V Conferencia General Del Episcopado Latinoamericano
Aportes Indígenas

Eleazar López Hernández
Cenami, México

  1. Como aportes a la V Conferencia general de Episcopado latinoamericano, en esta reflexión trato de resaltar los señalamientos dados en la asamblea de convocada por la Comisión episcopal para indígenas de la Conferencia del Episcopado Mexicano del 25 al 27 de enero de 2006, al mismo que tiempo que intento ofrecer otros elementos de valoración que vienen del proceso general de la Pastoral indígena nacional y latinoamericano.
  2. El documento de participación (DP) que nos ha sido entregado y que hemos estudiado no es “el esbozo del documento final” de la V CELAM, sino una guía para ayudar a “suscitar una participación más amplia” de todos los miembros de la Iglesia latinoamericana, donde nos encontramos los indígenas. Es un instrumento para aportar y está condicionado por la experiencia social y pastoral de quienes lo elaboraron; por eso tiene lagunas, incoherencias y a veces posiciones contrarias a la tradición eclesial latinoamericana. A nosotros, que estamos implicados y servimos a la pastoral indígena, nos toca ofrecer, desde nuestra perspectiva particular, los aportes que ayuden a nuestros pastores a delinear mejor las pautas de acción de nuestra Iglesia latinoamericana.
  3. La idea central de la preparación de la V CELAM está contenida en el lema: “Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida”. Este lema busca definir el ser y quehacer la Iglesia latinoamericana en el contexto actual, pero tiene algunos inconvenientes:
  4. El uso mayoritario, en todo el documento de preparación, del término bíblico “discípulos”, que hace alusión al Maestro que enseña, más que el de “seguidores” de Aquel que es el camino, puede llevarnos a una acentuación mayor de la doctrina, que de la praxis cristiana. Y en el contexto actual cansado de una saturación y multiplicación de doctrinas sin una práctica consecuente, la gente quiere “palabras verdaderas” de liberación y vida, que se fundan y se funden en el testimonio, servicio, compromiso y respuesta vital que hay que dar a sus problemas y luchas.
  5. Igualmente la acentuación de que “nuestros pueblos en Él tengan vida”, es decir en Jesucristo, si bien afirma una verdad que los cristianos creemos, pues para nosotros la vida “tiene su origen en Él, se realiza con Él y llega con Él a su plenitud”, en el contexto actual, debido a una interpretación acotada y reducida, se puede entender como querer amarrar el acompañamiento que los pueblos esperan de la Iglesia para sus causas nobles relacionadas con la vida, la paz y la justicia, valores del Reino, a que ellos se integren a la Iglesia, a que vuelvan al redil, a que acepten y se sometan a la conducción de la Iglesia. La “Gran Misión continental”, que se propone, suena en este contexto, a campaña de reconquista espiritual ante personas y grupos humanos que han dejado de confiar en la institución eclesiástica. Es aquello que dijeron los misioneros: De catequizandis rudibus .
  6. La expresión como estaba originalmente “para que nuestros pueblos tengan vida” nos alentaba, como Iglesia, a ser servidores humildes e incondicionales de las búsquedas de Vida de nuestros hermanos de distintas culturas y religiones para aportar el Cristianismo como respuesta a las necesidades de la Vida. Esto es lo que haría posible los planteamientos de arranque planteados en el DP en el sentido de que la Iglesia está para dar respuesta a las inquietudes y búsquedas humanas, sin “separar los anhelos que brotan de nuestra naturaleza humana de la luz de la fe”; y hacerlo como buena noticia, como bendición para las naciones, como gozo y alegría que debe ser completa, como bienaventuranza. Servir a la vida es construir el Reino y glorificar a Dios: Gloria Dei, homo vivens ; gloria hominis, autem, visio Dei : la Gloria de Dios es que la persona humana viva plenamente; pero la gloria del hombre, es la visión de Dios. (San Ireneo).
  7. No hace falta reivindicar y pelear por el lugar que necesita Iglesia, sino defender el lugar que merece el pueblo, que merecen los predilectos del Reino, a los cuales sirve la Iglesia. En ese sentido no es necesario pintar de rosa la historia de la Iglesia para que ella sea aceptada; más vale reconocer la verdad histórica, tal como sucedió, para resarcir culpas del pasado con actitudes nuevas del futuro. Los pueblos indígenas sabemos perdonar y nos comprometemos a hacer caminos nuevos con la Iglesia y como Iglesia.
  8. El análisis hecho en el DP sobre la globalización neoliberal, que se impone a las mayorías, es demasiado light ; hace falta un pronunciamiento profético más contundente, que desenmascare el mal encerrado este modelo de sociedad. La pobreza no persiste porque han sido ineficaces la lucha de los pobres y la opción preferencial que la Iglesia ha hecho por ellos; sino porque esa globalización neoliberal produce estructuralmente y sostiene violentamente la pobreza y la exclusión. Y eso no cambiará si sólo queremos la conversión del pobre y la compasión del rico sin enfrentar proféticamente la causa generadora de esta pobreza y exclusión de las mayorías.
  9. En el DP se notan omisiones y ausencias importantes: Aunque se mencionan los hechos históricos de la vida de la Iglesia latinoamericana, éstos no se conectan con la historia del caminar profético y pastoral de la Iglesia latinoamericana, que ha buscado hablar y actuar desde las mayorías pobres del continente. En el DP se plantean las cosas como si no hubiera ese caminar eclesial latinoamericano.
  10. Entre las ausencias más importantes, que abarca la pastoral afro, la de las CEBs, de las mujeres, de los diferentes, la pastoral indígena prácticamente desapareció del DP. Es cierto que se habla de indígenas, (cf. Num. 127) pero sólo como objeto de la preocupación, de la evangelización o de la promoción de la Iglesia, no como sujetos y actores dentro de la Iglesia, que es lo que se esperaría después del avance enorme que se dio en Santo Domingo al incluir la temática indígena en todo el documento final.
  11. Los indígenas somos pueblos profundamente religiosos y tenemos mucho que aportar a la Iglesia y, con ella, aportar a esta sociedad que ha perdido su sentido religioso. Y nuestra perspectiva religiosa coincide maravillosamente con el planteamiento de NS Jesucristo, porque es integral, es antisistémico y sueña que “otro mudo es posible”. La Iglesia ganará mucho si se abre e incorpora decididamente a los indígenas en su seno.
  12. Este es el momento de superar definitivamente la queja de Juan Diego ante la Tonantzin Guadalupe: “Me mandas a un lugar donde no ando y no paro”, con una inclusión no sólo de las personas indígenas, sino de los pueblos con su historia, con sus organizaciones, sus culturas y experiencia religiosa; con su teología y ministerialidad autóctona. Tenemos que ayudar a nuestros pastores a superar sus miedos y prejuicios respecto al caminar indígena actual.
  13. Sin negar las sombras y aspectos negativos, que también existen en los pueblos indígenas, y que requieren conversión, hemos de sostener en la Iglesia, que los indígenas tenemos semillas de otro modo de ser y de vivir más humano y más cristiano; son las semillas del Verbo que nuestros antepasados nos heredaron, que conservamos con celo y que podemos aportar con amor para la humanidad entera.