P. José Sánchez Sánchez
Para nosotros, Jesús no es únicamente el contenido de nuestra fe, sino también el teólogo por excelencia, el modelo de cómo hacer reflexión de fe.
Nos cuenta el evangelio de San Marcos, que un sábado Jesús pas7aba por un sembradío y sus discípulos cortaban espigas, las restregaban en las manos y se las comían. Viendo esto los fariseos le dijeron por qué permitía a sus discípulos hacer lo que no estaba permitido hacer en sábado, a lo que Jesús respondió con una reflexión sobre la Sagrada Escritura, que marca la pauta de toda reflexión teológica.
En primer lugar, Jesús recurre a la Sagrada Escritura: “¿No han leído nunca –les dijo– lo que hizo David y sus compañeros? ¿Cómo entró en la casa de Dios en tiempos del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes de la ofrenda, que sólo a los sacerdotes les estaba permitido comer, y dio también a quienes lo acompañaban?” (Mc 2,25-26).
Independientemente de las imprecisiones históricas de la cita (1Sam 21,7), Jesús interpreta la Sagrada Escritura de una manera que las normas aparecen como menos importantes que las personas, aquellas deben ceder ante la necesidad humana. Primero está saciar el hambre que cumplir la ley del sábado. La vida de la persona está primero que el cumplimiento de la ley. Es este el principio fundamental de la liberación del pueblo.
Mateo añade otra argumentación tomada de la liturgia del templo: “¿Tampoco han leído en la ley que en sábado los sacerdotes del templo pueden quebrantar el precepto del sábado quedando sin culpa?” (Cf Nm 28,9). Jesús relativiza la ley del sábado, anteponiendo a ella el honor de Dios y la vida de los humanos.
La conclusión es fundamental. “El sábado ha sido hecho para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2,27). Jesús se remonta hasta la creación. El sábado también es una creación de Dios. Y Dios ha hecho todas las cosas para bien de las personas. Los humanos no pueden, no deben ser esclavos de las regulaciones sabáticas. Por la honra a Dios no se puede dar la espalda a los hijos e hijas de Dios.
Hacer teología al estilo de Jesús es ante todo el partir de las situaciones concretas que esté viviendo el pueblo, no se puede hacer teología desde las nubes, separado de los problemas y anhelos de los humanos. Esta situación hay que iluminarla con la Palabra de Dios, pero partiendo del principio del amor y de la misericordia de Dios, que nos ama y de la dignidad de la persona humana que está sobre toda la creación. Para de ahí sacar las conclusiones que defiendan la vida del pobre y denuncien todo aquello que atente contra ella. La teología o sirve a la vida del pueblo, fundamenta la defensa de la vida del pobre o no es una auténtica teología cristiana.
En esta conferencia quiero desarrollar algunas tareas de la teología que pretenda estar al servicio del pueblo en la construcción de Otro Mundo Posible. Primero examinaré dos fundamentos del sistema neoliberal globalizado que lleva a calificarlo teológicamente como sistema de muerte y posteriormente a apuntar algunas tareas de la teología frente a esta realidad actual.
Desde Medellín y más claramente desde Puebla, nos hemos dado cuenta de que vivimos un proyecto que ha convertido en dios al dinero, que ha construido al derredor de él toda una teología de la prosperidad, que justifica la injusticia y la muerte de los pobres, y que está cristalizado en estructuras de muerte. Este proyecto actualmente es el Neoliberalismo globalizado. Al denunciarlo no debemos detenernos únicamente en sus manifestaciones y consecuencias, sino hay que ir hasta sus mismos fundamentos, sus mismas raíces, descubrir los mecanismos que lo justifican ideológicamente. En esta conferencia, dado el espacio de tiempo, tocaré solamente dos.
El verdadero problema religioso de la modernidad no es el ateísmo, sino la idolatría y la secularización de las utopías. La secularización no significa la muerte de las religiones sino su sustitución por otros mitos y otras realidades. La modernidad se funda en el mito del “progreso infinito”. Cree en la permanencia ininterrumpida del proceso de creación de la riqueza, que es producto de una alianza entre tecnología y empresa, laboratorio y fábrica. Este mito funda una nueva religión intramundana.
Los autores del neoliberalismo se refieren a él en términos religiosos. El aceptarlo o rechazarlo es cuestión de fe. Esa es la opinión de Fukuyama y de otros autores que tratan de fundamentar teológicamente la prosperidad y así realizan una teología de la prosperidad. Ya Adam Smith transforma el Mercado en el proyecto de la sociedad burguesa y le confiere un color celeste.
Al sustituir el cielo de las religiones, la modernidad constituye su propio cielo: el progreso infinito. Así traslada la utopía del más allá a esta tierra, cuya plenitud es la posibilidad de la creación y goce de las riqueza. Este mito del progreso se constituye en criterio de verdad de las religiones; éstas son –al decir de Franz Hinkelamer, crítico de este sistema– verdaderas en la medida que sirven como vehículo del mito del progreso en alianza con la tecnología y la empresa[1]. Se las acepta o las critica en la medida en que colaboren y promuevan el capitalismo o no. El aporte a este progreso es lo que decide su validez y nulidad para el hombre y la mujer modernos.
Este mito del progreso es el criterio para aceptar o rechazar teologías. Así la Teología de la Liberación que es una reflexión crítica, contrapuesta diametralmente a la reflexión neoliberal, es rechazada
La modernidad, al mismo tiempo que convierte en dios el progreso, mata las utopías. Haine un poeta alemán afirma: “El cielo lo abandonamos para los ángeles y los gorriones.” El cielo y la tierra ahora están separados y contrapuestos, y el orden en la tierra hace que la alusión al cielo esté de más. El cielo y la tierra se contradicen, según quien afirma que la tierra tiene que abandonar el cielo. Popper afirma: “Intentar realizar el cielo en la tierra, nos seduce a convertir nuestra buena tierra en un infierno.”[2] Todo lo contrario de lo que afirma nuestra esperanza cristiana.
El neoliberalismo es un sistema idolátrico que
convierte el progreso en dios dándole la característica de infinito y traslada
además la utopía de la plenitud del reino a la tierra, matando así la esperanza
de los pobres. El manejo del vocabulario religioso en el neoliberalismo es
ambiguo, nominalista; dice una cosa y afirma otra totalmente distinta. Habla de
Dios y de religión, pero no es el Dios cristiano, y la religión no es la de
Jesús, sino la del mercado. Por esto es que está contrapuesto, a pesar de las
apariencias, a la enseñanza de Jesús. En él se cumplen las palabras: “Nadie puede servir a Dios y al dinero” (Lc
16,13).
Son muy conocidas las consecuencias mortales de este sistema neoliberal, que cada vez se agravan más. Precisamente convirtiendo el mercado en dios, éste exige, como todo ídolo, la muerte y los sacrificios de los pobres, de los excluidos de los bienes del progreso. Pero es necesario para desenmascararlo, analizar a fondo los mecanismos ideológicos de justificación.
a) Iniciemos analizando la relación entre deseo y necesidad.
En este sistema hay una grande confusión entre los que es deseo y necesidad. Esto impide aclarar lo que son las necesidades
básicas y responder a ellas. “Cuando se
piensa a partir de los deseos –afirma Jung Mo Sung– no existen límites, se busca lo ilimitado. Y cuando se desea lo
ilimitado nunca sobra nada para compartir, siempre falta. Por lo tanto, no se
acepta un diálogo sobre la redistribución de la renta y de la riqueza. Es fundamental entender las diferencias
entre necesidad y deseo, las relaciones entre ambos y el papel del deseo en la
economía capitalista para avanzar en nuestra lucha por una sociedad más justa y
humana.”[3]
Friedrich Hayek uno de los teóricos del neoliberalismo escribe: “En principio un nuevo bien o una nueva mercancía, antes de llegar a ser una necesidad pública y formar parte de las necesidades de la vida, constituye generalmente el capricho de unos pocos elegidos. Los lujos de hoy son las necesidades del mañana. Más aún; las nuevas cosas o nuevos bienes… llegan a constituir el patrimonio de la mayoría sólo porque durante algún tiempo fueron lujo de la minoría.”[4] Según esto la mayoría de las cosas que nos esforzamos por conseguir, las queremos porque otros ya las tienen. Este es el deseo mimético propulsor del progreso.
La estructura básica del deseo es que yo deseo un objeto no por el objeto en sí sino porque es un hecho que otros lo tienen y yo también lo deseo. Así las élites del capitalismo mundial son los guías de la humanidad en marcha hacia la tierra prometida. Este deseo es el motor de la producción y del progreso y esto significa que siempre no puede suprimirse y, por tanto, siempre tiene que haber personas que nunca puedan satisfacer sus deseos. Satisfacerlos significaría parar el motor que incentiva la producción en el sistema neoliberal.
b) Hay otra razón por la que no se pueden satisfacer los deseos de todos. El compartir no es la solución a la satisfacción de las necesidades básicas de la población. Las leyes del mercado son inviolables, por tanto, todo aquello que atente contra ellas se tiene que denunciar. Todo aquello que vaya contra la producción y el lucro tiene que combatirse. En Alemania en el siglo pasado, se criticó lo que se llamó “la ética de San Martín”. Todos conocemos la leyenda de San Martín Caballero, que al lado del camino encontró un mendigo que le pedía algo para protegerse del frío, como San Martín no tenía más que su manto, lo partió en dos y la mitad le dio al pordiosero. Siguió su camino y percibió una grande luz, dándose vuelta vio que el pobre era Cristo, quien lo saludó.
El mundo industrializado no acepta esta ética, porque piensa que no es solución al problema. Compartir lleva a aumentar el problema, porque deja en la necesidad a ambos. Por eso lo que busca es la “ética de la eficiencia”. En lugar de compartir lo que el empresario debe hacer es producir muchos mantos para que haya suficientes y todos puedan tener con qué cubrirse. Pero lo que no quieren ver los promotores de la producción neoliberal es que no todos están incluidos entre los privilegiados que tendrán para comprar el manto.
Según Keynes se debe asumir la posición de que “Al menos por cien años todavía nos debemos convencer de esto: lo bueno es lo malo y lo malo es lo bueno, porque lo malo es lo útil y lo bueno no lo es” Es decir, lo bueno según la ética de San Martin, el compartir, es lo malo según la ética de la eficiencia, y lo malo según la ética de San Martín, el no compartir sino producir, es lo bueno según la ética de la eficiencia. Así la exclusión de los pobres de los beneficios del progreso es un bien necesario que hay que soportar.
Por esto, algunos autores neoliberales hablan de los sacrificios necesarios en la sociedad neoliberal. Esta no resuelve el problema de los deseos y su satisfacción, sino que los incentiva, y los deja insatisfechos ya que son el motor del progreso capitalista. De este modo, los pobres en la sociedad neoliberal quedan insatisfechos e interiorizan el sentido de culpa por no poder satisfacer sus deseos miméticos y se frustran. Y en el caso de una irrupción violenta de éstos, los sectores dominantes pueden y suelen usar soluciones violentas para controlar la situación. La represión de Estado es la solución a las rebeliones de los pobres que piden la satisfacción a sus necesidades básicas. Estos son los sacrificios necesarios exigidos por la ley del progreso. Otros autores como Galbraith van más alla y llegan a pensar que los pobres son los justos merecedores de los sacrificios que se les imponen. Así se desacraliza la teología del sacrificio. El sacrificio de los pobres es necesario para que se salve la sociedad capitalista neoliberal. En esta categoría caben también aquellos que no se someten a las leyes del mercado y se rebelan contra ellas. Estos son los sacrificios que exige el dios progreso.
Jung Mo Sung dice, interpretando esta teología sacrificial neoliberal: “El hambre y la muerte de millones de pobres en toda América Latina y en otros países del Tercer Mundo son los sacrificios que se requieren para que ya no haya necesidad de sacrificios. Las calumnias y persecuciones contra los defensores de los derechos humanos y de la dignidad de los pobres forman parte de este proceso sacrificial.”[5] El sistema neoliberal como Moloc necesita de la muerte de víctimas inocentes para subsistir, es un sistema de muerte.
c) Demos otro paso más adelante. La sociedad de producción capitalista está fundada sobre la muerte de los pobres.
Franz Hinkelammer hace un análisis filosófico-antropológico del sistema neoliberal y afirma que está fundado sobre el mito del “asesinato fundante”. Siguiendo el análisis de René Girard afirma que en este asesinato fundante, los asesinos matan al héroe, pero hay otro grupo de asesinos que se venga de estos asesinos matándolos, la sangre del héroe es la que santifica a la sociedad, así la sangre de los asesinos es la que salva al grupo. El asesinato fundante es un asesinato de asesinos. Es un asesinato limpio –se cree– porque es un asesinato de asesinos. El héroe asesinado en el asesinato fundante resucita en la medida que corre la sangre de sus asesinos. Resucita en la muerte de los asesinos[6].
Pongamos un caso. El atentado de las torres gemelas en Septiembre del 2001 ha sido convertido en un asesinato fundante. Hubo unos asesinos: los terroristas. Pero el grupo gobernante de los EEUU, con Bush a la cabeza, convirtió este atentado en un asesinato fundante. Para vengar la sangre de los asesinados busca el asesinato de los asesinos y declara la guerra contra el terrorismo a nivel mundial, que justifica la represión y guerra en Afganistán y en Irak. Este asesinato fundante crea una situación paradójica, los buenos —los asesinos de los asesinos— matan mucho más malos que los buenos matados (!) por los mismos malos. Otro caso reciente es el secuestro y asesinato de soldados israelíes que es convertido en un asesinato fundante y desencadena la represión contra los palestinos y la guerra en el Líbano. Así los buenos (?) matan más malos de los que los buenos asesinados. El asalto al poder mundial exige la muerte y la guerra, por tanto, la muerte de inocentes.
Por el somero análisis de algunos fundamentos del sistema neoliberal globalizado nos damos cuenta de que es idolátrico –convierte en dios el progreso humano– y es un sistema de muerte porque está fundado en la muerte de los inocente, de los pobres, de los excluidos.
La teología auténticamente cristiana no puede quedar al margen de todo esto, tiene que partir de esta situación y anunciar al Dios de Jesús y su proyecto de vida. Haciendo esto se pone al servicio de la fe y de la vida del Pueblo de Dios.
Esto supone una teología descentrada de las realidades eclesiales y centrada en el Reino de Dios. El objeto de la teología no es Dios, sino el Reino de Dios, es decir, su proyecto de amor a la humanidad y su voluntad de transformar su vida en una realidad de fraternidad. Para muchos hacer teología es abstraerse de las realidades humanas y contingentes para hacer una reflexión centrada en las realidades eternas de Dios y de la Iglesia. Conciben la teología como una ciencia al servicio de la Iglesia, de sus estructuras y de su disciplina. Pensar así es ignorar algo fundamental en la fe cristiana: la encarnación. Dios nos salva en la historia y a través de la historia. Por tanto, las realidades humanas no son ajenas a la reflexión del teólogo. Querer encontrar un Dios así, es buscar un dios que no es el de Jesús.
La teología tiene que hacerse en la tierra y para los habitantes de la tierra. Por tanto, tomar en cuenta los condicionamientos concretos en los que vive y en ellos y a través de ellos anunciarles la esperanza de la vida nueva. Esto lleva a que la Teología esté centrada, como el mensaje y la experiencia de Jesús, en el Reino de Dios. Jesús no predicó a Dios, no se predicó a sí mismo, sino que predicó el Reino de Dios.
El anuncio del Reino de Dios, toma en cuenta la situación concreta de los humanos a los que se les anuncia. El Reino de Dios es la plenitud humana a la que nos llama Dios nuestro Padre que nos ama. Este reino inicia desde este mundo y culmina en el más allá. En esto consiste la verdadera esperanza, que libera y da paz.
La crítica de la religión por los modernos está en que ellos desaprueban la actitud de muchos cristianos que descuidan nuestra tierra por el cielo futuro. Los modernos buscan el núcleo terrestre del cielo, es por esto, que les parece superfluo. Es decir, ellos quieren el cielo en la tierra y niegan el cielo del más allá. Pero la esperanza cristiana no consiste en contraponer el cielo y la tierra, eligiendo éste y olvidándose de aquella, dejando el cielo para los ángeles y los gorriones, según el dicho de Haine y teniendo la tierra como el centro de las atenciones y cuidados de los humanos.
El Reino inicia desde este mundo. Se espera su plenitud, trabajando por hacerlo realidad ya desde aquí. Quien tiene una auténtica esperanza humana y cristiana no descuida su realidad, sino que parte de ella para construir un mundo distinto. La esperanza es una de las mayores razones para comprometerse en la transformación de la realidad, en la denuncia de la injusticia y de la muerte y la construcción de la justicia y la vida de todos.
La esperanza cristiana consiste en un abandonarse a Dios y confiar en El. Es estar al acecho de los signos de la presencia de Dios que nos sorprende como un tesoro y que nos invita a cambiar la realidad. Esperar no es aguardar que lo que yo he planeado se logre, esto es una simple expectativa, que es fruto de los planes humanos. El hombre y la mujer actuales tan dados a la planificación, han perdido la dimensión de la esperanza, que significa estar abiertos a lo imprevisible. Trabajar sin descanso, pero esperar con perseverancia lo que queda fuera de nuestra previsión.
La esperanza es una de las dimensiones de la vida cristiana sobre la que la teología tiene que reflexionar. Alimentar la esperanza de los pobres, no de una manera que los convierta en seres pasivos y conformistas, esperando todo del cielo, sino alentándolos en sus luchas, aclarando y reforzando la convicción de que todo esto no es inútil y llegará a su plenitud. La teología debe colaborar a la creación de un sentido profundo global de la vida, ante la injusticia, el dolor, la culpa, la muerte, el contrasentido. Debe proporcionar y alimentar motivaciones profundas en los humanos. Debe impulsar la protesta y la resistencia contra las situaciones injustas. Una teología que alimente el pasivismo no es auténtica teología cristiana.
La esperanza cristiana critica toda idolatrización de las realidades terrenas. Las aprecia en su justa medida. Toma a Dios como el único absoluto y a las criaturas como sus obras. La teología cristiana invita a unirse a todo movimiento que busque la construcción de un mundo distinto al actual, en donde reinen los valores de la dignidad humana, la justicia y la paz. Es una teología para otro mundo posible.
El Dios de este reino es el Dios de la vida, no de la muerte. Es el Dios que defiende la vida de los pobres y se manifiesta en su liberación. La opción por la vida de los pobres y excluidos es una opción de fe y una actitud ética. En realidad, no hay razones humanas para poder optar por los perdedores de la historia, sólo el aceptar la historia en la que Dios se ha manifestado como el defensor del pobre, el contemplar y aceptar a Jesús que anunció e hizo presente el Reino de Dios, desde los pobres y a favor de los pobres, es lo que puede fundamentar la opción por los excluidos.
Esta opción abre nuevos horizontes éticos a la teología, como dice Juan José Tamayo. Este horizonte se traduce en el siguiente decálogo ético:
· Una ética de liberación, en un mundo dominado por múltiples opresiones.
· Una ética de la justicia en un mundo estructuralmente injusto.
· Una ética de la gratuidad, en un mundo donde impera el cálculo, el interés, el beneficio, el negocio.
· Una ética de la compasión, en un mundo en el que impera el principio de la insensibilidad hacia el sufrimiento humano y medioambiental.
· Una ética de la alteridad, de la acogida y de la hospitalidad para con los extranjeros, los refugiados y los sin papeles, en un mundo de exclusividad y xenofobia.
· Una ética de la solidaridad, en un mundo donde impera la endogamia.
· Una ética comunitaria en un mundo patriarcal, donde predomina la discriminación de género en todos los campos de la vida.
· Una ética de la paz, inseparable de la justicia, en un mundo de violencia estructural causada por la injusticia del sistema.
· Una ética de la vida, de todas las vidas, de todos los seres humanos y también de la naturaleza, que tiene el mismo derecho a la vida que el ser humano.
· Una ética de la incompatibilidad entre Dios y el dinero, en un mundo donde se compagina tan fácilmente la fe en Dios y la creencia en los ídolos, la adoración a la divinidad y al otro becerro.
Ante esta situación hay otras muchas categorías que hay que añadir a la teología para que sea un anuncio de Otro Mundo Posible.
· Del campo de las ciencias de la vida: Bioética, biogenética, biotecnología.
· Del ámbito de la política y la economía: globalización, movimientos populares, víctimas, solidaridad, exclusión, marginación, movimientos de resistencia global.
· Del ámbito del género: patriarcado, autonomía, violencia de género.
· Del ámbito de la ecología: tierra, cosmos, uso respetuoso de la naturaleza.
· Del ámbito de la interculturalidad: cultura, teología india, afroamericana, etnia, raza, pluriculturalidad, plurireligiosidad.[7]
Que la teología esté al servicio del pueblo es una tarea antigua y nueva. Para ello debe tomar elementos del compromiso secular de la Iglesia, pero también nuevos a partir de las nuevas situaciones que se van presentando. Hay actitudes que no puede echarse al olvido: La centralidad del Reino, la esperanza, la opción por los excluidos, la defensa de la vida.
[1] HINKELAMMERT F. El asalto al poder mundial y la violencia sagrada del imperi. Dei, San José de Costarrica, 2003, p.107
[2] POPPER K., DasElend des Historizismus, 1974 citado
por HINKELAMMER F. en El asalto al poder
mundial y la violencia sagrada del Imperio, p. 255
[3] MO SUNG J. Deseo, mercado y
religión. Dabar, México, 1999, p.43.
[4] HAYEC F. Los fundamentos de la libertad. Madrid, 1991, p 62.
[5] MO
SUNG M. Ibid. 57
[6] HINKELAMMERT
F., Ibid. Pp.188-193
[7] TAMAYO JUAN J. Nuevo paradigma teológico para Otro Mundo
Posible en Alternativas 12-30. Managua, Enero 2006, pág. 39-58.