Oriente (1054), ya que la reforma protestante aún estaba a tres siglos de
distancia. Lo que sí vivió Francisco fue el enfrentamiento de la cristiandad europea
con los musulmanes en las llamadas “guerras santas”, las cruzadas.
Con todo, el tema resulta
interesante porque los distanciamientos entre los que comparten las mismas
ideas o creencias y los enfrentamientos con quienes tienen otras diferentes
siempre se han dado en la historia; más aun, nosotros mismos los propiciamos.
En el tiempo que vivió Francisco se dieron los distanciamientos entre los cristianos
y también los enfrentamientos con quienes no lo eran. Al interior de
Por ahora dejamos de lado su
relación con los herejes y abordamos el tema del acercamiento de Francisco a
los sarracenos, hacia los que la jerarquía de
En cuanto a sus actitudes
hacia los sarracenos, habrá que decir ante todo que para ese tiempo parecía no
haber otro problema más urgente para
Los preparativos bélicos para
la anunciada cruzada no desanimaron al Poverello en su propósito de buscar la
paz con los sarracenos, pues desde la visión que años atrás había tenido en
Espoleto estaba firmemente convencido de que a los sarracenos se les debía
enfrentar con el Evangelio y sin armas[5];
y, aunque lo veía como algo imposible, estaba dispuesto a intentar convencer a
los responsables de las fuerzas cristianas de no atacar a los sarracenos, e,
incluso, ir personalmente a encontrar al Sultán de Egipto. Las cosas parecían
favorables porque en junio de 1219 Melek-el-Kamel ofreció la paz a los cruzados
si abandonaban tierras egipcias; a cambio dejaría libre la ciudad de Jerusalén
y les restituiría la santa cruz. Algunos de los jefes cruzados estaban
dispuestos a negociar la paz, pero el legado papal, el cardenal Pelagio Gaitán,
se opuso rotundamente seguro de que los cristianos responderían a los llamados
del papa y llegarían refuerzos militares con los cuales se obtendría la
victoria sobre los sarracenos.
Así, pues, con algunos
compañeros, de los cuales se han conservado los nombres de Pedro Catani e
Iluminado de Rieti, Francisco se embarcó en Ancona con los cruzados boloñeses[6].
Iluminado había estado ya en Oriente entre los compañeros de Elías y
seguramente conocía algo del idioma árabe. Probablemente llegaron al campo de
los cruzados, cerca de Damieta, a fines de julio o principios de agosto. Los
biógrafos del santo son demasiado reservados y de los lugares en los que estuvo
Francisco sólo señalan Damieta y el campamento del Sultán; con todo, la visita
al Sultán y su predicación ante Melek-el-Kamel no pueden ponerse en duda ya que
son testimoniados por fuentes no franciscanas, siguiendo las cuales se pueden
reconstruir algunos de los acontecimientos que tuvieron lugar tanto en el campo
de las huestes cristianas como en el de los sarracenos.
En Damienta estaba no sólo el
cardenal legado, sino también varios personajes eclesiásticos y muchos clérigos.
Esto entristeció a Francisco, pues no estaban allí para evangelizar a los
sarracenos, sino que para asistir al espectáculo de la guerra, preocupados por
excitar la belicosidad de de los combatientes en el nombre de Cristo y vencer
así a los enemigos de la fe, lo que los hacía moralmente responsables de las
gestas militares, a menudo bárbaras de los cruzados.
El cardenal legado era de
carácter difícil y según él, el fin principal de la cruzada era el de destruir
de una vez para siempre la potencia militar sarracena y esto se lograría
destruyendo la potencia militar de Egipto y ocupando su territorio, con lo cual
estaban de acuerdo los más belicosos jefes del ejército cruzado; Juan de
Brienne, en cambio, desde el inicio limitaba la finalidad de la cruzada a la
liberación de Jerusalén y del santo sepulcro. Por eso, si el Sultán estaba
dispuesto a entregar pacíficamente la ciudad de Jerusalén a cambio de la salida
del ejército cristiano de Egipto, la finalidad de la cruzada se había
alcanzado. Ya no era necesario el enfrentamiento armado.
Los acontecimientos, sin
embargo, se desarrollaron de otro modo, ya que Francisco no logró convencer ni
al legado papal ni a los jefes de los cruzados de no presentar batalla[7];
y como lo había anunciado el santo de Asís, la batalla del 29 de agosto de 1219
fue desastrosa para los cruzados. Más que nunca, después de la derrota
Francisco estaba dispuesto a ir al campo sarraceno para entrevistarse con el
Sultán. La escena del encuentro de Francisco con el Sultán, descrita en las
primitivas fuentes de la Orden[8],
nos ha sido conservada también por un cronista no franciscano que se encontraba
en Damieta: Contaré lo de dos clérigos
que estaban en el campamento, en Damieta. Acudieron al cardenal (Pelagio
Gaitán, legado papal) y le manifestaron
que querían ir a predicar al sultán, pero que no querían ir sin su permiso… El
cardenal les contestó que no irían con su permiso ni mandato… viendo el
cardenal que tanto anhelaban ir, les dijo: Señores, no sé cuáles serán su
corazón y sus intenciones, ni si son buenas o malas; y si van allá, cuídense de
que su corazón y sus miras sean siempre del Señor Dios… Entonces los clérigos
salieron del campamento de los cristianos y se encaminaron al campamento de los
sarracenos… cuando llegaron a la presencia del sultán lo saludaron. El sultán
también los saludó… contestaron… que habían venido a él como mensajeros de
parte del Señor Dios, y para encomendar su alma (la del sultán) a Dios… entonces les dijo el sultán:.. no
les haré cortar la cabeza, porque sería recompensarlos muy mal el que se hayan
puesto en peligro de muerte para encomendar, según su parecer, mi alma al Señor
Dios… entonces, el sultán les dijo que con gusto los haría llevar a salvo al
campamento[9].
Ahora bien, de ese peculiar
encuentro algunos puntos deben ser subrayados: La visión original de Francisco
respecto a los sarracenos, elaborada en el capítulo 16 de
La aproximación de Francisco y
sus hermanos a los demás, que incluye ir entre personas de diferente cultura y
religión, en espíritu de humilde servicio y sin actitudes de superioridad fue un
proceso de aprendizaje, un camino que se fue descubriendo. Gradualmente
aprendieron a discernir la presencia y la acción de Dios entre los sarracenos y
a descubrir el bien que Dios actúa en su vida y en su historia.
Para Francisco la vida simple,
ordinaria, de las personas tenía una importancia decisiva: el campo, el taller,
el leprosario, la casa eran los lugares donde los hermanos encontraban a la
gente. Permaneciendo sumisos a las personas y sirviéndoles les comunicaban el
saludo de paz, no sólo de palabra sino con las obras. De este modo les
invitaban al diálogo de la vida en el que la verdad no es patrimonio de unos,
sino que es descubierta junto a los demás compartiendo las experiencias de la
vida cotidiana.
El rechazo de toda disputa y
actitud agresiva no era estrategia, sino cuestión de principios. Esta derivaba
de la profunda convicción de que Dios es humildad[11].
Por lo mismo, Dios quiere que los hombres imiten esta humildad no comportándose
como dueños de la verdad, sino abriéndose a ella tal como se manifiesta en la
vida de las personas, independientemente de su condición. En la aproximación de
Francisco a los “diferentes” la predicación no ocupaba un puesto prioritario.
En base a su experiencia personal estaba firmemente convencido de que Dios, en
su inescrutable beneplácito estaba presente y operante entre los sarracenos y
era la fuente de todo el bien que existía en ellos. Por respeto al Dios
altísimo, Francisco consideraba de segunda importancia lo que la teología
dominante señalaba como absolutamente necesario para la salvación. Dejaba a
Dios el problema de la salvación de los sarracenos y, viviendo entre ellos,
esperaba pacientemente un signo que le hiciera ver que complacía a Dios
comenzar a predicar su palabra.
Finalmente, la teología de
Francisco en materia de beneplácito divino constituye una valiosa contribución
a la teología de las religiones y del diálogo interreligioso. Partiendo de su
experiencia, según la cual Dios, en su inescrutable beneplácito, incluye a los
sarracenos, esta teología pone las bases para un verdadero diálogo entre
cristianos y musulmanes, especialmente para el diálogo de la vida en el cual,
por respeto al mundo en el que Dios está activamente presente en medio de todos
los pueblos, los cristianos y los musulmanes están sujetos, los unos a los
otros, por amor de Dios y colaboran en paz a la realización de un mundo nuevo.
[1] Fue
sobre todo después del Vaticano II que se dio un giro en la aproximación a las
otras religiones, con las que ahora se busca el diálogo y la colaboración (Concilio Vaticano II, “Declaración
sobre las relaciones de
[2] El
origen etimológico de la palabra “sarraceno” es incierto. Ya en el siglo VI los
autores griegos usaban el término “sarracenos” para indicar a los habitantes,
tanto paganos como cristianos, de la península arábiga. El término, pues, es
aplicado a los árabes, sin diferencia alguna, aún después de su conversión al
Islam. Sólo después el término va a adquirir una connotación religiosa
negativa. En el mundo occidental se registró una evolución análoga. Hasta
finales del siglo VIII el término “sarracenos” era religiosamente neutro. En el
siglo IX, cuando la península italiana comenzó a ser sistemáticamente atacada
por los “sarracenos”, el término asumió una connotación negativa (Cf. Sarazenem, en Lexikon für Theologie und Kirche 9 (1964), P. 326).
[3] De
entre las recomendaciones que Francisco da a sus hermanos en cuanto al modo de
comportarse al interior de la propia fraternidad y en sus contactos con los
demás hombres, los siguientes textos, tomados de
[4] El
llamado del papa Inocencio III en el concilio comienza así: Deseando ardientemente liberar la tierra
santa de manos de los impíos… (Conciliorum
Oecumenicorum Decreta, a cura dell’Istituto per le sciense religiose,
edizione bilingüe, Ed. Behoniane Bologna, Bologna 1991, canon 71, p.267).
[5] Preparado
con todos los arreos militares llegó, junto con otros voluntarios, hasta la
cuidad de Espoleto y habiendo escuchado ahí la voz del Señor, Francisco
renunció a enrolarse en las huestes del papa que se reunirían en
[6] 1Cel 57, en San Francisco de Asís. Escritos. Biografías… 176.
[7] Ante el dilema de quedar callado o
anunciar a los cruzados que no pelearan porque perderían, Francisco decide
pasar por loco ante los combatientes, pero su conciencia queda tranquila por
haber comunicado lo que el Señor le había revelado (Cf. 2Cel 30, en San Francisco de Asís. Escritos. Biografías…, p. 247).
[8] Los relatos de los biógrafos y del primer
cronista de
[9] Ernoul (+ 1230), Crónica, cap. 30, en San Francisco. Escritos. Biografías… pp.
968-970.
[10] La
también llamada Primera Regla, dice: Por
eso, todo hermano que quiera ir entre sarracenos y otros infieles, vaya con la
licencia de su ministro y siervo… Y los hermanos que van, pueden vivir
espiritualmente entre ellos de dos modos. Uno es, que no promuevan disputas ni
controversias, sino que estén sometidos a toda humana criatura por Dios y
confiesen que son cristianos. El otro es, que, cuando vean que agrada al Señor,
anuncien la palabra de Dios… (Rnb 16, 3. 5-7, en San Francisco de Asís. Escritos. Biografías… p.101.
[11] Dice así Francisco, en las alabanzas al
Dios altísimo: Tú eres el amor, la
caridad; tu eres la sabiduría, tú eres la humildad (AlDa 4, en San Francisco de Asís. Escritos. Biografías… p. 25).