|
Siete aspectos del sacerdocio de Cristo, como base para una espiritualidad de comunión sacerdotal, según una lectura contemplativa de Hebreos |
|---|
José Luis Calvillo Esparza |
Introducción Este trabajo fue hecho y ha servido como guía de trabajo en talleres de reconocimiento, de identificación, de apropiación, de todo aquello que podría considerarse elemento de espiritualidad que ayude al clero a ser verdaderamente diocesano, secular y parroquial, a la manera de Jesús. En cada taller, hemos ido acumulando datos que nos dejan discernir, en nuestro sacerdocio, entre lo que nos acercaría más a Jesús-sacerdote y lo que la historia del sacerdocio diocesano ha ido pepenando en el camino. Para los talleres nos hemos servido de la vivencia diaria nuestra del sacerdocio, de la Liturgia Eucarística y de las Horas y, principalmente de la Biblia. En lo que sigue nos hemos ido directamente a la Escritura con la pregunta básica sobre lo característico del sacerdocio de Jesús. ¿Qué pertenece y qué no pertenece al sacerdocio propio y peculiar de Jesús? El texto neotestamentario de Hebreos nos ha servido de plataforma para mirar hacia los Evangelios y demás partes de la Biblia. No reproducimos todas las dinámicas del taller, para no hacer larga y tediosa la lectura; pero no suprimimos todo para no quitarle a esta guía su carácter pedagógico de formación permanente del clero diocesano. 1. Primer pórtico de entrada a Hebreos: Jesús, Palabra definitiva de Dios 1,1-4: Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, hecho tanto superior a los ángeles, cuanto heredó más excelente nombre que ellos. Jesús, con las características sacerdotales que posteriormente le serán señaladas, queda fundamentado como la PALABRA definitiva (ese es el sentido de la expresión "postreros días", o, mejor, "en lo definitivo de estos días" que no se refieren a temporalidad, sino a grado de importancia). En estos tiempos definitivos, acontece la revelación definitiva de la Palabra de Dios que es Jesús. Nos quedamos cortos al decir de Jesús que es Palabra de Dios, pues el texto griego dice literalmente que Jesús es carácter de la hipóstasis de Dios, o sea, la impresión más fiel de la substancia de Dios. Lo que se diga, entonces, en este escrito sobre Jesús, se dice directamente de Dios mismo. 2. Segundo pórtico de entrada a Hebreos: Jesús "hermanado" con nosotros Después de introducir la carta del sacerdocio, ubicando a Jesús como siendo superior a los ángeles, 1,4-14, y, a la vez, como "hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria a causa del padecimiento de la muerte" (v.2,9), el autor le da un título que marca el sacerdocio de Jesús no sólo como peculiar sino como superior todo sacerdocio conocido por sus oyentes. Además, quien participa de este sacerdocio entra en relación de fraternidad con Jesús, y esto por iniciativa y gracia del mismo Jesús. Buscando las características de su sacerdocio en Hebreos, tratado específicamente catequético sobre el sacerdocio jesuánico, nos encontramos con esta puerta de entrada que da la clave y ambiente semántico para entenderlo: Jesús, no sólo "no se avergüenza de llamarlos hermanos" (v.2,11), sino que , además, "debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote" (v.17). Estamos en el único escrito del Nuevo Testamento en que a Jesús se le llama sacerdote y, ligado a este título, se le llama hermano (2,11.12.17). En los evangelios nunca se le llama a Jesús sacerdote ni hermano. Para ellos, si Jesús es sacerdote, ejerce su sacerdocio en el servicio de lavar pies. Las mujeres que ungieron la cabeza o los pies de Jesús ejercieron un ritual de sacerdotes que ungen al mesías; ungieron al Jesús Mesías. El de Jesús es un sacerdocio que podemos llamar más precisamente diaconal. Quien comparte el sacerdocio de Jesús comparte también la gracia de ser su hermano. Entonces, en Hebreos encontramos también las bases para la espiritualidad de fraternidad y comunión entre sacerdotes. La base, pues, de la espiritualidad de comunión sacerdotal es la fraternidad iniciada por Jesús. Él es el primer hogar de comunión y fraternidad. Es también escuela de fraternidad, como veremos. 2,11-18: Porque el que santifica y los que son santificados, a una todos, por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos, diciendo: Anunciaré a mis hermanos tu nombre, en medio de la congregación te alabaré (Sl 22,22). Y otra vez: yo confiaré en él. Y de nuevo: He aquí, yo y los hijos que Dios me dio. (Isa 8,17-18) Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre. Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham. Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer los que son tentados." Nosotros somos su casa (su pueblo, su familia): 3,5-6: Y Moisés a la verdad fue fiel en toda la casa de Dios, como siervo, para testimonio de lo que se iba a decir; pero Cristo, como hijo sobre su casa, la cual casa somos nosotros, si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza. 3. El ágape cristiano, nivel supremo del amor de Cristo sacerdote, hogar y escuela de fraternidad Después de usar 12 veces, en el trecho de 3,7 a 4,11, la palabra reposo , traducción de la palabra griega katápausis (= descanso después de un trabajo extenuante), dice en 4,12-13: Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta. El autor exhorta a los sacerdotes, que pretenden serlo a la manera del sacerdote Jesús, a que se esfuercen por entrar en la shalom de Dios, la cual es realización plena, íntegra, de la persona, como resultado de la fidelidad a una alianza con Dios. La condición para que esto se consiga es que se viva en la transparencia ("desnudez" y "apertura" a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta, cf. v.13). Se trata (en el v.12) de dejarse realizar un bautismo (que penetra e impregna) de Palabra de Dios que penetra en examen y discernimiento de varios pares: alma (psique) y espíritu (neuma); coyunturas y tuétanos; pensamientos e intenciones del corazón. El escrito no trata de provocar miedo ante la mirada escrutadora de la Palabra, sino indicar que la relación que la Palabra establece con los sacerdotes es profunda e íntima. No es un simple encuentro, superficial, epidérmico, con Jesús, sino encuentro que implica involucramiento y entrega en compromiso, alianza de cuerpo y de sangre o, si se quiere decir mejor, de cuerpo, de mente, de psique y de pneuma. Pablo diría "y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí" (Gl 2,20). La fraternidad de Jesús con los sacerdotes no es solamente de nombre sino de compenetración de esencias. El involucramiento de Jesús, en el establecimiento de hermandad con los sacerdotes, es profundo y llega, de hecho a la unión comprometida de la vida. Jesús se involucra y se compromete vitalmente con sus hermanos. Es fraternidad hasta la médula de los huesos. Aquí debemos revalorar la palabra amor que, con toda vaciedad, ha ido traduciendo el profundísimo término, característica marcante del cristianismo, como lo es el sustantivo ágape , el adjetivo agapetós y el verbo agapao . Jesús nunca habló de amor, siempre de ágape . Pablo recuperó el término del mundo helenista-romano que lo consideraba simplemente una reunión entre semejantes para quienes el estar juntos era el mayor placer y agrado. Claro, en este mundo, el ágape degeneró en bacanal y orgía, pero no así en el proyecto alternativo de humanidad de Jesús y de Pablo. Ágape es aquella presencia de Dios, dignificante y transformadora, plenificante, del ser humano, que crea un entorno ético/ecológico/cósmico y que además penetra la esencia misma de todo lo creado, hasta convertirlo en gloria de Dios. Ágape es la realidad humana impregnada por la járis divina. Es realidad impregnada (= significado real de la palabra baptizo ) de gracia, pues. La profundidad con la que Jesús establece relaciones de amor con nosotros, sacerdotes, se expresa, entonces, con la profundidad, anchura y altura de esa expresión que retrata el proyecto de humanidad de la cual nosotros deberíamos ser sacramento vivo, cada vez más nítido. De esta manera, queda claro que el ágape , así entendido, es lo que traduce aquella verdad, originante de nuestra fraternidad sacerdotal, de que Jesús "ME AMÓ Y SE ENTREGÓ A SÍ MISMO POR MÍ" (Gl 2,20), que alentó el ministerio evangelizador de Pablo. "Para mí el vivir es Cristo" (Flp 1,21). Para nosotros también esa verdad se convierte en la vivencia nuclear, básica, originante de las múltiples vivencias concretas, diarias, con las que el presbítero vive la espiritualidad de comunión de Cristo en lo concreto de su permanente configuración como sacramento sacerdotal y humano. 4. Entrega del cuerpo y de la sangre. Sacerdocio eucarístico de Jesús, punto de encuentro para la fraternidad sacerdotal 9,11-22: Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención. Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará nuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo? 10,4-25: Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados, por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste; mas me preparaste cuerpo. Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron, entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, como en el rollo del libro está escrito de mí. (...) En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre. (...) Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura. Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió. Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras. No dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca. Los dos textos presentados en este apartado hacen parte de lo que los comentaristas más versados sobre Hebreos consideran el corazón, literario, estructural, de todo el escrito. Podríamos nosotros concentrarnos en considerar el sacerdocio de Jesús como la respuesta a la pregunta que todo ser humano debe hacerse sobre qué hacer con el cuerpo propio. Es pregunta antropológica que exige respuesta para no caer en el sinsentido o en el desperdicio. En el v.8, citando el salmo 40, el autor, de forma definitiva, coloca que Cristo sustituyó definitivamente todo sacrificio, como ofrenda agradable a Dios, y en su lugar ofrece su cuerpo para realizar la voluntad del Padre. Se trata de la consagración de su cuerpo al proyecto manifestado por la voluntad de Dios. Y precisamente el centro de la celebración eucarística es también la consagración. La consagración del Cuerpo y la Sangre es sinónimo de su entrega “por vosotros” y “para el perdón de los pecados”. Desde la reflexión filosófico-teológica de la Escolástica que era, en realidad, una reflexión aristotélico-cristiana, el énfasis recayó en la consagración del pan y del vino entendiéndola como transubstanciación de las especies materiales en Cuerpo y Sangre de Cristo. De lo cual nadie duda, por supuesto. El problema de entendimiento y de espiritualidad cristiana estriba en que se deja de lado la entrega que Jesús hace de su ser total al proyecto del Reino, proyecto que había sido siempre su pasión, para centrar la atención y la piedad en el milagro de la conversión de las especies. Se enfatizó la consagración de las especies y se soslayó la consagración de Jesús, con su cuerpo y su sangre, o sea, El en su totalidad. La actitud mágica expresada en la fórmula del ex opere operato aquí encontró su campo fértil. Primariamente se trata de la consagración de la persona de Jesús a un sacerdocio de servicio y de entrega. (Y aquí coinciden los textos de Hebreos con la narración eucarística peculiar del Evangelio de Juan 13-17). Por esta pasión de entrega a los demás, como pan para ser triturado y comido y como vino derramado para quitar los pecados, Jesús fue generosamente pródigo hasta dar su cuerpo y su sangre. A esta entrega se le llama propiamente CONSAGRACION porque Jesús consagró su ser a ese plan de Dios. ¿Qué otra cosa, si no, quiere decir el mandato de Jesús, inherente a la consagración celebrada en la misa, que se expresa como Hoc facite in memoriam meam , o sea, “Hagan ESTO en memoria mía”? ¿Somos conscientes de que ese HOC latino o el ESTO castellano se refieren a la entrega de Jesús en servicio sacerdotal de verdadera kénosis (cf. Filipenses 2,6-11)? La actitud de quien celebra supone un entendimiento claro de que, propiamente hablando, no “celebramos la misa”, sino que celebramos la consagración o entrega de Jesús. Y que la mejor manera de celebrarla es que nosotros hagamos lo mismo. Por tanto, nuestra actitud ante la consagración, en primerísimo término, debe ser, no de “adoración a las especies consagradas”, sino de obediencia al mandato de Jesús de imitarlo en esa entrega sacerdotal. En esa consagración de Jesús encontramos el origen de la consagración de todo bautizado. Y encontramos que la diferencia de nuestro sacerdocio ministerial, con respecto al común de todo fiel, consiste en el grado de consagración concreta a la misión del Reino por el que Jesús dio todo. Ahora sí podemos ver que el origen del sacerdocio cristiano tuvo su cuna en el cenáculo en dos vertientes que finalmente son coincidentes, a saber, las palabras de Jesús por las que expresa su adhesión a la causa del Reino, con la entrega de su vida, y el gesto sublime de inclinarse, siendo Maestro y Señor, a lavar los pies de los discípulos. Nunca oímos en los Evangelio que se le llame a Jesús “Sacerdote”. Sin embargo, inaugura, con su práctica de servicio y solidaridad con los pobres, un nuevo sacerdocio que no puede ser confundido con el caduco y frustrado sacerdocio sacrificial del Antiguo Testamento (cf. Ml 1,6-2,9). En esta visión del sacerdocio de servicio, diaconal , coinciden los Evangelio, especialmente el de Juan, y el texto de Hebreos, cuyo autor fue probablemente el discípulo de Pablo llamado Apolo. Nuestro sacerdocio nace para dar la vida en el servicio fraternal; no para dar la vida por respetar rúbricas. Somos sacerdotes, a la manera de Jesús, consagrados al servicio. 5. Sacerdocio de Jesús: de compasión y misericordia, de amor entrañable a nosotros, sacerdotes, hermanos suyos 2,16-18: Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham. Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados el pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados. Notemos, primero, que, en este verso se dice llanamente que Jesús debía ser en todo semejante a sus hermanos , sin añadir la expresión "menos en el pecado" que sí se añade en 4,15. Este verso parece inspirado en lo que Pablo diría, de forma aún más radical, en 2Cor 5,21: "Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él" La misericordia es característica del Dios en el que creyó Jesús. Baste citar Éxodo 3,7 para caracterizar a Yavé, el Señor, como Dios que se deja tocar la sensibilidad cuando su pueblo sufre. Jeremías pone en su boca las siguientes palabras conmovedoras que retratan a Yavé movido por misericordia: "!Mis entrañas, mis entrañas! Me duelen las fibras de mi corazón; mi corazón se agita dentro de mí..." (4,19). Esta misma misericordia, además de garantizar la fidelidad del sumo sacerdote Jesús lo presenta experimentando una paradoja muy curiosa, propia de la lógica peculiar de Jesús: el v.18 dice que la debilidad del sacerdote Jesús, que "padeció siendo tentado", le otorga el poder "de socorrer a los que son tentados". Aquí, contrario a los evangelios, se usa claramente el verbo que tiene connotación de poder y no de autoridad. La debilidad del misericordioso sacerdote se convierte en auténtico poder. El autor hace la identificación del sacerdocio de Jesús como inconmoviblemente ligado con la misericordia: 4,14-16: Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión (homologuía = acuerdo, alianza). Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente (con parresía) al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro. Aquí hay ecos también de la ancestral sabiduría tibetana, tan de actualidad ahora por las publicaciones amplias de los escritos del Dalai Lama. Pero nuestras Escrituras destilan sabiduría y originalidad incomparables. La unión semántica que el autor hace de "nuestras debilidades" con "el trono de la gracia" y con "hallar gracia" representa una veta directa que une este escrito con lo más puro del mensaje paulino, a saber, su teología de la gracia. Bástennos ahora las frases lapidarias de Pablo a los Romanos (5,20): "Mas donde el pecado abundó, allí sobreabundó la gracia"; y aquella de 2Cor 12,7-10, en la que, reconociendo Pablo que "me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera", continúa: "(El Señor) me ha dicho: Te basta mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo de mis debilidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte." ¡Qué hermosa reconciliación con nuestras debilidades y heridas nos ofrece este escrito sagrado! 6. Este sacerdocio de amor entrañable lleva a Jesús a compartir las heridas y las debilidades con nosotros. Verdadero sacerdocio de compasión 5,1-10: Porque todo sumo sacerdote tomado de entre los hombres es constituido a favor de los hombres en lo que a Dios se refiere, para que presente ofrendas y sacrificios por los pecados; para que se muestre paciente con los ignorantes y extraviados, puesto que él también está rodeado de debilidad; y por causa de ella debe ofrecer por los pecados, tanto por sí mismo como también por el pueblo. Y nadie toma para sí esta honra, sino el que es llamado por Dios, como lo fue Aarón. Así tampoco Cristo se glorificó a sí mismo haciéndose sumo sacerdote, sino el que le dijo: tu eres mi Hijo, Yo te he engendrado hoy. Como también dice en otro lugar: Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec. Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente. Y, aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen; y fue declarado por Dios sumo sacerdote según el orden de Melquisedec. La compasión del sacerdote Jesús no se reduce tan sólo a la expiación de pecados. Sus padecimientos, sus llagas, son lugares teofánicos de salvación. Así lo había dicho el sabio del Qohelet: "El corazón de los sabios está en la casa de luto; mas el corazón de los insensatos, en la casa en que hay alegría" (7,4). Y así lo dice el inspirador de Jesús, el Deutero Isaías, en su último cántico del Servidor Sufriente (52,13-53,12). En el v.4: "Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido por Dios y abatido." En el v.5: "Y por sus llagas fuimos nosotros curados" (cf. 1Ped 2,24). Pero la transformación liberadora definitiva de todo este penar asumido, que no queda ni en dolorismo ni en una invitación a someterse al sufrimiento, la tenemos en el v.11: "Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos y llevará las iniquidades de ellos". Miremos bien cómo, de hecho, a Jesús la resurrección no le borró las llagas. Nunca perdió sus llagas, antes bien, las convirtió en distintivo de reconocimiento para la fe de sus discípulos (Jn 20,20. 24-29; Lc 24,39-40). La resurrección no quitó llagas; las llenó de gracia y de gloria. El nombre del psicólogo y padre espiritual Henri J. M. Nouwen se ha hecho sinónimo del título de uno de sus mejores libros (después del primero llamado Intimidad ), El sanador herido . Como buen psicólogo cristiano se alimentó de la Biblia y de Carl Jung. De éste es la siguiente reflexión, rumiada y practicada fielmente por Nouwen: "Como médico tengo que preguntarme constantemente qué clase de mensaje me está enviando el paciente. ¿Qué significa él para mí? Si no significa nada, no tengo medio para pasar a la acción. El médico sólo es eficaz cuando se siente personalmente afectado. "Únicamente sana el médico herido" . Pero cuando el médico lleva su personalidad como un revestimiento o una armadura, no consigue tener efecto alguno. Yo me tomo a mis pacientes muy en serio. Quizá es que siento que tengo que hacer frente a un problema de la misma manera que ellos. Suele darse el caso de que el paciente sea exactamente la venda más adecuada para la herida del médico." ( Memories, Dreams, Reflections , Fontana Press, London 1995, p.156. Citado por Michael Ford, Henri Nouwen, el profeta herido , Sal Terrae, 2000, p.86-87). Cuentan que Santa Teresa de Jesús se dio a la tarea de buscar para ella misma el confesor adecuado para su vida espiritual. Buscó en un pueblo y se encontró con un cura con fama de adúltero. Se acercó la santa a él y le dice: "Padre, lo he escogido a usted para mi confesor personal". El cura no supo qué decir. Pero con toda honestidad le dijo: "Madre, parece que usted es la única persona no enterada de que yo soy pecador." Teresa le respondió: "Padre, precisamente por eso lo he escogido a usted; pues sólo un pecador puede comprender a una pecadora como yo." El sacerdote aquel ha de haber sido, aunque pecador, un hombre sabio pues es conocida la frase de la misma santa de que "Para confesores de mis monjas prefiero sacerdotes sabios, aunque no santos". Nadie ha garantizado a los sacerdotes una libertad tal que estén exentos de heridas. El problema no es, entonces el que haya heridas, productos de los genes, de la familia, del medio social, sino el saber responder a la pregunta sobre qué hacer con ellas. ¿Qué hago con mis heridas y pecados? ¿Qué hacemos con las heridas y pecados de nuestra comunidad presbiteral? Cuando la diócesis se va haciendo un hogar y una escuela de comunión ( Ecclesia in America ), se hace lugar de acogida para los pastores que, en círculo vicioso, tendemos o a exhibirlas con resentimiento hasta la amargura, o bien, a tragárnoslas hasta que ellas nos aíslan. El sufrimiento y el amor son misterios insondables. Cuando uno se alimenta del otro, en diálogo honesto y con espíritu revitalizante, el sufrimiento sana y el amor se hace sabio. No se trata de una actitud de tolerancia ante las heridas. Eso ofende. Se trata de la acogida amorosa fraternal que un ser humano puede dar a otro semejante. Puede ser que la curación no venga de plano o, por lo menos, tan fácilmente. Pero, sin duda, la herida se convierte en lugar de gracia. Es cosa de dejar que la gracia la visite y la inunde. El sacerdote que vive gozosamente el proceso, en medio de grandes dolores, que permite a la gracia transformar sus heridas, llega a experimentarlas como don de Dios y, con esa experiencia marcante, se capacita para ayudar a otras personas y pueblos a hacer lo mismo. Lo que haya sido causa de maldición, con la gracia experimentada en la fraternidad, se torna fuente de bendición abundante, y el sacerdote no sólo da bendición, sino que, mejor, se convierte él mismo en hacedor de bendición y... en bendición. 7. Sacerdocio utópico de Jesús Hebreos 11,1 define la fe como "la forma de vivir, ya desde ahora, lo que se espera y de conocer lo que no se ve". La fe tiene como referente el futuro acariciado. No es vivencia que se irresponsabiliza del presente para alienarse en el futuro. Se trata de vivir tan intensamente la bondad que es posible, aunque, por ahora, irrealizable, que uno se lanza a vivir el futuro ya ahora. La fe, asimismo, nos libera de la esclavitud a lo que se ve y se vive en el presente (lo cual llevaría a un pragmatismo craso); ella abre horizontes y trascendencia hacia lo que está más allá de lo que vemos. Como punto culminante de una larga serie de testigos de esa forma de concebir y vivir la fe, el autor de Hebreos pone a Jesús, como el modelo-testigo de la fe, así definida. Este concepto de fe que maneja Hebreos se identifica con la esperanza utópica que consiste, resumiendo exageradamente los estudios del filósofo Adolfo Sánchez Vázquez, primero, en la sensibilidad rebelde a las situaciones que mantienen al ser humano estancado en su proceso de crecimiento como tal; luego, la intuición revolucionaria de que otro modo de ser y existir es posible; y, por último, la decisión aguerrida e inteligente de lanzarse, procesualmente , a la conquista de ese bien, shalom , "reposo", acariciado. 11,1-12,2 La fe utópica hace a quien cree persona, o pueblo, generosos para el sufrimiento, como sucedió con Jesús: 12,2-3. Teniendo ese ejemplo de generosidad y disponibilidad al sacrificio como base, el autor de Hebreos exhorta a los sacerdotes en re-formación a la disciplina que estimula la generosidad hasta derramar la sangre. No se trata de disciplina ciega. Es ascética, entrenamiento, según el sentido de la palabra griega, que habilita al sacerdote que tiene fe a crecer en la emulación de Jesús hasta hacerse otro que entrega su sangre: en 12,4-11, ocho veces el autor usa la palabra paideia , o sea, aquella acción por la cual el maestro toma de la mano al niño para conducirlo por el camino, es decir, pedagogía. Estamos, en este texto, v.5, ante una exhortación, paráclesis (= ánimo, consuelo, desafío, ayuda) que invita a sacerdotes que, suponiéndolos evangelizados, se disponen siempre a entrar en proceso pedagógico de aprendizaje y práctica de cómo ser lo que son, a la manera de Jesús el Sumo Sacerdote que, a su vez, "supisteis juntar, a un tiempo en el altar, ser cordero y pastor", como dice el tradicional canto popular eucarístico. El sacerdocio de Jesús, visto en ese horizonte utópico, nos puede ayudar a cuestionar, a discernir, las situaciones de desgano y de desilusión que frecuentemente nos atormentan y nos paralizan en el ministerio y en cualquier esfuerzo por salir de la inercia mortal que seguido nos abate y nos desmoraliza. Nos ayuda a responder también a la pregunta sobre cuál es la pedagogía adecuada de fraternidad sacerdotal, cristiana, para los tiempos que vivimos. Por último, El escrito a los Hebreos termina (cap.13), como toda carta paulina o seudopaulina, en una amonestación a poner en práctica, en detalles cotidianos de la vida, los grandes misterios que han sido contemplados en el cuerpo de la carta. En esa cotidianidad se elabora la Espiritualidad sacerdotal de fraternidad. Hay que garantizar que la Espiritualidad tenga sabiduría (=discernimiento de lo que debemos hacer), inteligencia (=saber cómo hacerlo) y virtud (=creatividad y empeño para ponernos a hacerlo). Sin ascética la Espiritualidad no funciona. UNA DINÁMICA PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL Y GRUPAL. "Donde abundó el pecado... ¿Qué debilidades más frecuentes se dan y descubro en el clero en nuestro tiempo? ¿De qué manera fracturan o rompen la fraternidad del presbiterio? ... ahí sobreabundó la gracia" (Rm 5,20) ¿Qué elementos y prácticas de la Espiritualidad sacerdotal, de hecho, ayudan para reconstruir la fraternidad en el presbiterio, no a pesar de las heridas, sino, precisamente a partir de ellas? ¿Qué aspectos o gestos concretos debemos implementar para favorecer la vivencia de nuestro carácter sacramental, que nos hagan signos eficaces en la transformación de las heridas y llagas en manantiales de gracia? ("Quien cree en mí, como dice la Escritura, de su interior, correrán ríos de agua viva". Jn 7,38) José Luis Calvillo Esparza |