LOS APORTES DE LA ECONOMÍA SOCIAL AL EMPLEO

Marcos de Castro Sanz, Presidente de cepes
(Confederación Empresarial Española de Economía Social)

Los escenarios

Vivimos en un mundo global que se desgarra en función de la acumulación, o ausencia, de la riqueza. La riqueza está distribuida en forma desigual. En 2001, según datos del Banco Mundial[1], vivían en situación de pobreza extrema y pobreza moderada, según se gane uno o dos dólares diarios, 2,700 millones de personas. El 93% de los pobres extremos están en Extremo Oriente, Sur de Asia y África. El 15% de las personas de Latinoamérica vive en pobreza moderada. Es decir, el 44% de la población mundial vive con menos de dos dólares al día y el 18% vive en pobreza extrema. En otras palabras, uno de cada dos que vivimos en el mundo está en el ámbito de la pobreza. La pobreza se ha territorializado. Ya hay territorios atrapados por esta situación de la que es difícil salir, pues la miseria tan sólo genera miseria. África Subsahariana concentra gran parte de esta población.

Actualmente la pobreza tiene una fuerte presencia en América Latina. Una estimación de las Naciones Unidas para toda la región señala que entre 1970 y 1980 había 50 millones de pobres e indigentes, pero en el 2000 serían 224 millones. La OIT estima que laboran en la región cerca de 20 millones de niños menores de 14 años de edad. En esas condiciones es muy difícil que puedan cursar la escuela primaria[2].

En 1820 la distancia entre la renta de Estados Unidos y África era de tres a uno y en 1998 esta distancia de incrementó siete veces, siendo de uno a veinte. Según la Revista Forbes, la fortuna de cada uno de los 400 estadounidenses más ricos creció, entre 1997 y 1999, un promedio de 940 millones de dólares. Durante un reciente periodo de doce años, los bienes del 40% de los hogares más pobres de ese país se redujeron en un 80%. Para los ricos el aumento promedio sería de 1,287,671 dólares por día. Si eso fuese el salario por una semana laboral de 40 horas, resultaría que habrían ganado 225,963 dólares a la hora, o 43,867 veces el salario mínimo. Todo en un mismo país.

El programa de Naciones Unidas para el desarrollo dice que harían falta el equivalente a cuarenta mil millones de dólares al año para tratar las necesidades básicas de la Humanidad: los problemas del hambre, del acceso al agua potable, de una vivienda mínima, y de la asistencia sanitaria básica.., y se sabe que esta cifra es tan solo el 10% de los gastos de publicidad, que son cuatrocientos mil millones de dólares... Entonces surgen preguntas que cuestionan el orden económico en que nos desenvolvemos, el esquema de sociedad que estamos construyendo y el propio concepto de desarrollo.

No se nos puede hacer creer que los problemas del hambre, acceso al agua, asistencia básica y vivienda, se deban a la falta de recursos económicos, pues bastaría, hipotéticamente, que disminuyese en un 10% el gasto de publicidad; es obvio, que entre el acceso al agua potable y la publicidad hay una prioridad: el agua. Si estuviésemos en un universo racional, diríamos: si suprimimos en un 10% la publicidad y creamos un fondo mundial de desarrollo planetario, los problemas básicos de la Humanidad estarán solucionados. En el fondo se está cuestionando el concepto de desarrollo.

¿Crecimiento o desarrollo?

Es preciso revisar los conceptos dominantes del crecimiento económico, que no siempre significa desarrollo. Incluso su medida, en términos de Producto Interno Bruto (PIB), se concreta tan solo en flujos monetarios, no en cohesión social. De forma que se puede crecer pero no desarrollarse. Un país puede tener más dinero pero, también, más pobres. Se está poniendo en cuestión el concepto de PIB como elemento de medida. Y con ello, se ha de reconsiderar el concepto de riqueza.

Patrick Viveret[3], Asesor del Tribunal de Cuentas de Francia, ha denunciado que los sistemas de contabilización nacional están construidos a partir de criterios productivistas (industriales y agrícolas), que marginan los factores sociales y culturales. Así, los sistemas de contabilidad nacional, que provocaron el nacimiento del conocido PIB después de la Segunda Guerra Mundial, son, esencialmente, la base de la reconstrucción de una economía a la que no interesa cuestiones como la ecología o las personas. Sólo interesaba lo que tenía valor económico y no lo que tenía valor humano. Es decir, la economía trataba a los seres humanos sólo como factores económicos, factores de producción y de consumo, pero no como actores, como sujetos de derecho que han de vivir y comunicar con la comunidad. La cuestión económica no es considerada sólo como el medio para alcanzar la finalidad del bienestar común.

Se tiene que desarrollar estrategias que permitan a los seres humanos situarse en lógicas cooperativas, más que en lógicas de lucha o guerreras, que en economía se llaman lógicas competitivas. Lo esencial de la revolución de la inteligencia, de la revolución de la información es que es contraria a la mayoría de las características emocionales que hoy en día tiene la nueva forma del capitalismo, y que se resume en una frase que no cesan de repetirnos: “ganareis luchando contra los demás, y no gracias a los demás”. Competitividad y lucha. Esos son los valores. No hay aliados, tan solo hay competidores. Eso es lo que el modelo dominante premia.

Los bienes ecológicos sólo tienen valor económico si se les puede destruir o degradar. El agua, como tal, no tiene valor económico, pero desde el momento en que está contaminada y se tiene que descontaminar y sustituir por agua mineral, tiene valor económico y se contabiliza en los indicadores de crecimiento. Al ser negocio pasa a formar parte del PIB. El aire sólo se contabiliza en el PIB cuando se tiene que descontaminar, o se tienen que atender las enfermedades respiratorias

Estamos no en una economía, sino en una ecorreligión, una religión de la economía, en la cual el sistema de creencias y el sistema de valores deriva en creer que ocupándonos de la economía ya nos ocupamos de todas las cosas. La consecuencia es que queda al margen la cuestión humana, que es un tema que se nos hace pesado, porque se refiere a la conciencia y al sentido de las cosas. La verdadera cuestión consiste en avanzar hacia sociedades del bienestar, dándoles un sentido más marcado en el que las personas vivan digna y conscientemente esta aventura humana prodigiosa que nos permite ser conscientes y participar de la aventura del Universo. Esta es la cuestión del Ser: que cuando las cuestiones de subsistencia estén garantizadas, el tema central sea el Ser, y ésta es más una cuestión de sociedad que una cuestión de Estado.

No podemos seguir pensando en un concepto de riqueza surgido en condiciones históricas y económicas que nada tienen que ver con el desarrollo de nuestra sociedad, un concepto que abandona otros elementos imprescindibles para que las personas sean más felices, más personas, para que la sociedad sea más de todos.

¿Y el empleo....?

El empleo y riqueza son dos columnas sustentadoras del Estado del Bienestar. Hasta ahora el empleo y la riqueza se insertaban en las relaciones industriales creadas por una sociedad empeñada, y necesitada, de generar desarrollo económico. Siendo éste considerado desde los valores productivos, donde se sustentaban los flujos económicos.

En el caso del empleo, esta concepción también ha hecho daño y distorsionado las cosas. Lo productivo como valor dominante constituía al empleo como factor de producción. Por tanto, las personas eran recursos productivos. Incluso su selección para un trabajo era diseñada desde la óptica de adaptación al puesto pensando en la mejor productividad.

Ello aporta, como conclusión natural del mercado, la exclusión. Aquellas personas que no se adecuaban al perfil previamente diseñado, no siempre desde la capacidad profesional sino desde criterios tan ajenos como la imagen o la figura externa, eran excluidas del mercado laboral. Y lo excluido era de difícil reubicación. O eran excluidas o ni siquiera eran admitidas como candidatos. Pienso en las personas con discapacidad, en los que tienen problemas de autonomía personal, en parados de larga duración o en quienes han pasado por procesos de exclusión social, quizá porque el mercado les expulsó del puesto de trabajo.

Las políticas comienzan a mejorar cuando los ciudadanos se deciden a actuar. Si queremos cambiar los comportamientos, hay que informar correctamente a los ciudadanos y darles las competencias necesarias[4].

Un mercado que sigue queriendo puestos de trabajo más como componentes de la fuerza productiva que como elemento básico y constitutivo de la sociedad, por tanto, de la democracia. La exclusión del mercado laboral destruye la capacidad cívica de las personas y ésta, la normalidad democrática. Sin empleo difícilmente se puede construir una sociedad de todos y para todos. La mayor cohesión y educación, así como las políticas sociales, contribuyen al progreso económico y al bienestar.

¿Y qué significa el empleo de la economía social en toda la población ocupada?

El Consejo Económico y Social de Europa[5] dice que en la Unión Europea (UE) cada vez es mayor la importancia social y económica de las empresas y organizaciones de la economía social[6] (EES): con alrededor de nueve millones de trabajadores en equivalente a tiempo completo, representan un 7,9% del empleo asalariado civil. Además, engloban una proporción considerable de la sociedad civil, puesto que se considera que forma parte de ella más del 25% de los ciudadanos de la UE, en calidad de productores, consumidores, ahorradores, habitantes de una vivienda, asegurados, estudiantes, voluntarios, etcétera. Las EES se desarrollan esencialmente en determinados sectores como la sanidad, el medio ambiente, los servicios sociales y la educación.

Desempeñan un papel fundamental en la creación de capital social, la capacidad de emplear a personas desfavorecidas, el bienestar social, la revitalización de las economías locales y la modernización de los modelos locales de gestión. Asimismo, han establecido sistemas de balance societal para evaluar su impacto social y medioambiental. En España, según los datos publicados recientemente por CEPES, este tipo de empresas representan el 8% del PIB, el 14% de la población ocupada y un 25% de la población española tienen relación con alguna de estas organizaciones. Se está dibujando con estos elementos un nuevo modelo de ser empresa, distinta de la tradicional, cuyos resultados y consecuencias sociales serán, evidentemente, distintos a los rasgos descritos.

Son empresas que se apoyan en las personas, son de propiedad colectiva, por lo que todos sus socios (sus propietarios) se han de involucrar en las decisiones. Son “otra forma de hacer empresa y de generar riqueza” siempre colectiva; que se compromete con el territorio (una empresa de economía social nunca se deslocaliza) y su producción suele ser respetuosa con los clientes, los productores y con sus relaciones de contratación.

La Economía Social aporta empleos en condiciones de mejor calidad y estabilidad. Podríamos decir que estas empresas aportan diversos valores a las personas y a la sociedad por sus propias características, su propiedad colectiva, su gestión democrática y su generación de riqueza para todos. Podrían enumerarse las aportaciones al empleo en los siguientes temas:

Generación de valor añadido social. Lo que se concreta en la aportación a las personas y a la sociedad de:

·         Una capacidad innata y progresiva de adecuación a las nuevas circunstancias y a la evolución de la sociedad.

·         Un modo más social y humano de entender la economía, la gestión y el progreso.

·         Una capacidad de emprender en sectores o espacios económicos poco atractivos para otro tipo de empresas, siempre empeñadas en maximizar el beneficio.

·         Una ayuda para que emerjan economías informales y sumergidas, ayudando a que florezcan puestos de trabajos.

·         Formación en la gestión y en la democracia. No en balde han recibido la calificación de escuelas de democracia económica. Cada uno de sus socios ha de opinar sobre las variables estratégicas de la empresa, del mercado y de la competencia, pues la experiencia empresarial es de todos sus socios.

·         Cohesión e inclusión social[7].

La economía social favorece la integración de todas las personas y reduce la exclusión social. Existen experiencias evidentes en este campo sin las que no sería fácil entender determinados sectores sociales, por ejemplo, el de la discapacidad. Se compromete con el entorno y con la comunidad donde reside, siendo una expresión de ‘economía de la proximidad”, contribuyendo así a la resolución real de los problemas sociales, territorializados:

·         Se adaptan al modelo y necesidades locales, inventando experiencias productivas y empresariales que ni el inversor privado ni el público solucionan.

·         Crea riqueza y ayuda a distribuir eficazmente la renta incrementando la equidad social.

·         Desarrolla capital social incrementando las relaciones de confianza entre las personas:

·         Crea empleo estable en mayor proporción que las empresas tradicionales, pues la experiencia empresarial de los socios que se deciden a abrir una empresa no lo hacen en condiciones de temporalidad.

·         Suele ser, a veces, una experiencia que ayuda a reciclar a los trabajadores que, o fracasaron en el empresa tradicional, o cuya empresa fue la que fracasó, expulsándoles a la calle por las razones que sean.

·         Genera cultura de participación, corresponsabilidad y riesgo compartido, imprescindible para el éxito de las políticas de rentas y crecimiento compartido. O lo que es lo mismo, ayuda a generar cultura ciudadana.

·         Establece relaciones de confianza entre la personas

·         Fomenta el espíritu emprendedor, activando las capacidades personales.

Estas empresas se apoyan en la capacidad emprendedora (individual y colectiva). Por lo que son escuelas de formación empresarial

Es la consecuencia natural de ser una empresa propiedad de todos sus socios, que afecta por igual a todos, que traslada a todos por igual el fracaso o el éxito, según se haya sabido gestionar; en las que el riesgo compartido hace posible la experiencia empresarial (pues en solitario no hubiera sido posible). La nuclear separación de estas empresas de las tradicionales se basa en que aquí una persona es un voto, lo que traslada una connotación de colectividad, de implicación, de creatividad... que no es capaz de trasladar la empresa de capital. “Una persona un voto” es un elemento dinamizador que, en sí mismo, se convierte en motor de desarrollo personal a través del puesto de trabajo.

Integración de la ética en la economía.

Se necesitan políticas para un crecimiento sostenible, equitativo y democrático[8]. Ésta es la razón del desarrollo. El desarrollo no consiste en ayudar a unos pocos individuos a enriquecerse o en crear un puñado de absurdas industrias protegidas que sólo benefician a la élite del país.

El desarrollo consiste en transformar las sociedades, mejorar la vida de los pobres, permitir que todos tengan la oportunidad de salir adelante y acceder a la salud y a la educación.

Lo cual comporta que los economistas deberían contribuir en la generación de una economía que enfrente las tremendas exclusiones actuales, como la pauperización de los niños (60% de los niños de América Latina son pobres), la destrucción de las familias por la pobreza y el desempleo (una de cada cinco en toda América Latina), la marginación de los jóvenes (su tasa de desocupación en esta región duplica el resto); igual que las que derivan de las discriminaciones del género, del maltrato a las edades mayores, a las minorías indígenas, a los discapacitados, a los excluidos...

Queremos una sociedad de todos, para todos sin exclusión, donde todas las personas tengan su espacio. El empleo es fuente de ciudadanía. El puesto de trabajo es base de la dignidad. Queremos una sociedad distinta de la que heredamos de la vieja cultura industrial. Donde lo productivo no sea el valor dominante, sino lo económico y lo social. La ética ha de volver a la gestión de las empresas, de la economía y de la sociedad. También a los Poderes públicos. En ello la Economía Social tiene muchas cosas que decir, porque ya las hace, porque son sus valores. La Responsabilidad Social, concepto emergente hoy, no es nada más que hacer que las cosas sean como siempre debieron ser.

 



[1] Ver “El fin de la pobreza”, de Jeffrey Sachs, Barcelona, 2005

[2] Bernardo Kliksberg. “El círculo de hierro”

[3] Ver: “Reconsiderando la riqueza, reconsiderando el empleo”, realizad en unión con el Equipo Promocions. Barcelona. 2004.

[4] Evaluación del quinto programa comunitario de política y acción en materia medioambiental, 1999, documento de la Comisión.

[5] Dictámen del Comité Económico y Social Europeo sobre “La diversificación económica en los países adherentes. Función de las Pyme y de las empresas de la economía social”. Bruselas, 1 de abril de 2004.

[6] Son empresas de diversas figuras jurídicas (su eje constitutivo son las cooperativas, pero también integran a las mutualidades, las fundaciones, especialmente las que comprenden objetivos sociales, del mismo modo que a determinadas asociaciones). En España se integran también en este concepto a las sociedades laborales (ver declaración del Comité Europeo Permanente de Cooperativas, Mutualidades, Asociaciones y Fundaciones -CEP,CMAF)

[7] Existen figuras jurídicas especializadas en la inclusión laboral. En España estas son “las empresas de insersión”, dirigidas a crear empleo que pueda aportar elementos de integración para personas que el mercado laboral no emplearía –personas inempleables-, como son los exdrogadictos, exalcohólicos, expresidiarios (superados sus problemas de dependencia no son admitidos por el mercado laboral). También están los Centros Especiales de Empleo, especializados en insertar laboralmente a personas con discapacidad, tanto física, como sensorial o intelectual. En Europa estas empresas son las cooperativas de iniciativa social, también existentes en España. La Ley de Cooperativas Española (27/1999, de 16 de julio. Las define como “aquellas… que, sin ánimo de lucro y con independencia de su clase jurídica, tienen por objeto social… el desarrollo de cualquier actividad económica que tenga por finalidad la integración laboral de personas que sufran cualquier clase de exclusión social”.

[8] Ver “El malestar de la globalización”. Joseph Stiglitz. Taurus.