Participación en la V Conferencia del Episcopado latinoamericano

 

Dolores Palencia

Equipo de la vicepresidencia de la CLAR

 

Del 13 al 31 de mayo próximo pasado, tuve la gracia de participar en la Va. Conferencia del Episcopado Latinoamericano, que se realizó en Aparecida, Brasil. Asistí como invitada por el servicio que prestó actualmente en la CLAR,  (Conferencia Latinoamericana  y Caribeña de Religiosos y Religiosas). Antes de asistir, recibí en Nicaragua un libro que se titulaba: “Lo que no debe faltar en Aparecida”... muy interesante por cierto. El título me llevó a  orar diario y continuamente al Espíritu Santo,  El no debía  faltar en Aparecida... para tocar los corazones, abrir las mentes, darnos ojos y entrañas de misericordia y de amor, ciencia, sabiduría... todo aquello que necesitáramos para que, -como decía una mujer tabasqueña-, pudiéramos ver, sentir, oir, pensar, actuar y celebrar la entrega de la vida para el Reino. Solamente el Espíritu de la verdad, podía guiarnos para tener los sentimientos y el actuar de Jesús, para que por nuestras obras conozcan al Padre y a su enviado Jesucristo.  Poco a poco, en la medida que la Va. Conferencia se fue realizando, mi confianza fue aumentando, Dios no deja nunca la obra de sus manos... y El es más grande que nosotros, nosotras  y más grande que todas nuestras limitaciones como Iglesia.

 

Nos convocaron para el día 11 en la mañana en Aparecida, Brasil que se encuentra a cuatro horas de distancia del Aeropuerto de Sao Paulo. Es  una pequeña ciudad que vive en torno de la Basílica. En medio de colinas, todo el centro de la ciudad está orientado al Santuario, a la recepción de  los peregrinos que se llaman “romeiros”, en su mayoría gente pobre y sencilla, que llega sobre todo los fines de semana después de  largas marchas y desde todo Brasil y muchas veces de otros países de América Latina, para visitar  “ a la Madre “ y contarle todas sus penas y alegrías.

 

El Santo Padre Benedicto XVI, llegó a Aparecida el día 11 por la tarde, ya desde el 9 estaba en Brasil ese día canonizó al primer santo brasileño Fray Galvao, y visitó también la Fazenda de la Esperanza, una comunidad y un sitio para la recuperación de jóvenes con diversas adicciones, la recuperación se da solamente con oración, trabajo y vida comunitaria y allí está surgiendo un nuevo carisma: la Familia de la Esperanza.

Todos los participantes  a la Va. Conferencia nos encontramos con el Papa el día 12 por la tarde, en la Basílica, para una oración meditada basada en el Rosario entre aplausos, flores y canciones se vivió ese primer momento de oración a Nuestra Señora Inmaculada Concepción Aparecida. La gente se volcó con mucho cariño a recibirlo en su primer viaje a América Latina y el Caribe. 

 

Al día siguiente la plaza al frente de la Basílica estaba llena desde muy temprano para la Eucaristía de las 10.00 am., que duró casi hasta las 12.30 pm. Varias veces se vio que el Papa sonreía, sobre todo porque en Brasil Benedicto se dice “Bento” y de vez en cuando la gente  repetía: Bento, Bento, Bento, aumentando el volumen poco a poco, con muchos aplausos y al Papa le gustaba ésta como música  de viento que dejaba sentir la presencia de mucha gente en esa plaza. Por la tarde del día 13, se inauguró la Va. Conferencia con un mensaje que el Papa  dirigió ya en la sala privada instalada en el subsuelo de la misma Basílica. Esa noche Benedicto XVI salió  rumbo a Sao Paulo e Italia.

 

El día 14 iniciamos el trabajo de la Va. Conferencia con una bienvenida del Cardenal Re, una proposición de oración y tiempo para orar personalmente durante toda la mañana, como Retiro, terminando juntos en oración y con la exposición del Santísimo. Las Eucaristías con liturgias muy preparadas con laudes integrados en las mañanas y por la tarde nona y vísperas fueron el marco de cada día de la Conferencia. 

 

Desde los primeros encuentros con los diversos obispos, puedo afirmar que en una gran mayoría se percibía, gran apertura, deseo de diálogo, escucha atenta, cercanía, atención a los diversos invitados, “convidados”, -en portugués-, que nos hallábamos presentes, mostrando un deseo real de vivir esa experiencia en “comunión y participación”.  Además de los cardenales de América Latina y de diversas comisiones del Vaticano, de los obispos que tenían derecho a voz y voto, estábamos diversos invitados e invitadas: observadores y observadoras de otras denominaciones cristianas, un hermano ortodoxo y un hermano judío; laicas y laicos de varios países del continente; religiosas y religiosas, la CLAR, el CISAL, algunos superiores y superioras generales cuyas congregaciones están muy presentes en América Latina Salesianos, Franciscanos, Hijas de la Caridad, Hermanas de María Inmaculada y de Cristo Rey y Jesuitas.  Representantes de presbíteros y de diáconos permanentes y los peritos y peritas, expertos venidos de diferentes países para asesorar a la asamblea, a los grupos o a las personas, según se fuera requiriendo.

 

Poco a poco se fueron tejiendo relaciones de conocimiento, de amistad, la experiencia fue muy profunda y rica. Creo que hubo un verdadero esfuerzo por vivir la participación y comunión. Siendo una reunión del episcopado, la mayor parte del tiempo participamos en igualdad y ampliamente los y las invitados, Se vivió un ambiente de hermandad y de receptividad, lo que no evitó las tensiones, las diferencias, los desacuerdos; sin embargo, una actitud muy dialogante permitió avances significativos en temas delicados y de histórico enfrentamiento y en nuevos aportes que se presentaban con muy diversos enfoques.

 

Había una clara voluntad de la mayoría de los y las presentes para colaborar a que esta Va. Conferencia pudiera escuchar al Espíritu desde las voces de nuestros pueblos, sus necesidades y sufrimientos; sus alegrías y esperanzas y buscar medios caminando junto con ellos,  para servir, acompañar, orientar en seguimiento de Jesucristo, buscando que en El nuestros pueblos tengan vida y vida en abundancia.

 

VER.

En este ambiente partimos de la memoria de las conferencias anteriores: Río de Janeiro en 1955, Medellín en 1968, Puebla en 1979 y Sto. Domingo en 1992. ¿Cómo y por qué se realizaron, cuál fue el impacto de cada una de ellas en la vida de los cristianos de América Latina? ¿Qué frutos podemos constatar hoy?, ¿Por qué se propuso una nueva Conferencia y cuál fue la respuesta positiva para ella tanto de Juan Pablo II antes de morir, como de Benedicto XVI recién electo.

Escuchamos los ecos que los presidentes de las veintidós conferencias episcopales presentaron sobre las preguntas anteriores y sobre la  realidad de la iglesia en cada uno de los países del continente, las preocupaciones principales y los retos urgentes para una acción pastoral hoy en América Latina.

A partir de aportes específicos nos planteamos ¿cuál es la situación actual en nuestro continente? ¿Qué nos dice el Espíritu, hacia dónde y cómo nos impulsa?

 

En Aparecida, como  Iglesia Latinoamericana reencontramos nuestro método propio, histórico y cercano a nuestro pueblo para ver nuestras realidades sociales y eclesiales, escuchando los gritos y clamores, contemplar y compadecernos desde el Evangelio, confrontándolas y dejándonos impactar por ellas. Algunas de las aportaciones personales  que se daban  oralmente y por escrito, eran presentadas  así: VER, JUZGAR, ACTUAR.

 

Yo considero que desde el principio, era claro para muchos de nuestros obispos la urgencia del momento, porque la brecha de la desigualdad económica en nuestros pueblos es intolerable;  la corrupción, la injusticia, la violencia, la falta de ética se instalan en todos nuestros países. Para varios de nuestros obispos era muy claro que la voz de la Iglesia Católica es una más entre varias voces en el continente; que se ha perdido credibilidad por la distancia de los problemas reales del pueblo, por las alianzas con los centros de poder, por silencios que parecen cómplices frente al sufrimiento y el abuso y que hay muchos católicos que abandonan la Iglesia, muchos jóvenes que se muestran absolutamente indiferentes a ella, por la incoherencia entre el discurso y la acción por parte de todas y todos los católicos, incluida nuestra jerarquía.

 

 

ILUMINAR, JUZGAR, desde la mirada de Dios, desde su Proyecto de amor para la humanidad, desde nuestro llamado común a  ser un único pueblo de hijos, hijas, hermanos y hermanas, en la justicia, en el amor, en la equidad. Iluminando con las ciencias actuales, reconociendo las ambigüedades de la globalización y de sus efectos.

 

No partimos del Documento de Síntesis que se había elaborado previamente con todos los aportes enviados. Siempre estuvo presente y fue consultado, muchos lo habíamos leído, trabajado, subrayado. Sin embargo, después de escuchar los aportes presentados, los grupos de trabajo, comenzamos por discutir y corregir una propuesta de organización de  trabajo y los temas que aparecieran como prioritarios, ante la situación actual que se presentaba y más allá ante las situaciones que cada obispo y cada cristiano o cristiana presente traía en su corazón. Para llegar así a proponer si debía o no haber un documento, y si la respuesta era sí, entonces presentar elementos para el esquema. La comisión de redacción propuesta y nombrada en la asamblea, presentó en dos ocasiones un esquema, hasta que quedó aprobado con “correcciones”.  En Aparecida se “hizo” el Documento ... alguien comentó que el “síndrome de Sto. Domingo”, había llevado a no presentar algo “ya redactado” antes, o a partir solamente de él. La experiencia fue rica, aunque el tiempo fue breve para este tipo de trabajo.

 

El hilo conductor era “Discípulos-Misioneros para que nuestros pueblos en El tengan vida”. Había mucho que decir sobre esto. Una constatación inmediata fue que no puede separarse la realidad que ser discípulo-discípula, implica ser misionero-misionera y ¿cómo serlo hoy en América Latina y el Caribe? Hubo temas prioritarios que surgieron de inmediato, sin dificultad como la opción preferencial por los pobres y excluidos, pudiendo nombrar en varias ocasiones esos nuevos rostros de exclusión que nuestra sociedad globalizante y neo-liberal produce cada día. Una expresión particularmente dolorosa fue: “los pobres que hoy son los sobrantes, los que no caben ni en las estadísticas”. Los sujetos teológicos que hoy en América Latina y el Caribe tienen un papel importante y emergente, son víctimas y agentes evangelizadores: los indígenas, los afro-descendientes, los migrantes.

 

El fenómeno de la migración, con todas sus dolorosas consecuencias tanto para quienes parten, como para quienes se quedan. Las realidades económicas que llevan a migrar, las políticas migratorias y las políticas “oscuritas” que condenan y favorecen; que reprimen y permiten, fueron ampliamente compartidas, no nada más por los obispos latinoamericanos y caribeños, también por obispos presentes de Canadá, E.U.A., España, Portugal.

 

Otros temas se deseaban y eran aceptados, sin embargo, no había consenso de cómo presentarlos, dónde situarlos, desde cuál de los muchos ángulos las mujeres, los niños, jóvenes y adultos en situación de riesgo, de calle. La importancia del diálogo ecuménico, interreligioso e intercultural.  Los nuevos desafíos respecto a la familia y los nuevos modelos de familia, la justicia, la bioética, la violencia, la educación, los valores, la ética; el cambio de paradigma cultural que transforma también la antropología, ¿quién es hoy el hombre y la mujer en nuestras culturas?; nuestra responsabilidad frente al deterioro y destrucción de la naturaleza y de la biodiversidad, con situaciones tan graves como la Amazonia y la Antártica.

Los y las alejados de la Iglesia, con resentimiento, dolor, indiferencia, desilusión.  Tantas personas en situaciones especiales.

 

Se tocaron también temas como los medios de comunicación social su importancia y su influencia en la vida diaria de los latinoamericanos y caribeños y la ausencia de los católicos en ellos; la educación y la falta de líderes católicos que vivan coherentemente su compromiso cuando llegan a centros de poder; la entrega generosa y agotadora de los presbíteros y también sus problemáticas, dificultades de formación y conflictos. Se habló de los diversos ministerios ordenados, la falta de vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada y también el surgimiento de nuevos carismas y comunidades.

 

Ciertamente en el aborde de estos temas, no siempre había los mismos enfoques y acentos; por lo mismo no siempre hubo acuerdo, consenso. Hubo temas que produjeron dificultades, y lo que quedó plasmado en el documento no refleja  forzosamente el parecer de todos, pero sí de una mayoría. Temas que invitan a profundizar, a clarificar terminologías que se usan en nuestros diferentes países latinoamericanos y caribeños haciendo referencia a realidades diversas o a contenidos y conceptos comprendidos de manera distinta. Un ejemplo de esto es lo que se dice en el Documento Conclusivo sobre la “ideología de género”. Un tema que me pareció  abordado con poca fuerza, fue la bioética, una nueva ausencia de la iglesia en temas vitales para el ser humano de hoy... nos falta valor, audacia, posiblemente formación y quizá responsabilidad para acercarnos con criterios evangélicos y con apertura de corazón y de mente a temas delicados, poco claros, en los que la ciencia avanza con rapidez, no siempre con ética.

 

Personalmente, aprecié los aportes de muchos obispos respecto a las Comunidades Eclesiales de Base y su importante contribución en la evangelización, en la formación cristiana, en su compromiso social. Su testimonio coherente de muchos años. Aunque en las sucesivas redacciones del Documento, los textos originales fueron matizados o cambiados de lugar, hay aportes que vale la pena recuperar y situar, para avanzar con alegría y esperanza en la consolidación de este don del Señor para la Iglesia Latinoamericana y Caribeña. En ocasiones se habla de pequeñas comunidades eclesiales y quizá se presta a confusión. Dialogando con algunos de los asistentes, constaté que hay países en los que las comunidades eclesiales de base cambiaron un poco su nombre para poder seguir adelante; en otros países se refieren a otro tipo de grupos. Con cuanta alegría constaté la importancia dada en esta Va. Conferencia, a la Lectura orante de la Biblia (Lectio Divina),  a la centralidad de la Palabra, del Evangelio, de la Escritura. Este ha sido el alimento fundamental de las CEB’s a lo largo de todos estos años. 

 

Nuestro seguimiento a Jesucristo, como discípulos y discípulas, nos marcó la urgencia del ACTUAR, como testigos misioneras y misioneros, coherentes, audaces, entregados, entregadas. Viviendo nuestras vidas como Eucaristía, en el misterio pascual, con mucha esperanza, alegría y amor en este mundo de hoy que vive un cambio de paradigma cultural, un cambio de época. La necesidad de una nueva evangelización del continente, partiendo del Evangelio, de la contemplación de Jesucristo y de su seguimiento en la vida, con coherencia y compromiso, emergieron desde el principio. Ser discípulos-misioneros en la vida de cada día caminando junto con todos los hombres y mujeres de buena voluntad para que otro mundo sea posible para toda la humanidad.

La gran Misión Continental, anunciada desde hace tiempo como una posible consecuencia de esta Va. Conferencia, se discutió en los últimos días, vivir en estado permanente de misión, para llevar a las personas más alejadas de la Iglesia y a todas las personas de buena voluntad, el mensaje del Evangelio de Jesús en la realidad de nuestros pueblos, sin proselitismos ni combatividades respecto a nuestros hermanos de otras denominaciones cristianas. Los observadores presentes, nos aportaron cómo desde la perspectiva de la pastoral bíblica y del compromiso en los derechos humanos y en las acciones transformadoras para una sociedad más justa, podríamos colaborar, acercarnos y compartir en una misma mesa.

El compartir de la asamblea llevó más adelante a los obispos a aprobar la idea de la misión continental, precisando que la concreción se haga en cada conferencia episcopal y decidiendo que se vuelva a dialogar sobre ella en la próxima asamblea ordinaria del CELAM, en el mes de julio en la Habana, Cuba.

 

Es difícil expresar brevemente todo lo que significó esta experiencia. Quisiera comentar algo que para mí fue fuerte, porque me atañe directamente.

La constatación que en nuestra Iglesia Latinoamericana y Caribeña, para varios obispos, la vida consagrada, en particular la vida religiosa apostólica, no es muy significativa. No la conocen, por lo mismo no siempre la comprenden; fijan más su atención en nuestro hacer que en nuestro ser. Pese a muchas limitaciones e incoherencias, pese a la disminución de vocaciones en varios países y al envejecimiento, la vida religiosa sigue estando muy presente a través de cerca de 150 000 religiosos y religiosas, en su gran mayoría insertos en lugares de frontera, de límite, donde los pobres, los excluidos, la creación, son más amenazados; o en espacios en los que se discuten temas  importantes a nivel científico, social, educativo, ético. La vida religiosa latinoamericana y caribeña, sigue dando la vida, hay varios testimonios martiriales. 

En varios de nuestros países hay una fuerte revitalización de la vida religiosa, desde un volver a la centralidad de Jesucristo, con creatividad y nuevos modelos, una vida mística, contemplativa de la presencia de Dios en la realidad. Una vida religiosa profética, desde la liminalidad, desde los y las “sobrantes”, colaborando con muchas personas para, la transformación de las estructuras y de las culturas de muerte, una vida religiosa dispuesta a “partir, a migrar, a ser itinerante”, sin seguridades, caminando como parte del  pueblo de Dios, en medio del pueblo de Dios, sin protagonismos, en la esperanza y en la alegría. El P. Ignacio Madera SDS, presidente de la CLAR, comentaba en Aparecida: “hoy es el tiempo de ser grano de trigo, enterrarnos en medio de la tierra, entre nuestro pueblo, sin apariencia, sin valoraciones. Así como nacimos la mayor parte de congregaciones e institutos, desde los marginados y pobres, entre ellos y ellas, muchas veces no aceptados en los inicios por la institución eclesiástica, viviendo carismática y proféticamente el Evangelio hasta las últimas consecuencias.”

 

¡Bendito sea Dios Padre de Nuestro Señor Jesucristo que nos ha bendecido con toda clase de bienes...! Sí, creo que la Va. Conferencia de Aparecida ha sido una bendición de Dios para América Latina y el Caribe. Seguramente el documento final no va a satisfacernos plenamente, faltan muchas cosas, quizá sobran algunas, hay puntos débiles, etc., sin embargo, Aparecida es un nuevo punto de partida para los católicos latinoamericanos y caribeños, de nosotros y nosotras depende ir lo más lejos posible en nuestro ser discípulas, discípulos y misioneras, misioneros en una vida totalmente centrada en Jesucristo, apasionada por la humanidad, por el Reino. Necesitamos fundamentarnos bíblicamente, desde nuestra realidad y en ella desde los más sufrientes y excluidos, reconocer el rostro del crucificado-resucitado y buscar caminos de vida, de resurrección, de justicia. Es el tiempo, nuestro tiempo, ni el mejor, ni el peor, -como diría Dickens-, es tiempo de Dios, Kairós.  El tiempo que hoy tenemos para hacer vida el llamado que recibimos en el bautismo, para que nuestros pueblos en Jesucristo tengan vida, vida en abundancia para todos y todas.

 

Reflexionando junto con el P. José Sánchez de Ciudad Guzmán, en un encuentro de CEB’s, hace unos días, trabajamos juntos algunas posibles claves de lectura del Documento de Aparecida, las comparto como un posible camino para recibir el texto, -el no oficial, por el momento, y más tarde el definitivo-, espero puedan ser útiles.

 

Descubramos en el documento, explícitamente o entre líneas

-         El esfuerzo por volver a una eclesiología de comunión y participación, como el Vaticano II la presentó.

-         Hay una fundamentación bíblica, con un fuerte acento joánico, el tema de la vida, al servicio de la vida, son elementos importantes y resitúan nuestra acción cristiana.

-         El discipulado formado, vivido, alimentado desde la comunidad, en comunidad. Para una coherencia de vida hasta el martirio si es necesario.

-         La inculturación, y el diálogo intercultural, el reconocimiento de la riqueza de la piedad popular, la religiosidad popular y la importancia de acercarnos a las diversas religiones de nuestros antepasados indígenas, afros y a los nuevos ambientes y aerópagos.

 

Quizá más presente en el Mensaje final podríamos recoger la cristología que Aparecida nos ofrece: el seguimiento de Jesús, conformándose con él, desde los excluidos, las víctimas, los pobres y rechazados.

 

En este tiempo vivido en Aparecida, recordaba frecuentemente una  frase de Mons. Hélder Cámara que escuché y conocí en 1973, me ha quedado grabada en el corazón y en la memoria: “Tu vida es quizá el único Evangelio que tu hermano podrá leer”.

 

Pido al Señor que nos conceda vivir esto con sencillez y hasta las últimas consecuencias en Latinoamérica, en el Caribe y en donde quiera que estemos.