La Iglesia Católica. De religión de estado a religión de “las mayorías”. Notas sobre la crisis estructural

Elio Masferrer Kan

ENAH-INAH

eliomasferrer@gmail.com

 

Presentación:

 

Este documento analiza aspectos históricos y estructurales sobre el desarrollo del campo religioso latinoamericano y plantea la noción de crisis estructural. Plantea algunos criterios estructurales de larga y larguísima duración para explicar la situación de coyuntura que introduce a la Iglesia en una crisis estructural, producto de sus dificultades para asumir los cambios culturales, sociales y religiosos. Finaliza contextualizando esta crisis y planteando un conjunto de disyuntivas.

 

El arribo de la Iglesia Católica al continente americano debe ubicarse en varios contextos. En principio, la Iglesia Católica se había asumido como una institución sagrada, San Agustín en La Ciudad de Dios planteó que “La Iglesia es el reino de Cristo y el Reino de los Cielos”, esto fue ratificado con el encíclica Unam Sanctam (1302) donde se afirma que el Papa y Cristo “constituyen una única cabeza de la Iglesia”, todo esto es considerado por muchos autores como una estrategia de la iglesia medieval para sacralizar las estructuras sociales, económicas, políticas y teológicas de la época.

 

Por una parte la Iglesia se incorporó como elemento estructural, estructurador y legitimador de la empresa colonial, ingresando como herramienta de la Corona española, la cual se benefició con un conjunto de privilegios resultantes del Real Patronato y además estaría influenciada por las diferentes políticas de las Ordenes religiosas, en particular Dominicos, Franciscanos, Jesuitas  y Agustinos y atravesada por las diferencias teológicas de la época. (Marzal, 2002)

 

El Patronato implicó además que la Corona tuvo un papel importante en la construcción del cristianismo colonial latinoamericano, los reyes españoles tuvieron la posibilidad de amoldar la política eclesiástica a sus intereses, designando obispos dóciles, vetando bulas e instrumentos papales que no les interesaban, poniendo condiciones a las órdenes religiosas e incluso pudiendo impedir su asentamiento. Además no dieron curso a causas de canonización y otras cuestiones en la relación de los obispos y ordenes religiosas locales con el Papa.

 

Un elemento importante y muchas veces poco destacado es la definición de que los indios tenían alma y que por ello eran susceptibles de ser catequizados, lo cual implicaba la articulación de esta población en forma subordinada al sistema religioso y político colonial y no su eliminación física como sucedió en ciertas colonias británicas (Australia y las 13 Colonias: los Estados Unidos). La definición del carácter humano al poseer alma los transformaba tanto en mano de obra barata y servil como en futuros catecúmenos, almas susceptibles de ser salvadas (García Rocafull, 1974; Marzal, 1983. Martínez López-Cano et al, 1995).

 

Como resultado de dicha estrategia, la Corona implementó los sistemas de cargos político-religiosos que le permitía manejar los sistemas de control social y político con un proceso de legitimación religiosa, por su parte los indígenas implementaron, cuando pudieron, una estrategia política de re-etnificación y construcción de espacios políticos propios a partir del desarrollo de lecturas étnicas del catolicismo colonial, que con el tiempo se convertirían en espacios sociopolíticos con relativa autonomía, donde podrían desarrollar nuevas formas de liderazgo. Cabe señalar que esta situación fue un resultado secundario y no planeado de la política religiosa de la Corona (Moreno Navarro, 1985:199).

 

Otro aspecto que debemos destacar es el control español sobre los modelos de identificación. El sistema de santos y vírgenes impuesto, está constituido en su mayoría por santos europeos y preferentemente de reinos controlados por los Hausburgos. La Corona impidió en forma sistemática la canonización de santos locales y los existentes son verdaderas excepciones (Bienko-Peralta, 1999). La ausencia de modelos locales de santidad se transformaría en este siglo en un campo de disputa simbólica muy interesante.

 

Esto no impidió un proceso de apropiación de santos patronos locales, aunque de origen europeo en el proceso de conformación de las identidades locales y podría ser un aporte interesante a la comprensión de la expansión del culto mariano en el continente y su éxito posterior a la independencia nacional (Báez-Jorge, 1994).

 

 

Entre el Real Patronato y los Patronatos nacionales

 

Las relaciones entre los estados nacionales de América Latina y la Iglesia Católica, durante los primeros años de la Independencia estuvieron marcados por la relación que mantenía la Corona española con el Vaticano, pero a nivel local, fue muy significativo el papel desempeñado por el Alto y Bajo Clero en los procesos nacionales (Dussel, 1995:65) y por las peculiaridades de los distintos ritos masónicos y sus estrategias políticas específicas (Solís Vicarte, 1997). Un elemento que complicó más el asunto fue el papel de liderazgo desarrollado por sacerdotes y ex-sacerdotes en estos procesos políticos, que implicaba una ruptura de las estructuras internas de poder eclesiástico y dejaba a la Iglesia en entredicho con su lealtad hacia la Corona (Taylor,1995:109)  . El caso mexicano es uno de los exponentes más notorios y el juicio de inquisición y la excomunión de Hidalgo y Morelos marcaría una toma de distancia de la Iglesia Jerárquica con los liberales en la formación del estado nacional que se extiende a la actualidad (Cossio Villegas, 1981).

 

Sin embargo, el Vaticano dio pruebas de pragmatismo y realismo político que muchas veces no se evalúa adecuadamente, si bien nunca reconoció formalmente el status diplomático de los enviados, tampoco los expulsó de los Estados Pontificios  y mantuvo con ellos una relación informal. Del mismo modo los estados nacionales, salvo excepciones, no emprendieron cacerías de brujas contra la Jerarquía y las expulsiones de obispos o sacerdotes, fueron habitualmente resultado de la beligerancia de los mismos en cuestiones locales.[1]

 

Fue así como se configuró en un proceso latinoamericano, nuevas formas de relaciones estado-iglesias y religión-sociedad que desembocarían en algunos casos en distintas formas de Patronato, que reconocen peculiaridades locales resultantes de las particulares correlaciones de fuerzas entre conservadores y liberales. Pero lo mas significativo son los procesos populares de apropiación y reformulación religiosa en la configuración de formas particulares de religiosidad en todo el continente.

 

En términos jurídico políticos las constituciones americanas reconocen cuatro grandes formas de relación estado iglesia: separación total, reconocimiento de cierto status a la Iglesia Católica, carácter de religión protegida a la Iglesia Católica e Iglesia de Estado. Sin embargo, las formas jurídicas en muchos casos no expresan con detenimiento el carácter de estas relaciones. En las situaciones conflictivas e incluso anárquicas por las que pasaron muchos estados nacionales, las formas jurídicas en realidad son meros referentes, pero la Iglesia Católica jugó y juega un papel significativo en los procesos de legitimidad y consenso de la sociedad como depositaria de una parte significativa de las lealtades primordiales (Alavi, 1976) en torno a la familia, la sociedad y el Estado (Dussel, 1995, 66).

 

Sin embargo en varios casos hubo movimientos socioreligiosos de resistencia política  donde los líderes adquirieron aspectos mesiánicos que retomaban elementos del cristianismo con aspectos de las religiones prehispánicas, tomando aspectos nativistas como es el caso de las rebeliones indígenas en Chiapas o también desarrollando expectativas mesiánicas o milenaristas.

 

II. Estado e Iglesia en América Latina. Una perspectiva estructural

 

Nuestra hipótesis de trabajo considera que al principio, el estado nacional intentó repetir el Real Patronato, sustituyendo al Virrey por el Presidente, sin embargo la Iglesia Católica no estaba interesada en repetir la relación de subordinación que tenía con el Rey de España y que en términos históricos le estaba resultando costosa, pues en la ruptura del pacto colonial (Halperín Donghi, 1977) debió asumir una parte de la decadencia de la Corona de la cual terminaba siendo co-responsables como iglesia de estado.

 

Por otra parte, el concepto de estado liberal, en esos momentos hegemónicos implicaba una ruptura con la Iglesia más profunda que la misma estaba interesada en aceptar, pues no deseaba abrir espacios a luteranos y reformados aceptando la libertad de cultos (Santillán, 1995: 192-3). Es en esta confrontación de proyectos antagónicos que debería interpretarse la confrontación del siglo XIX. Es interesante destacar que el papel jugado por el sistema de santos y vírgenes en la configuración de los sistemas identitarios en el ámbito nacional, regional y local permitió el desarrollo de procesos sociales y de articulación en los cuales la iglesia mantuvo su papel de legitimación, de tal modo que el conflicto se expresaba en el ámbito político y entre cúpulas (Galeana, 1991:11).

 

Otro aspecto que nos parece interesante analizar es el impacto estructural de la expropiación de bienes a la Iglesia, comunidades y manos muertas como se les llamaba. Es importante diferenciar en términos analíticos a estas tres instituciones sociales. La Iglesia y en particular las órdenes religiosas habían acumulado una masa significativa de bienes y las tierras urbanas y rurales eran importantes para implementar un desarrollo capitalista, de alguna forma dicha acumulación se había realizado a través de una serie de despojos a los bienes de los indígenas, donaciones de españoles y criollos y trabajos forzados de la población indígena como resultado de su posición en la Colonia. Una discusión pendiente es si estos bienes que estaban en manos de los religiosos no eran en cierto modo propiedad de la sociedad mexicana en su conjunto (Martínez López Cano, 1995)[2].

 

Los bienes en manos de las capellanías, cofradías y figuras jurídicas similares eran bienes destinados al culto (Montero Recoder, 2000), pero en muchos casos operaban también como sistemas de préstamos y ayuda mutua, una suerte de seguro social de la época que era manejado tanto por particulares como por órdenes religiosas (Sánchez Maldonado, 1995:120; von Wobeser, 1995: 154). Su expropiación sirvió para debilitar el tejido social, desestructuró la estratificación social tradicional y los sistemas de gremios a la vez que redujo una fuente significativa de financiamiento a la Iglesia. También des-institucionalizó muchas de las prácticas religiosas y abrió paso a las formas contemporáneas de mayordomías y organización de peregrinaciones y fiestas (Garma y Shadow, 1994).

 

La eliminación de las formas comunales de propiedad de la tierra implicó la desestructuración de las comunidades indígenas, facilitó procesos de asimilación y mestizaje y las tierras disponibles (tanto comunales como eclesiásticas), que fueron apropiadas por una nueva clase terrateniente fortaleciendo el sistema de haciendas y por los conflictos sociales que generó culminó con la Revolución Mexicana y los procesos de reparto agrario en los países andinos, para mencionar sólo casos notables.

 

Un resultado no previsto del proceso mexicano derivado de las Leyes de la Reforma y la expropiación de bienes eclesiásticos es que la Iglesia pudo desligarse de un conjunto de bienes terrenales y mantener un total alejamiento del Estado y de los fracasos del mismo, asumiendo la construcción del campo religioso como una esfera específica, separada e incluso antagónica con el campo político. Le obligó a dimensionarse de acuerdo a sus recursos y a recurrir sistemáticamente a las masas católicas. Como resultado de esto la Iglesia mexicana se autofinancia, tiene bastantes vocaciones y ha sido matriz de muchas órdenes religiosas (Puente Lutteroth, 1993, 1995). Pudiendo además, en una crisis del Estado, configurarse como la receptora de las lealtades primordiales (Alavi, 1976), al no tener compromisos con este.

 

Otra hipótesis es que la construcción del estado nacional latinoamericano no podía hacerse al margen de la construcción del otro. La Iglesia estaba destinada por su fuerza y presencia social, por una serie de alianzas y cuestiones históricas a constituirse en el paradigma del oponente (Collin, 1999). Como resultado de la Revolución, la Constitución de 1917 y la derrota de los Cristeros, la sociedad mexicana y muchas sociedades latinoamericanas se organizaron, para decirlo en términos de Levi-Strauss (1977:121), como un sistema de mitades estructurales no localizadas. Cada mitad ejercía su hegemonía en un campo distinto, una en el religioso y la otra en el político. Entre creyentes o feligreses y ciudadanos. La religiosidad popular era el elemento genérico que permitía una inteligibilidad informal entre ambos campos y que impedía el conflicto (Giménez, 1978:96). El modus vivendi era la expresión de las relaciones formales entre ambos campos, que le permitía al Estado generar la ficción jurídica y cierta realidad política de controlar ambos campos, sin poder hegemonizar en lo religioso (Lamadrid Sauza, 1994).

 

En otros países, donde la Iglesia Católica mantuvo el carácter de religión de estado o de religión protegida por el mismo, la historia marcaría una relación compleja pues el carácter de legitimadora de las relaciones políticas llevaría a la Iglesia Católica a un proceso de deterioro de su imagen que aún nos falta evaluar, pero que se expresa de distintas formas, lo mas notable es su incapacidad para influir en la vida cotidiana de sus feligreses y en la esfera pública, la dificultad creciente del Estado para asumir sus compromisos con la misma.

 

El agotamiento del modelo latinoamericano y la configuración de nuevas formas de relación entre los campos religioso y político

 

En la década de los ochentas, los modelos de estado-nación latinoamericanos consolidados entre 1850 y 1950 entraron en crisis y se trataron de aplicar nuevos modelos de estado, abriendo un proceso de transición política que aún no está resuelto. Hubo la necesidad de reformular los oponentes estructurales y el Estado Latinoamericano comenzó a buscar nuevas premisas. Se eliminó el concepto de economía mixta, criticó al populismo, privatizó la banca, vendieron la mayoría de las empresas paraestatales y abrieron el país a la inversión extranjera, eliminándose barreras comerciales y el concepto de desarrollo capitalista autónomo, que había sido estratégico en el período anterior, como lo describiera tan claramente Octavio Paz en El Ogro Filantrópico (1981). Asimismo cayeron en crisis las estructuras corporativas del Estado (Collin, 1999; Oppenheimer, 1996).

 

Simultáneamente, la Iglesia Católica se planteó también reformular su posición estructural, en el Concilio Vaticano II y en el CELAM de Medellín, buscando la “desconstantinización”[3] de la Iglesia, el abandono de las posiciones derivadas del concepto de religión de estado e incluso de la Iglesia como institución divina, asumiéndose como una institución humana. Paralelo a estas conclusiones se planteó también la reformulación de las relaciones de la Iglesia Católica con el conjunto de la sociedad y particularmente con las elites políticas y económicas con las que muchas veces se veía asociada. Este proceso de reformulación estructural fue prácticamente cerrado desde el pontificado de Juan Pablo II, quien veía con desconfianza a la opción preferencial de los pobres y la Teología de la Liberación Latinoamericana. Esta situación terminó por debilitar a los sectores que planteaban el alejamiento de la Iglesia Católica de las estructuras de poder, a la vez que incrementaba la relación con los estados latinoamericanos.

 

Un aspecto muchas veces no trabajado son las dificultades de las iglesias latinoamericanas para configurar iglesias particulares en el sentido cultural y social, que les permitan asumir los crecientes cambios sociales, políticos y culturales de las sociedades latinoamericanas. Este proceso genera un distanciamiento creciente entre los modos de vida de los feligreses, con las propuestas institucionales de la Iglesia.

 

La Iglesia Católica como modelo estructural

 

Nuestra hipótesis es que la Iglesia Católica es un modelo de estructura segmentaria, donde los distintos segmentos de la estructura se mantienen cohesionados por un sistema de equilibrio dinámico inestable,[4] siguiendo por analogía el modelo de los Nuer (Evans-Pritchard, 1977:280), que implica la aceptación de propuestas teológicas y Ritos diferentes, mas de 30 en el mundo, de una infinidad de carismas religiosos distintos expresados en diferentes órdenes religiosas y de teologías diversas, pluralismo que unifica sobre la base de un grupo de conceptos que les permiten mantener la unidad, respetando las diferencias. Por ello la eliminación de una tendencia implicaría la ruptura del equilibrio y llevaría a la fragmentación, cuestión que es rechazada por la Iglesia, la institución religiosa más antigua del mundo. Los intentos de homogeneización son vistos como peligrosos porque tienden a la ruptura.

 

En términos de poder, el poder absoluto del Papa está matizado por un sinnúmero de instancias organizativas que a su vez ejercen poder en su respectiva instancia, y en muchos casos el poder es también un poder bastante absoluto. Los distintos actores saben cuales son los límites donde ejercen poder. Sin embargo el poder en cada instancia no puede cuestionarse, quien lo hace es prácticamente fulminado pues pone en entredicho todo el sistema organizativo. Es un paradigma la condena a silencio de Leonardo Boff, no fue por sus planteos de la Teología de la Liberación en términos muy radicales, fue condenado cuando publicó Iglesia: Carisma y poder. Ensayos de eclesiología militante (1992) donde cuestionaba precisamente la estructura de autoridad institucional.

 

La Iglesia vive siempre en el filo de la navaja de la autoridad legítima y el autoritarismo. La estructura de autoridad de la Iglesia puede expresarse en la metáfora de la cadena arborescente donde cada eslabón tiene un espacio de autonomía relativa, pero todos los hilos de la red confluyen en el Papa, quien es el responsable de la legitimidad de cada eslabón. En muchos casos su poder sólo consiste en que puede ratificar lo decidido en esa instancia. Pues además, todo esto está matizado por los principios de libertad, libre albedrío e historicidad del cristianismo.[5]

 

Cada eslabón o segmento localizado o no localizado es clave en la construcción de valores y cultura organizativa. “Los valores proporcionan un sentido de dirección común y establecen directivas para el comportamiento diario. Estas fórmulas para lograr el éxito determinan también el tipo de héroes corporativos y ocasionalmente surgen de ellos. Determinan también los mitos, rituales y ceremonias de la cultura ... Los valores compartidos definen el carácter fundamental de la organización, la actitud que la distingue de todas las demás. De esta manera crean un sentido de identidad en el personal de la organización, haciendo que se sientan especiales” (Deal y Kennedy, 1986:20-23). El carisma del fundador o de quienes lo suceden o la inspiración de un obispo son una forma de crear héroes institucionales, pero depende de la capacidad o carisma personal de estos para trasmitir los valores de la organización, la percepción del éxito o fracaso de su gestión en la institución.

 

Por ello es clásico en la Iglesia nunca dar la razón totalmente a ninguna tendencia, una organización como la Iglesia mexicana que alberga en su interior alrededor del 85% de los habitantes del país, debe siempre mantener un equilibrio estructural dinámico que le permita mantener en su seno a tendencias dispares y contradictorias, debe permitir que florezcan los carismas, el elemento dinámico de la organización, pero también necesita acotarlos. Por ello es habitual también el envío de mensajes ambiguos y polisémicos, del mismo modo, los elementos formales son cuestiones que implican aspectos de fondo, son típicos el ninguneo, la congeladora y la banca que definen hegemonías y preponderancias, pero donde nunca debemos olvidar que todo debe quedar dentro de los límites.

 

La Iglesia es la comunidad de todos los bautizados, sin embargo en sentido estricto son los consagrados, aquellos que han pasado por un sistema iniciático. Esto implica una estructura diádica clero-laicos, el clero además está dividido en sacerdotes (diocesanos y regulares), quienes pueden consagrar, y religiosos y religiosas, que no pueden consagrar, asimismo el clero está dividido en Bajo Clero, los párrocos y Alto Clero, la Jerarquía, los obispos. Los feligreses o laicos son descritos como el rebaño, un concepto paternalista y autoritario.

 

Los problemas estructurales de la Iglesia Católica en América Latina

 

Es una realidad incontestable la crisis de la Iglesia Latinoamericana, en principio la baja de los feligreses, la disminución aguda de las prácticas religiosas y el descenso vertiginoso de las vocaciones sacerdotales y religiosas. Junto con un envejecimiento del personal sacerdotal que no alcanza a renovarse. Asimismo, durante todo el Pontificado de Juan Pablo II se adoptaron un conjunto de medidas destinadas a eliminar a determinadas tendencias internas de la Iglesia Católica lo que llevó aun desequilibrio organizacional que limitó el desarrollo de la organización en tanto tal. Fue tan eficiente la estrategia de rechazo a las tendencias renovadoras que las mismas se desalentaron para continuar la lucha por impulsar sus propuestas al interior de la Iglesia y en su mayoría prefirieron retirarse de la misma.

No en vano el obispo Aguiar Retes planteaba su preocupación y consideraba importante que el tema de la próxima reunión del CELAM tuviera como temario la incongruencia del comportamiento de los laicos con el magisterio de la Iglesia.

Escuchemos una declaración del Obispo Aguiar Retes, vicepresidente de la CELAM y Secretario General de la Conferencia del Episcopado Mexicano:

 

“Si el Santo Padre acepta el tema propuesto, es un tema vertebral, que puede dar una consistencia a la anterior Conferencia que fue sobre la nueva evangelización; ésta es fundamental porque el discipulado es un tema que nos va a poner de cara sobre el problema más grave de América Latina señalado desde Medellin: “La incoherencia de los cristianos católicos de América Latina entre la fe y la vida”. Este es el problema más grave. Somos una iglesia mayoritaria católica, con raíces y cultura católica, pero también dentro de este modo de ser, todos, los pueblos de América Latina viven el mismo mal: el laicado no es fuerte porque no es coherente; una cosa dicen y otra cosa hacen. Eso es lo que se ha visto cuando se hace por ejemplo el análisis de los políticos, aunque hay políticos católicos, cuando llegan al poder se corrompen, no aplican los valores congruentes con el Evangelio, y siendo un país e incluso un continente católico, está muy lejos de ser lo que pregona la doctrina social de la iglesia, con lo que se aplica a las orientaciones sociales y económicas de un gobierno. Y esto sólo por señalar lo político, pero en todos los campos se padecen el mismo mal.”[6]

 

Esto no es un caso excepcional, es notable el abandono de las prácticas religiosas en Europa. En América Latina el fenómeno mas notable es el crecimiento acelerado de las opciones no católicas, en México, los datos del Censo Nacional de Población del 2000 que marcaban un 9.7% de no católicos y un 88.2% de católicos, contrastan con los resultados de las encuestas realizadas en el 2005 a nivel nacional que marcan un 82% de católicos en la realizada por el periódico Reforma, un 78% de católicos según Latinbarometer y según Ipsos, la cifra estaría en el 80% del total de la población. Una caída del 8.2 % de la población total en apenas 5 años reflejan una situación delicada en términos estructurales.

 

Otro aspecto es interesante, los estados latinoamericanos, enfrentados al quehacer diario de la política han cambiado su actitud frente a la Iglesia Católica, quitándole de hecho el carácter de religión de estado. Esta decisión de algún modo metaconstitucional en términos formales refleja un nivel de pragmatismo. La incapacidad de la Iglesia para construir los consensos no solo entre sus feligreses sino entre los ciudadanos, esto lleva a los estados a identificar otras instituciones sociales que ayuden a la construcción de la legitimidad del sistema político. Del mismo modo los estados latinoamericanos se ven obligados adoptar un conjunto de medidas que evidencian esta transformación estructural, que se pone en evidencia por los conflictos en materia de salud reproductiva, el uso de los anticonceptivos, la polémica en torno a la pandemia del Sida y en el caso argentino, el pintoresco conflicto en torno al Vicario castrense.

 

La transformación de la Iglesia de estado en Iglesia de la mayoría, conlleva asimismo la noción del descenso de esta presunta situación de mayoría En investigaciones anteriores pudimos comprobar que muchos se consideran practicantes asistiendo al menos una vez al mes a misa. Alrededor del 75% de los católicos utilizan la institución como una agencia de servicios religiosos como bautizos, casamientos, funerales, sin que esto implique otros compromisos. Por el contrario la membresía evangélica asiste a servicios al menos 5 horas semanales y alrededor del 40% de la feligresía. Si tomáramos el dato de la cantidad de energía humana que cada grupo moviliza en una semana, tendríamos varias sorpresas. Si aplicáramos los criterios de Richard N. Adams sobre quantum energético, vemos que en realidad los evangélicos disponen de mayores recursos humanos que los católicos y ello sería una de las explicaciones para la expansión de los mismos que se incrementa un 50% cada 10 años.

E (energía del Sistema religioso) = tiempo social (tiempo dedicado a la reproducción del sistema religioso)+ tiempo cristalizado (recursos + edificios)

 

En esta perspectiva analítica la noción del desequilibrio estructural que tiene la Iglesia Católica nos lleva a considerar que lo misma tiene un desafío significativo que implica la búsqueda de restablecer el equilibrio dinámico inestable o de lo contrario, si persiste la parálisis estructural no podemos descartar su decadencia o la transformación en una institución de minorías.

 

 

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[1]La Santa Sede condenó la emancipación nacional-encíclicas de 1816 y 1824, cambio de actitud en 1825 (misión Muzi). En el Consistorio de febrero de 1831 Gregorio XVI designó seis obispos residenciales para Máxico. El 5 de agosto de 1831 Gregorio reconoce a las nuevas repúblicas latinoamericanas con la encíclica Sollicitudo Ecclesiorum” (Dussel, 1995:65)

[2] La antología de Martínez Lopez-Cano (1995) contiene trabajos que permiten una buena aproximación a las cuestiones económicas de la Iglesia en la Colonia.

[3] Se refiere al proceso de eliminar los cambios desarrollados después de Constantino y la definición de la Iglesia Católica como religión del Imperio Romano, volviendo a los planteos del cristianismo los dos primeros siglos.

[4] Coincidimos con Leach cuando plantea que la sociedad matemáticamente hablando no es un agregado de cosas, sino un agregado de variables, que los modelos estructurales generalizados no se aplican únicamente a sociedades del mismo tipo estructural aparente y que una misma ordenación estructural puede encontrarse en cualquier tipo de sociedad (Leach, 1971:20-21)

[5] En esta perspectiva la posición de Juan Pablo II sobre la “eternidad y universalidad de los valores” es un punto que debe ser matizado por las propias tradiciones del cristianismo.

[6] Entrevista con Carlos Aguiar Retes distribuida por la Oficina de Prensa de la Conferencia del Episcopado Mexicano, 20 de abril de 2005.