FUNDAMENTOS DE
LA INCULTURACIÓN
Margot Bremer, r.s.c.j.
Colabora en diferentes
proyectos y grupos sociales (Asunción, Paraguay)
I. DIÁLOGO COMO
CAMINO DE INCULTURACIÓN
1. Para América Latina, un continente
“pluricultural, multiétnico y plurirreligioso” que
aspira a interculturalidad, el tema de la Inculturación es apasionante, pues toca el problema de los
“etnocentrismos”, tan fuertemente presentes, sea como imposición
por parte de las culturas “inmigrantes”, o sea como resistencia por parte de
las culturas originarias.
A nivel religioso se anuncia
con el tema de la Inculturación la superación del monoculturalismo de la fe cristiana para abrir caminos
nuevos en la comprensión de la “Buena Nueva” dentro de un pluriculturalismo.
El redescubrimiento de la
“unidad en la diversidad” junto con el derrumbe de los monobloques en favor de
un pluralismo, nos han liberado para una nueva comprensión de las diferencias:
no tienen que contradecirse necesariamente, sino pueden enriquecer y
complementarse. El método de llegar a esta nueva comprensión es el diálogo.
2. Hablar hoy de Inculturación de la fe es hablar de la posibilidad de poder
experimentar a Jesucristo plenamente dentro de la propia cultura. En tres
diferentes ocasiones, el Papa Juan Pablo II resaltó que Una fe que no se hace cultura es una fe no
plenamente acogida, no totalmente pensada, ni fielmente vivida[1].
Para los cristianos de
cultura occidental “inculturar la fe” es algo nuevo y
desacostumbrado: es aceptar que se interprete el Evangelio también en
parámetros de otra cultura que no sea europea. Se trata de una “traducción” del
Evangelio desde las claves de la cultura occidental hacia las claves culturales
de otra cosmovisión, de otra visión de vida y de convivencia, y
consecuentemente de otra visión de Dios. Implica un riesgo muy grande,
pues traducir es siempre interpretar. De esta manera Inculturación
es verdaderamente un acto de “re-creación” de la fe cristiana en un nuevo
contexto cultural [2].
3. La “inculturación” encuentra su fundamento
teológico en la Encarnación de la Palabra de Dios. Una Palabra que está
destinada al diálogo. No es por casualidad que exista una analogía entre ambos,
ya que se trata cada vez de un acto de kénosis,
en el sentido de “desprendimiento” [3], condición sine
qua non para una verdadera inculturación en el
sentido de Fil 2, 6ss: Siendo de condición divina,
no consideró como presa el
ser igual a Dios, sino que se despojó (gr. ekénosen)
de sí mismo tomando condición
de siervo, haciéndose semejante a los seres humanos...
También la fe
cristiana ha de pasar por este acto de desprendimiento de su monoculturalismo europeo, si quiere inculturarse
realmente en otra cultura. Más aún, debe pasar por el misterio pascual
de Jesucristo, muriendo como grano de trigo (Jn
12, 24) a la idea de una homogeneidad cultural al leer y entender el Evangelio,
para poder producir vida nueva y pluriforme en las
culturas diferentes. Este acto de kenosis, fiel
al seguimiento de Cristo, se realizaría en el diálogo
interreligioso-intercultural entre la cultura indígena y la cultura portadora
del mensaje evangélico, hasta hoy la occidental.
4. Al asumir el Hijo de Dios la condición de
los seres humanos, asumió también la condición de pertenecer a una cultura
concreta. Plenamente asumió la concreción cultural limitada del género humano:
conocido por sus vecinos como “hijo de José el carpintero”, creció en un ámbito
campesino en sabiduría, estatura y gracia (Lc
2, 52), hablaba el dialecto galileo, habitaba junto
con sus padres una casa popular en Nazareth de
Galilea, asumió los conflictos religiosos de su época y sufrió las últimas
consecuencias. Sin duda alguna: Jesús como hombre, se hizo plenamente hijo de
un pueblo, viviendo su cultura y asumiendo su historia. Ni siquiera salió a
otro país que no sea a Samaría, el
antiguo reino del Norte (Israel). Solo ocasionalmente tuvo contacto con
personas de otras culturas, las que o estaban ya asentadas en su patria como el
funcionario romano de Cafárnaum (Jn
4, 47-54), o algunos samaritanos con los que se encontraba en su tránsito de
Galilea a Judá y viceversa, como p. e. la mujer
samaritana (Jn 4, 5-26).
No cabe duda que el gran
misterio de la Encarnación se ha realizado en nuestro planeta tierra de manera
muy sencilla y cotidiana; y de la misma manera, por lo tanto, debe ser el
camino de la inculturación.
5. Hoy día, los antropólogos dan mucha importancia a la limitación que encierra
cada cultura. Queriendo entrar, sin embargo, en un “dialogo intercultural”,
esta limitación, en vez de empobrecer, puede enriquecer enormemente. El dialogo
intercultural facilita encontrarse con nuevos aspectos humanos en el otro,
latentes también en uno mismo, pero aún no-desarrollados. Cada uno, con plena
conciencia de la propia especificidad y a la vez de la propia limitación, se
abre en este diálogo a lo específico del otro, ausente en uno mismo, y en
reciprocidad aporta lo específico suyo que no está presente en el otro. No se
pretende llevar a una fusión o mezcla, tampoco a una dominación del más fuerte
sobre el más débil. Todo lo contrario: ambas partes —frente a lo
diferente—tomarán más conciencia de lo propio, tanto de lo específico suyo como
de las lagunas propias. Esto refuerza la identidad de cada uno y ayuda a reconocer que se necesitan
mutuamente. Ambos crecen, tanto en lo específicamente suyo como en la toma de
conciencia de sus lagunas.
6. El tema de la Encarnación de la Palabra tiene consecuencias importantes para
la Inculturación. Tenemos que reconocer que la
cultura judía, la que Jesucristo asumió y en la que Él quiso anunciar su reino,
también está sometida al principio de limitación, propio de cada cultura. El
Hijo de Dios, haciéndose uno de nosotros, necesariamente tenía que desarrollar
su personalidad humana dentro de los marcos limitados de la cultura judía. Por
lo tanto, por ser expresado su mensaje en estas pautas culturales concretas y
por lo tanto limitadas, Él mismo ha llegado a nosotros abierto a
enriquecimientos y complementaciones si se incultura en pueblos con culturas no
occidentales.
Mediante el diálogo
interreligioso con estas culturas nos pueden ser brindadas nuevas comprensiones
del Evangelio y viceversa: el diálogo puede ayudar a aquellas culturas a
descubrir la presencia de Jesucristo en el corazón de su propia religión.
Sabemos que Jesús y su mensaje no caben ni en una sola cultura y
consecuentemente no caben tampoco en una sola religión. Esto no quiere decir
que Jesús no llegó a la plenitud de su vida humana, la alcanzó totalmente, pero
dentro de la cultura judía, limitada por ser de condición humana.
II. VOLVER A LA RAÍZ COMO CAMINO DE
INCULTURACIÓN
Lo nuevo está latente en lo antiguo
Muy poco se ha reflexionado
aún sobre el proceso de permanente enculturación que cada pueblo con propia
cultura está haciendo para ser fiel a su proyecto de vida. Mediante una
relectura del proyecto original el pueblo puede garantizar su identidad. Son
los momentos históricos de grandes cambios que exigen la necesidad de hacer
relecturas. ¿Cómo habla la Biblia de este tema? y ¿qué criterios está ofreciendo
para una enculturación?
Jesús, al anunciar el reino,
usaba los parámetros culturales israelita-judías, no solamente para hacerse
entender, sino también para hacerle ver a su pueblo de que Él ya estaba
presente desde el principio, antes de Abraham, la raíz fundante
de su pueblo en un proceso de constante refundación (cf.
Jn 8, 58 y 56).
1. ¿En qué situación histórica se encontraba el pueblo cuando Jesús anunció su
mensaje? El cambio histórico que había llevado la vuelta del exilio, bajo la
dominación y aparente “protección” del rey de Persia, traía consigo muchos
problemas para un recomienzo. Única solución parecía ser una Reforma mediante
la Ley religiosa, realizada por Esdras, un gran escriba y doctor de la Ley.
Desde entonces, unos 450 años atrás el cumplimiento de la Ley, poco a poco,
sustituía la búsqueda comunitaria de los signos de Dios en la historia y, sobre
todo, sustituía la gratuidad del reino; ahora era cuestión de “ganarse el
cielo” con méritos cumpliendo leyes y prescripciones.
Aquel proceso de búsqueda
permanente del proyecto de Dios en la historia y el esfuerzo espiritual de
vivirlo comunitariamente, les había ayudado hasta entonces a renovarse
constantemente en su convivir a base de justicia. Ahora, sin embargo, la Ley
había perdido su sentido principal de indicar el camino del pueblo hacia la
vida, dando criterios en el discernimiento comunitario y personal entre el camino a la vida y el camino de la muerte (Dt 30, 15). Ahora, cada uno, individualmente, tenía que
arreglarse en su cumplimiento de 622 leyes para poder demostrar, delante de
Dios y los demás, que fuera “justo”; en caso contrario quedaría excluido a
nivel religioso de la sociedad.
A nivel teológico se había
llegado a un estancamiento total. Según la teología de “retribución”, Dios iba
a castigar con enfermedad y pobreza a los “pecadores”, mientras que a los
“justos” premiaría con salud y riqueza[4]. La institución
religiosa del Sanhedrín, base de la teocracia desde
la Reforma de Esdras y Nehemías, utilizaba los
criterios de aquella teología para sus juicios. Jesús se atrevía a desenmascarar
todo eso como cosa humana, no de Dios, re-estableciendo en su lugar los
auténticos criterios de Dios (Mt 25, 34-45).
Aquella absolutización
de la Ley había congelado todo sentido dinámico que hace posible re-descubrir y
afianzarse de nuevo —en medio de las alternancias históricas— en los sueños y
en las utopías del pasado. Aquel proyecto restaurativo de Esdras, en contra de
su intención, llegó a fomentar el individualismo. Ha sido la causa principal de
que el sentido comunitario del pueblo fuera sustituido por un exagerado
nacionalismo[5]. El pueblo, al
no poder reactivar sus sueños del pasado, tampoco tenía perspectiva del futuro.
Este estancamiento llevaba consigo un bloqueo del sentido histórico, un parar
en el caminar y en el buscar. La Reforma con sus tres columnas Ley-Raza-Templo,
poco a poco, encubría todo el proyecto histórico del pueblo. Solamente en la
memoria de una minoría abrahamítica se había
conservado.
2. ¿Qué hizo Jesús frente a esta alineación
cultural-religiosa de su pueblo, agravada por la situación de ser dominado y
explotado por el Imperio Romano?
2.1. Jesús puso algunas contra-señas:
p. e. dijo que había venido para los “pecadores” (Mc
2, 17), curaba a los enfermos muchas veces en sábado, alababa la profundidad de
fe en algunas mujeres no judías (Mt 15, 28) y puso a
un no-judío (samaritano) como paradigma de misericordia (Lc
10, 30-35).
2.2 Jesús anunciaba las
re-creación del hombre y de la mujer, deshumanizados y desculturizados
por la dominación sucesiva de cuatro diferentes Imperios y por aquellas
estructuras de la Ley. Hablaba de la necesidad de nacer de nuevo (Jn 3, 3). Al decir que el ser humano debería nacer desde
lo alto se refería a la fuerza del Espíritu Recreador (v. 5), presente ya en la creación
desde el caos (Gn 1, 3). Con eso, Jesús quiso hacer
patente que ya estaba presente en su pasado, desde el principio, pues el
re-nacimiento del ser humano acontece en Él. Nunca Jesús se presentaba como
destructor del pasado para comenzar algo nuevo, sino siempre como recreador del
mismo, para llevarlo a la plenitud, en esto consiste lo nuevo.
2.3 Jesús volvió a lo más
profundo de su historia, a las raíces de su cultura, una cultura forjada
por los sueños de una “Tierra Prometida” por Dios. Frente a sus contemporáneos
alienados, Jesús hizo memoria de los orígenes de su pueblo, de aquellos tiempos
en que vivían como “Pueblo de Dios”, creando la estructura histórica de una
confederación de 12 Tribus. Al reunirse Jesús conscientemente con doce
discípulos, él quería rescatar aquella época de su pueblo, en que éste estaba
aproximándose al proyecto del “Pueblo de Dios’, viviendo en Alianza con Dios.
Su símbolo había sido el número 12 que Jesús estaba retomando para llevar aquel
camino a la plenitud. Lo anunciaba también al hacer una relectura de la
constitución del Pueblo de Dios, los diez mandamientos sagrados: No crean que yo vine a suprimir la Ley y
los Profetas: no vine a suprimirla, sino para darle su forma en plenitud. Les aseguro
que primero cambiarán el cielo y la tierra antes que una coma de la Ley: todo
se cumplirá (Mt 5, 17-18).
2.4. Jesús había conducido a su
pueblo a las raíces de su propio proyecto de vida el que había estimulado toda
su cultura. Estas raíces estaban encubiertas en su época por el sistema totalizante de la Ley. Jesús quería que su pueblo se
re-identificara con las raíces antiguas para poder proyectarse desde allí hacia
un nuevo futuro. Les afirmaba que desde los orígenes de la fundación ya estaba presente
en su caminar hacia la plenitud, declarando: antes que Abraham existiera,
soy Yo y Abraham se alegraba al ver mi día (Jn
8, 56).
Esta presencia profunda de
Jesús en la historia de su pueblo, hace recordar la declaración del Vaticano II
cuando retorna las palabras de san Agustín: Dios, inspirador y autor de
ambos Testamentos, dispuso tan sabiamente las cosas, que el Nuevo Testamento está latente en el Antiguo y el Antiguo está patente en el
Nuevo (DV n. 16).
2.5. Vimos que la historia
del pueblo de Jesús demuestra vaivenes grandes de avances, retrocesos,
equivocaciones y renovaciones. Más de una vez se hizo perder su sueño antiguo
de vivir como “Pueblo de Dios”. Pero mediante un diálogo constante entre la
historia del pasado y los impactos del presente, el pueblo consiguió entender
lo antiguo a la luz de lo nuevo y lo nuevo más profundamente a la luz de lo
antiguo. Este diálogo con la propia historia acontece siempre en los parámetros
de la propia cultura, un proceso de permanente “enculturación”, ya que la
cultura está sometida a un dinamismo de constantes cambios, provocados por la
coyuntura. En tiempos de Jesús, esta capacidad de diálogo se mantuvo en una
minoría, ya que la mayoría del pueblo había perdido la esperanza y con eso el
rumbo de la historia. Existe una iluminación mutua entre raíz y tiempo presente
en la búsqueda histórica del Proyecto de Dios. De sus efectos habla el Vaticano
II:
...aunque Cristo fundó en su sangre una Nueva Alianza, los libros del Antiguo Testamento, al ser
recibidos íntegramente en el anuncio evangélico, adquieren y manifiestan su
plena significación en el Nuevo Testamento, y al mismo tiempo lo ilustran y lo
explican (ibid).
El libro Apocalipsis
confirma esta interrelación con sus más de 400 imágenes de la historia del pueblo
y hasta la Creación, tomados del AT, para hacer comprender el presente y creer
en el futuro.
2.6. Un ejemplo
paradigmático para esta Forma especial de relectura es la palabra del prólogo
de Juan: El Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros (Jn 1, 14).
Juan se remonta a las raíces de fundación
del pueblo de Jesús, buscando en ellas el sueño inicial de su pueblo. En la
memoria de las primeras experiencias del pueblo hebreo con su Dios, él
encuentra las huellas de Dios. Sin embargo, en tiempos de Jesús, aquellas
raíces estaban encubiertas por la ideología religiosa de la Ley.
El evangelista Juan en su
prólogo al Evangelio, intenta sintetizar aquella interrelación entre lo antiguo
y lo nuevo. Con una antigua metáfora de su cultura, él quiere expresar todo el
significado de la Encarnación de la Palabra en medio de su pueblo: El Verbo,
al hacerse carne, acampó entre nosotros. El término acampar
hace alusión a la época del desierto. El paso por el desierto ha sido uno
de los más importantes en cuanto a la experiencia de Dios y a la formación del
pueblo de Israel.
Durante su caminar por el desierto, los
esclavos fugitivos vivían en carpas como los pastores y otros grupos nómadas.
Habían salido de aquel sistema faraónico en pequeños grupos, rechazando ser más
mano de obra barata (esclavos estatales) en la construcción de nuevas ciudades.
Mediante aquella construcción de palacios y casas lujosas para otros, los que
“nunca iban a habitar” (cf. Is
65, 22), los hebreos fueron reprimidos profundamente en su dignidad humana.
Una vez salidos de esta
situación indignante, en el desierto transformaron aquella ideología de estar
asentado en la utopía de estar en camino. Crearon liturgias
de resistencia para mantenerse firmes en su nunca más frente a una sociedad de
injusticia. Paso a paso, se constituían como pueblo nuevo junto con otros
grupos que se adhirieron a su proyecto alternativo. Había entre los diferentes
grupos una gran diversidad cultural pero les unía un criterio en común: el
rechazo de aquel sistema de injusticia y opresión de donde habían salido todos,
gracias a una experiencia nueva de un Dios presente en su búsqueda de más
justicia. Elaboraron una cultura completamente nueva y alternativa a la que
anteriormente fueron sometidos. Nunca querían olvidar sus primeras experiencias
de un Dios Liberador ni las primeras búsquedas de su proyecto alternativo de
convivencia: con estas experiencias soñaron bajo las tiendas de campaña por las
noches en el desierto.
Símbolo de su “estar en
camino” es la tienda de campaña, la que se planta de noche y se levanta de
madrugada para continuar el camino. La palabra ahel (carpa, tienda de campaña)
aparece 345 veces en el A.T. Yavé,
su Dios, caminaba en medio de ellos y acampaba de noche con ellos. Por eso,
hasta los tiempos de la monarquía institucionalizada, él “no ha tenido casa, sino que iba de un
lado para otro, alojado en una
tienda de campaña” (257, 6). Con Salomón se perdió este sueño al construir
él un Templo, al lado de su palacio (cuatro veces más grande que el templo),
diciendo: Aquí permanecerás para siempre (1 R 8, 13).
Más tarde, los Israelitas del Norte se
negaron a proclamar rey a Roboam, hijo y heredero de
Salomón, porque no quiso entrar en la propuesta de los ancianos. Ellos habían
pedido reciprocidad de servicios: si tú servirás al pueblo, el pueblo
servirá a ti (1 R 12, 7). Roboam rechazó esta
propuesta y con ella rechazó el proyecto del pueblo. El prefirió escuchar a sus
compañeros que le aconsejaron demostrar su prepotencia aumentando la opresión
que había comenzado ya con su padre. El pueblo, al escuchar esta amenaza,
rompió con el sistema monárquico, clamando: “A tus tiendas, Israel”, e
Israel se fue a sus tiendas (1 R 12, 16). En este momento decidieron volver
a su proyecto antiguo de una sociedad alternativa, sin opresión. La
exclamación: a tus tiendas significa aquí volver a ponerse juntos en
camino, intentando re-constituirse como Pueblo de Dios en tiempos nuevos.
Juan el evangelista, tenía
presente este rico simbolismo de memoria y resistencia en su historia, cargado
de re-lecturas y re-identificaciones. Con este término quería expresar que a
partir de ahora, Dios iba a habitar otra vez en medio de su pueblo, en la
persona de Jesús, el que les iba a acompañar, ofreciéndose como Camino.
En un momento histórico muy
difícil, Juan había recogido el símbolo de la primera experiencia histórica del
pueblo con su Dios: experiencia de una presencia salvífica
entre ellos, Dios acampando en medio de los suyos que están en camino.
Mediante este símbolo, Juan quería acercar sus lectores al misterio inabarcable
de la Encarnación del Verbo.
Jesús abre a su pueblo un
nuevo camino, por eso Juan le presenta como Camino, iniciado por Dios en el
desierto, poniendo su tienda de campaña en medio del campamento de su pueblo.
Pero Jesús es más que la continuación de aquel camino. Mientras que el profeta Déutero-Isaías anima a los desesperados en el exilio con
una promesa de plenitud: Ensancha tu tienda de campaña (Is 54, 2), Jesús está recreando y plenificando
la presencia y el caminar de Dios en medio de su Pueblo.
III. RETOMAR
LAS CONSTANTES COMO CAMINO DE INCULTURACIÓN
Había momentos en la
historia de Israel, en que varios proyectos coexistían a la vez y entraron en
conflicto, como p. e. en la poca de los reyes. Los profetas eran representantes
y defensores del proyecto originario del pueblo que chocaba con el de la
monarquía. Intentaron abrir los ojos a su gente encandilada a que tomaran
conciencia de que estos dos proyectos eran antagónicos. Insistieron mucho en
discernir cuál entre ellos era el Proyecto de Dios para poder re-optar por el
mismo.
Así como los profetas,
también Jesús volvió a las raíces del primer
proyecto de su pueblo. Haciendo memoria de algunas constantes,
Jesús quería recuperar para su pueblo los criterios para el discernimiento
entre el camino de vida y el de muerte (Dt 30, 15).
Quería que optaran libremente por el proyecto de Dios, Proyecto de Vida en
Plenitud (Jn 10, 10). El ejemplo paradigmático del
prólogo de Juan, arriba mencionado, refleja la metodología que Jesús mismo
usaba. El recogía y rescataba las semillas olvidadas de la casa del pueblo: las
constantes del proyecto originario de su pueblo. Son aquellas que han
atravesado toda la historia del mismo y las que han marcado profundamente su
identidad cultural.
Parece que Jesús había
analizado críticamente el proyecto de sociedad de su época, fijándose en la
calidad de relaciones humanas que estaba generando. Pues aquella reforma iniciada
por Esdras, había producido -mediante un poderoso monoculturalismo—
una desastrosa desintegración comunitaria y una gran individualización. Jesús
cultivaba en su memoria el proyecto original, el que había producido -mediante
un atrevido pluriculturalismo (doce diferentes tribus culturales)- un fuerte
sentido comunitario. Comparando los dos proyectos, Jesús sacó algunas
constantes que quedaron olvidadas por su época; las retomaba y las puso en
práctica. Son contrarias a las características del proyecto de su época, lo que
le hizo entrar en conflicto con el sistema de gobierno:
— De la casa chica a la
casa grande: Jesús vive en su pequeña comunidad de 13 los valores del nuevo
Pueblo de Dios.
—Estar en camino: continuamente está viajando con sus discípulos de un
lado a otro.
—Fidelidad al sentido comunitario: Jesús tiene compasión del pueblo.
—Prioridad de los pobres e indefensos: son sus “hermanos pequeños” (Mt 25, 34-45).
—Permanente renovación: proclamación
del Año Jubilar en la sinagoga de Nazareth como
inicio de su misión: Lc 4, 18, nacer de nuevo: Jn 3, 3.
—Ley de
amor: amar a Dios y al prójimo: Mc 12, 28-31; Mt 22, 34; Lc 20, 39; Lv 19, 18; Dt 6, 4ss.
— Vivir con lo necesario: Jesús no tenía dónde recostar su cabeza.
—Unidad en la diversidad: Jesús anuncia el reino a las personas con las
que se encuentra, sin distinción de clases, culturas, nacionalidades,
religiones, ideologías.
Jesús también retoma algunos
símbolos sagrados de la época de la fundación de su pueblo; los pone en el
centro de su mensaje como p. e. el símbolo del misterio pascual, el símbolo de
la Alianza, el símbolo del maná, y otros más como la vid, el pan, el cordero,
la sangre, etc. Siguen siendo símbolos constantes en la Iglesia a lo largo de
casi dos milenios.
Las constantes del proyecto de vida
eran sagradas para el pueblo de Israel en tiempos de Jesús; ellas daban
garantía, identidad y esperanza en su caminar por la historia. Jesús, Hijo de
Dios e hijo de este pueblo, las rescata para el anuncio de su mensaje de vida
en abundancia, dándoles su sentido definitivo.
CONCLUSIÓN
Las diversas relecturas que
la Biblia hace de sí misma, provocadas por los cambios históricos, han llevado
al pueblo de Israel a la incorporación de elementos nuevos, especialmente en el
choque con otras culturas. Pero, en este proceso ha ocurrido todas las veces
—siempre cuando el pueblo fue dominado— que su proyecto original fue encubierto
por otro. Por esa razón:
1. Jesús quiso llegar al corazón de su pueblo, quiso hacerle volver a la primera
experiencia de Dios en el Éxodo y el desierto, allí donde habían interiorizado
y transformado aquella experiencia religiosa en un nuevo proyecto de
convivencia, lo que intentaron vivir como proyecto de Dios. En el anuncio del
año jubilar, Jesús, con la fuerza del Espíritu que está sobre mí, hace
rebrotar y renacer toda la vida encerrada en este proyecto original (Lc 4, 18ss; Is 61, 1-2). Ahora Él
lo rescata del olvido y lo hace palpable con gestos de vida. A la vez le hace
descubrir a su pueblo su presencia latente en los profetas que defendieron el
proyecto del pueblo. Ahora Jesús anuncia su novedad, el cumplimiento en
plenitud.
2. La Iglesia quiere continuar el camino que
Jesús ha iniciado con su propio pueblo de modo paradigmático respecto a su
metodología. Ella, la Iglesia, ha heredado su método para evangelizar a todos
los pueblos.
Así como Jesús había llegado
hasta el corazón de su pueblo, la Iglesia, al evangelizar a los pueblos
indígenas, debería preguntarse por el proyecto milenario de cada cultura
indígena. Descubrirá que Dios estaba presente desde los orígenes en cada
pueblo. En un diálogo interreligioso e intercultural ella les ayudará a
descubrir la presencia de Jesús en sus inicios. Entonces éstos podrán reconocer
que Jesús ha hecho un camino con ellos hasta el presente, como Palabra de Dios
que se ha hecho uno de ellos. Él les llevará, mediante su Evangelio, a la
plenitud de vida dentro de la propia cultura, partiendo del propio proyecto
original, lo que los guaraníes llamarían “buscar la Tierra sin Mal”.
En el IV Taller Encuentro Latinoamericano
de Teología India en Asunción, los indígenas expresaron que el Dios de
Jesucristo ha estado presente y
ha actuado en nuestras culturas desde siempre. Después nos fue anunciado en el
Evangelio. Con Él... vamos por el camino y en la búsqueda de la tierra sin
males[6].
3. Cada pueblo revela a través de su cultura,
un aspecto específico de la humanidad. Jesús asumió la encarnación con todas
sus consecuencias y limitaciones. No todos los aspectos de las otras culturas
podían estar presentes al hacerse él hombre de la cultura judía. Aún le falta asumir las
facetas de las otras culturas para revelarse como hombre de toda la humanidad.
El hecho salvífico de la Encarnación espera aún la inculturación de su Evangelio en todas las demás culturas
humanas para revelar la totalidad de los rasgos humanos del rostro de Jesús.
Cada pueblo, a partir de lo específico de su cultura, podría aportar un rasgo
nuevo al rostro humano de Jesús. Por lo tanto, la Iglesia no ha llegado aún a
su última meta, sino está en camino. En este caminar puede contar con la
compañía de todos los pueblos que están buscando la plenitud en Cristo,
conscientes de no haber llegado aún. Estando en marcha, se encontrarán entre
ellos y con Jesús, el que no dijo de sí mismo: “Yo soy la llegada”, sino el que
dijo: “Yo soy el camino” (Jn 14, 6).
Notas
[1] Discurso del Papa a
los universitarios y a los hombres de cultura en
la universidad complutense de Madrid, 3 de nov. 1982. Segunda vez en el
Discurso a los indígenas en Lima/Perú, 15 de abril 1982. Tercera vez en la carta al cardenal Poupart
en la creación del Pontificio Consejo de la Cultura en 1982.
[1] Friedrich Erich Dobberahn, “Reflexôes
bíblicas sobre a “inculturacâo” do Evangelho no mundo
dos pobres”, en: Estudos
Bíblicos, n. 41, p. 18.
[1] Cf. Sundermeier, “lnkulturation
und Synkretismus, Probleme einer Verhältnisbestimmung”, en:
Evangelische Theologie 52, (3),
München, 1992, p. l94.
[1] Hasta el
mismo Dios, Adonai, en el exilio ya reconocido como Dios universal, a la vuelta
fue reducido a un Dios nacionalista.
[1] Este peligro ya fue
detectado y criticado por
el libro de Job, por lo visto, sin
éxito.
[1] Conclusiones IV Taller Encuentro
Latinoamericano de Teología India, Asunción 2002 (nº 17).
(Tomado de Consejo Episcopal
Latinoamericano, Simposio-Diálogo entre
obispos y expertos en teología india, Vol. II, Colombia 2006, 131-142)
[1] Discurso del Papa a
los universitarios y a los hombres de cultura en
la universidad complutense de Madrid, 3 de nov. 1982. Segunda vez en el
Discurso a los indígenas en Lima/Perú, 15 de abril 1982. Tercera vez en la carta al cardenal Poupart
en la creación del Pontificio Consejo de la Cultura en 1982.
[2] Friedrich Erich Dobberahn, “Reflexôes
bíblicas sobre a “inculturacâo” do Evangelho no mundo
dos pobres”, en: Estudos
Bíblicos, n. 41, p. 18.
[3] Cf. Sundermeier, “lnkulturation
und Synkretismus, Probleme einer Verhältnisbestimmung”, en:
Evangelische Theologie 52, (3),
München, 1992, p. l94.
[4] Hasta el
mismo Dios, Adonai, en el exilio ya reconocido como Dios universal, a la vuelta
fue reducido a un Dios nacionalista.
[5] Este peligro ya fue
detectado y criticado por
el libro de Job, por lo visto, sin
éxito.
[6] Conclusiones IV Taller Encuentro
Latinoamericano de Teología India, Asunción 2002 (nº 17).