JESUCRISTO, EMIGRANTE DESDE LA ETERNIDAD A ESTA TIERRA DE MIGRACIONES (segunda parte)

Por Juan Hernández Pico, S.J.

N.R. Presentamos aquí una segunda parte de la ya citada ponencia que el autor presentó en la Reunión Anual del Servicio Jesuita a Migrantes- Centroamérica y Norteamérica-, 22 y 23 de octubre de 2005, en México, D.F. Se ofrece esta versión a los lectores de Christus con permiso del autor.

P aradigmas sistemáticos

•  La desigualdad en el acceso a los bienes de esta tierra como pecado del mundo.

Uno de los aportes teológicos fundamentales de la Enseñanza Social de la Iglesia es la proposición de que los bienes de esta tierra tienen un destino universal (GS, 69), es decir deben servir a la dignidad y al bienestar de todas las personas, sin discriminación por género, generación, raza o color, etnia o pueblo, lengua, nacionalidad, cultura, civilización o religión. La fuente de esta proposición está evidentemente en las palabras del Génesis dirigidas a toda la humanidad: “Crezcan, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla...” (Gn 1, 28), reiteradas básicamente en el pacto entre Dios y Noé con su familia después del diluvio (Gn 9, 1). Además la elección que el Señor hace de Abraham para ser padre de un gran pueblo incluye también la bendición en su nombre, como modelo arquetípico, para todos los pueblos de la tierra (Gn 12, 1-3).

El gran pecado del mundo está simbolizado en el primer relato del pecado en el Génesis, como pecado de enemistad, que rompe la igualdad y la verdad en las relaciones humanas, convierte a unos en acusadores de otros, y los vuelve esclavos de la ley, una ley de la eficacia, una ley de la producción de frutos, una ley de méritos, que justificará de aquí en adelante la desigualdad y el malestar de la pobreza, empezando por justificar la dominación del hombre sobre la mujer, es decir el patriarcalismo (Gn 3). En el mito arquetípico de Caín y Abel, la incapacidad de entender la gratuidad de la vida y el ansia de dominación engendrará ya la máxima violencia del asesinato (Gn 4). Es lo que se ha llamado el “esquema de la ley”, que rompe con la creación como don gratuito de la bondad de Dios para todas las personas y todos los pueblos.

Desde entonces la historia humana estará marcada por la desigualdad entre las personas y entre los pueblos. Pero también, la humanidad intentará una y otra vez soñar con un futuro humanamente más digno. Primero en el pueblo mismo portador de la promesa: “Es verdad que no habrá pobres entre ustedes” (Dt 15, 4). Y este sueño se traducirá en códigos morales fundamentados en el paradigma ético del amor al prójimo como a uno mismo, porque Dios es el Señor, es decir porque el Creador ha amado a la humanidad como a Sí mismo (Lv 19, 18). Esto se encarna en la legislación sobre el año sabático para aplacar la falta de propiedad y el hambre (Lv 25, 2b-7), el año jubilar para redistribuir las tierras (Lv 25, 8-17), el año sabático de la remisión de deudas (Dt 15, 1-3), y el año del diezmo –cada tres años- del reparto del diezmo entre los pobres –“el levita, el emigrante, el huérfano y la viuda” (Dt 26, 12). Más adelante, los profetas de Israel u otros pasajes similares de la Biblia soñarán de la misma manera. El auténtico vástago de David “juzgará con justicia a los desvalidos, sentenciará con rectitud a los oprimidos... se terciará como banda la justicia y se ceñirá como fajín la verdad. Entonces el lobo y el cordero irán juntos...” y ninguna criatura de Dios “hará daño ni estrago por todo mi Monte Santo” (Is 11, 4a.5-6a). El sueño incluye siempre que la violencia que engendra la desigualdad, de frente o sutilmente, dará paso a la justicia y a la paz (Sal 85, 11). Ya hemos aludido antes al sueño del Tercer Isaías: “Construirán casas y las habitarán, plantarán viñas y comerán sus frutos, no construirán para que otro habite, ni plantarán para que otro coma” (Is 65, 21).

Y esos sueños son coherentes con las denuncias de realidades que impiden su cumplimiento, aunque se protejan tras prácticas religiosas rituales: “Vuestras solemnidades y fiestas las detesto... cierro los ojos aunque multipliquen las plegarias... sus manos están llenas de sangre... busquen el derecho, enderezcan al oprimido, defiendan al huérfano, protejan a la viuda... Entonces, vengan...” (Is 1, 14a.15ac.17bc.18a). Coherentes también con las denuncias de los comerciantes de granos en los mercados que “pisotean a los pobres”, “encogiendo la medida y aumentando el precio” (Am 8, 5). Coherentes finalmente con la denuncia del lujo ostentoso y falto de compasión: “Se acuestan en lechos de marfil... comen carneros del rebaño...beben vino en copas, se ungen con perfumes exquisitos y no se duelen del desastre de José” (Am 6, 4ac.6).

Hoy día la desigualdad es aún mayor, creando una inédita polarización entre personas y pueblos ricos y pobres. Juan Pablo II no se cansó de denunciar la situación de este mundo que produce “ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres” (Puebla: 398). Y es esta brecha creciente entre el campo y las ciudades, entre el Sur y el Norte y entre el Primero y el Cuarto Mundo, uno de los estímulos más fuertes de las migraciones, aunque sea tan complejo este fenómeno. No cabe duda que del destino universal de los bienes de la tierra y del derecho al trabajo en él implícito, brota el derecho de las personas a encontrar trabajo donde este se ofrezca, aunque sea más allá de las fronteras de sus países, y por ello la necesidad de la creación de un derecho internacional laboral que flexibilice las fronteras y proteja a los emigrantes. Y también de ahí se deduce el derecho de los pueblos a una ayuda para el desarrollo que no los endeude eternamente, a un comercio internacional que sea justo y no sólo legalmente pactado, a inversiones extranjeras que promuevan concatenadamente la economía del país donde se invierte, paguen los impuestos y las regalías correctas, dejen en el país un legado de avance tecnológico, no abusen de las patentes especialmente en el área de salud, y respeten sobre todo el medioambiente y los derechos laborales. Finalmente de ahí se deduce el derecho de la ciudadanía a una política estatal de suficiente y digno bienestar, comenzando por una educación fácilmente accesible y en estado de permanente reforma, que, junto con las medidas anteriores, haga que la emigración no sea una necesidad impostergable sino, en todo caso, una decisión voluntaria.

Las migraciones son hoy, en cambio, en la mayoría de las veces, un éxodo forzado por la desigualdad y la escasez, y también por el deseo de emular el bienestar de las familias que reciben los bienes de la emigración, por ejemplo las remesas. Algo así como las familias de los hijos de Jacob y él mismo se sintieron probablemente estimulados a emigrar por las abundantes provisiones que de Egipto trajeron aquellos jefes de clanes incluyendo ropa y monedas de plata (Gn 45, 16-27). Desde el punto de vista del migrante son un derecho humano, que necesita ser legislado internacional y nacionalmente de forma crecientemente equitativa. Pero desde el punto de vista de la tierra y la cultura que el emigrante abandona forzosamente y desde la hostilidad con que hoy todavía se le rechaza o se le recibe en la tierra de su destino, son un gran pecado estructural e histórico. De ahí que los obispos de los Estados Unidos y México asuman la posición de Juan Pablo II de que “la solución para la migración indocumentada es la eliminación a escala mundial del subdesarrollo” (Juntos en el Camino: n 32).

Así pues, el rostro de la migración es hoy todavía inhumanamente cruel, pero está humanizado por la esperanza de las personas que emigran y por la acogida de algunas personas, comunidades y estructuras, como las que hemos descrito en la práctica pastoral de Dolores Mission , las que son promovidas por el Consejo Pontificio (Erga migrantes: III, IV y Apéndice Canónico), y algunas de las que son propuestas en la Carta Pastoral de los Obispos Católicos de los Estados Unidos y México (Juntos en el Camino: Caps III y IV).

•  Nadie es extranjero en la Iglesia. La Iglesia es una comunión de pueblos desde el principio, y debe llegar a ser un sacramento de la unidad de la humanidad cada vez más transparente y eficaz.

Los obispos de los Estados Unidos y de México se basan en la eclesiología del Concilio Vaticano II para afirmar esta proposición teológica. La Constitución sobre la Iglesia afirma que ella es en Jesucristo “signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG, 1). Jesucristo, sacramento del encuentro de la humanidad con Dios, había sido un texto importante del dominico Eduardo Schillebeeckx. Revitalizando la teología del sacramento como realidad que significa algo distinto de lo que se ve y al mismo tiempo hace presente en ese símbolo lo distinto que se significa, Schillebeeckx, el jesuita Otto Semmelroth, y otros, apuntaron a Jesucristo como el sacramento fundamental o primigenio, tratando de dar razón así de la esperanza contenida en el Evangelio de San Juan: “Nadie ha visto jamás a Dios; el Hijo único, Dios, que estaba al lado del Padre, lo ha explicado” (Jn 1, 18). Jesucristo es, pues, la “exégesis” plena de Dios. Dicho de otra manera, según la promesa de Isaías citada por el Evangelio de Mateo como su cumplimiento, Jesucristo es “Emanuel (que significa Dios-con-nosotros)” (Mt 1, 23). De ahí, Karl Rahner explicó la Iglesia, comunidad convocada por el Padre y reunida por el Espíritu Santo alrededor de la fe en Jesucristo, como “sacramento radical”; de esa raíz brotan las ramas de los diversos sacramentos.

Fundamentados en estos desarrollos teológicos, los Padres conciliares del Vaticano II explicaron a la Iglesia como sacramento de la íntima unión con Dios del género humano. Evidentemente tenían ante sus ojos aquella primera Iglesia de Jerusalén, en la que la irrupción del Espíritu Santo hizo que los apóstoles proclamaran el Evangelio en lenguas que no conocían o que los que los escuchaban entendieran en su propia lengua lo que ellos proclamaban en la suya. La Iglesia nació así unida no por una lengua o una cultura homogénea sino por un Espíritu acogedor de todas las culturas y todas las lenguas, que transforma las diferencias amenazantes en diferencias enriquecedoras a través de la lengua común del amor y de la paz, fruto de la justicia y de la compasión. Porque es evidente que “sin el final del capítulo 2, donde se describe de forma idealizada la comunidad de Jerusalén (Hch 2, 42-47), no habría acabado el acontecimiento de Pentecostés”. Sin koinonía el espíritu de Pentecostés queda falto de encarnación en el amor. Lo que dentro de un lenguaje de cristianos iniciados suele traducirse como “comunión” -que la enseñanza de los apóstoles, el partir del pan juntos y la oración “expresaban y mantenían”- puede también traducirse en forma inteligible más universalmente como “solidaridad”, que incluye idealmente la mesa compartida y la puesta en común de los bienes. Sin ellas, el bautismo “invocando el nombre de Jesucristo” (Hch 2, 39) puede quedarse en un rito vaciado de la hermandad que Jesucristo vivió.

Esto da pie para el paso siguiente de la teología conciliar: la Iglesia como “signo de unidad de todo el género humano”. Este signo, para que de verdad sea simbólicamente significativo, tiene que hacer de la Iglesia la experiencia vital de una Patria en la que nadie sea extranjero. Los obispos de México y Estados Unidos recordaban el mensaje de Juan Pablo II en este sentido en la Jornada Mundial del Migrante de 1995:

En la Iglesia nadie es extranjero y la Iglesia no es extranjera para ningún hombre y en ningún lugar. Como sacramento de unidad y por tanto, como signo y fuerza de agregación de todo el género humano, la Iglesia es el lugar donde también los emigrantes indocumentados son reconocidos y acogidos como hermanos. Corresponde a las diversas diócesis movilizarse para que esas personas, obligadas a vivir fuera de la red de protección de la sociedad civil, encuentren un sentido de fraternidad en la comunidad cristiana. La solidaridad es asunción de responsabilidad ante quien se encuentra en dificultad (Juntos en el Camino: n 103).

“En la Iglesia nadie es extranjero” significa que nadie lo es de derecho, aunque por desgracia el ideal del derecho se viole de hecho no pocas veces. También se violó en la Iglesia de Jerusalén el principio de la solidaridad ( koinonía ), como lo muestra el caso de Ananías y Safira (Hch 5, 1-9) y además los problemas entre “los de lengua griega” y “los de lengua hebrea”, porque las viudas de los primeros “quedaban desatendidas en el servicio ( diakonía ) cotidiano” (Hch 6, 1-7). Aunque no estamos ya en aquellas afirmaciones de algunos misioneros que acompañaron al colonialismo europeo en Africa durante el siglo XIX –“Dios es francés”, o belga, o alemán, o español, o inglés...- es verdad que las Iglesias locales, donde se realiza plenamente la Iglesia Católica, no dejan a veces de deslizarse hacia la xenofobia o el racismo. Es importante que Juan Pablo II haya escogido a “los emigrantes indocumentados” como piedra de toque o signo de credibilidad de que “en la Iglesia nadie es extranjero”. Al hacerlo así ha “agarrado el toro por los cuernos”, como quien dice, porque se ha fijado en aquellos emigrantes más perseguidos como extranjeros indeseables y, a los que más se explota una vez que han logrado superar las barreras más duras y peligrosas. Al hacerlo así, ha dejado claro implícitamente que para realizar este ideal son necesarios procesos de conversión desde la xenofobia, el racismo y el miedo al otro diferente que los sustenta, y también procesos de construcción de hermandad, y en concreto de desprejuiciación y tolerancia, de hospitalidad y acogida, y de koinonía , llámese comunión o solidaridad. No es nada extraño. Desde el comienzo, la conversión, expresada en el bautismo para el perdón de los pecados, estuvo en el principio de la Iglesia de Jerusalén como lo dice la respuesta de Pedro a la pregunta –“¿qué hemos de hacer hermanos?” - de los que escucharon su primer discurso que “les llegó al corazón” (Hch 2, 36): “Arrepiéntanse” ( metanoésate ) (Hch, 2, 37a). Era el símbolo de la experiencia profunda del cambio del corazón y de la mentalidad. Así lo reconocen también los obispos de México y Estados Unidos (Juntos en el Camino: n 40). Acogiendo hoy a los emigrantes y empezando por los más amenazados y marginados de entre ellos, las Iglesias comenzarán a hacer juntas el largo camino de la esperanza y así iremos haciendo más transparente y eficaz el signo de la unidad de la humanidad, que la Iglesia quiere no sólo ser sino llegar a ser plenamente.

•  La revitalización de la Iglesia y los cristianos como forasteros en este mundo y peregrinos hacia la patria verdadera, ayudará a superar la identificación idolátrica de religión y patria y a vivir como ciudadanos en camino hacia la mundialización

Mientras lucha por humanizar los contextos de las migraciones con inteligencia y creando alianzas con otras organizaciones, confesionales o seculares, preocupadas por la suerte de los migrantes, la Iglesia debe irse transformando estructuralmente para atender a los migrantes con una nueva pastoral de envío y de acogida. Debe recuperar la parroquia como paroikia –primitivamente, lugar o casa de los forasteros y peregrinos-, y flexibilizar, con un espíritu misionero, sus estructuras diocesanas y parroquiales, en las múltiples formas que propone la Instrucción del Consejo Pontificio para las migraciones (Erga migrantes: III, IV y Apéndice Canónico).

El Concilio Vaticano II recurrió a San Agustín en “La Ciudad de Dios” para historizar el camino de la Iglesia como un peregrinaje: “La Iglesia ‘va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios'” (LG, 8). Una peregrinación de la Iglesia “desde el mismo Abel...y hasta el fin del mundo”, dice Agustín con audacia teológica (LG, 8 n 14). La Iglesia, en presencia de este fenómeno de las migraciones, inédito por su magnitud en la historia de la humanidad, tiene la oportunidad de recuperar con su pastoral de acogida la esencia de lo que sentían tan claramente los primeros cristianos. Ellos se experimentaban como “piedras vivas que entran en la construcción de un templo ( oikós ) espiritual” (1Pe 2, 5), pero la paradoja es que son una “ oikos constituida por paroikoi , casa de Dios hecha de los sin-casa”, porque han de vivir en el mundo como “huéspedes y forasteros” ( paroikous kai parepidémous ) (1 Pe 2, 11). La parroquia que hoy acoge a los migrantes, la Iglesia diocesana que los acoge, y también la Iglesia nacional, tienen la oportunidad de recuperar la denominación que daba a la Iglesia Clemente Romano hacia el año 95 en su Carta a los Corintos: “La Iglesia de Dios que habita como forastera ( paroikousa ) en Roma, a la Iglesia de Dios que habita como forastera ( paroikousa ) en Corinto”. En definitiva, el “auténtico signo de los tiempos” que llaman los obispos de México y Estados Unidos a las migraciones (Juntos en el Camino: n 102), puede ayudar, como palabra de Dios pronunciada en y por la situación de los migrantes, a que las parroquias actuales se despojen de su secular estabilidad para recuperar el primigenio sentido de Iglesia forastera y peregrina que su nombre quería decir.

Escribe un gran teólogo actual: “En el Discurso a Diogneto , escrito en Alejandría por el año 190”, se habla de los cristianos así: “Habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros; toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria tierra extraña. Se casan como todos; como todos engendran hijos, pero no exponen los que les nacen (es decir no los abandonan en lugares públicos). Ponen mesa común, pero no lecho”. “Toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria tierra extraña”. En esta paradójica propuesta de la Iglesia antigua está encerrado tanto el sentido peregrinante del cristiano en este mundo, que busca su “ciudadanía en los cielos” (Fil 3, 20), como su serio compromiso con él, sin hacer del mito de la patria un ídolo.

Los obispos escriben, recordando a Pío XII, que la Doctrina Social de la Iglesia reconoce “el derecho que posee un Estado soberano de controlar sus fronteras”, pero sin embargo cuestionan fuertemente las leyes migratorias actuales de los Estados Unidos porque violan el derecho de los inmigrantes, incluso de los indocumentados, al debido proceso, y más en concreto a no ser deportados sin ser oídos por un juez. También cuestionan la inclinación de estas leyes a impedir o postergar por muchos años la reunión de los inmigrantes con sus familias, y asimismo la actual política migratoria y las estrategias de control migratorio de los Estados Unidos y promueven muchos otros derechos, como la legalización de los migrantes indocumentados. (Juntos en el Camino: n 30, nn 92-94, nn 64-67, nn 78-91, nn 68-71) También ellos afirman así el derecho de cuestionar el nacionalismo y el chauvinismo, como ídolos peligrosos que, igual que todo ídolo, no resisten la costumbre sangrienta de exigir víctimas.

En un mundo que ha entrado en la era de la globalización exacerbando las más inhumanas características del capitalismo gracias a la tecnología de la información y de la comunicación, la Iglesia ha de convertirse para llegar a ser la “ciudad construida sobre un monte” (Mt 5, 14), faro de luz para el nuevo credo del hombre y de la mujer pobres y excluidos, el credo de la migración, fermento en la masa (Mt 13,33) de las sociedades para que abran fronteras y derriben muros, y anuncio constante de que Dios acompaña en las migraciones y está en ellas dando fuerza a los mojados y a todos los que quebrantan leyes injustas, es decir tomando partido por los migrantes en una gran peregrinación hacia la mundialización, de cuya “carne” temporal brotará la Ciudad eterna de Dios.

Atendiendo al hecho de que una gran cantidad de migrantes no son católicos, la Iglesia debe desarrollar su ministerio pastoral con los migrantes con espíritu ecuménico y con una gran finura para el diálogo con las religiones no cristianas (Erga migrantes: nn 59-69). La misión en sentido estricto, es decir el anuncio explícito de Jesucristo, ha de privilegiar el amor de hechos auténticos más que el de palabras (1Jn 3, 18), es decir el testimonio de acogida y la solidaridad en la lucha por la justicia sobre el deseo de comunicar la fe, sin por ello ser pusilánimes en dar razón de nuestra esperanza siempre que se nos pregunte (1Pe 3, 15).

Así pues, el espíritu que en la Iglesia puede y debe animar la acogida a los migrantes es el Espíritu que hace descubrir en ellos y ellas los rostros innumerables, temidos, rechazados o discriminados y explotados, y, por ello, sufrientes, de Jesucristo (cfr Puebla: 432-433). Y el espíritu que en la Iglesia puede y debe animar también la adaptación creativa de los migrantes a las nuevas circunstancias y su integración en un nuevo país –si esa es su libre decisión-, es el Espíritu de Pentecostés.

7 de octubre de 2005-10-06
La Virgen del Rosario, de tanta devoción en Guatemala.