La V Conferencia del Episcopado Latinoamericano: entre la continuidad y la ruptura

 

Francisco Merlos A.

Universidad Pontificia de México

 

Introducción

 

1. La V conferencia recientemente celebrada está en el centro de la atención eclesial y está creando numerosas expectativas. Queremos entender su significado profundo y sus alcances para el futuro inmediato de nuestras Iglesias.

 

2. ¿Por qué entre la continuidad y la ruptura? Porque todo lo que está dotado de vida y sumergido en el tiempo está sujeto a ciertas leyes elementales (humanas, espaciales, históricas, sociales) a las que ha de responder para ser fiel a su naturaleza propia. Así la ley del crecimiento, del conflicto, del envejecimiento, del progreso, del discernimiento, del deterioro... Cada una tiene una función específica en orden a la realización del potencial de vida que se tiene.

 

3. Entre estas leyes están la continuidad y la ruptura. Por la primera se asegura la permanencia de elementos que no se pueden extinguir ni negociar, pues de ellos depende la identidad. Por la segunda se asegura la necesaria movilidad y el cambio indispensables sin los cuales se perdería la oportunidad de insertarse fielmente en la historia, dando paso a lo nuevo.

Queremos ver la V conferencia bajo esta doble óptica: la continuidad que nos pone en contacto con las esencias irrenunciables y la ruptura que nos obliga a repensar, a replantear, a discernir y a reexpresar lo que no es sustancial. Pero incluso lo esencial debe ser sometido a una recreación sapiencial a fin de que no pierda su significado profundo en los nuevos escenarios socioculturales de América Latina.

 

I. La Asamblea de Aparecida en el contexto eclesial de América Latina.

 

1. Sabemos que un contexto permite encontrarnos con las raíces y los vínculos profundos de una realidad que da origen a un perfil con características peculiares. En dicho perfil descansa gran parte de la identidad y  de los proyectos que dan sentido a la vida.

 

2. La Iglesia latinoamericana ha ido forjando desde sus inicios un estilo propio de ser Iglesia, de tal forma que podemos descubrir antecedentes históricos que aún hoy siguen vigentes. La comunidad cristiana de AL, tal vez por razones geográficas, culturales o de convicción, tuvo desde siempre una especial sensibilidad al encuentro, al diálogo y a la solidaridad entre las Iglesias nacientes en el vasto territorio de este continente.

 

Desde la evangelización fundante que supuso el primer encuentro del Evangelio con las culturas nativas de AL., la inicial implantación de la Iglesia y su progresiva consolidación posterior, nos encontramos con una Iglesia especialmente sensible para el diálogo en el contexto de la nueva cristiandad americana (1523-1585).

 

2,1.  Contexto histórico remoto:

 

Realizó un itinerario que comenzó en las juntas eclesiásticas y los concilios provinciales hasta llegar al Concilio plenario latinoamericano: A) 5 importantes juntas entre 1524-1544; B) Los concilios provinciales de Lima y México, tres en cada región entre 1552-1585; C) Concilio plenario de AL (1899), convocado por León XIII y celebrado en Roma.

Estas asambleas se realizaron con el propósito medular de organizar la labor de la Iglesia, emitir leyes y trazar caminos pastorales. Aparecida allí tiene un antecedente muy antiguo.

 

2,2 Contexto histórico próximo.

 

A principios del siglo XX, con el llamado retorno a las fuentes, el surgimiento de una nueva teología y los cambios profundos ocurridos en el mundo, se producen acontecimientos que retomarán la gran tradición de la Iglesia de América Latina: A) 1ª. Conferencia episcopal de Río donde nace el CELAM, se analiza la problemática del momento y se buscan soluciones adecuadas (1955). B) Medellín que toma muy en serio el reciente Concilio Vaticano II y reflexiona sobre la Iglesia en la actual transformación de AL a la luz del Concilio (1968). C) Puebla: inspirada en el luminoso documento de Pablo VI (Evangelio Nuntiandi), aborda la evangelización en el presente y en el futuro de AL (1979). D) S. Domingo, que con ocasión de los 500 años del encuentro de dos mundo, toca el tema de la Nueva evangelización, la promoción humana y la cultura cristiana (1992). E) Sínodo de América (1997) y su documento Ecclesia in America (1999). F) Hasta llegar a  la V Conferencia de Aparecida, que se inscribe en este contexto remoto y próximo.

 

 

II. Dimensiones esenciales de la Asamblea de Aparecida.

 

Es posible abordarla con tres miradas que se complementan y nos dan una visión complexiva de la Asamblea: acontecimiento, documento escrito, proyecto.

 

1. Como acontecimiento. Se sitúa en el devenir histórico de la Iglesia de este continente. En cuanto acontecimiento, la Asamblea convoca a la comunidad creyente para confrontarse con las nuevas realidades continentales y verificar hasta qué punto esta comunidad sigue siendo significativa y creíble. Y de no ser así, reconocer con lealtad evangélica las carencias que le impiden ser “sacramento del Reino en el mundo latinoamericano”. El acontecimiento está integrado por tres fases: preparatoria, celebrativa y prospectiva.

 

2. Como documento escrito. El acontecimiento se refleja en un texto escrito, el cual juega el papel de testigo de aquél. Y para interpretar y entender el texto hay que leerlo a la luz del acontecimiento. Allí se podrán descubrir las intuiciones, los conflictos, las carencias y hasta los intereses de grupos plurales con sus tendencias, teologías, opciones. En el texto podemos visualizar las expectativas de una comunidad que pretende ser fiel al Evangelio, confrontando su vida con él, reexpresándolo en las nuevas coyunturas históricas y trazando estrategias para que todo el mundo encuentre en la Iglesia el espacio donde resplandezca la fraternidad, como la más pura esencia del mensaje de Jesús.

 

3. Como proyecto. El acontecimiento y el documento solo harán historia real cuando se traduzcan en opciones operativas, en compromisos transformadores, en ministerios pastorales que propicien los cambios que se requieren según el designio de Dios y las aspiraciones de nuestros contemporáneos. Este paso es quizá el más desafiante y el más delicado, porque en todos los sectores de la Iglesia, jerárquicos y laicales, existen actitudes y posturas que a menudo prostituyen la misión, cuando traicionan la Buena Nueva del Reino de Dios, confundiéndola con los mezquinos intereses personales o de grupo.

Celebrar eventos de Iglesia y escribir documentos puede ser saludable y hasta meritorio, pero también puede ser una simulación para distraer nuestra atención, para tranquilizar nuestra conciencia, o para no permitir que el Espíritu cambie nuestras mentalidades, nuestros criterios y nuestras falsas jerarquías de valores.

 

III. La recepción de la asamblea de Aparecida.

 

Ser miembros de la comunidad católica latinoamericana, significa solidarizarnos lealmente con la asamblea de Aparecida, con sus búsquedas y sus propuestas. Pero nuestra solidaridad necesita ir más allá de una ingenua satisfacción o de un cosquilleo triunfalista que nos lleve a pensar que en la Iglesia seguimos siendo los más grandes, los más numerosos o los más importantes entre los latinoamericanos. Por lo mismo decir recepción solidaria mira también en varias direcciones: la acogida, la interpretación y la coherencia.

 

1. La acogida, reconociendo el kairós de Dios, es decir, la presencia apremiante y densa del Espíritu que no cesa de marcar rumbos nuevos, de brindar oportunidades para asociarnos a su obra, de educarnos en la historia y de reconstruir lo que parece desintegrarse en la vida de los hijos y de las hijas de Dios, que viven en estas regiones del planeta. No tenemos derecho de rechazarla solo porque no está de acuerdo con nuestra teología, con nuestra nuestras opciones o con nuestra personal forma de entender la presencia de la Iglesia en AL. Acoger Aparecida es una cuestión de lealtad que emana de la fe en el Dios de la historia.

 

2. La interpretación o hermenéutica, que nos exige hacer un lectura inteligente y sabia de la Asamblea (acontecimiento y documento) no para aferrarnos a nuestra visión ingenua de la realidad socioreligiosa; no para maquillar nuestras ideologías antievangélicas; no para endurecer nuestras posturas teológicas y pastorales en nombre de nuestra verdad incuestionable; menos para dominar o excluir a quienes no piensan como nosotros, creyéndonos la encarnación indiscutible de la ortodoxia. Se trata de hacer una interpretación que nos permita crear espacios donde no tenga cabida la intolerancia, el autoritarismo, la arrogancia o la prepotencia, sino el encuentro fraterno y el diálogo fecundo y respetuoso con todo aquel que tiene una categoría de interlocutor.   

Los principios rectores de una sana interpretación de Aparecida tendrán que mirar a la realidad y a las grandes aspiraciones de los latinoamericanos, al designio de Dios que se concentra en el Reino proclamado por Jesús, a la autenticidad de una Iglesia a la vez discípula y misionera y a un futuro donde todos se sientan partícipes de la utopía de la igualdad, de la justicia y de la dignidad irrenunciable. 

 

3. La coherencia. La recepción leal de Aparecida significa finalmente vivir la mística de la coherencia con aquello que creemos y que compartimos con nuestros compañeros y compañeras de camino. La coherencia de los discípulos de Jesús puede significar entre otras cosas: la transparencia evangélica que se funda en un retorno inequívoco al Evangelio, eliminando la tortuosidad perversa; una Iglesia solidaria y servidora humilde de los débiles, de los sencillos y de quienes no se espera nada a cambio de nuestro servicio;  una Iglesia que aprende a ser interlocutora, porque deja de ser centro para ser signo, deja de ser solo maestra para ser también discípula, deja de querer marcar siempre  los rumbos, para permitir que los hombres de hoy le indiquen el rumbo por donde ha de ir. 

 

 

Conclusión

 

La palabra de Pablo sigue hoy teniendo toda su vigencia y no deja de ser un reclamo a todos los actores que tienen en Aparecida un punto de referencia para los años venideros: “El mundo de hoy escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, y si escucha a los que enseñan es porque dan testimonio” (EN 40). Ser discípulo y misionero aquí tiene una piedra angular.