Soberanía campesina para decidir: migrar o quedarse.

La decisión de Felipe, un joven cafetalero tzeltal de Los Altos de Chiapas[1]

 

Rosario Cobo

UAM, Xochimilco

 

Nos proponemos relatar aquí un fragmento de la vida de Felipe, un joven tzeltal de Los Altos de Chiapas, productor de café orgánico, e integrante de la Unión de Ejidos Majomut, agrupación que exporta el café orgánico de cerca de 2000 indígenas en mercados alternativos y de Comercio Justo. La experiencia de Felipe ilustra muy claramente el esfuerzo que hoy están haciendo miles de pequeños productores de café para seguir viviendo del campo, para no migrar y para dejar a futuras generaciones un medio ambiente enriquecido y sano.

 

La unidad doméstica familiar de Felipe. Un acercamiento a su economía

Felipe es un joven tzeltal de 25 años que lucha día a día por no tener que salir de Majosik, su comunidad, ubicada en Los Altos de Chiapas. Y es que Felipe ama el campo; no lo dice así, pero la tierra le da comida, agua, aire limpio para respirar, todo para vivir. Hijo de Micaela y Antonio, es el cuarto de diez hijos. Los tres mayores ya están casados; dos se fueron ya a trabajar de albañiles a las costas de Quintana Roo; el tercero se casó y vive aparte. De los hermanos menores, cinco son estudiantes y una joven ayuda en los quehaceres de la casa. Cuando Felipe se casó con Ana, se la llevó a vivir a casa de sus padres y ya tiene tres hijas. Actualmente viven en el hogar once personas de las dos familias.

 

Los padres de Felipe no heredaron tierras, pues descienden de familias muy pobres. Jornaleros de oficio, trashumantes sin hogar, iban y venían del corte del café al de la caña, y a la cosecha de milpa. A principios de 1960, el padre compró una pequeña huerta y, con los años, poco a poco fue comprando más. Después de 25 años la familia cuenta con tres huertas que suman dos hectáreas.

 

Felipe se dice cafetalero, pero al igual que el resto de las familias indígenas campesinas de nuestro país, también siembra una pequeña milpa para el abasto de maíz familiar; aunque no es suficiente con ello, sacan de ahí “maíz bueno para comer algunos meses”; el resto lo tienen que comprar. Sus ingresos provienen pues, de muchas actividades. Porque en la huerta además del café hay muchas otras cosas: chalum, clásico árbol de sombra que provee de leña; frutales como naranja, lima, plátano guineo, mandarina, níspero, guayaba, limón, anona, aguacate, durazno, cacaté y macadamia; hierbas comestibles y medicinales como la hierbamora, yaxcanté, tzujitaj, tzepent y juach; en el solar y en el cafetal, siembran chayote y caña. Siete gallinas les proporcionan huevos y ahora un guajolote está en engorda para las fiestas. La madre teje y borda huipiles y trajes tradicionales, y las hijas pequeñas y la nuera, morrales que venden en la comunidad o en la cabecera municipal. Y cuando la necesidad aprieta, el padre, la madre y Felipe se contratan como jornaleros.

 

Y es que las unidades de producción campesinas disponen de trabajo familiar, algo de tierra y plantas de café, herramientas y equipo de trabajo. Son núcleos de trabajadores y consumidores; no pequeños negocios o empresas capitalistas imperfectas; son, más bien, una combinación de capacidades humanas para trabajar, bienes que por su naturaleza y magnitud no pueden transformarse en capital, y familias de consumidores de alimentos. Así las cosas, el campesino aprovecha lo que tiene para trabajar,y es la combinación de actividades e ingresos, lo que le permite aspirar al mayor bienestar familiar posible, al más deseable que pueda acceder con los limitados medios de los que dispone.

 

Con toda seguridad el café de Felipe ameniza charlas y comidas sibaritas en países lejanos más allá del Atlántico. Esa es la paradoja, pues el café no puede producirse en clima frío sino en tierras tropicales, y por ello es un producto globalizado desde hace más de doscientos años, cuando se establecieron las grandes plantaciones alemanas en esta región del país. Entonces no existía el café indio, solamente el de los grandes finqueros quienes hacían negocios redondos, un privilegio económico del capitalismo salvaje del siglo XIX.

 

Pero hoy, el café mexicano es un cultivo campesino. De los 280 mil productores que registró el censo cafetalero entre 1994 y 1995, el 92% tiene menos de cinco hectáreas de huerta; y como veremos, son los pequeños cafetaleros los principales productores y quienes sostienen la producción que, en condiciones similares, los empresarios desdeñarían. La lógica campesina no es estrictamente económica sino socioeconómica; está presidida por el bienestar y no por la ganancia. En términos llanos la familia campesina no busca maximizar su rentabilidad sino mejorar su calidad de vida.

 

El café indio y campesino no tiene nada  que ver con un productor comercial

Felipe y sus padres son los encargados del cafetal. Micaela, su madre, como es costumbre entre los tzeltales de Majosik, trabaja en la huerta a la par que su marido y su hijo. Los tres machetes, colocados en la puerta de la casa, indican el número de trabajadores que hay en la familia.

 

De sus tres huertas, la familia decidió tumbar los viejos cafetos de una de ellas, por lo que sólo cosecharon en dos predios; de allí obtuvieron cerca de 20 quintales, rendimientos altos si los comparamos con el promedio nacional, de poco menos de 6 quintales por hectárea.

 

El trabajo que año con año le invierten al café son 395 jornadas, pues como tienen un manejo orgánico, realizan más labores que un cafetalero convencional (abonos, barreras vivas, etc.). Como todo el trabajo invertido es familiar, el costo campesino en jornales es nulo; en cambio, si este trabajo hubiera sido contratado, considerando que el precio del jornal se paga a $35/diarios, el desembolso sería de 13,825 pesos. Así también, en la producción se utilizan herramientas y maquinaria que la familia ha ido adquiriendo a lo largo del tiempo, como la despulpadora, el patio de secado, machetes, azadones, canastos, etc.; en algunos casos adquiridas a un costo menor al precio comercial, a través del subsidio de programas gubernamentales, como el de Alianza para el Campo.

 

Si comparáramos los costos de producción del café que tiene la familia de Felipe, y un hipotético costo comercial, las diferencias resultan abismales:

 

Costos en 2 has. Rendimientos de 19.47qq o 9.7 Qq/Ha.

Labores de mantenimiento

Jornadas invertidas

Costo campesino

Costo comercial

Huerta

258

 

9,030

Corte, beneficiado y acarreo

137

 

4,795

Total  de jornales

395

 

13,825

 

 

 

 

Infraestructura y herramientas

 

492

812

Total

 

492

14,637

Costo por quintal

 

25

752

 

En resumen, si la familia de Felipe pagara todo el trabajo invertido, y amortizara el valor -a precios de mercado- de la infraestructura, el equipo y las herramientas empleadas en el ciclo, el costo por quintal sería de 752 pesos. Pero como invierte principalmente mano de obra familiar, su desembolso en salarios es nulo; su costo efectivo se reduce a la amortización de insumos y medios de trabajo, y el costo por quintal se reduce a 25 pesos. Esto significa que gracias al esfuerzo familiar en trabajo y al subsidio en medios de producción, el caficultor tiene un gasto treinta veces menor al de un empresario comercial de café.

 

 

Los ingresos monetarios del café

El café de la huerta familiar se exporta a través la Unión de Ejidos Majomut, organización, que desde 1993 incursionó en la producción orgánica y participa en la construcción del Comercio Justo.

 

En el ciclo 2004-05 Felipe entregó 17 quintales (975 kilos) a su organización, la cual le pagó a 1,150 el quintal o a 20 pesos el kilo. Además vendió el café capulín (secado al sol sin procesar) a 3 pesos/kilo. En resumidas cuentas, por la venta de su café, la familia de Felipe obtuvo más de 20,000 pesos, como se ve en el siguiente cuadro:

 

Ingreso bruto por venta de café. Ciclo 2004-2005

Tipo de café

Comprador

kilos

Qq

Precio kilo
$

Precio quintal
$

Ingreso por venta
$

Pergamino orgánico Mercado Justo

Majomut

975

17

20

1,150

19,500

Capulín

Comprador privado

200

2.5

3

240

600

Total

 

 

19.46

 

 

20,100

 

Y es que, como dijimos antes, este café se vende en un mercado privilegiado, al que sólo concurren pequeños productores organizados.

 

Sin embargo, sólo con fines comparativos e hipotéticos, veamos cual hubiera sido el resultado de la transacción si el productor fuera un productor empresarial. Con el mismo ingreso por ventas, pero con diferencias abismales en costos de producción, el ingreso neto del primero, aún conjugándose buenos rendimientos y precios preferenciales, es tan sólo la cuarta parte del que obtiene el productor campesino.

 

Ingreso  neto del café

 

Ingreso comercial
$

Ingreso campesino
$

Ingreso por venta

20,100

20,100

Costo monetario de producción

14,637

492

Ingreso neto

5,463

19,608

 

 

Pero el análisis del ingreso neto del café campesino estaría incompleto sino consideramos que además de la venta, el productor recibe 1,200 pesos por sus dos hectáreas de recursos fiscales del Programa de Fomento Productivo ($600/Ha); de manera que el ingreso total cafetalero suma cerca de 21,000 pesos

 

 

Ingreso Neto Campesino

$

Ingreso neto por ventas

19,608

Subsidios

1,200

Total

20,808

 

Finalmente, hagamos un último ejercicio. Si el ingreso neto por ventas se aplicara a retribuir las jornadas familiares invertidas en el cafetal, el salario virtual sería de 53 pesos/día de trabajo, el mayor jornal regional.

 

Ingreso Neto Campesino       
$

Jornadas familiares en el café

Salario autoatribuido

$

20,808

395

53

 

Ya hemos mencionado que el productor evidentemente no se autopaga el trabajo familiar invertido. Ya hemos dicho que el trabajo del campesino es una capacidad, no una mercancía, y al igual que los medios de trabajo producidos por la familia, éstos no tienen un valor comercial, un precio, sino un valor de uso. Ejercer su capacidad de trabajo y emplear sus medios de producción –incluida la parcela-, es parte de una estrategia socioeconómica, orientada a la producción de bienes de sobrevivencia y de bienestar.

 

Pero aún cuando el cálculo que hemos hecho del salario “autoatribuído” es virtual, y nada tiene que ver con la realidad campesina, nos da elementos para acercarnos al dilema que enfrentan miles de jóvenes campesinos. En la región de Los Altos, el referente más inmediato que tienen es el precio del jornal: 35 pesos/diarios; pero aún cuando tuvieran la posibilidad de trabajar una parcela por cuenta propia, el ingreso que obtendrían de esta actividad (su “salario virtual”), no sería ni siquiera comparable con los salarios que se ofrecen en el país vecino: 6 dólares la hora. Claro está que para el migrante hay otras consideraciones más allá de la percepción de un salario, igualmente válidas. Pero este es otro tema.

 

Insistimos. Así como es necesario defender a ultranza los derechos de los migrantes, es vital reconocer y defender los derechos de quienes luchan por quedarse. El caso de Felipe es doblemente ejemplificador, pues no sólo trabaja por mantener su huerta, sino que está apostando a mantenerse de ella. A no migrar. Veamos porqué.

 

Capitalización de los cafetales campesinos

Habíamos mencionado que la familia tomó la decisión de tumbar una de sus huertas -para no dejar envejecer más los cafetos- y resembrar o renovarla. Las labores de mantenimiento que hasta ahora hemos analizado se practican año con año, a diferencia de las de renovación que se realizan una vez cada 20 años.

 

La inversión anual para mantener la calidad y los rendimientos de la huerta supone la resiembra de unas cuantas matas cada ciclo (entre 20 y 50 cafetos por hectárea), pero esta labor es parte del mantenimiento anual del cafetal. En cambio la renovación implica una inversión con efectos a mediano y largo plazo, pues los nuevos cafetos no empiezan a producir sino hasta el tercer año, a partir del cual su vida productiva será de 20 años. De manera que los gastos anuales recurrentes o habituales, que incluyen algo de resiembra, son de naturaleza diferente a las inversiones para renovar el cafetal.

 

El pequeño caficultor sabe que la renovación es un trabajo estratégico, cuyo propósito es revalorizar la huerta y propiciar un mayor ingreso futuro.

 

En el ciclo del 2004-05, Felipe convenció a su padre de renovar toda una huerta, pues los cafetos ya eran viejos. De modo que con un esfuerzo adicional, tumbaron 500 matas y sembraron 1,800 plantones en poco más de una hectárea. La decisión familiar no es poca cosa. Desde la cosecha anterior realizaron un corte selectivo de frutos, y después eligieron las mejores semillas para un vivero techado que establecieron en la huerta. Durante 45 días este vivero fue regado una vez por semana para después embolsarlas. Antes de las lluvias, trazaron las curvas de nivel y se hicieron hoyaduras para la siembra. En total, calcula Felipe, para instalar el vivero y sembrar 1,800 matas se invirtieron 241 jornadas de trabajo

 

Para la familia esta resiembra implicó un esfuerzo adicional. “Este año dejamos de cosechar -reflexiona Felipe- lo que nos daba la huerta, que aunque vieja, algo daba. Tuvimos más trabajo y menos café, pues el año pasado recogimos 30 quintales”.

 

Este caso es emblemático. Renovar el cafetal con una lógica campesina, aunque no representa un gasto monetario para la familia, entraña un esfuerzo adicional al que de por sí se hace cada año para mantener la huerta. Al renovar la plantación, en la escala en la que lo hizo Felipe, la familia renuncia a la producción de las matas sustituidas, con la expectativa de una mayor y mejor producción futura. Esto significa que en lo inmediato se deja de ganar dinero, pues se cosechan 11 quintales menos, cuya venta representaría casi 13 mil pesos, más de la mitad de lo que recibieron por la venta de su café. Todo esto en pro de una huerta que a mediano plazo dará mejores rendimientos y mayores ingresos.

 

Otras actividades económicas de la unidad campesina

Hasta ahora hemos visto sólo la inversión en trabajo y los ingresos del café, pero las unidades campesinas son economías diversificadas; y las decisiones económicas familiares son unitarias. Por ello es necesario analizar el conjunto de las actividades e ingresos de la unidad y no solo el café, para saber si la familia sobrevive, mejora su condición o es una economía en deterioro.

 

Para la familia la artesanía es otra fuente importante de ingresos monetarios. Micaela, madre de Felipe, apegada a la tradición tzeltal, usa el telar de cintura y borda, a diferencia de las hijas que solamente saben tejer. Como trabaja en la huerta y atiende la casa, solo algunas tardes se ocupa del telar o del bordado. Confecciona huipiles, fajas y calzones del traje tradicional de los hombres. En cada prenda se tarda, con trabajo más o menos intensivo, cerca de dos meses, pero solo confecciona dos o tres prendas grandes al año.

 

Compra en Tenejapa el algodón y el estambre. Cada bola de estambre le cuesta 15 pesos, y cada prenda se lleva por lo menos seis bolas, más los husos de algodón. En total se gasta cerca de 150 pesos por prenda, y el precio al que vende es muy variado. Puede pedir 1,000 pesos por huipil y 700 por el calzón o la faja, pero casi nunca logra venderlos a este precio, y después de los consabidos regateos, acaba rebajándolos.

 

Sus hijas, y ahora su nuera, saben tejer morrales que venden a 40 y 60 pesos, dependiendo del tamaño. Cada morral lleva por lo menos dos bolas de estambre: 30 pesos, lo que significa que ganan muy poco por cada uno. En un año venden cinco o seis morrales.

 

Cuando Micaela y sus hijas van a un mandado a Tenejapa, aprovechan para llevar sus prendas, pero casi siempre regresan sin vender sus mercancías. Micaela ha guardado hoy dos hermosos trajes que no ha podido vender y no quiere malbaratar. Pero seguramente cuando la necesidad apremie acabará rematándolos. Los ingresos artesanales del año, después de descontar los costos en materiales son de apenas 1,610 pesos.[2]

 

De vez en cuando también se contratan de jornaleros. Cuando no hay dinero, tanto Felipe como sus padres jornalean en la propia comunidad. El año pasado, cuando el salario estaba en 35 pesos el día, se emplearon su padre y él durante seis días en las limpias y hoyaduras, y ganaron 455 pesos.

 

 

El peso de los subsidios: Oportunidades

Parte de los ingresos de las economías cafetaleras provienen de subsidios gubernamentales de los que el más importante es sin duda Oportunidades. Su peso en la economía familiar depende del número de niños y jóvenes que asisten a la escuela: mientras más hijos estudien, mayor es el monto de subsidio que reciben las familias.

 

En el caso de la familia de Felipe el mayor ingreso monetario familiar proviene de Oportunidades. La madre recibe 320 pesos cada dos meses para apoyo a la alimentación, además de las becas de los cinco hermanos que están estudiando: a los dos de bachillerato les dan bimestralmente 2,300 pesos; dos que estudian secundaria en Majosik, reciben 1,800 pesos, y 180 la que va a la primaria. En total, cada dos meses, la madre recoge 4,600 pesos, lo que en el año representa 27,600 pesos; ingreso superior a los del café.

 

Oportunidades es uno de los subsidios más distorsionantes de las economías familiares. En el caso de la familia de Felipe representa más del 50% de los ingresos monetarios totales. En teoría cuando sus hermanos terminen de capacitarse y estén en edad laboral, compensarán los años del subsidio, obteniendo un empleo bien remunerado. Pero la realidad es otra. Hoy en nuestro país no hay oportunidades de trabajo para los jóvenes, y cuando los de la familia de Felipe terminen  sus estudios y las becas se suspendan, los ingresos familiares empezarán a desplomarse.

 

Ingresos monetarios

$

%

Venta de café

20,100

39

Venta de artesanías

2,060

4

Subtotal

22,160

43

 

 

 

Subsidios

 

 

Fomento Productivo

1,200

2

Oportunidades

27,600

54

Subtotal

28,800

56

Jornal

455

1

Total

51,415

100

 

 

Gastos de consumo

Pero analizar los ingresos monetarios de la familia sólo tiene sentido, si se comparan con los gastos que hace la familia para satisfacer sus necesidades de consumo básicas y  productivas más esenciales. La pregunta es si los ingresos de todas las actividades mencionadas alcanzan para cubrir las necesidades de la familia de Felipe.

 

Pero aquí sólo hemos mencionado los ingresos monetarios, y en el caso de las familias rurales, hay otros bienes tanto o más importantes que los ingresos dinerarios. Se trata de los múltiples ingresos en “especie” que da el cafetal, la milpa, la naturaleza. Las siembras y aves de traspatio y la caza eventual proveen parte de la alimentación familiar; del cafetal se obtienen frutas, hierbas comestibles y medicinales, leña para el fogón, así como productos reciclables como la pulpa y la hojarasca con la que se hace composta para abonar la tierra. El conjunto de bienes y servicios para el autoabasto es muy variado.

 

Calcular los gastos anuales, es un ejercicio que difícilmente se plantean las familias campesinas. Sin embargo una estimación propia de los gastos cotidianos que hace la familia de Felipe, arrojó lo siguiente:

 

Consumo final

Gasto anual  $

%

Alimentación

 

 

Maíz

3,467

8

Frijol, azúcar, sal, huevos, jabón, aceite, verduras y ocasionalmente carne

8,818

21

Subtotal

12,285

27

Ropa y calzado

 

 

Calzado de 3 productores adultos y sandalias mujeres, 3enaguas para las mujeres, ropa para la escuela de los niños

8,410

18

Servicios

 

 

Compra de árbol/leña

1,440

3

Gastos de los hijos en San Cristóbal

 

 

Renta, comida, útiles, ropa calzado y transporte

19,724

43

Transporte y salud

4,300

10

 

 

 

Total

46,159

100

 

 

Relación anual de ingresos y gastos monetarios: un balance económico de la unidad

 

Ya hemos visto que los ingresos monetarios de esta unidad doméstica tienen diversos orígenes. La principal actividad productiva es el café donde se invierten más de 300 jornadas de trabajo, y de la que proviene el 40% de los ingresos anuales. Otra parte sustancial viene de los subsidios, de los que Oportunidades representa más del 50%. El futuro de los jóvenes que estudian bachillerato en San Cristóbal, es incierto; lo que sí es seguro es que la familia dejará de recibir la beca de Oportunidades.

 

En cuanto a los gastos monetarios, cerca del 70% se destinan a cubrir necesidades de alimentación, vestido, salud y servicios, y solo uno de cada 100 pesos se invierte en cuestiones productivas. Un primer balance monetario de la unidad familiar arroja que este año los ingresos son ligeramente superiores a los gastos de este año, dando los siguientes resultados:

 

Ingresos monetarios

$

 

Gastos monetarios

$

Ingresos por venta de productos, subsidios y jornales

51,415

 

Gastos de consumo anual

46,159

 

Gastos productivo

1,095

Total

51,415

 

Total

47,254

 

 

Actualmente esta familia cuenta con dos hectáreas de cafetos y mano de obra abundante. Para optimizar estos recursos materiales y humanos, la familia emprendió la renovación del cafetal. De este modo se incrementan sus bienes, pues ahora la familia tiene un cafetal más joven que le garantizará en el futuro mayores rendimientos y por tanto ingresos más elevados.

 

Sin capital y con tan pocos terrenos, la familia tiene que hacer un uso intensivo de sus recursos, sobre todo de la mano de obra. Si sumamos las labores de mantenimiento y las de renovación, resulta que la familia le ha invertido al cafetal más de 600 jornadas. Hoy cuenta con un activo de 4,000 matas de café, de las que poco menos de la mitad empezarán a producir café muy pronto. Además de la herramienta con un valor estimado de más de 2,000 pesos.

 

Finalmente, aunque el gasto en los hijos que estudian en San Cristóbal es semejante o algo mayor que las becas de Oportunidades, significa también capacitación y calificación profesional. Quizá estos jóvenes tendrán más capacidades para competir en el abarrotado mercado de trabajo, sobre todo urbano. El esfuerzo familiar que implica haber dado estudios a estos jóvenes, es enorme. Y sin duda, además de Oportunidades, ha sido la cafeticultura, la que ha permitido sostener esta carrera. Una cafeticultura orgánica orientada a la exportación organizada en el comercio justo.

 

El futuro de la mayoría de los hermanos de Felipe es incierto, pues la tierra es un bien limitado, y tres hectáreas, en las condiciones de producción como las de hasta ahora, no son suficientes para mantener a todos, por lo que no sería extraño que muchos empezaran a migrar. Pero para Felipe, que apenas empieza a formar una familia,  el cafetal es, contra todas las predicciones, una opción digna de trabajo y de vida. Y lucha día a día por quedarse.

 

 

 



[1] El artículo retoma parte del trabajo de investigación sobre “Estrategias Cafetaleras” realizado en el Instituto Maya, junto con Lorena Paz Paredes, durante el 2006.

[2] Ingreso por ventas $2,060 menos compra de materiales $450