LA SALUD

QUE LOS HOMBRES ANHELAN

 

Dr. Ezequiel Castillo Solano

Rector del Seminario de Huajuapan y profesor de la Universidad Pontificia de México

 

 

 

 

 

            Breve introducción

 

            Entre los temas de actualidad que ocupan la atención del hombre, está el tema de la salud tanto del hombre como de la naturaleza, su entorno, su casa. Todos los hombres quieren gozar de buena salud, pues de ésta dependen muchas cosas: el trabajo, la realización de proyectos, planes e ideales. Este deseo se expresa en diferentes niveles, personal y comunitario; pero también es cierto, que se cuida poco de la salud; se va exponiendo a cada momento a ser quebrantada e, incluso, aniquilada.

 

            Haremos aquí tres breves consideraciones: a) la salud como elemento constitutivo de la identidad humana; b) qué debe entenderse por salud; c) la salud como signo de la presencia del reino de Dios, esto es, de la salvación.

 

 

I

La salud,

como componente antropológico

del ser humano

 

 

            1.- Identidad humana.

 

            Comencemos plantándonos una pregunta: ¿Qué es el hombre auténtico y bueno, feliz y libre, según la idea que hoy posee la humanidad vuelta al futuro? ¿Qué es una existencia humana digna de ser vivida? Como puede verse, se trata de la misma identidad del hombre. Él no se contenta con ser, quiere saber lo que él es, sin lo cual no se comprende a sí mismo y le faltaría el sentido de su existencia.

 

            Hoy somos más modestos a la hora de determinar en qué consiste positivamente ser hombre. Es sugestivo a este respecto lo que dice E. Bloch: “el hombre no sabe todavía lo que es, pero sí puede saber lo que, en su condición de ser alienado, no es, y, por consiguiente, no quiere seguir siendo”.

 

            La historia nos ofrece algunos intentos por responder a la pregunta sobre la identidad del hombre; son ensayos que no dejan de ser reduccionistas.

 

            1.1.- Los estructuralistas hablan de estructuras constantes existentes en el fondo de las sociedades humanas, pero nada dicen sobre las características específicas de una sociedad determinada. Tales estructuras no se refieren directamente a la realidad, sino a los modelos que el hombre ha forjado a partir de ella. Es verdad que el estructuralismo ha puesto de manifiesto un aspecto de la realidad humana: que el hombre es un ser que elabora modelos; pero excluye al sujeto humano y, por lo tanto, no ofrece criterio alguno para determinar qué tipo de sociedad responde a la dignidad del hombre.

 

            1.2.- El existencialismo, por otra parte, ha analizado los “existenciales”, es decir, las situaciones fundamentales de la vida humana: angustia, desesperación, y esperanza, sufrimiento, muerte y felicidad, caducidad y culpa. Todos estos aspectos son muy importantes en la existencia humana y están relacionados con el problema de la auténtica dignidad del hombre, pero no dan ninguna respuesta. Aquí se dice de qué debemos ser liberados y para qué: para ser felices. Pero ¿cómo?

 

            1.3.- Está, también, la concepción positiva de los valores y normas. Esta puede aclarar, mediante un análisis empírico, qué normas y valores son válidos de hecho en un determinado grupo o sociedad. Tal visión sociológica es importante. Sin embargo, no podemos elevar lo “fáctico”, es decir, las normas vigentes de hecho en una sociedad a la categoría de norma universal de comportamiento ético y válido.

 

            2.- Sistema de coordenadas en orden a la identidad humana.

 

            Atendiendo a la racionalidad del hombre y a su dimensión histórica constitutiva, sólo la conciencia crítica del hombre puede situarnos en el camino correcto[1]. En este caso, no tenemos por qué recurrir a una concepción estructuralista, positivista o existencialista del ser humano. Debemos recurrir, más bien, a las llamadas constantes antropológicas. Estas nos revelan unos valores humanos, pero somos nosotros quienes hemos de incorporar creativamente sus normas concretas al cambiante proceso de la historia. En otras palabras, esas constantes antropológicas indican, en líneas muy generales, unos impulsos, orientaciones y valores humanos permanentes, pero no nos ofrecen directamente normas o imperativos éticos concretos para llevar a cabo, aquí y ahora, una forma de vida humana auténtica y digna del hombre.

            Este sistema de coordenadas antropológicas son en número de seis:[2] 1.- Corporeidad humana, naturaleza y entorno ecológico; 2.- la convivencia humana; 3.- relación con las estructuras sociales e institucionales; 4.- estructura espacio-temporal de la persona y de la cultura; 5.- relación mutua entre teoría y praxis; 6.- conciencia religiosa y “pararreligiosa” del hombre.

 

            3.- La salud es una constante antropológica.

 

            La salud se inscribe, a mi parecer, principalmente, en el primer componente antropológico que dice relación con la corporeidad, la naturaleza y el entorno ecológico, sin desvincularse de las otras coordenadas, puesto que todas ellas como la primera apuntan hacia la única identidad del ser humano. Esto quiere decir que la salud incluye varios aspectos, todos de igual importancia, de tal manera que a la hora de exponer su realidad se tenga una concepción más totalizante de la misma.

 

            El hombre no solamente tiene un cuerpo sino es cuerpo. Esta afirmación anuncia la estrecha relación existente entre la persona humana y su corporeidad ya sea en su vertiente física como psíquica. Relación que se traduce, en nuestra situación concreta, en respeto, cuidado, atención, crecimiento, en una palabra, salud. Se puede hablar, entonces, de un serio compromiso por conocer la propia corporeidad: sus características, sus funciones, sus peligros, sus reacciones, sus estímulos, etc., para tener una adecuada relación que se traduzca en una deseada salud. Cualquier ignorancia al respecto es una verdadera irresponsabilidad que lamentablemente degenera en enfermedad física o sicológica.

            A través de la relación con la propia corporeidad, el ser humano se pone en contacto con el entorno ecológico, con la naturaleza. Cuando la antropología teológica, nos dice que el mundo no se entiende sino desde la perspectiva de Dios comunión interpersonal de amor, se le contempla como una red de relaciones entre todos los seres que lo componen[3]. Se da una interdependencia en nuestro cosmos. Se está hablando entonces que la salud humana está dependiendo de las condiciones de la naturaleza y de la situación ecológica.

            Sabemos de la seria preocupación que existe en nuestros días sobre la crisis ecológica, sobre una naturaleza desgastada y enfermiza que, por consiguiente, está teniendo lamentable repercusiones en la saludad de la humanidad. A una crisis ecológica corresponde una desesperanza de la propia supervivencia; a una naturaleza enfermiza, corresponde un ser humano enfermo, falto de salud a la cual tiene derecho.

 

            Lo que hemos dicho nos lleva a la conclusión que nuestra relación con la naturaleza y con nuestra propia corporeidad tiene una serie de límites que debemos respetar si queremos vivir de un modo digno del hombre y si queremos sobrevivir. Lo mismo puede decirse de la limitación física y psíquica de nuestras fuerzas humanas. Aunque no podemos determinar de un modo científico-empírico dónde están exactamente los límites de la mutabilidad, condicionabilidad  y resistencia del hombre, en un plano extra-científico estamos seguros de que tales límites son un hecho ineludible.

 

 

II

Un breve acercamiento

al concepto de salud

 

 

            2.1.- Definiendo la salud.

 

            Se han dado muchas definiciones de salud que nosotros bien conocemos. Está, por ejemplo la que ha dado la Organización Mundial de la Salud en los siguientes términos: es “el estado perfecto del bienestar corporal, espiritual y social”. También se le define como “aquella manera de vivir autónoma, solidaria y alegre”. Podríamos continuar con otras definiciones más sobre este campo. Pero según Hans Schaefer, cualquier definición no es prácticamente aplicable ni teóricamente sostenible de todo punto. La razón que aduce es que la salud sólo puede definirse en relación con la enfermedad, y aun aquí sólo de modo que ambos conceptos se excluyan, desde luego, aplicados a un único y mismo individuo, pero quedando entre ambos extremos un amplio espacio indiferente en que el individuo no se siente no enteramente sano ni enfermo todavía[4].

 

            Un concepto adecuado de salud debe atender a aquel sistema de coordenadas cuyo punto central es la identidad de la persona humana dentro de la cultura social.

 

            2.2.- Componentes de la salud.

 

            En las definiciones de salud que acabamos de presentar, se distinguen algunos componentes:

 

            a.- Salud física: nivel de susceptibilidad a una enfermedad, pero corporal, acuidad/agudeza visual, fuerza, potencia, coordinación, nivel de tolerancia y rapidez de recuperación.

 

            b.- Salud mental/intelectual: la capacidad para mantener relaciones armoniosas con los demás, satisfacer necesidades instintivas potencialmente en conflicto sin lesionar a los demás y ser capaz de participar en las modificaciones positivas de ambiente físico y social.

 

            c.- Salud social: la habilidad de interaccionar bien con la gente y el ambiente, habiendo satisfecho las relaciones interpersonales.

 

            d.- Salud espiritual: creencias y prácticas religiosas. La creencia en una fuerza unificante: para algunos, dicha fuerza será la naturaleza, para otro será las leyes científicas y para otros será la fuerza de Dios.

 

            Como acabamos de ver, la salud es una realidad compleja, comprende muchos aspectos y no podía ser de otra manera sabiendo que la salud forma parte del mundo de relaciones que identifican al ser humano como lo hemos visto en el número anterior.

 

            2.3.- La enfermedad.

 

            Para comprender mejor el concepto de salud, hagamos una referencia al extremo opuesto que es la enfermedad. Es una experiencia universal y, por lo tanto, cada uno tendría que dar su propia opinión.

 

            La enfermedad como la salud, es una realidad compleja que incluye varios elementos puesto que afecta al ser humano en su misma identidad. Desde esta perspectiva personalista el concepto de enfermedad se trasforma.

 

            Desde hace algunas décadas se ha venido fomentado una estrecha relación entre ética y práctica sanitaria; entre ética y antropología; entre vicisitudes existenciales del cuerpo y ética. Todos estos intentos se orientan a una humanización de la medicina que no se obtiene con el respeto al enfermo o con una actitud filantrópica sino con la introducción del sujeto en la medicina[5].

            Es un dato adquirido desde hace tiempo que la medicina moderna elimina el sujeto de la medicina y con esto se reduce la misma antropología. Este hecho sucede cuando la medicina asume el estatuto epistemológico de las ciencias de la naturaleza, en particular, el método de las mismas. Desde entonces se elimina el sujeto tanto de su enfermedad como de la medicina. La humanización de la medicina se propone trasladar a la práctica sanitaria el saber representado por las ciencias humanas. Es la integración orgánica de estas ciencias en el saber sobre el hombre enfermo, convaleciente o moribundo lo que humaniza la medicina. Aparece claro, entonces, que la fecundidad del recurso a la antropología médica está en el concepto de enfermedad, filón central de toda la antropología médica.

            Los estudios de antropología aplicados al ámbito sanitario han hecho más explícito el nexo existente entre enfermedad, medicina y cultura. En el repertorio cultural de todo grupo humano existen teorías de la enfermedad, científicas o religiosas, que incluyen la etiología, el diagnóstico, la prognosis y la terapia. Varía cuando varían las culturas, y ninguna puede comprenderse plenamente fuera del contexto cultural. Ante esta perspectiva pluralista choca la concepción de enfermedad ofrecida con procedimiento filosófico-deductivo. En este caso el enfermo no conoce su enfermedad, quien la conoce, el que puede hacer los diagnósticos es el médico por su competencia que lo acredita. Existe toda una máquina de certezas.

            En la reflexión antropológica contemporánea avanza la sospecha de que el saber cierto sobre la enfermedad desarrollado por la medicina científica ejerce una función ideológica. En otras palabras, sirve para mantener la realidad inalterada, en lugar de cambiarla. La práctica de la medicina corriente se apoya en una expropiación de la enfermedad. El enfermo no tiene una relación personal ni con la enfermedad ni con la recuperación de la salud. En resumen, el hombre y su enfermedad son dos realidades radicalmente separadas, unidas per accidens.

            En la antigüedad, buscar las causas de la enfermedad en el horizonte de la naturaleza no equivalía, sin embargo, a una elección de positivismo materialista. A la naturaleza del hombre, precisamente por ser humana, se le atribuían otras dimensiones además de la orgánica: es psíquica, social, espiritual, así como ética. En el ámbito de la medicina fisiológica griega la enfermedad no se considera sólo con el registro de la pasividad, sino también con el de la actividad: el hombre es artífice de su propia enfermedad.

 

            Con motivo de la celebración de la Jornada Mundial del Enfermo, los Papas han expresado su solicitud y solidaridad para con todos los enfermos, animándolos a unirse con Cristo sufriente; muestran su agradecimiento a cuantas personas se dedican al cuidado de los enfermos y los acompañan en su recuperación; exhortan a los hombres de ciencia para que continúen investigando sobre la curación del algunas enfermedades.

 

 

 

 

III

La salud como signo del reino de Dios

predicado por Jesús de Nazaret

 

 

            1.- La esperanza de la humanidad.

 

            Nuestro mundo, es un mundo que enferma cada vez más; que va perdiendo sus propias energías; sus ganas de seguir viviendo. Ante la experiencia de tanto dolor, tanta enfermedad, de tanto sufrimiento el hombre de ayer y de hoy tiene miedo que sus proyectos queden frustrados y que en lugar del bienestar suceda la desgracia como se ha visto con ocasión de las dos guerras mundiales, el terrorismo, las luchas internas, la devastación de la naturaleza y, por consiguiente del habitat humano, la pobreza y la miseria en que están sumidos tantos pueblos del tercer mundo.

            Por otra parte, la humanidad entera con todos sus pueblos viven de una gran esperanza en un futuro mejor, en el que vean realizados todos sus anhelos, sus ilusiones. Sueñan con un mundo más humano y más justo; desean una humanidad más sana, libre de contagios. Un futuro en donde no tenga su sede la cultura del terror, la angustia, la enfermedad y la muerte. El hombre no se resigna a su propia condición carente de muchas cosas.

 

            Estas parecen ser dos características que definen a nuestro mundo moderno y postmoderno: esperanza y miedo. Ante esta situación la humanidad no puede esperar la respuesta definitiva de sus anhelos de los poderes inmanentes de nuestro mundo; de las promesas que surgen y se deja escuchar desde el interior de nuestra humanidad.

 

            2.- El reino de Dios se hace realidad en la palabra y en la praxis de Jesús.

 

            La Buena Nueva del reino de Dios predicada  y hecha realidad por Jesús de Nazaret, es la única respuesta a lo que es el hombre, en general y, por consiguiente, a sus esperanzas, a sus legítimos deseos y, en nuestro caso, a la verdadera y auténtica salud que busca el hombre de todos los tiempos, principalmente del nuestro.

 

            Toda la tradición veterotestamentaria está atravesada por un fuerte dinamismo que a partir de la promesa divina, en sus diversas modalidades, se traduce un una esperanza de salvación y liberación que se va concretizando el Profeta escatológico de los últimos tiempos. Dios mismo intervendría a través de su enviado para salvar a su pueblo Israel y en él a todas las naciones de la tierra.

 

            Cuando llegó la plenitud de los tiempos esa esperanza de los Padres de la primera Alianza no solamente fue realizada históricamente sino trascendida ontológicamente con la gloriosa aparición de nuestro Señor Jesucristo que en su Persona, en su predicación y en sus portentos responde la humanidad entera que suspira por la salud. En la predicación de la buena nueva, principalmente en las bienaventuranzas se deja ver cuál es el designio eterno de Dios que comienza a historizarse en la creación: Dios quiere que el hombre sea feliz, bienaventurado, que se encuentre sano.

 

            3.- La curación de los enfermos como signo del reino.

 

            Todas las obras de Jesús se han considerado como signos que anuncian que el Reino predicado, comienza a hacerse presente en esta historia. Esto quiere decir que el Reino es una realidad ya presente, pero todavía no alcanza su plenitud escatológica.

 

            La curación de enfermos realizada por Jesús es un signo de esa presencia del Reino; se orientan a él y forman parte de él. John Meier divide los relatos de curaciones evangélicos en cuatro grandes categorías:

 

            3.1.- .- Relatos sobre personas con alguna parte de su cuerpo paralizada, atrofiada o lisiada.

 

            a.- El paralítico introducido por un boquete Mc 2, 1-12:

Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados, dice al paralítico: A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.

 

            b.- El impedido junto al estanque de Betesda Jn 5, 1-9:

            Jesús viéndolo tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dice: ¿Quieres recobrar la salud? Le respondió el enfermo: Señor no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua; y mientras yo voy, otro baja antes que yo. Jesús le dice: Levántate, toma tu camilla y anda. Y al instante el hombre recobró la salud, tomó su camilla y se puso a andar.

 

            c.- El hombre de la mano atrofiada Mc 3, 1-6:

            Dice al hombre que tenía la mano seca: <Levántate ahí en medio> Y les dice: ¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla? Pero ellos callaban: Entonces…le dice al hombre: Extiende la mano. El la extendió y quedó restablecida su mano.

 

            d.- La mujer encorvada Lc 13, 10-17:

            Había allí una mujer a la que un espíritu tenía enferma hacía dieciocho años; estaba encorvada y no podía en modo alguno enderezarse. Al verla, Jesús, la llamó y le dijo: <Mujer quedas libre de tu enfermedad> Y le impuso las manos. Y al instante se enderezó  y glorificaba a Dios.

Se puede ver también: el criado del centurión Mt 8, 5-13; los cojos andan Mt 11,5.

 

            3.2.- Curaciones de ciegos.

 

            a.- Bartimeo Mc 10, 46-52:

Jesús se detuvo y dijo: Llamadle. Llaman al ciego, diciéndole: ¡Ánimo, levántate! Te llama. Y él, arrojando su manto, dio un brinco y vino ante Jesús. Jesús, dirigiéndose a él le dijo: ¿Qué quieres que te haga? El ciego le dijo: Rabuuní, que vea. Jesús le dijo: Vete, tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista y le seguía por el camino.

 

            b.- El ciego de Betsaida Mc 8, 22-26:

Le presentan un ciego y le suplican que lo toque. Tomado al ciego de la mano, lo sacó fuera del pueblo, y habiéndole puesto saliva, en los ojos, le impuso las manos y le preguntaba: ¿Ves algo? El alzando la vista, dijo: Veo a los hombres, pues los veo como árboles, pero que andan. Después le volvió a poner las manos en los ojos y comenzó a ver perfectamente y quedó curado, de suerte que veía de lejos claramente todas las cosas.

 

            c.- El ciego de nacimiento Jn 9, 1, 47.

Dicho esto, escupió en tierra hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego y le dijo: Vete, lávate en la piscina de Siloé. El fue, se lavó y volvió ya viendo.

Se puede consultar: los ciegos ven Mt 11, 5; Lc 7, 22.

 

            3.3.- Personas afectadas de Lepra:

 

            a.- Curación de un leproso Mc 1, 40-45.

Se le acerca un leproso suplicándole y, puesto de rodillas, le dice: Si quieres puedes limpiarme. Encolerizado, extendió su mano, le tocó y le dijo: Quiero; queda limpio. Y al instante le desapareció la lepra y quedó limpio.

 

            b.- Curación de diez leprosos Lc 17, 11-19.

            Salieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a distancia y, levantando la voz, dijeron: ¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros! Al verlos, le dijo: Id y presentaos a los sacerdotes. Y sucedió que mientras iban, quedaron limpios.

 

            3.4.-.- Curaciones varias de las que se refiere un solo caso:

 

            a.- La suegra de Pedro Mc 1, 29-31.

            La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; y le hablaban de ella. Se acercó, y tomándola de la mano, la levantó. La fiebre la dejó y ella se puso a servirles.

 

            b.- La hemorroísa Mc 5, 24-34.

            Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido mucho con muchos médicos y que había gastado todos sus bienes sin provecho alguno, antes bien yendo a peor, habiendo oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. Pues decía: Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré. Inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal.

 

            Ante un mundo que, por una parte, goza de los triunfos de la ciencia y técnica, pero que, por otra parte, es un mundo que sufre y que está invadido de enfermedades, la salud, como ha hemos entendido, es un signo muy importante de salvación y liberación, esto es del reino de Dios cuyo estadio definitivo se ha revelado en Jesucristo resucitado.

 

            Con las curaciones que Jesús realizó, quedó claro para los hombres y mujeres de nuestro mundo, que el designio salvífico de Dios abarca la totalidad de la realidad del hombre: humana, terrena, corpórea; pero también, espiritual y trascendente. La salvación que Dios ofrece por su Hijo Jesucristo es una salvación integral y totalizante, de tal manera, que quien niegue las curaciones realizadas por el Profeta escatológico, niega, al mismo tiempo, las aspiraciones de la humanidad por un futuro mejor. La salud, pues, es salvación.

 

 

 

                                                                      

 

 



[1] .- SCHILLEBEECKX E. Cristo y los cristianos. Gracia y liberación, Cristiandad, Madrid 1982, 714-715.

[2] .- Ibid., 716-726,

[3] .- MOLTMANN J, Dios en la creación, Sígueme, Salamanca 1987, 15-65.

[4] .- SCHAEFER H. “Salud” en SM., Herder, Barcelona 1976. 190-196.

[5] .- SPINSANTI S. “Salud, enfermedad, muerte”, NDTM, Paulinas, Madrid 1992, 1639-1651.