Carlos Lenkersdorf
Antropólogo linguístico
Un grupo de prelados de Estados Unidos se prepara para visitar los países centroamericanos durante el tiempo de las guerras de la década de los ochenta de este siglo. Vienen de estados diferentes de la Unión Americana y entre ellos se encuentra un negro. Tienen el propósito de formarse una opinión observando los conflictos personalmente. Antes de salir el Departamento de Estado en Washington, es decir Relaciones Exteriores, invita a los dignatarios para “informarlos” sobre la situación en los países centroamericanos. Así preparados salen los obispos y se dividen de cuatro en cuatro a fin de visitar las repúblicas de la región por grupos. Unas semanas más tarde terminan con las visitas y antes de regresar a las diócesis respectivas se juntan en Miami para hablar de sus impresiones y observaciones. Durante el intercambio uno de los prelados dice y subraya con mucha emoción, “saben qué, hermanos, lo que el representante del Departamento de Estado nos dijo no va de acuerdo con todo lo que pude observar en el país que visité”. Responde el negro, y sólo el prelado negro lo enuncia, “hermano, ¿acaso esperaste otra cosa?”
[Moraleja, los de abajo saben de quiénes podemos esperar la verdad y de quiénes no. Los de la voz oficial no son de confianza. Mucho nos falta aprender para saber adonde pertenecemos.]
Escribimos el año de 1973. En aquel entonces no había ni escuelas ni maestros en la mayoría de los poblados tojolabales en los Altos de Chiapas. Son comunidades sin carretera, no tienen luz ni agua potable entubada. No hay médico, ni maestro, ni hablar de cine y televisión. Regreso a casa al término de alfabetizar por un mes en una de estas comunidades tojolabales, muy retiradas en la montaña. Un grupo de algunos hombres, nombrado por la comunidad, me acompaña todo el día para llegar a la parada más cercana del camión. Platicamos con ánimo en la larga bajada de los cerros hacia los valles y la carretera única. Uno de los acompañantes, un joven de unos trece años, está cerca de mi y se desarrolla un pequeño diálogo entre nosotros.
— ¿Conoces Comitán?
— Sí, lo conozco, acompañaba a mi papá algunas veces.
— ¿Dónde preferirías vivir, en tu ejido o en Comitán?
— En mi pueblo, me responde sin vacilar. Y le pregunto,
— ¿Por qué?
— Porque en Comitán no hay comunidad.
[Entre los pueblos amerindios desde niño se sabe adonde pertenecemos.]
En español se dice, “uno de nosotros cometió un delito”. La frase correspondiente en tojolabal reza así. “Uno de nosotros cometimos un delito”. Al analizar la estructura de las dos frases llegamos a resultados sorprendentes. En castellano y otros idiomas relacionados como el inglés, el francés, etc. se hace una división muy marcada entre el NOSOTROS y el delincuente o cualquier persona diferente que cometió un delito o hizo algo particular. La lógica misma parece dictar esta estructura de las oraciones. La persona que hace algo diferente se distingue del NOSOTROS, y en la estructura de la lengua lo expresamos sin reflexionar sobre el hecho.
En tojolabal, en cambio, la relación es otra. Los lazos del NOSOTROS siguen vigentes. A pesar de que alguien por su comportamiento se aparta de lo acostumbrado, no se corta la ligazón del NOSOTROS con aquel que se manifiesta como “otro”, sea por un delito o por lucirse de alguna manera. Son los lazos del NOSOTROS comunitario que nos mantienen unidos a todos no obstante las actuaciones particulares de cada uno.
Esta comunalidad del NOSOTROS tiene repercusiones profundas, por ejemplo, en la concepción de la JUSTICIA. Puesto que el delincuente sigue perteneciendo al NOSOTROS, éste sigue siendo corresponsable de él. Por lo tanto, no se separa de él, ni lo mete en la cárcel, ni lo destierra, sino que hace todos los esfuerzos posibles para recuperar al delincuente a fin de reincorporarlo a la comunalidad del NOSOTROS. En el contexto de la justicia de la sociedad dominante, en cambio, al delincuente se le considera apartado de la sociedad, por ello hay que castigarlo. Dicho de otro modo, la justicia es punitiva y vengativa. A la persona que se lució, en cambio, la sociedad la ensalza como a las cineastas y a otras personalidades consideradas modelos.
[Donde no hay pertenencia no hay solidaridad.]
Escribimos el año de 1976. Otra vez estoy en una de las comunidades muy apartadas de la región tojolabal. Este poblado de no más de quince a veinte familias no sólo carece de todo lo que se mencionó en el segundo testimonio, sino que, además, no es dueño ni de un metro cuadrado de tierra. Trabajan la milpa en las tierras de un finquero que vive lejos de sus amplias tierras.
Otra vez termino un mes de alfabetización. Estoy empacando mis cosas en la mochila para salir el día siguiente. A mi lado está Guillermo, un joven de tal vez nueve años. Al poner ropa y libros en la mochila encuentro un dulce y sin pensarlo se lo doy a Guillermo. No se me ocurre que en la comunidad no hay ni una tienda para comprarse un dulce. Si hubiera tal tienda, Guillermo no dispondría de dinero para comprarse cosas anheladas. Un expendio muy pequeño se encuentra en una comunidad a unos 15 km. de distancia caminando. Menciono estos detalles para que nos demos cuenta de que ese dulce representa para Guillermo mucho más de lo que pensamos, Es un pequeño tesoro.
Al día siguiente, poco antes de salir, estoy todavía platicando con algunos campesinos del lugar. Guillermo se acerca al grupo y me pregunta si todavía podemos tener otra clase de alfabetización. Digo que sí porque en las comunidades no se tiene prisa. Guillermo llama a algunos compañeros de su edad, muchachas y muchachos y quiero comenzar. Pero Guillermo no me deja hablar. De su bolsa saca el dulce que le había dado el día anterior y del cual me había olvidado ya. Lo levanta y lo muestra a la clase y dice. “Este dulce me dio ayer el hermano Carlos”. Lo pone en su boca y con los dientes lo rompe en dos. La mitad le da a otro alumno y los dos siguen con la ceremonia de compartir hasta que cada uno de la clase tiene su dulce.
[Donde pertenecemos sabemos compartir.]
En 1976 los tojolabales me pidieron que preparara un diccionario tojolabal-español y español-tojolabal. Por varios años me ayudaron a recolectar el vocabulario de su idioma, un proceso bastante largo del cual aquí no es necesario hablar. Sólo un dato queremos subrayar, se trata de la concepción de gobierno en el contexto tojolabal a diferencia de la sociedad dominante.
Traducido al castellano en tojolabal el gobierno se llama, “los trabajadores de la comunidad” o “los que tienen su trabajo en o por la comunidad”. Dicho de otro modo, las “autoridades” tienen la función particular de trabajar al servicio de las comunidades respectivas. Nos parece instructivo que a las autoridades que sí son elegidas las llaman trabajadores. No son señores ni dignatarios ni nada que se les parezca.
Para explicar bien la concepción de dichas autoridades dicen, “los que tienen trabajo por nosotros tienen que obedecer a nosotros”. Es decir, las autoridades están sujetas a las comunidades y su tarea es la de ejecutar los acuerdos consensados de las comunidades. Las autoridades, pues, no pueden “gobernar” según su criterio personal e individual porque fueron elegidas, sino que, en el contexto de la comunalidad tojolabal, gobernar quiere decir ejecutar la voluntad del consenso del pueblo y éste, a su vez, tiene el encargo de vigilar a los gobernantes elegidos. El cargo de la autoridad política no ensalza a los funcionarios sino que los subordina a la vigilancia constante de la comunalidad que tiene el poder de revolcarlos si no cumplen con su función.
Agregamos que a partir de 1994 se esta repitiendo uno de los lemas de los zapatistas, “mandar obedeciendo” y se piensa que se trata de una novedad de los insurrectos. Con la documentación dada enfatizamos que los zapatistas sólo hacen hincapié en las ideas y prácticas comunitarias de los tojolabales y, seguramente, de otros pueblos mayas.
[Al pertenecer a la comunidad, que puede ser de extensión local o cósmica, somos responsables delante de ella de nuestro actuar. En la comunidad prevalece la transparencia de la cual ni las autoridades están exceptuadas.]